Retalls de premsa Serie Centenari

Cuando el Fé-cé jugaba en El Pueblo

La estrecha relación entre el diario blasquista y el Valencia F.C. dio paso a una simbiosis que se trasladó al terreno de juego. Donde el trasiego de futbolistas fue incesante, tanto como las defensas a ultranza de los colores blanquinegros en las planas de El Pueblo.

Casino, periódico, bar, partido político… y equipo de fútbol. Todo, o gran parte de ello, bajo el auspicio del Círculo Republicano El Pueblo, el gestor de aquellos artilugios de un tiempo donde los movimientos y las creencias se articulaban en órganos civiles bien consolidados.

Esta historia transcurrió en los convulsos días de 1923, a las puertas de redacciones diminutas, copadas de administrativos y directores todoterreno con exuberantes puros. De escribientes haciendo cola para cobrar por cada palabra trazada en una cuartilla o pimplando en el bar incrustado en los talleres del local, donde guardaba una imprenta erigida en fuente alternativa de ingresos. Pues era utilizada tanto para imprimir periódicos como publicidad, revistas o lo que se terciara.

Escenario de un fútbol consolidándose como deporte de masas en unos ambientes políticos culpables de secuestrar las corrientes libertarias y democráticas que defendía un El Pueblo de planas con discursos morales y cívicos donde cada palabra prohibida era transformada en un punto negro, advirtiendo con ello de la censura sufrida. Mutado, a garrote, en delicadas notas intercaladas, más discretas, rezando que el texto había sido “revisado por la censura”.

Trataba ya de una València dada a la clandestinidad, con El Pueblo y El Mercantil Valenciano marcando la temperatura de una urbe gobernada hasta entonces por alcaldes del PURA, arquitectos de una radical transformación urbanística que no tendría freno ni con su desalojo por las armas tras el golpe de Primo de Rivera.

Porque la ciudad de Blasco trajo consistorios disueltos por decreto, dados sus afanes autonomistas e irreverentes. Y la seguridad de padecer altercados callejeros de juntar en un mismo terreno de juego a partidarios de Valencia, Gimnástico, Levante y España. Por noble que fuera la causa.

Es ahí donde la relación entre el Fé-Cé y un periódico en manos de Félix Azzati nos conduce al mismo instante de la fundación, cuando Pepe Llorca andaba por el Torino junto a los Milego y Medina redactando estatutos y conformando estructuras. 

Y más que eso, surge de la militancia de sus miembros. Pues Milego fue alumno y profesor de las escuelas republicanas que montó Blasco Ibáñez; como militantes del PURA eran muchos de los directivos, atletas, futbolistas —algunos de ellos llegando a ser concejales— desde su fundación hasta 1939, de tal modo y abundancia que se puede decir que hasta la posguerra el Valencia estuvo compuesto por ‘políticos’; también de distintas facciones. 

Base que ayuda a explicar el porqué la organización de todos sus actos oficiales caía de manera costumbrista en La Democracia. Tanto en el local de la calle Calderón, el bar-restaurante surgido del viejo casino (antigua propiedad de Blasco) de Fusión Republicana, como en el nuevo de Germanías 22 que ejercía de sede social del Partido Unión Republicana Autonomista. Y cuya impronta contaremos en rutas centenarias, la próxima serie.

Un roce entre dos mundos que plasma en planchas la amistad del periódico con el Valencia estrenado ya el año 1923,  tomado en serio el asunto con coberturas regulares y casi diarias de los vaivenes del balón. Al punto de colaborar en la organización de las primeas pruebas pedestres de la sección de atletismo. Postura nociva para La Correspondencia, desbancada como diario de referencia en favor de un El Pueblo donde Cubells, haciendo uso de su amistad con el director, publicaba sus cartas desmintiendo o defendiéndose de insidias y críticas vertidas por el carlista y granota Diario de Valencia; o de cualquier tropelía impresa en papel. 

Partidismo que dejó infinidad de anécdotas y situaciones peculiares. Alguna escabrosa. Ya que la acalorada defensa de los colores blanquinegros enseguida trajo enemigos a los entregados redactores de El Pueblo, quedando en multitud de ocasiones a las puertas de los estadios, bajo prohibición expresa de entrar a cubrir encuentros de rivalidad. Asunto que llegó a agresiones en Alicante o vetos en Castelló, donde sociedades pertenecientes al Círculo Republicano, como el Cervantes —posteriormente rebautizado como C.D. Castellón—, les retiró los pases de prensa acusando al rotativo valentino de anteponer sus bajas pasiones al común ideal republicano.


“Debemos manifestar que ni en Castellón, ni en Valencia, ni en ningún lado del mundo, se puede llamar buen republicano al que por encima del amor al ideal, y  a la disciplina que éste obliga, pone su pasión a un deporte cualquiera. Menos aún del fútbol, pasión que, por lo visto, divide más que une”.


Recovecos y alianzas que nos conducen a visitar a la primera firma valencianista de El Pueblo, Linesman, vecino del extrarradio, donde estaba situado Algirós y el Athletic, transformado en su entrenador cuando dicho club quedó bajo control del Fé-Cé gracias a presentar una lista de partidarios que se impuso en votación, convirtiéndolo así en una entidad satélite.

Aunque no siempre resultó una convivencia amorosa o pacífica. Dado que en los años treinta, un ejemplo lejano, Hands, Néstor Azzati, el hijo comunista de Félix Azzati, sustituto de Caireles tras su marcha a finales de los años veinte, se transformó en un crítico mordaz.

Postura que le hizo caer en desgracia a la muerte de su padre, cuando una feroz campaña contra el presidente Adolfo Royo (hombre con carnet y peso en el partido) ante su nefasta gestión, agravando penurias financieras o gestando un cisma en la plantilla por su capricho en traer y proteger a Gaspar Rubio —Hands apostó por la defensa del eficaz Vilanova, amigo, sindicalista y militante del PURA, defenestrado por Royo—, le valió ser apartado del día a día informativo.

La Unión Sportiva El Pueblo

Ante tales precedentes no es de extrañar que en enero de 1923 naciera la Unión Sportiva El Pueblo, el equipo del periódico. Un ente, en principio, no federado, de misión benéfica, roder, compitiendo por unas comarcas y unos pueblos que daban cuenta de la salud de una disciplina que pocos años antes amenazaba con la extinción del balón.

Otra muestra de las pasiones balompédicas del blasquismo se ve a las puertas de la editorial Prometeo. Pues un año después, siguiendo los pasos de su hermano de papel, nació el Prometeo Club Deportivo. Un rasgo que advierte de la segmentación de aquel fútbol, representando en el terreno de juego a cada facción o corriente.

Compañeros de conjuntos tan curiosos como el Ambulancia Deportiva, auspiciado por el gremio de camilleros. El Norte F.C., de los trabajadores de la Compañía de Ferrocarriles del Norte. El indescifrable X Foot-ball Club. El Bancario, de los empleados de la banca. Unión Cervantina; Universo; el Democrático F.C. o el famoso Fraternitario Sport Club, de la Fraternidad Juvenil Republicana. Y de ahí, de la Fraternidad, salieron muchos y muy buenos jugadores del Valencia.

Abundancia que comportó un problema logístico de primer orden: No había en la ciudad campos de fútbol para tanto pelotero. 

Motivo causante del empuje de varios de ellos, como el histórico Real Regional de Emeterio Muga, a migrar a las poblaciones cercanas a València. Donde la U.S. El Pueblo instaló su primer terreno de juego, hasta disponer del Victoria Eugenia, situado en la calle Jesús.

Curioso tratándose de un ente republicano, vestido con la tricolor, y ateo.

Son tránsitos que explican las dos vidas de la Unión Sportiva. La de “mejor equipo no federado”, y la de un ambicioso aspirante a primera categoría como recurrente campeón del grupo B gracias al poderío adquirido. Éxitos estériles a pesar de tanto esfuerzo, pues su incursión en primera no se dio por cachivaches deportivos, sino por culpa de su relación con el Valencia gracias a unos ambientes temerosos de que contando ya con el voto del Athletic  —abundando sospechas, más o menos fundadas, de que siempre se dejaba ganar ante los valencianistas—, y las simpatías granjeadas de Burjassot y España, el Fé-Cé tomara ventajas inasequibles para el resto. 

Porque aquello funcionaba así, los ascensos y descensos (incluso algunos puntos) se decidían más en sede federativa, en función de la conveniencia general para el nivel del campeonato o de la solidez del andamiaje de las entidades, que por quedar último del grupo A, o campeón del B.

Trazos, junto a la irrupción del profesionalismo, del irremediable languidecer de un equipo de corta pero intensa vida. Transformado enseguida, bajo la dirección de la familia Tarín,  en el primer destino de muchos equipiers del Valencia cuando, bien por viejos, o bien por malos, abandonaban la disciplina del murciélago. Aunque tampoco era raro observarlos en su plenitud defendiendo los colores de El Pueblo. Pues de 1924 a 1927 es habitual toparse entre sus filas, reforzándolo en amistosos de postín, homenajes o en torneos de enjundia, a muchos blanquinegros. Configurándose enseguida un cuarteto de habituales integrado por Pinyol, Reyes, Roca y Marín. 

Vocación excursionista cuya sana experiencia llevó a otros tantos de ellos a fundar, en marzo de 1927, el Tigres de Bengala F.C. (adivina ante quién jugó su partido inaugural). Recorriendo a sus lomos la geografía valenciana a medirse en copas locales o memoriales. XI pintoresco capitaneado por Cano, Picolín, Amorós, Cordellat y Llago. 


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Pero ni mucho menos trató de una relación unidireccional. Ya que tanto en el equipo reserva como en el segundo equipo del Valencia observamos como se van incorporando los mejores peloteros de la joven Unión Sportiva. Alguno, como Ricardo Alís, incluso sacando la cabeza en el primer equipo.

Simpatías no siempre festivas, pues a pesar del carrusel de amistosos que durante años disputaron dichas entidades, siempre en beneficio de El Pueblo, también hubo duelos en competición. El más curioso nos lleva a la extraña Copa Ethvina, que en una especie de olimpiada confrontaba a los clubes con secciones deportivas en pruebas de fútbol, atletismo y ciclismo. Competencia que llevó al Fé-Cé hasta semifinales, cuyo empate ante la Unión Sportiva le dejó fera de una final que acabaría ganando a los puntos el C.D. Gil.

Recuerdos sepultados de una era trepidante, quedando como mejor ejemplo de aquellos fulgores, de un fútbol que era hobby para obreros metidos a futbolista, la famosa foto del ascenso de 1931 junto a la bandera. Pues a pesar de no estar todos, y de caber muchos más, en ella apenas hay tres que no acabaran en el exilio, en la cárcel o en un campo de concentración. Aunque una de esas excepciones moriría en el frente ruso, enfilado en la División Azul.

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