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Sento el bruto

Vicente Ferré era un modesto equipier de ansias y fulgores que llegó a tener una presencia fugaz en el VCF, pero un papel fundamental en la construcción de Algirós gracias a su amistad con Medina.

La vida de Vicente Ferré fue una vida nómada. De entusiasta. Rodando por los equipos primitivos que coparon su era. El fútbol por el placer de jugar le llevó a vestir infinidad de camisolas esquivando el arraigo, porque eso, asentarse en un lugar, no iba con un culo inquieto como el suyo.

La primera instantánea donde aparece este peculiar hombre nos lo presenta con una camiseta de calle dos tallas más grande, pantalón oscuro de verano sujetado con cinturón y subido hasta las axilas, manteniendo el balón entre sus pies en el centro de la imagen mientras un desaliñado Valencia formado con amigos y allegados se muestra al mundo durante el primer partido disputado como local.

Hay tipos con fajín en ella. Uno, en una esquina, aparece trajeado, con pantalón, chaqueta, alpargatas y manos en los bolsillos, en pose chulesca. Es Pepe Marco, el guardameta, un caído en la Guerra y cuyos restos yacen ignorados en algún lugar.

Son pintas estrafalarias para un XI sacado de la chistera, obligados a traerse los ropajes de casa, buscando en el mercado de segunda mano o recurriendo a exjugadores, reciclando botines o calzas en desuso ante la falta de recursos y escasez de material.

La segunda aparición de Ferré y los suyos ya es más profesional. Perfectamente ataviados con indumentaria reglamentaria. Comprada en almacenes El Águila. El sello fundacional bordado al pecho, y alguno, como nuestro amigo, con boina calada hasta las cejas dejando claro, junto al par de guantes que se ajusta Pinyol, que estamos en invierno y hace fresco.

Dos partidos iniciales, hasta un total de 60 más para Vicente Ferré en tres cursos bajo el manto blanquinegro.

Con tan escaso bagaje, ¿dónde guarda la historia este personaje? Tiene su importancia, no en goles o jugadas, claro está, sino en la impronta misma de los tiempos. Trata del primer socio raso en alinearse con el Valencia. De los primeros en sacarse el carnet fuera del listado de fundadores. Condición que jamás perdería. Pero más que eso, Ferré representa la artesanía con la cual se levantó el club. Un modus operandi basado en favores entre colegas a cambio de oportunidades.

A base de acciones controvertidas o peleas pandilleras forjó el sobrenombre con el cual sería conocido en el mundillo, «Sento el bruto»

Relatamos la vida de un ala izquierda formado en tiempos de héroes cuya única retribución consistía en el aplauso del público asistente a los encuentros. Siendo más los insultos y desprecios, pedradas incluso, de quienes se mofaban de aquel deporte extranjero que ponía a hombres en pantalón corto e indumentaria ridícula.

Eso era así salvo que te llamaras Vicente Ferré, ávido cazador de agresores importándole bien poco abandonar el encuentro en disputa con tal de vengar una afrenta con la grada.

Pero a él le pagaron con algo más, con la posibilidad de ser futbolista del equipo de su amigo Medina.

Porque esa relación entre el prócer y el jornalero es la cola que une esta reseña. Pues Ferré aterrizó a plomo al tiempo que el padre fundador aplazaba su boda desembolsando las 25 mil pesetas, destinadas a la ceremonia, en acondicionar Algirós para la práctica futbolística. También es la respuesta a su temprano número de socio, como los de muchos otros familiares y conocidos de los ilustres del Bar Torino, quienes nunca dudaron en echar mano de todo recurso a su alcance a modo de captar adeptos y ahorrarse dineros.

Surgido de los pequeños clubes de barrio, aquellos que tomaban nombre de las calles donde se ubicaban —el Sagunto, el River Turia…—, a base de acciones controvertidas o peleas pandilleras forjó el sobrenombre con el cual sería conocido en el mundillo, «Sento el bruto». Escondiéndose tras un férreo carácter, y un despliegue físico envidiable a pesar de tan escasa estatura, conseguía distraer sus múltiples carencias técnicas.

Pero lejos de lo que puede indicar el mote no estamos ante un hombre agrio, sino más bien gentil, de una facilidad pasmosa para ganarse el cariño de la gente aunque incapaz de amagar su genio vivo sobre la arena. Un mal que le convirtió en ladrón de penaltis, como el que le sisó al guardameta Martínez en un 9-0 sobre el Stadium, apareciendo desde atrás y chutando a traición, privando de bautizar al guardaredes valencianista como el primero de su especie en anotar un tanto. Anécdota que nos dice mucho de su personalidad futbolística. Acción que le costó la bronca de sus compañeros, generosos dejando al portero cerrar la goleada como premio a sus glorias bajo palos.

Aquella transformación cuando se vestía de corto era su particular radar para escapar de atropellos y aprovechados regalándose con ello más de una sanción kilométrica, pues no fueron pocos sus intentos (varios con éxito) de agresión a colegiados. ‘Ayudado’, vamos a decirlo todo, por esas pintas bandoleras que le otorgaba su estrambótica colección de tocados y esa costumbre tan suya de llevarse los tobillos del contrario cuando iba a por la pelota.

En definitiva, hablamos de uno de los culpables de que Algirós forme parte de la historia, porque fueron sus manos, su caja de herramientas, y su condición de carpintero, artífices de la construcción de las casetas de madera donde poder cambiarse. Quien formó la cuadrilla de niños lumpen para rastrillar el terreno de juego, eliminando pedruscos, matojos o peligros. Levantando también los modestos graderíos compuestos por tablones y tachas, además de vallarlo tras negociar Medina con Ricardo Samper, el alcalde del PURA hasta 1923 y futuro primer ministro de la República, amigo de aquellos ambientes y socio primitivo del club, la cesión de pilones y viejas cadenas oxidadas obtenidas del almacén municipal, que es de donde salió parte de los materiales necesarios para levantar los equipamientos, pintar las líneas de cal e instalar las porterías.

Delinear el inicio de los trabajos fue el primer cometido de Ferré nada más regresar de Castellón, debutando allí el XI del murciélago en esta vida, obras que fueron avanzando a la espera de la configuración definitiva de las federaciones y el posterior debut en el Campeonato de Valencia programado a inicios de 1920, un período de vacíos rellenados con la presentación en sociedad del nuevo club durante el Trofeo Feria de Julio, retratándose aquellos muchachos tan mal vestidos, adornando la espera con algunos amistosos otoñales en los cuales tomar cuerpo la entidad, no sólo en el terreno deportivo, sino también en lo estructural, quedando el viejo descampado listo para su inauguración oficial como Campo de Deportes en diciembre de 1919; donde Ferré se caló la boina.

Pues cada clavo amartillado, cada hora de trabajo realizada, corresponde a una alineación. No era baladí. Ferré aun siendo una de las primeras víctimas de empleo-a-cambio-de-visibilidad se subía gustoso a una oportunidad como aquella en un fútbol reverdecido, en un club recién estrenado y con mando en plaza, monumental escaparate para entrar de lleno en las nuevas competencias.

Era, también, propaganda gratuita a su oficio y la única forma de pago posible en un Valencia cuyos fundadores salían a la carrera, escondiéndose cada vez que los enfurecidos acreedores se presentaban a gritos en el Torino reclamando el pago de sus deudas.

«Y al hablar de Ferré para qué decir nada, es de fuerza, entra valiente, y nada más»

La vida y obra de Ferré nos habla también de la clase de enclave en el cual estaba situado Algirós, o de los vecinos que lo rodeaban y concurrían en aquellos tiempos. Gente humilde, de vida torcida, meros supervivientes de la coyuntura sociopolítica de su época. Pues situado en el extrarradio, envuelto en las miserias de la periferia, su acceso desde la ciudad no era un recorrido agradable, como relató Caireles, narrando una de sus caminatas desde el corazón de la urbe, donde estaba la redacción de El Pueblo, hasta las puertas del estadio:

«Avanzamos por un solitario callejón candente de sol entre la mole de un cuartel y la tapia de la Estación Central de Aragón. Hay polvo, escombros, moscas ávidas que alarmadas vuelan a enjambres ante nuestro paso, al ser interrumpidas en sus banquetes pantagruélicos celebrados sobre cosas que huelen, y no a Heno de Pravia. Calor sofocante, algún mosquito despistado, algún zapato viejo, y más polvo, y más moscas, y más calor… Por un callejón así debe irse también al Averno, a las calderas de Pedro Botero o a la cuarta o quinta porra».

Es como se construyó el Valencia, en la más absoluta de las modestias, a golpe de generosos gestos de sus padres, valiéndose de lo que no le aprovechaba a los demás, a base de renuncias personales, retales o favores de futbolistas y directivos, desembolsando cuotas de tres pesetas al mes garantizando así la supervivencia de la entidad.

Tan supina carencia financiera incluso negaba a los equipiers la adquisición de gaseosas para refrigerarse en los vestuarios bajo la excusa de suponer «un quebranto a su honorable condición de amateurs». Despertando tal tacañería las primeras fricciones, amenazando más de una vez en insurrecciones solventadas como se solventaba todo, con apretones de mano y promesas que nunca se cumplían.

Pues trataba de una sociedad con tan exigua cantidad de socios que entraban en una cuartilla, de afluencia de público a los partidos que a duras penas daba para formar un triangular.

Normal escrutar un inicio de duras acometidas, plagadas de derrotas. Terreno abonado para un desbordante Ferré, no bastándole cuando la competición hizo acto de presencia y las ansias del Valencia por conquistar la hegemonía local obligaba a sumar elementos de mayor nivel.

«Y al hablar de Ferré para qué decir nada, es de fuerza, entra valiente, y nada más», era la crítica recurrente de Estil, Manolo David Martí, en La Correspondencia. Único periódico junto a Diario de Valencia que antes de 1923 comentaba con regularidad los encuentros de foot-ball disputados en la ciudad.

Es su huella. Un porrón de encuentros de campeonato, de Copa Alzaga —una Copa a la valenciana—, del trofeo Feria de Julio, de la Copa Ayuntamiento —una supercopa local—… en los primeros pasos de un Algirós que él mismo levantó, y siempre, siempre, luciendo sus carencias, protagonizando anécdotas absurdas, como aquel penalti provocado al minuto de iniciarse un partido ante el España, entrando tan mal y tan fuerte que al caer al suelo empujó el balón con las manos.

Llevándole el empeño mostrado en ser futbolista a saciar su pasión recorriendo un sinfín de modestos teams. Figurando como primero de tan extensa lista el fabuloso Athletic valentino, un trasunto de filial valencianista donde acabarían acomodándose excompañeros suyos, como Juaneda, u otros de la edad de oro, valiéndoles la certera acusación de ser auspiciado por el Valencia F.C. con la única intención de contar con un voto más en el enrevesado y complicado reparto de poderes en la Federación Valenciana.

Enrolado en tales menesteres, viviendo el sueño de pelotero de primer nivel, y el recuerdo a Vicente Ferré desvaneciéndose a este lado del río, es cuando su nombre irrumpe de nuevo en un club subido en la ola de un crecimiento que parecía no tener fin. Algirós abandonado y dejado en herencia, Mestalla afrontando su primer aniversario, y la entidad en manos de gente ajena a sus amistades con los fundadores, la noticia de la grave lesión de Sento el bruto fue capaz de llenar páginas de periódico, despertando los recuerdos y las gratitudes para un pequeño héroe, la mano invisible que obró, literalmente, el milagro de Algirós.

Aquel accidente de un bravo ala izquierda, contumaz en patear esféricos, llegó en un pomposo amistoso entre el Júpiter y el River Turia. El trompetazo fue de tal calibre, la violencia con la cual impactó en los márgenes del campo de tal contundencia, que quedó condenado ante la gravedad de sus heridas a guardar cama durante un extenso período de tiempo; suponiendo en épocas como aquella una condena a la ruina y la miseria para una familia con hijos pequeños enclavada en un universo sin coberturas, Estado, ni seguridad social.

La consternación, y el cariño guardado por quienes lo conocieron, despertó enseguida el agradecimiento arraigado en hombres influyentes como Gonzalo Medina, incansable en mover los hilos, azuzando a viejos conocidos para todos al unísono exigir un homenaje a Vicente Ferré.

El Pueblo y La Correspondencia, dos nombres en la lista de principales culpables en la consolidación del club, no dudaron en ocupar media página de Deportes relatando la tragedia, apelando en párrafos a la caridad en salvaguarda de hijos y esposa ante los interminables meses de baja del cabeza de familia, del hombre con cuyo abnegado esfuerzo fueron posibles tantas épicas en el viejo y querido estadio. Los primeros habitantes de Algirós, compañeros ante todo, se sumaron no dudando ni un instante los Llovet, Gascó, Cubells, Peral, Pinyol, Llago… en alinearse de nuevo en auxilio a uno de los suyos.

Fue como todo quedó dispuesto, con urnas a la entrada del estadio para realizar donativos —«de mínimo 50 céntimos»— con los que engordar la bolsa destinada a Ferré, el hombre por el cual el Valencia organizó el primer homenaje de su historia a un exjugador, continuando el espíritu solidario de su nacimiento, y en pago, ahora sí, por los trabajos realizados por él mismo en la construcción de un campo imprescindible para entender el siglo de vida del Valencia F.C. y del propio fútbol valentino, en cuyos cimientos quedan las manos y el genio de un hombre cuya ilusión en aquellos días por formar parte del primer XI del murciélago era tan grande que trabajó a destajo a cambio de la sincera promesa de dejarle participar en su nacimiento.

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