Història VCF Serie Centenari

Primeros filiales: Del Athletic al Juvenal

En su batalla por el cetro local, el Fé-Cé no sólo centró sus esfuerzos en el terreno de juego. Para ello era necesario impulsar su dominio federativo, en minoría hasta 1924. Una batalla crucial ante la inminente llegada de las competiciones profesionales que ganaría por aplastamiento.

No estuvo exenta de férrea oposición la ascensión del Fé-Cé al trono del balompié valentino. En aquellas guerras donde entraba en juego toda clase de argumentos o argucias, Seg y Sir Lobnel, los representantes de la derecha mediática y futbolística, la tomaron con el pobre Milego. Diana de sus críticas y ataques, culpándolo, incluso estando ya fuera del Valencia, de todos los males del Gimnástico y el fútbol local.

El curso 1923-1924 supone un episodio ineludible en el cambio de tornas. Desde diciembre del 23, con la suspensión del gran duelo entre potencias por el campeonato debido a la participación de Montes y Molina en un clínic con la selección, se precipitaron unos acontecimientos que escribieron su prólogo con el regreso del título local a las vitrinas granotas en enero del 24. Recuperado tras el primer y sonado éxito valencianista un año atrás. La llegada en julio del decisivo fichaje de Enrique Molina fue el gran golpe valencianista para un cambio culminando en otoño con el vuelco en los equilibrios de poderes padecidos en la Federación Valenciana; hasta entonces en manos de los muchachos del patronato.

Son tiempos donde los cafés ejercen de residencia de los clubes de la ciudad, espacios no sólo para discutir de política, sino también para hacerla. Pistas de aterrizaje de noticias y modas traídas de los viajes de exportación. Un tuiter analógico en el cual palabras mal dadas encendían mechas que generaban trifulcas entre encorbatados.

Es allí, en los salones de La Democracia, donde se traza el primer plan estratégico para romper la absoluta minoría en la cual se encontraba el Fé-Cé en el estamento federativo.

Pues los episodios vividos en la Copa Alzaga, o la extraña pérdida del campeonato que en 1922 tenía ganado el Valencia, descalificado al no plegarse a un cambio de calendario en plena competición (intentando jugar el partido marcado en la fecha original en lugar de presentarse al impuesto tras la modificación) para favorecer una gira del Gimnástico por Catalunya coleaban tanto como dolían. Determinando a los valencianistas a acabar con aquella situación.

No trata de una historia de buenos y malos, ya que en ambos casos la Federación fue utilizada a capricho de los colores de cada cual, dejando el interés general en un segundo plano cuando chocaba con las aspiraciones del club al mando. Es más bien el relato bélico de dos poderes antagónicos luchando por su lugar en el nuevo mundo. Uno, siguiendo los preceptos británicos de profesionalismo, adoptando la modernidad republicana imperante en la urbe; y el otro, defensor del tradicionalismo caduco y la tesis amateur.

La primera alarma encendida en el tablero de los seculares enemigos del murciélago, recelosos ante el nacimiento de una nueve potencia, fue la creación del comité técnico de árbitros.

Un empeño de Milego fruto de sus constantes viajes a Madrid, configurando delegaciones y cursos, desatendiendo sus labores presidenciales en el club hasta obligarlo a abandonar un cargo distraído para apartar a mandamases contrarios, socios retorcidos o capitanes rabiosos de la labor arbitral. Dada al escándalo y a la parcialidad. Un movimiento que no quedó exento de polémica, pues en el plano local la mayoría de los integrantes del nuevo estamento o eran valencianistas de carnet o viejos directivos del ente del Torino.


“Si oficialmente o en sus manifestaciones exteriores ha desaparecido aquel odioso bloque, virtualmente, empero, existe todavía por desgracia para nuestro deporte la camarilla política donde han acertado a reunirse varios ‘congéneres’ que capitanea Milego, llevados todos por intenciones aviesas o interesadas, despechos mal aguantados o aspiraciones endiosadas de quien creyóse amo del deporte nacional”.


Palabras de Sir Lobnel lanzadas un tiempo después, que ciertamente, son muy suaves para lo que tanto él como Seg (un Amador Sanchis retirado de la práctica futbolística en 1921 para enrolarse en la dirección granota) acostumbraban a decirle desde las monárquicas páginas de Diario de Valencia.

Pero para triunfar en su propósito de acabar con aquel bloqueo a los intereses medio merengues, el Fé-Cé necesitaba algo más que a Milego y una cuadrilla de colegiados regidos bajo el imperio de la ley. Necesitaba delegados federativos afines para romper la pinza gimnástica, y para eso se requerían alianzas con otros clubes.

El Athletic Club Valencia

“La política del Athletic es de franca adhesión al Valencia. Continúa su orientación política decididamente valencianista”, sentenciaba Luis Bohoques, su presidente, a Caireles en una entrevista para El Pueblo en agosto de 1924. “Los directivos del Ahtletic, muchachos simpáticos, entusiastas, deportistas sinceros y admirables de abnegación, afirman al adoptar esta política que son de los que saben elegirse buenos padrinos”. Sentencia el pizpireta redactor del rotativo blasquista.

Una relación de origen, pues el nacimiento de los atléticos responde a la euforia del pasado, y al mejunje que provoca la fundación misma del hoy cuadro mestallero.

Falsa ilusión surgida de las primeras tomas de contacto de Gonzalo Medina para comprar un solar situado tras la tabacalera, mandado por la Federación de Clubes Deportivos levantada por Emeterio Muga con la finalidad de poner fin al declive y las penurias que conducían al deporte valentino a la extinción. Empujando la labia de don Gonzalo a los viejos colegas del Hispano (o sea, los restos del Club Valencia de 1905) a fundar en febrero de 1917 un nueva entidad para una nueva era. Precipitación que quedó en nada cuando las pretensiones del dueño del solar envió al traste el proyecto del nuevo Wembley valenciano.

Son las motivaciones que alumbraron a un ente acostumbrado a vivir con lo puesto, no federado hasta 1921, “llegado a la palestra animado para llevar acabo las más temerarias empresas para bien de la afición del deporte del balón”.

Y heredero de Algirós, posibilitando su ingreso en el grupo A, la primera división de aquel fútbol; ambas cosas gracias al apadrinamiento del Fé-Cé. Un Algirós sin las gradas de madera, y sin muchas de las comodidades sufragadas por sus primeros inquilinos, pero todavía de suficiente lustre para dar réditos financieros a aquel Athletic de modestias que en su corta vida se especializó en ser un formador nato de talentos que acababan llevándose los grandes de la localidad.

Pero aquella alianza, cocinada a fuego lento durante los últimos meses, filtrando adeptos a la causa en listas ganadoras, hasta alumbrar una mayoría apabullante de socios y simpatizantes valencianistas, no iba a quedar exenta de polémica. Pues no trataba sólo de ganar un delegado (designado por el Valencia) en la Federación, era también adulterar el campeonato.


“Dos clubes íntimamente ligados por afinidades de criterio, en el que los equipers del Ahtletic han actuado y desarrollado bajo los auspicios del maillot blanco”.


Acusaciones que no se pueden cuestionar si uno observa los resultados de aquellos primeros tiempos de alianza. Mientras el Athletic vendía muy cara su piel ante los grandes, 2-1; 1-2; 3-2; 4-3… ante el Valencia los resultados son escandalosos. 7-1; 8-0; 1-6; 9-0…

Y menos cuando topas con crónicas de partidos de campeonato donde se avisa que los “athlétikos” forman al completo con el equipo reserva del Valencia.

Un trabajo de minería que consiguió romper la pinza Gimnástico-Levante, no sólo gracias al Athletic, sino también a las primeras simpatías granjeadas con el Castellón (cediéndole puntos al Fé-Cé en su lucha deportiva), o el Burjassot. Provocando su llegada al poder un intento de escisión en noviembre de 1924 cuando en Alzira, los granotas, las sociedades castellonenses, y los clubes alicantinos, especialmente el Natación, se reunieron en secreto para intentar revertir la coronación valencianista, y en su defecto, abandonar la Federación dado el temor surgido por la influencia de éstos en el Comité Técnico de Árbitros, en la misma asamblea, y contar con un comodín de tan fácil puntuación como los nuevos beneficiarios de Algirós.


“Aquí se compran árbitros que dan victorias por pesetas, por pesetas se obtienen cesiones de puntos, por dinero se logran mayorías, se ganan votaciones… y… se hace lo que se quiere”.


Son palabras de Sir Lobnel justificando el intento de fuga gimnástico. Una ristra de ataques y recelos que acabarían configurando el sobrenombre de “cacique del fútbol valenciano” para un Fé-Cé, que sin descanso alguno, sería tildado así en las páginas de Diario de Valencia durante años.

Trataba de una nueva posición de mando que no iba a desperdiciar el Valencia, adoptando como primera medida, dada su nueva mayoría en la asamblea, revertir, vía votación, la sanción que impedía a Enrique Molina jugar en el Valencia gracias a su fuga al eterno rival. Operación de negociados bajo mano donde, entre otras muchas cosas, se llegó a insinuar que los mestalleros habían pagado tres mil pesetas al Gimnástico para liberar al as granota. Nada en aquel entuerto parece ser verdadero o falso, circulando todo tipo de palabrería que jamás se confirmó. Lo cierto es que la baja dada por los del patronato fue revertida cuando conoció el destino de su crack. Intentando frenar su firma con el enemigo bajo una sanción ad-hoc impuesta por su control de la asamblea federativa.

Tejemanejes que no nos hace olvidar la labor primigenia del Athletic y su papel en toda esta historia. La de filial.

Un rol que se muestra ya desde el inicio, al ser reforzado con descartes del Fé-Cé como el fabuloso Hipólito Tarín, un excelente medio que vio truncada su carrera con la llegada de Molina. El aterrizaje de varios reservas de postín que necesitaban minutos de calidad en entornos más exigentes; tarea que beneficiaría a jugadores de la importancia de Enrique Salvador, desviado al Athletic a foguearse nada más llegar procedente del Fraternitario. Incluso por allí vemos a personajes como Julio Gascó, el capitán-fundador, tras recuperarse de una lesión de rodilla que le obligó a dejar el Valencia antes de lo previsto.

Aunque sería la misma naturaleza del Athletic la que supondría su fin en estas lides. Pues aquel matrimonio no resultó prolífico a largo plazo. Su eminente labor formativa, un espacio para adquirir estados de forma y dar oportunidades a chicos por pulir, hicieron enseguida de los albinegros un equipo testimonial. Zafándose del último puesto de refilón, o cayendo a él de manera constante. Así, que su descenso al grupo B era cuestión de tiempo.

Lo cual no quiere decir que rompiera sus lazos valencianistas, pues los mantuvo. Sólo que la evolución del club fue por otros derroteros, trasladándose a Ruzafa, adoptando el nombre del barrio como apellido en un intento de adquirir masa social propia y cayendo en manos de gentes que prefirieron volver a ser un ente no federado, o en todo caso, participar en el grupo C.

Latitudes que no le venían nada bien al Valencia para sus intereses.

Bienvenidos al Juvenal

Un coincidir el declive de éstos con el auge de un simpático equipo de comarcas que se había hecho hueco entre los grandes a base de ímpetu. Una ascensión fulgurante y sin patrocinador, pues era de una pobreza eminente, contando incluso con la oposición de las autoridades de Carcaixent, que lejos de ayudar, sólo pedían más y más impuestos o alquileres por el modesto solar que empleaban por campo.


“El Juvenal es todo ardor y acometividad. Juega hasta con brillantez dándose el caso -ya viejo- de poner en jaque a los ases”.


El candidato ideal para un cambio de socio. Aunque antes hay que reconocer el arte del cortejo que desarrolló el Valencia para estos asuntos.

Pues el inicio de tales absorciones siempre empezaba de manera ‘casual’, aumentando el contacto paulatinamente… en dicho caso desde su posición de primate del fútbol local, coronado ya como rey absoluto y ganando a pares los campeonatos, exento de oposición, se buscó en el emergente Juvenal un compañero para sus fastos sociales de la 26/27, que es cuando comienza toda esta aventura y la legislatura Athletic empieza a delinear su final.

Todo en las horas más convulsas del balompié. Dado que la frontera del profesionalismo ha sido cruzada, estableciéndose cupos de tres profesionales por club enviando al limbo con ello a muchos y muy buenos peloteros que de repente se ven sin sitio por el uso de las pesetas.

Instantes de negociados en Madrid para establecer el primer intento de campeonato de Liga que daría paso a la escisión de los grandes, abandonando la Española para crear su propia Federación, dando como resultado dos campeonatos ligueros. El oficioso, el de los escindidos, que triunfó social y mediáticamente; y el oficial, de los leales, que no se tomó nadie en serio, un fracaso de taquilla y crítica, haciéndonos ver al Valencia jugar dos partidos el mismo día y a la misma hora en dos puntos distintos de la geografía, correspondientes a la Copa y a la malograda Liga Máxima.

Pero son asuntos estos que sólo aportan confusión más que sustancia al relato. Lo importante es que el uso del Juvenal tenía motivaciones mucho más sucosas que el Athletic. Era un verdadero segundo equipo y no una mera plataforma para dar minutos a talentos sin sitio.

En ocasiones, aquel romance iniciado con la constante invitación a múltiples amistosos, no tenía más pretensiones que la de medirse entre ellos. En otras, eran en favor de los niños pobres o de las viudas y huérfanos del sindicato de ferroviarios. Y en algunas pocas, para combinar equipos en selecciones de verano. Tiempos de fama para uno chavales de Carcaixent instalados de manera habitual en la cabeza del grupo B, compitiendo año tras años con otra entidad amiga, la U.S. El Pueblo, por el título de la segunda división.

Doce meses de relación amistosa que da su primer gran paso con la visita a Mestalla en febrero 1927, dejando al Valencia vestido de blanquiazul, camisola que heredaría y vestiría a los pocos meses de convertirse en filial abandonando el blanco heredado de sus tiempos de Carcaixent. Trata de un duelo que llegó 0-0 al minuto 75 fruto de un sorprendente desparpajo. Una actuación, una tarde, donde se decide poner en marcha la maquinaria.

Primero, alzando al señor Salom, presidente del Juvenal, a máxima autoridad federativa. Un cargo con funciones de arbitraje más que ejecutivas. Segundo, avalar el ascenso del Juvenal al grupo A, a pesar de los recelos y las evidencias de un nivel y unas estructuras que no le hacían cumplir con lo mínimo exigible. Tercero, para corresponder con el punto anterior, dotarle de todo lo que carecía.

Así, que ante la pasividad de las autoridades de Carcaixent, el Juvenal culmina su traslado a València en septiembre cerrando su aspiración de ser equipo de primera, acabar con sus crecientes gastos y sus costosos desplazamientos en una operación que tuvo sus complicaciones, pues la vieja plantilla, la exitosa, repudiada, se quedó tirada en el pueblo. Formando finalmente su propio equipo. La entidad cesante, ante posibles repercusiones, creó una S.A. para poder explotar el nombre del Juvenal sin intromisiones, vistiéndose íntegramente con los reservas del Valencia.


“Digamos no obstante que el Juvenal es una vergüenza figure en el grupo de la primera categoría, ya que ello constituye un desprestigio para el fútbol valenciano”.


Un remate de La Correspondencia, diario afín a Mestalla, que habla a las claras de lo mal acogido que estuvo siempre el experimento. Responde al estreno del equipo como entidad valentina, derrotado 4-0 por el Burjassot en su nueva casa de Algirós, el segundo heredero del viejo campo de deportes del Valencia F.C., y vapuleado 12-0 por el Castellón días después en una gira de preparación para su nuevo estatus que cerraría viendo a Zamora bajo sus palos en otro duelo amigable ante su padrino.

Un período extenso de meses en el cual el Fé-Cé parece incapaz de encontrar otro rival para sus amistosos.

Son críticas surgidas desde las propias filas debido a que a esas alturas el Gimnástico estaba sumido en los primeros episodios de su eterna decadencia. Destronado por el Valencia, superado por el emergente Levante F.C. y ensombrecido por un Castellón convertido en único rival de postín por el campeonato.


“Según rezaban las gacetillas de contaduría publicadas al margen del partido, el Juvenal saldría dispuesto a mejorar frente al Valencia los resultados catastróficos conseguidos en alguno de los anteriores partidos, demostrando al mismo tiempo, no ser tan mal equipo como muchos supusieron. Y el equipo campeón no iba a ser tan olvidadizo respecto a los lazos que le unen a su adversario y hacerle quedar mal en sus propósitos. Por ello dedicóse a vegetar durante todo el partido, consiguiendo los tantos previstos para salvar la puntuación. […] ¿Qué había de resultar de todo ello? ¿Se adivina? Claramente. 90 minutos de juego insulso, en que un equipo atacaba aunque con las debidas precauciones para no excederse en lo convenido, o lo conveniente. Y otro se defendía lo mejor posible, pero cómodamente, con la perfecta seguridad de que no iba a repetirse el 12-0”.


Eso de un hombre comedido como Josimbar en el quinto encuentro de campeonato, suficiente para ver el empastre del Juvenal, que iría de goleada en goleada, derrotado hasta por los habitualmente considerados peores equipos del grupo, acumulando en tal jornada guarismos de un gol a favor y treinta en contra.

“De escasísimo interés jugar ante un Juvenal que siempre pierde sus partidos”, pero autor de episodios a destacar. Una relación sólida que no vería su fin ni con la reorganización de las competiciones con el surgimiento del campeonato de Liga. Pues aún en pañales, el fútbol local continuó como plato principal durante varios cursos más, extendiéndose esta historia hasta el ecuador de los años treinta.

Pues el Juvenal, “ese equipo salido de entre los valores que el Valencia sacó de su reserva para elevarlos a primera categoría”, dio muchos más nombres. En sus filas incubaron rostros, bien de ida, o bien de vuelta, reconocibles en la memoria mestallera como el de Llago II o Villarroya, el eterno suplente del magnífico Enrique Cano. Simarro; Timoneda; Reyes; Ricart… Estableciendo tal relación que los aficionados valencianistas llenaban el viejo Algirós cada vez que medía a acérrimos enemigos sin más pretensión que insultarlos y meterse con ellos, “el público, que en su mayoría, cuando juega el Juvenal contra los ases siente un amor repentino y ardoso por estos colores, se pasó una tardecita como para pedir una garganta nueva. Desde el insulto medroso y suave, hasta el improperio soez y grosero, el dicterio pasó por las gradaciones, en color y tono, con que tan rico es nuestro idioma”, apuntó Sincerator en un duelo ante los granotas de infausto resultado para los intereses locales.

Pero no hubo manera. A pesar de su juventud y buena técnica, los resultados, hasta en la Copa Consolación (surgida con la fallida Liga Máxima para compensar a aquellos que se quedaron fuera de la misma), resultaron nefastos. Advirtiendo hasta de un complot arbitral para evitar que el Juvenal acabara colista de la división y padeciera los destinos del Athletic.

En definitiva, son escarceos de una entidad moderna que adquirió un tamaño relevante incluso para su propia época. Un club que fue culminando todas sus vocaciones y sueños, necesitado de salidas para unos talentos adquiridos a los que no podía curtir en las estructuras de aquel fútbol. Tanto que en esos mismos meses es cuando la entidad toma conciencia de la necesidad de contar con personal fijo, que pilotara las nuevas exigencias del fútbol moderno.

Pero no a cualquier precio, ni de cualquier modo. Sino bajo un prisma organizado y empresarial, con una filosofía detrás. Es por ello que en acuerdo alcanzando en la asamblea de socios se dispone de un concurso público, con sus bases ante notario, para buscar a su primer secretario general, no siendo otro que Federico Almela el primer ocupante. De breve pero eficaz estancia, encargado de guardarle el sitio y darle la alternativa a otro nombre de gran abolengo en la historia del murciélago: Luis Colina.

Era momento, una vez superada la etapa local, moldeada a imagen y semejanza, de afrontar las competiciones profesionales y acceder a una primera división a la que no le dejaron pertenecer de oficio.

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