Serie Centenari

Los primeros de Algirós (y Mestalla)

Los primeros aficionados, incultos en las reglas y usos del foot-ball, irrumpieron desde el principio con la misma pasión que siempre se les conoció. Surgiendo de esos ambientes las primeras penyas, y también, las costumbres que todavía hoy se observan en Mestalla o la misma calle.

«No me ha disgustado, pero me pareció mejor el interior derecha». Sincerator aprovechó aquella ingeniosa respuesta a su pregunta, lanzada a las puertas de Mestalla buscando el parecer del socio sobre el tongo —un supuesto pacto entre Valencia y Castellón que aseguraba el subcampeonato de 1928 al Fé-Cé—, para relatar en su crónica de Las Provincias las divertidas confusiones que ya se daban en tiempos de la pista de la exposición. Donde un tal penalti fue considerado un virtuoso equipier de origen británico.

Es como se configuró lo que hoy llamamos afición. Gentes surgidas de la nada subiéndose al carro del deporte popular, conociendo la jerga y los entresijos del juego sobre la marcha, mezclándose con otras curtidas en el seguimiento del foot-ball desde los tiempos de los viejos teams de principios de siglo.

Algo que no impidió el caminar de la grada. Pues a pesar de la incultura balompédica, o la dicotomía de pareceres, siempre fue tal y como la conocemos. Apasionada. Ingobernable. Exigente. Maravillosa… Y feroz en la crítica.

Dureza impenitente plasmada por el amigo Caireles en una impactante columna para El Pueblo (1924) titulada ‘Los odiadores’ (leer aquí), donde recrimina al público su hábito al reproche. Algo que ya se observa en 1922, ante un 6-2 del Sevilla al Fé-Cé en un quasi desértico Algirós, leyéndose esto en la cabecera blasquista: «Parte del público, como de costumbre, increpó al Valencia en cuantas jugadas pifiaba o bien cuando salían por el suelo, efecto de algún resbalón».

Huella donde se delinean usos y costumbres que no hemos hecho más que asentar en todo este recorrido. Y que en años sucesivos llegaría a provocar la retirada del campo de varios equipiers, hartos de permanecer bajo un torrente de improperios.

Porque los primeros de Algirós surgieron del extrarradio, como el mismo recinto. Paciendo en la huerta, en las fábricas que rodeaban la ciudad o en los astilleros del cercano puerto. Blusones negros y boina. Chalequito y gorra en una ciudad convulsionada por los paros, el terrorismo anarcosindical y un movimiento republicano de base obrera que conseguía el poder municipal desbordando las urnas.

Rivalidades y cuestiones heredadas de la calle trasplantadas al terreno del balón, explicando esa animadversión tan marcada con el Gimnástico, vista incluso en periódicos afines donde calificativos despectivos como ‘catolicones’ o ‘carlistones’ (de carlistas) eran moneda de cambio habitual en toda polémica que se tratara con el vecino de solar. Piques que traspasaban la línea de lo verbal y llevaban tanto a público como a equipiers a la agresión directa. Al punto de empujar al equipo granota a abandonar Algirós tras una de aquellas sonadas escaramuzas.

Es también el background del accidentado homenaje a las víctimas del Café Suizo; a escasos metros del Bar Torino. Local de base popular sacudido por una bomba. Degenerando en altercado cuando se juntaron los cuatro principales equipos de la urbe en dicho acto, incluyendo un intento de asalto a un palco de autoridades copado de mandos militares y benemérita debido a esa creencia de que la explosión fue una venganza de la Guardia Civil contra el movimiento sindical que se reunía en el local.

Es la clase de gente que organizaba viajes en masa a Castelló, en trenet, primero, y a Barcelona, en barco de vapor, después. La misma que acompañaba a la carrera a los jugadores, rumbo a la estación, cuando salían escopetados de la capital de la plana perseguidos por partidarios del Cervantes.

En dichos ambientes, de los bares del centro, surgió en 1920 el primer grupo de aficionados organizado con el que contó el club.

Leones en tartana

Estos mozos se hacían llamar «falleros de acción» , y lucían cuerpo granjeado en peripecias taurinas, lares donde las trifulcas en las plazas protagonizadas entre admiradores de uno u otro maestro estaban al orden del día. Hasta el punto de explicar la popularidad mediática del balompié, acogido en origen en ciertas cabeceras como la oportunidad para acabar con la violencia en la tauromaquia al tratarse de un deporte «noble» llamado a «civilizar a las masas».

Craso error. Pues esta gente, como tantas otras, se encargarían de desmentir tan optimistas previsiones arrastrando sus vicios al nuevo espacio. Subidos a su tartana, provistos de pan, queso y bota de vino, acudían a Algirós con la misma pasión que lo hacían a los tendidos.

Es de ahí de donde recibieron su nombre, los tartana; Penya La Tartana. Habituales del León de Oro. Uno de aquellos cafés céntricos de la antigüedad que ejercían de casa de los partidarios de cada facción, y que igualmente daría nombre al seudónimo que durante un tiempo utilizó su presidente —mutado a ‘Un valencianista’— para firmar sus escritos opositores a las directivas de turno.

Una importancia inexplicable si no atendemos a la menudez de las cosas, causante de una influencia que hoy día difícilmente nadie podría ostentar. Aunque su historial es amplio y variado, extenso y rico, la primera anécdota, ya temprana, que pone cara a estos pejilleros data de 1922 al confesar la autoría bandolera que habla de pistolas al aire para evitar el linchamiento de los jugadores valencianistas en aquellas huidas a la carrera de un estadio que durante años ofertaba a viva voz suculentos premios económicos a quien matara a Montes, Marín… o el jugador de turno que burlara los intereses del Cervantes.

Porque ellos siempre estuvieron ahí, puede incluso que sean pioneros, pues las primeras penyas conocidas en Barcelona datan de 1923. Años después de que estos malfaeners colgaran su nombre a las puertas de Algirós, ejerciendo de primera agrupación civil vinculada al club carente de todo apego a los círculos íntimos de directivos y futbolistas.

Aspecto vital ese en los choques venideros, dado que pronto ambos bloques representaron posturas irreconciliables, enzarzándose en cruentas luchas de poder.

Ardor continuado hasta bien entrados los años treinta, cuando un escueto anuncio advirtiendo a sus miembros de una importante reunión, «a la cual es obligado acudir», pone fin a todo rastro de estos falleros de acción, capaces de emprender actos maravillosos, y otros algo más reprochables, pero siempre activos, empujados por ese carácter festivo y lúdico que les caracterizaba.

Pero es menester regresar a 1923 para catar otra muestra de su poderío, concretamente al día en que por cuenta y riesgo organizaron entre periodistas y ellos mismos (La Afición, en mayúsculas) una inauguración popular del estadio de Mestalla, alternativa a los fastos oficiales acontecidos dos jornadas después.

Declarándose igualmente culpables del cargo de perpetradores del único festejo organizado durante el décimo aniversario de la fundación de la entidad, actos que incluyeron un partido homenaje batiéndose los viejos jugadores de Algirós con el «Valencia moderno», registrándose un lleno ante el disfrute de volver a ver reunidos bajo la casaca blanca a los Hipólito, Cubells, Montes, Peral, Marín o Gascó; yendo a parar el beneficio monetario de la tarde a la Falla Mariano Benlliure. Osea, la suya.

Pero más allá de mil anécdotas, como pagarle un viaje de urgencia a Rino para alinearse en Barcelona ante una masiva e inesperada gastroenteritis de varios desplazados, o la instauración del primer mote con el cual fue bautizado la entidad (el león de Mestalla), inmortalizado en letras de molde gracias al efervescente verbo de Caireles, la verdadera importancia de esta gente, la auténtica exhibición de su influencia, reside en lo sucedido durante la primavera de 1921, desalojando a la junta directiva surgida del Bar Torino. El final de los fundadores.

Hecho de suma trascendencia, dado que uno de los suyos, Alfredo Aigües, resultó, resulta, ser el primer presidente escogido en asamblea por voto de los socios. Un patrocinio importante aquel, aunque supusiera el inicio de una lucha intestina entre ‘la masa’ y las élites fundacionales abriendo un período de inestabilidad, que ayudado por otros avatares, aupó a varios presidentes de escasa permanencia en el cargo hasta que el grupo del Torino consiguió recuperar el poder y la paz promocionando a Ramón Leonarte. Amigo de silbato, y de otras lides, del dimitido Milego.

Unos lodos culpables de que las vivencias de tipos orondos y bajitos, de gabardina, redondeadas gafitas y sombrero retratados en la tribuna de Mestalla por el fotógrafo de La Voz Valenciana, confundiéndose perfectamente con las pintas de sus coetáneos angloitalianos que ‘gobernaban’ la Chicago de entonces, evolucionaran encontrando otras formas de presión desde su nueva ubicación en la grada.

Porque establecido el fútbol y el periodismo deportivo como algo serio, configurando las formas y costumbres que aún hoy se muestran en ambos, se les encuentra en Las Provincias camuflados en columnas de opinión, en las cuales unas veces arremeten contra los atropellos arbitrales, otras, contra el propio socio mestallero y su facilidad para el pito o el reproche en momentos delicados, y las más, para despellejar a la directiva de turno exigiendo rectificaciones o mejoras en su gestión, no abandonando jamás esa postura de oposición popular enarbolada sin descanso desde 1920.

Es como regresamos al principio del fin esbozado en párrafos dejados atrás. Transportándonos al ascenso de 1931 encontramos la mejor y más salvaje evidencia de aquellos enganchones de gran alcance. Motivado porque durante todo el año ‘Un valencianista’ atizó sin cesar al presidente Giménez-Cánovas, llegándose a calificar de campaña tal empeño en su crítica.

Oportunidad de oro para el afectado, que ante el éxito del ingreso en la primera división no dejó escapar la ocasión brindada durante la cena-homenaje en La Democracia para dedicarles contundentes palabras, voceando retos de hombría a las pullas de los tartana; lo cual no quedó sin respuesta. 

«Aunque ausente en el banquete-homenaje al equipo del Valencia F.C. celebrado el domingo, ha llegado a mi conocimiento su ‘brillante discurso’, modelo de sinceridad y modestia», empieza la réplica. «Del que se desprende que el verdadero campeón no es el equipo del Valencia, sino su habilísimo presidente»; una ironía puesta para hacer daño.

Ingenuos, cegados tal vez por el resquemor de un enfrentamiento basado en las primeras penurias financieras de la entidad, los que se harían daño serían ellos mismos.

El frentismo del ataque fue tan desagradable —retando incluso al presidente a quedar cara a cara para ‘solventar’ sus diferencias— que no sólo picó en el cebo puesto por Cánovas, destapándose ‘Un Valencianista’ como Vicente Martín Coll, presidente de La Tartana, sino que la propia penya publicó un desmentido al día siguiente desmarcándose de su representante construyendo con ello la desunión que poco tiempo después llevaría al cese a un colectivo surgido a la sombra misma del murciélago, dotándole a éste de una vida social e ímpetu popular imprescindible en su crecimiento como entidad.

Cabriolas de barrio que incluso les condujo a la conversión en equipo de fútbol, el Tartana F.C., generando ambientes, competiciones —hasta de tintes cómicos— y copas que hicieron míticos sus duelos con Los Hispanos, sus homónimos del Gimnástico. Contribuyendo al surgimiento de nuevas y variadas penyas.

Pues a ese camino trazado inicialmente en solitud se fueron incorporando grupos no menos impulsivos. Tan pronto como en 1923 irrumpió la Penya King, de la Fábrica de Papel de Fumar King. En 1925 surge La Gamba, conocida durante un tiempo como Penya Reyes-Roca, en honor a ambos equipiers. Acompañándoles en 1927 La Falca. Igualmente, en 1928, ya vemos por ahí a la Penya Che, o Els Atrassats, recibiendo al equipo en la estación formando parte del alboroto organizado al eliminar al Europa en la Copa tras un desempate épico.

E inmediatamente después aterrizan la Penya del Ateneo Mercantil y la Penya Merengue; una pica en flandes al tener sede en el grao, territorio levantinista.

Son todas ellas seguidas por la Penya Ruzafa-Vilanova, y ya durante la posguerra, con la desaparición de casi todas las mencionadas, tras las puertas del Bar Trocadero se alumbra la Penya Deportiva gracias al insuflo de Gonzalo Medina y el reagrupamiento de aquellos ambientes fundacionales, tomando el testigo de lobby social que dejó huérfano la entrañable Tartana.

Conglomerado que en 1932 organizó un campeonato de fútbol de penyes en el cual participaron también las propias del resto de escuadras de la capital, evidenciando la buena salud de un deporte que pocos años atrás agonizaba, amenazando con dejar València sin clubes que la representaran.

Ritos y jaranas

Hablamos de los entramados que construyeron los ritos encargados de dar color a aquellos inicios. De los contrapesos a agasajos privados y ajenos a la calle consistentes en cenas homenaje y banquetes en distinguidos locales, generalmente, organizados o apadrinados por grandes hombres. Así se ve en el de Montes a personalidades como Sigfrido Blasco, o Samper; entre otros.

Un relato pirotécnico éste de penyas y hombres de bar nacido ya durante la consecución del primer gran éxito, aquel Campeonato de Levante de 1923 que abría las puertas a participar por vez primera en la Copa, perpetrándose un clamoroso recibimiento a los futbolistas a su regreso de Murcia. Una orgía de masclets, tracas, y bandas de música estremeciendo los andenes de la estación con la consiguiente caravana urbana rumbo a la sede social.

Un rito habitual por entonces, que incluso hoy se mantiene, aunque engordado con los añadidos del franquismo: Iglesia y poder.

Ejecutado incluso sin necesidad de glorias, ya que el más bestial hasta la final copera del 34 ocurrió en el otoño del agitado año de 1928, al eliminar al Europa. Hito importante teniendo en cuenta el potencial del rival, el historial del fútbol local con los conjuntos catalanes, y la creencia de que aquel poderío catapultaría al Fé-Cé a la ansiada final. Escapada en el apoteósico semestre anterior.

Tal escándalo deparó dicha esperanza, sumándose a la comitiva las gentes que se topaban con aquello, o que salían al balcón ante el follón, que incluso el alcalde de la dictadura frenó a pie de calle el torrente popular cuando éste, rumbo a la sede, pasó por la actual Plaza del Ayuntamiento. Llevándose el hombre la plancha de su vida al ser cortado de manera brusca por los allí presentes, no sólo contrarios a lo que representaba su signo político, sino también al grosero intento del edil de aprovechar aquello para venderse un poco, sabedor del escaso agrado ciudadano con el que contaba.

Jaranas finalizadas de manera costumbrista con el colapso de las estrechas callejuelas donde encajaban las distintas casas de la entidad, con partidarios subidos a los techos de los vehículos, o enganchados a los barrotes de las fachadas colindantes, en busca de una buena perspectiva para observar a los futbolistas a las puertas, o en el balcón, girándose en discursos y hurras en agradecimiento al socio.

Similar escenografia cuando en las grandes tardes coperas los desplazamientos obligaban a congregarse frente a las redacciones de los periódicos a seguir la última hora, llegada a cuentagotas por vía telefónica, a través de las pizarras que colgaban a sus puertas.

La misma locura que hilaba éxodos masivos. Viajes donde poco o nada importaba el medio de transporte. Llegándose a leer hasta excursiones en moto o bici a lejanas ciudades. Pues aunque la literatura sólo haya puesto el foco en los desembarcos barceloneses, lo cierto es que los hubo de igual calado a muchas partes. A Murcia, a Sevilla, a Madrid… incluso a San Sebastián a disputar las primeras semifinales coperas, juntándose allá 500 personas tras organizar una caravana automovilística impulsada conjuntamente por el Fé-Cé y el RAC —osea, Enrique Molina— arañando varios autobuses que cubrían la línea de la Malvarrosa en rescate de aquellos que no dispusieran de vehículo propio, o plaza en algún otro. Enzarzándose varios días por angostos parajes. Haciendo fonda en infinidad de pueblos que recibían a aquella comitiva con un puntito de expectación y temor. Y todo para volverse a casa con un 7-0 en contra.

Así, podríamos seguir relatando más batallas campales. Rivalidades. Y hechos cómicos protagonizados por los primeros de Algirós (y Mestalla). Gentes que no necesitaban entender qué era un fuera de juego, o un penalti, para desarrollar apasionamientos a un equipo extremadamente ligado a la identidad de la ciudad y los ambientes que la ponían en solfa.

Encargados, en suma, de establecer costumbres, actitudes, heredadas de otros ámbitos (las penyas o la rivalidad entre montistas y cubellistas de ascendencia taurina) que hoy día seguimos practicando y exponiendo con la misma pasión y sinrazón que hace noventa y cinco o cien años.

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