Història VCF Serie Centenari

Campeones del mundo en Mestalla

Superando las expectativas generadas años atrás por el Sparta, un Nacional repleto de campeones olímpicos visitó en abril de 1925 a un Fé-Cé empecinado en hacerse un hueco entre la élite del fútbol.

Frente al Hotel Palace, ataviados con su canotier y luciendo «la patriótica insignia de nuestro club Valencia campeón», siguiendo a los instrumentos de la Unión Musical, un nutrido número de jugadores, directivos y socios portando la bandera de la entidad se plantaron a gritar a viva voz hurras a un Nacional que celebraba en València el aniversario de la independencia de su país.

Era, en abril de 1925, donde pernoctaban los campeones olímpicos enrolados en las filas del cuadro platense. Así, ante los huéspedes colgados de las ventanas dado el escándalo, la delegación uruguaya intercambiaba gritos y discursos de fraternidad con la jarana que tenía a las puertas.

Una ruidosa comitiva agradeciendo a aquellas gentes venir a una ciudad empecinada en romper su aislamiento balompédico. Viendo como durante esas mismas semanas el famoso Boca Juniors se negaba a parar en Mestalla durante su gira ibérica. Circulando todavía por las cabeceras de Madrid y Barcelona las campañas contra el aficionado valentino a raíz de los últimos duelos entre representantes de ambas capitales.

Además, trataba de un oculto acto de camadería con la República Oriental del Uruguay que la oposición blasquista no desaprovecharía acudiendo al cóctel celebrado en el consulado. Pues eran tiempos, con Alfonso XIII primero y la dictadura de Primo de Rivera después, de exiliados y expulsados erigiendo una segunda València en Montevideo. Culpables de que todavía hoy, allá, se hable el valenciano en muchas de sus casas.

Desde su concepción en julio, con el sonado fichaje de Enrique Molina, la 24/25 supone un punto de inflexión en la etapa fundacional de la entidad. Es la recuperación del título local, la primera muestra de músculo en la Copa a pesar de aquel cuasi trágico enfrentamiento con el Barça. Culminado en mayo con la internacionalidad de Cubells y el posterior amistoso entre Italia y España en Mestalla que rubricaba el fin de una invisibilidad impuesta por la cátedra foránea.

Pináculo de un proceso expansivo iniciado en 1923 con la llegada del Sparta, «el mejor equipo amateur del mundo», los profesionales del Birmingham City o del Dundee United. O el campeón alemán, el poderosísimo Nuremberg. Victorias que fueron tratadas allende nuestras fronteras como invenciones periodísticas para tapar humillantes goleadas, cuando no, fruto de la «violencia del público», coaccionados al punto de dejarse vencer aquellos poderosos teams.

Injurias que responden al sambenito instalado prácticamente desde el mismo momento de la fundación. Cultivado en un mundo que no entendía de adhesiones, exigiendo neutralidad a la grada por considerarse un mero espectáculo, tal como el teatro o el cine. Por ello no se aceptaba que en València, desde siempre, el espectador fuera parcial y apasionado para con sus equipos y contrario a sus rivales forasteros. Levantando una mala fama que siempre se utilizó de excusa para justificar derrotas ante un club menospreciado, representante de un fútbol tildado de primitivo y alejado de los estándares. Y por tanto, incapaz de doblegar a tal elenco de escuadras europeas.

Aquel afán de superación, tal orgullo, es madre de la famosa voluntad de querer llegar. Fabricando un estadio para 17 mil espectadores a escasos cuatro años de vida. Trayendo a los mejores combinados del mundo para medirse, crecer, y demostrar enfrentándose a ellos que el Fé-Cé no sólo era el ariete del deporte autóctono, sino una potencia a valorar.

Es el camino recorrido hasta freír a telegramas al Nacional, gracias a los infructuosos intentos de convencer a los argentinos de que tuvieran a bien desplazarse a nuestra ciudad a disputar un par de amistosos, ya que no tenían inconveniente en saltar de Galicia a Asturias, o de Madrid a Catalunya, Andalucía y País Vasco.

Negativa por la cual, sin demasiadas pretensiones, los campeones del mundo—pues así eran conocidos por sus coetáneos, y calificada de campeonato mundial la rama futbolística de los juegos de Paris de 1924— descendieron hasta el Túria antes de volver a cruzar los pirineos. Incendiando el ambiente balompéidco local.

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«Jamás ha sido superada la enorme expectación que existe por admirar las bellezas del juego uruguayo»

Aquellos juegos pusieron de moda la escuela platense, explicando la también incursión bostera. Un despertar que evidenció que a eso del balón de cuero se podía jugar de distinta manera a la predominante colección de tackles, pases largos y codazos en la sien que lo caracterizaba.

La seducción por dicho combinado, una retahíla de pases cortos, regates y triangulaciones, generó tal interés que a pocos meses del éxito el Club Nacional de Foot-ball, como campeón de su país, emprendió una gira europea de medio año de duración junto a todos sus internacionales en nómina. La más larga jamás acometida por un club.

Tanto, que nada más iniciarse hubieron de convencer a varios olímpicos para que se enrolaran sobre la marcha a aquella aventura y poder cumplir sin perjuicio para la salud y el espectáculo con la enorme cantidad de encuentros contratados. Llegando a sumar una expedición de 25 futbolistas, seis delegados federativos, otros tantos representantes gubernativos, y varios periodistas.

«Es verdaderamente formidable el interés y la ansiedad que en nuestra gran afición deportiva existe por admirar al famoso once uruguayo, integrado casi en su totalidad por los campeones olímpicos, triunfantes en el campeonato mundial celebrado en Paris este año pasado». —El Pueblo.

Y de tal manera fueron recibidos por la València rampante, engalanada en los andenes esperando el expreso llegado de Barcelona con la comitiva uruguaya. Bandas de música, aficionados y prensa, que no pudieron arrancar más que agasajos, quedando las escuetas palabras del negro Andrade como las únicas registradas para la posteridad.

«Saludad a este buen público, y después, pedidme cuantos ratos de charla gustéis. Antes de cumplir ese deber de cortesía no despliego los labios». Espetó al redactor de El Pueblo que le persiguió por la estación intentando sacarle una entrevista que nunca concedería, ni siquiera cumpliendo su exigencia de publicar primero dicho saludo.

«Esta expectación está plenamente justificada, jamas en nuestros campos se ha celebrado un acontecimiento futbolístico de tan suprema importancia como es la exhibición del fútbol uruguayo, calificado como el más brillante y perfecto». —La Correspondencia.

Eran más que impresionantes sus registros. Invictos. Llegados de Francia e Italia, enfrentado a potencias de la época como el Genoa sin sufrir ni un ápice. Se medían ahora, vista su temible fama, a selecciones con los mejores representantes de los clubes locales. Así triunfaron en Vigo, San Sebastían, Bilbao y en Les Corts, hasta que un combinado con jugadores del Barça, Europa y Espanyol acabó por vencerlos.

Pero el Valencia F.C. pasaba de esos atajos. Pues su misión era otra. Pudiendo reforzarse con verdaderos ases, gustosos de medirse a tal elenco de estrellas, lo suyo trataba de prestigiar su nombre, su fútbol, y no había mejor manera para ello que hacerlo con sus propios equipiers. Como hizo siempre en estos casos.

No debía existir resquicio alguno que restara brillo y nombre a su hazaña.

¿Temerario vistos los precedentes del rival? Poco importaba, ese descaro y arresto caracterizó a aquel club durante todo su crecimiento. Así, que allá que fue el equipo del murciélago a combatir con un XI plagado de cojos, contando con las lesiones infiltradas de Rino y Garrobé, la ausencia de Molina —que se perdió todo el curso debido a una extraña enfermedad— y echando mano de reservas como Llago II para cubrir huecos engordados con el prematuro abandono de Reyes, que tuvo que dejarlo nada más comenzar el encuentro.

«Son los grandes maestros del fútbol moderno. Su escuela de velocidad, precisión y su gran dominio del balón les caracteriza de virtuosismo, y algunos de ellos, como Scarone y el negro Andrade, son verdaderos malabaristas».  —El Pueblo.

La premura y el apretado calendario del invitado privaron en esta ocasión de la oportunidad para ejercer el costumbrista intercambio de conocimientos. Era el punto que transformaba en acontecimiento esas visitas de potencias a una València deseosa de aprender. Congregando a las expediciones en los salones de cines o teatros a conferenciar, a exponer metodologías y experiencias de las cuales empaparse.

En ese espacio restado es donde entran los actos y cócteles en el consulado. Primando el descanso de un grupo que llegaba con la lengua fuera tras una tunda sin fin de cuatro partidos por semana. Recorriendo parajes y caminos de tierra que les llevaría, tras abandonar Mestalla, a recluirse durante veinte días en las Baleares, a descansar, aplazando incluso algún match contratado por falta de energías para afrontarlo.

A pesar, la cuota de aprendizaje no era algo que estuviera dispuesto el Fé-Cé a dejar pasar. Porque incluso con los condicionantes relatados se las ingeniaron para incluir un punto de innovación a este partido gracias al representante de la casa Kodak. Quien encerrado en la sede del club impartió una charla sobre las novedades fílmicas aplicadas al fútbol y su futuro como producto ‘televisivo’.

Eran días donde las cámaras cinematográficas empezaban a ser habituales en encuentros de postín, como ocurrió semanas atrás ante el infructuoso duelo copero frente al Barcelona, donde los objetivos provocaron asuntos tan chistosos como ver a Samitier simular un desmayo cuando se dio cuenta de que el foco le apuntaba, obligando a sus compañeros a retirarlo a pulso del terreno de juego en un intento de vender al público global haber sido víctima de una agresión, cuando realmente sólo hubo un choque. Es una de las peripecias que incendió grada y titulares, que ya venían calentitos tras el afer Planas-Peral durante el partido de ida.

Suponían las nuevas placas y métodos de grabación un componente más que arrastraba la llegada de los uruguayos a las localidades que visitaba. Pues su gira es la más documentada de aquella era, existiendo imágenes en movimiento de casi todos sus encuentros. París, Praga, Viena, Bruselas, Génova, Bilbao, Barcelona… excepto València, cuyas latas se desconoce si todavía existen. O dónde están, si es que no fueron destruidas.

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«Puede que ahora se convenzan del valor del fútbol valenciano aquellos que desconocen nuestra valía»

¿Pronósticos ante tales credenciales? Todos malos. «Se espera, como es natural, una amplia y brillante victoria de los uruguayos. Esplendidos en estética y soberbios en filigrana». 

Un test que no sólo valdría para mesurar salud y estado de la entidad, sino también la valía de los nuevos valores blanquinegros, tales como Enrique Cano. Un adolescente de diecisiete años que empezaba a brillar a pesar de las dudas existentes entre el público a que tan novel muchacho sujetara los designios del XI mestallero.

Por eso sorprende que fuera el mismo club, en sus anuncios en prensa y carteles, quien lanzara este órdago al guardaredes russafí: «El joven guardameta valenciano, que tan formidables actuaciones ha tenido últimamente en San Sebastían, mañana tendrá ocasión de demostrar ante la mayor línea delantera del mundo, si sus facultades, valentía y estilo son verdaderas promesas para llegar a ser un portero».

Y tanto que lo fue, aquella tarde ante los campeones olímpicos tapió la labia de sus detractores confirmando las sospechas que lució ante la Real en el primer amistoso norteño saldado con nota, o ante el Barça, en Copa, o como su nivel en el campeonato de València. Saliendo de allí como salvador y habitual bajo palos. Algo que no lograría fijar debido a las constantes lesiones producidas por su ímpetu en ir al choque y la costumbre de ser enterrado bajo una pila de delanteros rivales que solían craquearle las costillas.

Furores trasplantados a un Mestalla en ebullición. Repleto. Con gentes aferradas a las líneas de cal, sobrepasándose el aforo legal. Tracas, banderines con el escudo de la entidad agitados al viento, y bandas de música entonando Lo cant del valencià, repitiendo un ritual nacido aquel mismo curso, hablándonos así de los primeros tifos en la historia del recinto valencianista.

Inicio dilatado todavía más con el consiguiente saludo al público por parte de los uruguayos, y la exigencia, como parte del espectáculo, de la repetición constante de su peculiar grito de guerra, ese «Fra, Fre, Fro, Fru» famoso desde la olimpiada que nadie supo explicar para entenderlo desde nuestro prisma del siglo XXI y que dio paso al saque de honor del presidente del Nacional.

Clavijo, Fiorentino, Díaz, Carreras, Zibechi, Andrade, Urdinaran, Zulisti, Castro, Casanello, Manau. Frente a Cano, Reyes, Garrobé, Marín, Roca, Esteban, Rino, Cubells, Montes, Llago y Reverter. Con el peculiar Scarone, futbolista, árbitro y periodista, que descansó aquel día para arbitrar el match, una peculiaridad más de aquel fútbol donde los locales cambiaban su equipación para no coincidir con los visitantes, siendo su actuación con el silbato clave en que el Fé-Cé no se llevara el triunfo al anular, no se sabe muy bien por qué, el 3-2 que hubiera hecho del Valencia la primera entidad capaz de vencer a aquel conjunto de ases sin ayuda de refuerzos de postín ni combinando una constelación de estrellas locales bajo su elástica.

Dibujándonos aquellas filigranas jugadas tan llamativas como la de Andrade, «el coloso Andrade quita el balón a Cubells, y desde medio campo comienza a driblar a contrarios con un regate fácil y rápido, llegando hasta el área de penal, donde Garrobé corta y despeja».

«Los adelantes realizan jugadas tan perfectas que no es ya el modo fácil de efectuarlas, sino lo que más mueve la admiración es la forma elegante, precisa y matemática con que el balón va dirigido siempre hacia aquel equipier que está en mejor posición para el remate».

Pero esas cosas, a aquel Valencia vestido de celeste y pantalón blanco, poco impresionaban. Pues fue por delante en el marcador todo el partido. Incluso pudo ver aumentado su score en dos goles más si Scarone no hubiera sido el réferi. Dado que en vísperas del 2-1 ya anuló un gol a Llago de espléndido y potente chut al considerarlo fuera de juego, cuando el balón le llegó rebotado, de manera clara y sin confusión, de parte de un defensa forastero.

Más descriptiva es la jugada del gol legal. Recogiendo el cuero en medio de aquel ambiente de excitación y nerviosismo, Cubells se vengó de Andrade, siendo él ahora quien le burlara, huyendo velocísimo por la banda hasta toparse con un Díaz que de una trascada envío a ambos al barro, aunque el Cucala, raudo, se alzó como un resorte poniendo un centro al área que Montes, anticipándose, estamparía de soberbio cabezazo al fondo de la red.

Pero claro, aquellos, por muy cansados que estuvieran, eran Uruguay jugando con la camisola del Nacional, y no perdonaron la osadía apretando las clavijas convirtiendo a Cano en salvador. Sellando un 2-2 que fue suficiente para encumbrar al local como el equipo de moda. Dejando ver una vez más al «Valencia F.C. de los triunfos rotundos sobre equipos de reconocida valía y potencialidad».

«El publico valenciano, vilipendiado por cierta prensa forastera, dio el domingo pruebas claras de que siente el deporte y sabe comportarse en el campo como deportista». —Las Provincias.

No iba a dejarse pasar la ocasión de cobrar viejas facturas en aquella constante guerra en pro del respeto hacia sus gentes y el reconocimiento a su fútbol.

Por ello, medirse a la Real o plantarle cara al Barça, no era suficiente, y se trató de traer al exitoso Boca Juniors, y después, al Nacional. Por algo, tampoco aquella epopeya uruguaya bastó, y se invitó al Real Unión de Irún, vigente campeón de Copa, para doblegarlo y volver a demostrar que los primitivos iban en serio. Por eso mismo, llegó también el Middlesex Wanderers, una selección organizada por la federación inglesa con los mejores futbolistas amateurs de Inglaterra compuesta en gran parte por jugadores del Clapton F.C.

Por ello, y por más, vivía aquel club en los dos últimos años enfrascado en una carrera por alcanzar la consideración que motivó su misma fundación. Estar en el terreno de juego al nivel de la tercera capital del Estado, midiéndose en igualdad de condiciones con los famosos Athletic y Barcelona por el campeonato de Copa.

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