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La Champions como dulce envenenado

Impulsado desde 1919 por un contumaz afán de superación, el VCF ha encontrado en la Champions su peculiar escollo, competición convertida desde 2006 en el cementerio de sus mejores sueños.

Nadie sabía que aquel minuto 30 de la segunda mitad cobijaría el que hasta hoy sigue siendo el último gol triunfal ante un grande en la Champions. Sucedió durante la última noche cálida de septiembre de 2006, en botas de Villa, y fue un 2-1 ante la Roma en Mestalla.

Eran tiempos de inercia, de cosechas sucosas en Anfield, frente al Inter, o el Arsenal, de un equipo que podía salir a Europa a competir sin complejos y en igualdad de condiciones; respetado entre sus mayores rivales. El aura mística de inicios de centuria le confiaba un estatus que la enfermedad del fútbol actual aniquiló.

Es un idilio con la máxima competición que permanece en el imaginario colectivo de la hinchada. Torneo que se ve próximo, bautizado popularmente como ‘el lugar natural del Valencia’. Sin embargo, detrás de esos sueños y anhelos se esconde una historia de derrotas e imposibles. Un noviazgo intermitente y crudo. Una trayectoria que no casa muy bien con las pretensiones incubadas con aquellas finales de 2000 y 2001.

Pues al paso de la destrucción del balompié en el último decenio, acabando con el orden mundial establecido en el siglo XX que ha dado lugar a nuevas potencias y roles, la entidad del murciélago se desvió de aquel camino, perdiendo lo mucho o poco que atesoraba. Trazando desde entonces una línea lánguida en su andar por la competición de las estrellitas.

No hay mejor despertar que zambullirse en el historial, una hoja con muchos números en rojo dictando que en cuatro de las últimas siete participaciones se cayó en la fase de grupos. Eso son cuatro de las diez ediciones consumadas. Y en la actual, la número once, no hay demasiadas señales que inviten a pensar que vaya a tener una conclusión diferente.

Este cambio de paradigma nos transporta igualmente a su peculiar minuto y marcador, pues el gol de Ayala en el 68 en Donetsk, ante el Shakhtar, en aquel 2-2 sufrido, inició la actual realidad. Una que nos susurra que desde ese 31 de octubre de 2006 los mestalleros han disputado 42 partidos en la máxima competición continental con un balance de 13 victorias, 13 empates y 16 derrotas, contando como únicos triunfos destacables los sumados en fase de grupos ante equipos como el Bursaspor, Genk, Leverkusen, Olympiakos, Schalke, Bate Borisov, Lyon, Gante, Lille…

Una belleza exhumada con el puñetazo de David Navarro a Burdisso, tratando del tercer encuentro que marca la frontera del antes y el después. Pues aquella noche, tomada con el caer de los años casi como algo cómico, firmó la última ocasión en que este club se mostró competitivo en una fase final; superando por última vez la barrera de los octavos. Estamos en el lejano año de 2007, y se consiguió sin vencer en ninguno de los dos encuentros de la eliminatoria.

Son las espinas de un romance que siempre ha traído consecuencias, ya que desde sus inicios la entidad blanquinegra no ha sido capaz de mantenerse fiel a su amada por mucho tiempo. Sólo el trienio emerístico (2010-2011-2012) marca la excepción a los habituales bienios: 2000-2001; 2003; 2005; 2007-2008… Clarificando las dificultades para establecerse de manera regular en la élite; pues hasta equipos como el Dépor consiguieron mayor asiduidad en sus tiempos de gloria, sumando hasta cinco ediciones consecutivas.

Una pérdida de punch que no sólo se observa en fases del KO, ya que dicha depreciación e inferioridad técnica, competitiva, mental, e incluso táctica, se mostró en su faceta más cruda de igual manera durante aquel 3-0 ante el Chelsea en la fase de grupos de 2011, como en los octavos de 2013 siendo un mero sparring para un PSG todavía alejado del actual nivel estelar. Pero nada como el infausto duelo ante el Schalke en idéntica ronda, donde el cuadro blanquinegro esparció todas las carencias que le alejan del nivel necesario para ser respetado en el certamen internacional. Enarbolándola sin cesar en posteriores cruces ante Bayern y compañía que siquiera fueron asumidos nunca como una tarea de aprendizaje; al menos hasta llegar a la noche del 0-2 de la Juventus.

Anemia, mutado en un clásico arropado por simpatías y melancolías de toda una generación, tratado ya casi como una pieza de museo por medios y aficionados de medio continente, observada de igual modo en una competición tenida como más apropiada para entidad sumida en tal crisis. Dado que en la misma Europa League sólo se consiguió avanzar, remontadas incluidas, ante contrincantes de un manifiesto nivel inferior. Cayendo de manera recurrente en la segunda competición continental cada vez que se cruzaba en su camino con un rival de igual o superior estatus. Pocas veces sucedió demostrando ser merecedores de algo más.

No es una cuestión definitiva. Ciertamente, Europa suele mostrarse como territorio hostil para infinidad de entidades, algunas del calibre de Manchester United o Arsenal. Incluso Inter, rompiendo este curso una racha de siete temporadas alejado de la Champions y un sinfín de ridículos en la antigua Copa de la UEFA.

Relación ésta que recuerda sobremanera a la mantenida con la Copa durante sus inicios como entidad; máxime tratándose de un club fundado con el único propósito de ganarla. Recorrido lleno de trabas, accidentes y pesadillas hasta que a base de tesón, vestido en esa insurrecta voluntad de querer llegar, le llevó a consumar el romance a fuerza de insistencia. Uno, que a diferencia del mantenido con la Champions, fue el mismo Valencia el que desechó en sus habituales delirios de grandeza. Un desprecio impropio que se le ha vuelto en contra, pues en cuanto volvió a acordarse de ella se la encontró convertida en una gloria inaccesible, en manos de rivales inviolables en la actual realidad.

Quizá, entablar un tour por las últimas disputas continentales sea el mejor espejo en el cual mirarse. Ahí se muestran mejor los males que afligen en la actualidad a una institución que suma cuatro derrotas seguidas, y un empate en Old Trafford, en los cinco encuentros disputados en estos tres años. Sin un sólo gol a favor. Guarismos que mantienen la expectativa de que la estadística mostrada perdure, dejándonos al Young Boys como el único proveedor de triunfos en esta liguilla. Lo cual supondría doce años sin victorias de postín a nivel internacional, algo que entronca con las once temporadas que llevan los valencianistas sin ser capaces de doblegar al Barcelona en Mestalla. Otro dato, la incapacidad para vencer incluso a tus oponentes locales, que habla a las claras de la magnitud del despeñe sufrido durante el presente decenio.

Incluso así, queda un halo de esperanza al que agarrarse, pues por vez primera desde aquel gol de Villa que sirvió para tumbar al subcampeón italiano, existe un plan. Una hoja de ruta con las lógicas trampas y rectificaciones en toda aventura, llamada al crecimiento progresivo. Una estrategia llena de sentido común y en manos de personas que conocedoras de las limitaciones que les atan, bucean por los recovecos del mercado teniendo muy claro qué quieren, cómo lo quieren y cuándo lo quieren. Pintando este regreso a la Champions como un mero prólogo, sin más intenciones que ganar experiencia y músculo, que solidifique años mejores. Un paso, aunque sea breve, encargado de recordarnos la caída padecida para enseñarnos a levantarnos.

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