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O guerreiro

Impulsivo, emocional, contundente... Paulista estaba llamado a ser uno de los mejores centrales del momento. Pero un viaje truncado a Londres lo devolvió a Mestalla en el mismo punto en el que se encontraba. Ahora vemos la mejor versión de un muchacho que lleva toda su vida luchando contra el destino.

O Guerreiro. Empezamos bien, con un tópico. Pero en ocasiones las cosas son todo lo que aparentan. En el caso de Gabriel el cliché no sólo no es infundado, sino que forma parte de su propia identidad. De la historia de su vida. De la mentalidad de un jugador que reconoce que «la pasión nos hace cometer errores».

Trata de la vida de un muchacho criado en las favelas de Sao Paulo, bajo techo de uralita y paredes de madera, incapaces de retener el agua de la lluvia. De calles infestadas de criminalidad. Sobreponiéndose al destino hasta el punto de enfrentarse al hombre que le hizo central. Una apuesta perdida que le ayudó convertir aquella rabia por abandonar un puesto avanzado en un disfrute, llevándole a comandar hoy la zaga valencianista.

Porque este, el suyo, es el típico relato de futbolista brasileño peloteando en una cancha de tierra y peligros. De una madre que le advierte del riesgo de soñar fútbol por falta de dinero para ello, pero que aun así, ajusta el escaso presupuesto familiar por la voluntad de querer llegar.

«Juego por ellos, no podía fallarles. No puedo fallarme», le dijo a Conrado Valle el pasado noviembre en una entrevista multimedia en AS. Ellos son sus padres. Y su hermano. Asesinado por la policía. Que también lo intentó sin que ningún equipo le diera la oportunidad, acabando en malos ambientes y peores compañías. Paradójicamente, su muerte, le abrió las puertas a Gabriel, pues un íntimo de su hermano se hizo con el Tobao, llamando a casa para decirle a su madre que le iba a dar al pequeño la oportunidad que no tuvo su primogénito.

En esa dispersión el joven Gabriel se pasaba el día calzado con las modestas botas de segunda mano que su padre se agenció, hasta reventarlas. Pateaba en comunas, y se enroló hasta los doce años en equipos de fútbol sala, donde adquirió mucha de la técnica que hoy luce. Sabe el precio de llegar. De la desazón de tener que dejarlo por no poder seguir pagando la matrícula que exige el equipo-escuela en el que has ido a parar. Un destino cambiado por aquella llamada telefónica.

Es lo que configura el carácter de un futbolista que no siente el dolor en la cancha, porque su dolor es otro. Lo del verde trata de un privilegio, un sueño, su manera de reafirmar el triunfo sobre una vida empeñada en situarle en otro lugar. Es por eso que le importa bien poco jugar con molestias, roto, o al límite de sus fuerzas. Lo que explica el porqué desangrándose sigue jugando o exigiendo salir al campo sin coserle la ceja. Sabe aguantar, y le da igual agravar lesiones. «La pasión nos hace cometer errores», es su disculpa. En realidad, el sabe vivir con alegría y esperanza.

Aferrado a un propósito, sin desprenderse de esa sonrisa eterna que le ilumina un rostro jovial, muestra una personalidad alegre a pesar de todo. Un muchacho que aprovechó el regalo del fútbol hasta acabar en el Vitoria de Bahía, donde aquellos quehaceres, y una formación tan atípica como tardía, le llevaron al Vila-real a sus 24 años con carencias impropias de esos niveles. Transformándolo igualmente en un ventaja. Las sesiones privadas con Marcelino, las horas visionando vídeos con sus errores, lo moldearon en un central total, maravillando a unos técnicos que destacaron siempre de Gabriel su condición de esponja, de profesional que hacía todo lo que se le decía, mostrando una envidiable voluntad de mejorar cualquier aspecto de su fútbol. Algo poco común en futbolistas de su edad.


«Marcelino siempre te aprieta, y si entiendes lo que te dice puedes sacar lo máximo de ti. Le agradezco tener paciencia conmigo, cuando llegué al Vila-real en 2013 fue una situación complicada» .


Fue, más bien, un viaje a lo desconocido. Su primera vez fuera de casa. Con su mujer embarazada. Despojado de un entorno que ejercía de fortaleza. En fútbol ignoto y competición exigente quedó despejado el primer curso a la adaptación a los cambios. Asuntos afrontados con el mismo estoicismo que su propia vida, tan vehemente en su afán por triunfar que los escasos 16 meses que vistió la camisola del submarino amarillo fueron de una excelencia sobrenatural.

Sabiduría que no quiere guardarse para sí mismo estrenada la madurez, pues siente una especial predilección por los jugadores jóvenes, acercándose a ellos a ejercer de guía. Una costumbre de quien sabe mejor que nadie lo difícil que resulta sacar la cabeza en esta industria, conservando intacta la ilusión y la pasión del primer día, empujándose a liderar vestuarios. Sintiendo la necesidad de apoyar y arengar colectiva o individualmente a grupos o compañeros que atraviesan momentos menos dulces. Un ejercicio natural que expresó de manera muy gráfica en los micrófonos de la COPE hace cuatro meses, en plena oleada de sinsabores: «En el vestuario yo hago bromas con todos, todos iguales. Pero dentro del campo, si uno no está corriendo yo me pongo… uf. ¡Tenemos que correr, pelear cada minuto!»

Es lo que sucedió en Mendizorroza no hace mucho, protagonizando una conversación subida de tono con Garay que la censura ejercida por la Liga impidió que se viera más allá del directo.

En esos tiempos, además de forjar una gratitud con su entrenador, expresada a cada oportunidad que se le presenta, pudo sellar otro de sus sueños. En una un Brasil donde los salarios eran escasos e intermitentes, no fue hasta su llegada a Europa cuando pudo sacar a sus padres de las favelas, retirándolos a una zona residencial, bajo un techo decente en una casa como mandan los cánones. Asunto que ya intentó en sus tiempos del Vitoria, pero no le daba más que para adecentar y reforzar la vieja estructura del hogar familiar.

El salto a las islas

Los errores de arrebato a los que aduce propiciaron la escena-recuerdo más recurrente de su paso por esa Inglaterra que lo importó tras su exhibición en Castellón. Un central de altos vuelos, rápido, contundente… las trazas que tanto chiflan en un fútbol que aún hoy mira más el físico que la técnica. Sucedió en un Chelsea-Arsenal en el cual Gabriel fue el único gunner que plantó cara a las marrullerías de Diego Costa.

Por un instante se erigió en el vencedor moral del duelo hasta que las malas artes del nueve blue le hicieron caer en su trampa, consiguiendo una roja para un Paulista que inició allí el declive de su hasta entonces meteórica carrera en la Premier.

Extraña víctima del sistema, de un Wenger que perdió el toque para construir equipos solventes. De un cambio de dibujo. De los memes que lo atosigaron. De su incapacidad para hablar y entender el inglés… acumulación de situaciones que empezaron por su evidente transformación física. Aquel muchacho espigado, fino, dejó paso a una mole musculada que afrontaba cánticos burlescos en gradas enemigas.

Atrás quedaba su célebre marcaje a Lukaku. Su versatilidad al cubrir el centro o el lateral. La brillantez en una línea de tres ideal para esa anticipación tan característica que le asemejó a un marcador de talla mundial… errores de comunicación y la llegada de nuevos referentes en la etapa más débil de su equipo minaron su confianza.

Guión de una aventura llamada a elevarlo al siguiente nivel truncada por la insana falta de competitividad interna que carcomió al Arsenal de los últimos tiempos. Tal vez, el gran y único culpable del declive temporal de un futbolista que llegó en una situación inmejorable. A mitad camino de convertirse en uno de los centrales más dominantes de su generación. Extravío que se notó mucho en su aterrizaje en Mestalla, encontrándose en el mismo punto que estaba cuando marchó del Madrigal gracias a dos años en manos de un francés acomodado. Pero con veinticuatro meses más a sus espaldas y una severa lesión de rodilla en su historial.

Impulsado por la inercia, fue una primera etapa de la que todavía se encuentran los vestigios del impacto que produjo su introducción en las islas. Elogios y aplausos que van desde el The Guardian a la FourFourTwo que nos hablan de un «central duro», «contundente», «rápido», «capaz de jugar ante cualquier rival y en cualquier escenario», «siempre bien posicionado y cubriendo terreno», «con una extraordinaria capacidad para leer el juego», «humilde» y «trabajador». Ningún analista dejó escapar la oportunidad para etiquetar al muchacho como la nueva joya de su fútbol.

Trataba del chico verde y tácticamente nada trabajado que fabricó Marcelino, de donde se desprenden las palabras que pronunció el futbolista a su regreso, advirtiendo de lo necesarias y útiles que le resultaron en el escenario inglés aquellas lecciones, a las que en principio no les dio más valor.

En suma, todas esas experiencias negativas, son las razones por las cuales le costó entrar en el XI una vez vestido de blanquinegro. Hasta para encontrar una pareja de baile que lo elevara y completara.

Sólo necesitaba tiempo para recuperar el hábito de la exigencia diaria que nunca encontró en Londres. El resto le viene de serie… la consistencia, el sacrificio, la actitud, el entendimiento del juego… mejorando a pasos agigantados otra vez a manos de su verdadero mentor. Pero incluso en esas lides vimos a un Paulista, en su primer curso, muy discreto para lo conocido de él con anterioridad. No resultó un regreso sencillo. Plagado de errores y fallas que recordaban a sus miedos de gunner.

El líder

Es ahora cuando empezamos a ver al verdadero Gabriel. El jugador más en forma de todo el curso, durante meses, convertido en el mejor del equipo. Una frescura física que le ayudó a volver a brillar nuevamente a un nivel excepcional. Difuminado en estas últimas semanas por la situación. Obligado a jugar al límite de su salud física, remendado con vendajes de urgencia en el muslo, y sin estar en plenitud, decayó ligeramente su pico de rendimiento.

Pero eso, a él, jugar con dolor, por compromiso, para romperse más, le da igual. Su espíritu de futbolista kamikaze le niega a dar un paso atrás.

Estamos, tras otros doce meses bajo la batuta de García Toral, ante el Paulista más maduro y sensato, menos impulsivo, que jamás se haya visto. Pues aquí encontró al fin el ecosistema que le ayudó a adentrarse en el siguiente nivel. Visto por sus compañeros como uno de los capitanes naturales, integrando junto a Neto un dúo exigente que tira del carro ayudados por los Rodrigo, Parejo y Coquelin. Apareciendo con insistencia al lado de los debutantes, de los chavales, practicando sus dotes de maestro. Nada escapa al radar del central.

Más allá de lo que pueda haber mostrado este año, el mejor Gabriel se suele ver en campo abierto, con defensa adelantada. Pero en el 4-4-2 marcelinesco el radio de actuación de los zagueros es menor, y está mucho más protegido, reduciendo riesgos y tareas. La salvaguarda que hace del protagonista un central igual de bueno en los espacios cortos al aprender a utilizar su cuerpo como una navaja suiza. Con sus piernas, llega. Con su torso, gana la posición. Y sus pies, roban el balón. Cuando los usa. Porque eso, lo de jugar con los pies es, junto a la defensa de centros laterales, su principal defecto. El mejor disimulado gracias a un sistema que le impide ir más allá de los dos o tres metros con el esférico pegado a la bota. Porque él es más de tirarse al suelo a cortar la acción. Terreno en el cual es raro verle fallar.

Además, existe otra ventaja en este resurgir, ya que no sólo ha encontrado la estabilidad emocional y profesional que perdió en Inglaterra. Encima, por vez primera en su carrera, se topó con un compañero que lo completa. Pues no se puede obviar que junto a Garay forma uno de los mejores tándem que se recuerdan. Entre otras cosas, el plus de tener al argentino es gracias a su condición de corrector. A pesar de lo poco que se le valora, la sobriedad y el silencio del 24 del Valencia está al servicio de compañero y equipo. Importante teniendo en cuenta la tendencia al error de tipos tan emocionales como Gabriel o de jóvenes por formar como Mouctar.

Aunque el brasileño, no crean, también tiene su acción correctora. Pues su caída a banda, su capacidad de cubrir la línea de cal, permite al lateral un rol más interior sirviendo de soporte al centro del campo. Pero queda algo extraño en él. Un central con esa potencia de salto, esa velocidad, y ese físico, nunca ha anotado goles (2 en toda su vida). Ver a Gabriel siempre invita a preguntar por qué nunca fue aprovechado en jugadas de estrategia cuando cuenta con remate de testa tan contundente.

Será como todo en él, fruto de sus circunstancias. Pues Gabriel surge de ellas. No se entendería al futbolista sin la persona, sin aquel niño atrapado en una espiral de la que acabó saliendo por la desgracia de su hermano. Es todo lo que le mueve e impulsa. Un chico que lo siente, y lo vive, todo como una interminable batalla contra el destino. Una que hace mucho aprendió a ganar.

Es bien clara, y definitoria de lo que puede ser su legado en el fútbol, la próxima conquista por lograr. No es otra que la capacidad para modular el esfuerzo ahora que llega a la edad perfecta para el futbolista; perder esa ansiedad que le lleva a la insensatez de jugar forzado o infiltrado sin pensar en las posibles secuelas que puedan truncar su calidad de vida en la reentrada al mundo civil, o la de sus últimos años en la élite. En el mundo de hoy, aspecto muy aplaudido, pero una salvajada a todas luces. El cuerpo, como la naturaleza, siempre se cobra las facturas pendientes.

1 comment on “O guerreiro

  1. Es un articulazo. Sin duda, The Barraca es nuestro Jot Down blanquinegre. Gracias por dedicarle el tiempo necesario para la elección de temas y prosa. Felicidades.

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