Retalls de premsa Serie Centenari

La historia antes de la historia

Aportaciones inéditas, distorsiones, teorías de todo tipo... en los años veinte se trazaron los primeros perfiles históricos del VCF, estableciendo tics arrastrados durante casi un siglo. Así empezó a escribirse la historia.

De la fundación del Valencia F.C. se relató a muchachos de bien, en graciosas reuniones de bar distrayéndose con ensoñaciones deportivas. Pero rara vez se hizo hincapié en el contexto que envolvía sus caminares por aquella ciudad.

Trataban de modestos estudiantes republicanos, con carnet de partido, y ganas de potenciar el foot-ball en ciudad carente de grandes emociones desde el derribo de la Pista de la Exposición, años atrás. Sí. Pero el luto por Luisito Bonora escondió siempre la realidad de una València alborotada.

Pues desde el mismo día en que el funcionario municipal selló y firmó los papeles que daban luz verde a la sociedad, un mero trámite administrativo, quedando la función de la misma activa desde muchas semanas antes, el Cap-i-Casal padecía una severa huelga general que se extendió hasta la primera quincena de abril.

Altercados, tiroteos, y bombas llevando a declarar el estado de guerra. Una cuestión seria tratándose de capital rodeada de cuarteles del ejercito.

Es ahí donde se pueden leer noticias estremecedoras, presentando a una benemérita, en su afán por buscar a cabecillas y agitadores, entrando en talleres, y ante la imposibilidad de identificar a la pieza, acribillar a tiros al primer obrero que consideraban sin necesidad de mediar palabra, ni dar explicaciones a nadie.

Así era la ciudad de Blasco, con su partido, el PURA, convertido ya en fuerza hegemónica gracias a un potente respaldo de las clases populares.

Pero, en detrimento de lo que habitualmente se relató, no era una urbe sin fútbol. Pues en cuanto finalizó la huelga, retirándose el estado de sitio, se encuentran noticias anunciando la reanudación del Campeonato de Valencia y el inicio de la segunda vuelta del mismo, midiéndose el Benlliure y el Gimnástico en campo del viejo Sagunto, en los Salesianos, bajo arbitraje del señor Medina.

Cierto que trataba de una competencia más bien clandestina, dominada por el España F.C., gran campeón de la época, auspiciada por una Federación Valenciana moribunda e intermitente, cuya mala organización y gestión privaba a los escasos teams locales en lidia de poder participar en el campeonato de Copa.

Tan pésima salud mostraban que la noticia de aquel duelo era que ambos contendientes se presentaron sin los once jugadores reglamentarios.

Incluso el famoso período de carestía que antecedió a la aparición del Fé-Cé no casa con la realidad histórica, ya que entre 1912 y 1918 se fundan diversos clubes de distinto pelaje, en reflejo de aquella sociedad fragmentada. Lugar para inventos como el Regional de Emeterio Muga, un militar y diputado carlista que convirtió en 1917 a su equipo en el primero en estas tierras —pero no último, siguiéndole Gimnástico y Alcodiam— en ostentar el título de Real. O, con justo dos años menos que el actual Valencia, el fabuloso Athletic, heredero de los restos del Hispano, que a su vez engulló los del F.C. Valencia de 1905.

Misma fórmula empleada por los fundadores del Bar Torino, dado que la entidad del murciélago se compuso con piezas de distintas sociedades.

La primera historia

Reside el mérito en la irrupción del combinado mestallero, una vía poco estudiada y tratada, en su vocación de club-federación. Pues a su nacimiento va emparejada la refundación de la valenciana, impulsando un campeonato local integrador de todas las sociedades de València, Castelló y Alicante organizadas en grupos y divisiones, maquinando una ingeniosa confederalidad con la murciana, dando paso a una Federación Levantina que les permitiera durante esos primeros años sacar la cabeza en el Campeonato de España.

Un considerable salto de calidad que transformó radicalmente el rumbo, y el destino, del balompié autóctono. Siempre gracias a los Milego y Medina, grandes pensadores de tales asuntos. Provocando igualmente el nacimiento del estamento arbitral, acabando con la poca seriedad imperante en días de capitanes y socios con silbato perpetradores de auténticos escándalos en favor de sus intereses.

Menesteres que pronto granjearon a los del Torino el sobrenombre de caciques —gracias al inefable Amador Sanchis, Seg, en Diario de Valencia— alumbrando dichos recelos una pinza federativa que dejó durante largo tiempo al Fé-Cé en minoría; algo que igualmente supo revertir con ingenio. Aunque esa es otra historia.

En esos andares, desde el garito de Enrique Novejarque, no sólo reside el impulso del fútbol valenciano hacia unas cotas jamás vistas, sino también el nacimiento del periodismo deportivo, culpable en que desde 1921 se empezara ya a hablar seriamente de la historia del deporte local.

Porque es ahí, en esas cuartillas aparecidas como colofón o antesala a los nuevos campeonatos, presentando a los distintos contendientes y sus orígenes, donde vemos el primer atisbo de relato histórico vinculado al Valencia F.C.

Uno de gran ayuda en lo concerniente a pistas e hilos de los que tirar para seguir a  las extintas sociedades, y también, para comprobar el punto inicial de muchas de las leyendas urbanas, tics, o inexactitudes arrastradas durante un siglo de vida. Ya que no parece casualidad encontrar esos textos calcados en los muchos leídos durante los últimos cincuenta años.

Responsables, entre otras, de la tesis de la inactividad antes del surgimiento del equipo del Torino. Pues, aunque parezca mentira, teniendo a los protagonistas en vida, a tiro de piedra y con la capacidad de hablar con ellos, dichas narraciones tiran más de supuestos y vacuidades que de certezas.

Tampoco resultó un surgimiento casual. Ya en 1914 Diario de Valencia presentó una curiosa serie, La Semana Deportiva, que iba radiografiando la historia y milagros de los clubes en liza. Diciéndonos que en el famoso Deportivo de los hermanos Bonora (y Milego) Andrés Bonilla —fundador y tesorero del Valencia— ejercía de utillero de aquel equipo.

En La Correspondencia, por ejemplo, descubrimos el origen del fútbol universitario y colegial. La Copa de Mayo como génesis. O la importancia de los colegios religiosos, Maristas, Salesianos… en la salvaguarda del fútbol tras la debacle a consecuencia de la desaparición de la Pista de la Exposición. Culpable de la extinción de muchas de las primeras entidades que alumbró València a principios del siglo XX.

En El Pueblo, en 1923, es Caireles y su Entidades Futbolísticas quien nos hace entender la lenta decadencia del España F.C. debido a la escisión que padeció, alumbrándose con ella el Stadium F.C., de la que nunca se recuperaría.

Pero la más interesante de todas, por pionera al surgir en el verano de 1921, resulta la de Torremarín en Las Provincias, titulada El Foot-ball Valenciano.

Porque es él, en el III capítulo, y sin nombrarlo, quien relata los viajes de Milego a Madrid y Barcelona a ver grandes matchs coperos y su nostálgico regreso a València, echando de menos sus tiempos de ariete deportivista. El sentimiento que encendió la mecha e instaló como precepto fundacional del Valencia convertirse en un ente capaz de competir con los mejores para traerse la Copa al Cap-i-Casal.

«Esto no podía durar, era verdaderamente bochornoso que en la tercera capital de España, en donde otra época brilló este sport, no existieran jóvenes vigorosos que pusieran en práctica el más emocionante de los deportes. Y se consiguió, ¡ya lo creo que se consiguió! Un grupo de antiguos aficionados, ayudados por otros noveles, pero con gran espíritu deportivo, unieron su trabajo y capital al fundar un club que llevó por título el nombre de nuestra querida ciudad».

Es también quien vincula en blanco sobre negro por vez primera al Deportivo como padre biológico del actual Valencia. Asunto que se vuelve a ver años después, leyendo cosas como que el Fé-Cé se fundó en 1912 bajo aquel nombre, y que tras un simple cambio de denominación se puso a competir en 1919 bajo el actual.

Pero no hay mejor muestra de esas inexactitudes y generalidades que la confusión en la fecha de fundación, pues, como seguiremos viendo más adelante, no todos la tenían clara, hablando Torremarín de ser gestado entre marzo y abril de 1919, «contando con flojísimos elementos en sus filas».

Aunque su aportación más misteriosa es cuando advierte de que antes del famoso viaje a Castelló, junto al Gimnástico, en teoría el primer encuentro disputado en la historia de la entidad, participó en varios amistosos más a modo de preparación. Y de los cuales no hay constancia en hemeroteca. Algo, que por otro lado, no es nada extraño dado que hasta 1923 es complicado encontrar referencias regulares a partidos de fútbol.

Como tampoco la hay de la gira que afirma que emprendió la entidad por Cartagena y Alicante, con, según apunta, nefastos resultados.

Pero tanto la certificada excursión a Castelló, como la supuesta a Murcia, se explican con la inestable situación en las calles de la ciudad y la interinidad del nuevo fútbol, todavía en esas fechas discutiendo su reorganización, transformando un calendario que cambiaría por completo los vaivenes de los que era víctima anteriormente, estableciendo su nuevo inicio con un ampliado y remozado Campeonato de Valencia para enero de 1920.

Uno donde ya no valdrían las suspensiones de partidos sin causa de fuerza mayor, o la alineación de ocho o nueve elementos. Castigando severamente el no presentarse a los partidos, igualmente habitual en los torneos anteriores.

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La otra herencia

Pero, ¿es correcto considerar al Deportivo como padre biológico? Sí, con matices. Muchos, es cierto, prácticamente la mitad sumando directivos y futbolistas, provenían de sus filas. Aunque el 50% restante se reparten entre el viejo Sagunto y el Rat-Penat, del cual fue capitán Julio Gascó. Un hombre con rango en la fundación a pesar del eterno ostracismo que padece su figura.

Es lo curioso de la siguiente historia, y tal vez la que le de diera tanta validez a la misma durante tantos años. Ya que a pesar de surgir todos sus padres y sostenedores de distintas sociedades, el Valencia F.C. no incorporó a su identidad elemento alguno de ellas. Ni nombre, ni colores, ni escudo, ni tan siquiera solar donde disputar partidos.

Su espejo, el ejemplo a seguir, trataba del viejo Foot-ball Club Valencia, el primero en llevar el nombre de la ciudad; el primer gran campeón de la urbe; el primero en medirse con nota a los grandes de Madrid y Barcelona en el torneo de la Exposición Regional de 1909. Fundador de la Federación Valenciana de Clubes de Foot-ball y organizador de los primeros campeonatos locales.

Exactamente lo mismo que hizo el Fé-Cé en 1919. Pues ésa es la gran coincidencia que los vincula. Ligados igualmente por la similitud del escudo de uno y el fundacional del otro, casi calcados, distinguidos apenas por unas ligeras variaciones. ¿Otra semejanza? Ambos vistieron de blanco; y de blanco y negro.

Además vemos en el equipo de 1905 a personajes como Leonarte o Almenar, e iniciarse en su infantil un seco mozo de Algirós llamado Eduardo Cubells. Incluso en el Bar Torino y Barcelonina topamos con fundadores y prohombres de aquel team formando parte de la directiva de la entidad moderna. Fugazmente, eso sí.

No se puede discutir el ligazón filosófico, empezando por las ganas de agenciarse la representación de València en el gran tapete balompédico. Tanto como que en el libro de Perpiñá se llega a leer un entrecomillado sobre los orígenes del Valencia que relata aquello de «se llamará Valencia Foot-ball Club, como aquel que desapareció».

Aspectos que no formaron parte de la ligera historiografía de los años veinte y treinta, siendo a mediados de esa década, especialmente tras la guerra, cuando se une la fundación de la entidad de 1919 a la de 1905. Alcanzando cotas como no hablar del 25 aniversario del club, sino de sus 26 primaveras.

Es posible que esa legitimación del relato recaiga en boca de Luis Colina, con nómina en Mestalla desde 1928, al hablarle a José Luis Mariñas en 1942 de la continuidad con la escuadra de la Exposición.

«El primer campo que tuvo el Valencia fue el llamado del Portalet, en el camino del Grao. La mayoría [de los jugadores] eran extranjeros; pero hubo época después en que el club desapareció, hasta que en 1918 volvió de nuevo a la vida. Situándose ya en Algirós, terreno arenoso que vallamos en 1920».

Tal tesis de almas gemelas, sorprendentemente, es arrastrada sin oposición hasta las Bodas de Oro, incluso ahí, se lee en cuadernillos y publicaciones de distinta índole que los primeros partidos del Valencia tuvieron lugar en septiembre de 1918, en la Malvarrosa.

Es la frontera que rompe con ello para entrar en otra dimensión, en la de situar la fundación de la entidad en el limbo. Llegada de ningún lugar, surgida de un bar por casualidad…etc, vía sustentada aún hoy con infranqueable tesón. Pues el libro de José Manuel Hernández Perpiñá es el origen de ese relato blanco, granítico y compacto que ha durado hasta el siglo XXI, convirtiendo en un imposible el calado de cualquier halo de luz que llene vacíos o desmonte leyendas. Quedó todo demasiado arraigado en el imaginario colectivo.

Como la famosa moneda al aire, invento del entorno de Medina para tapar la afrenta sufrida en la elección de cargos habiendo sido él el dispensador de dineros, gestiones, tiempo, y contactos, para sacar adelante la creación del club. Historieta que irritaba a un Milego que se pasó media vida desmintiéndola, sin fortuna, pues todavía está vigente. Hasta el punto de verla en vídeos oficiales del club en año de centenario.

O aquella que pululó durante los sesenta, estableciendo la razón de la supuesta desaparición de la bandera de 1924 en haber sido enterrada junto al prócer. Cosa no del todo falsa, pues la que se introdujo en su féretro, al parecer, era la réplica, de un total de tres copias a escala, que el mismo Medina compró en la rifa para sufragar la vitrina de maderas nobles que resguardaba a la original.

En un lugar tan poco serio y respetuoso con el pasado y el rigor, suponen elementos que podrían justificar, en un club desnortado y sin vergüenza alguna, un adelanto sustancial en su fecha de fundación. Otros, empezando por la misma RFEF, lo hicieron con menos razones a su alcance.

Incluso así resulta evidente que la paternidad del actual VCF, el viejo Fé-Cé, es compartida de un modo u otro por distintas entidades. Tal vez no sea demasiado aventurado tildar al Deportivo como padre, y al Club Valencia de 1905, como madre. Estableciendo los abuelos en otros tantos, pues no se puede obviar tampoco el peso en tal asunto que le confirió Josimbar al Rat-Penat en su Figuras Deportivas, un libro de 1924.

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