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Otra vez el influjo de la Copa

Víctima del mal de altura el VCF se pasó los últimos años despreciando competiciones que le dieron vida, ignorando su filosofía y razón de ser. Hoy, sin avisar, la Copa regresa al rescate de un club perdido en la inmensidad del fútbol moderno.

La Copa y su influjo ejerce una curiosa influencia en la vida del VCF. Es ese amor imposible, desbaratado una y otra vez por los avatares de la vida. Transformada en oráculo advirtiendo del inmediato destino del equipo. Elemento que te dio la vida, virado a inicios de centuria a molestia. Pues en aquellos años donde nos creímos alguien un aura de desprestigio manchó su antiguo glamour. Desprecios celebrados que eran vejaciones a tus propios orígenes.

Ahora regresa, sin hacer preguntas, al rescate, como solía hacer antaño, de un club desorientado en la inmensidad del fútbol actual.

El inicio del desencuentro data de los 2000, la etapa más bochornosa. Aquella donde participantes como el Valencia la trataban de «torneo menor»; «competición para equipos modestos». Arrinconada como una vieja gloria del cine mudo ante la sonoridad y el brillo del Hollywood moderno. Síntoma inequívoco de la enfermedad mental que padecía la institución y su entorno. Altiva, exagerada, ciclotímica, arrabalera y mareada por esa ausencia de miras para entender que en esta casa el éxito es tan casual como pasajero y que dicha competición es la madre que sustenta tu misma leyenda.

Cada eliminación se aplaudía con alivio donde antaño se levantaban broncas y dramas al paso que los clásicos, cometiendo incluso la osadía de no presentarse, dejaban las rondas finales llenas de equipos de Segunda y Segunda B. Jamás se conoció oportunidad como aquella para aburrirse a ganar títulos.

Tratan de esbozos para ilustrar la traición de un idilio con el torneo del KO surgido nada más cruzar las puertas del Bar Torino. Porque para entender la gravedad del desplante es necesario conocer que su disputa y conquista es toda la motivación que llevó a aquel grupo de amigos a fundar el Fé-Cé. Una ambición no siempre correspondida, pues enseguida, en aquellos instantes, ya se vislumbró lo que sería una intentona contra los elementos. Tirante. De luchas y peleas desiguales. Un campo de enseñanzas arrastrando el hándicap de su misma juventud, el más entre los grandes, que moldearía el carácter de una institución irreverente aprendiendo bien pronto a transformarse cuando chafaba la linde copera. Tanto que poco importaban las dinámicas o situaciones en otros lares. Allí era otra cosa. Allí consiguió una filosofía que hoy redujo a mero eslogan mercantil: Bronco y copero.

Hablamos del tipo de relación con un torneo del que pocos clubes pueden presumir tener. Ya que no se conocen muchos casos donde una competición motive el nacimiento de un equipo marcando con esa violencia su carácter, o los ciclos históricos que lo configuran. Porque la Copa en el Valencia siempre fue un aviso de lo que estaba por llegar y una advertencia de que la fiesta se había acabado. Rueda inquebrantable, que con perspectiva histórica, ha dejado cubrir todas las etapas con una tranquilidad pasmosa. De aquellas primeras eliminatorias, donde salía el Valencia escaldado, golpeado y atacado, a los primeros éxitos sonados eliminando a los cocos como única solución para avanzar rondas, tastando, tras varios intentos, la primera final. Perder antes de ganar, la señal de que el aprendizaje concluía.

Ahí está la de 1941, el primer eslabón. Puerta a 14 años de conquistas continuadas finalizadas con otra Copa, la de 1954. Clausura a la mejor etapa histórica de la entidad. Algo parecido sucede con las de 1999 y 2008. Principio y fin. Pero si en algo perdura aquella intención de que València tuviera un representante al nivel de los mejores en el campeonato es en su palmarés. Granjeado sólo ante los históricos. Aquellos que siempre lo despreciaron en sus inicios y lo repudiaron en el nacimiento del fútbol profesional.

Dos al Athletic, una al Barça, otra al Madrid, Atlético y Espanyol. Quedando el Getafe como nota discordante a una regla que dicta de igual manera las derrotas en las finales, siempre ante los mismos. Con la también excepción hecha de 1995.

Trata del campo abierto donde crecieron los mitos. La senyera y Kempes sacralizados. El gol de Epi como relato intergeneracional. El de un Montes moribundo en el primer partido de todos en unos inicios donde el anhelo a la gloria incitaba a las primeras movilizaciones masivas y festejos tumultuarios en las calles. Quique subido al larguero transformado en una de las imágenes más icónicas en representación de aquel equipo de canteranos (y cojos). El último gol de Gorostiza en la final de Montjuïc. Montjuïc como escenario maldito. La final proscrita del 37. La autoría valentina en los récords de asistencia a las finales. Las dos veces de las tres derrotas consecutivas como distintivo único en Europa. La camiseta granate como equipación recurrente en las muchas finales perdidas… El único título, o casi, que levantaron leyendas consolidadas en tu historiografía. El que le hubiera gustado ganar a los ídem que se marcharon de vacío tras más de una década de servicios.

Sin duda alguna trata de una biografía repleta de dificultades reflejado igualmente en los números. Ganando sólo la mitad de las semifinales disputadas. Y no son pocas. Una cada tres años de media. Similar resultado para las finales jugadas.

Tal vez haya dos ejemplos ineludibles a todo lo dicho, uno, sin ir más lejos, el de 1999. El curso más identificativo con el poder sugestivo de este torneo. El premio a una generación, la salida del túnel que trece años atrás había llevado a la entidad a un descenso humillante y la ruina más vergonzante con aquel caramelo del 79 como placebo para soportar el camino a recorrer. Al estilo 2008. Fue la de la Cartuja la guinda a un proceso, que como siempre, se labró con derrotas previas. Pues el Valencia moderno no se puede explicar sin esa Copa, igual que no se puede explicar el de la delantera eléctrica sin la de 1941.

Aquel curso condensó la historia misma, convirtiéndose en la competición que reunió todos los elementos. El Barça en cuartos, el Madrid en semifinales y el Atlético en el último partido. Tus derrotadores habituales. Tus derrotados. Machacados sin piedad. Siempre a contracorriente y alejado de favoritismos. El título que inmortalizó a muchos de los mitos contemporáneos.

El primer grito tras muchas lágrimas. Las primeras de alegría tras decenas de penurias. Ritos y celebraciones desempolvadas después de un eterno olvido. Y lo más importante: La vía para instalar el convencimiento de que era posible, y no quimera, aquello de volver a ganar. Volver a ser. Volver a estar. La Copa con mayúsculas. Una, cuya importancia todavía no se ha sabido ponderar debidamente. La que enganchó a la mística del torneo a unas nuevas generaciones que no habían escuchado de ella más que malas noticias e inoportunos ridículos.

Trató del prólogo que avisaba de las intenciones de un equipo que helaría el infierno europeo varios meses después. La eclosión de un fenómeno de masas como Mendieta. El estrellato de un jugador atrotinado e ineficaz como Cláudio López, pulido en las lecciones italianas de un Ranieri que granjeó en aquella aventura el cariño eterno que se le procesa. Un grupo, que además, también nos relata con especial énfasis otra fórmula exitosa. La inteligente mezcla de veteranos con colmillo, jugadores del rebuig aspirando a reivindicarse y el talento efervescente de los más jóvenes.

Reflejo opuesto al último triunfo de 2008, donde hay odio al míster, y maltrato a los referentes. Que es también la última traición cometida al campeonato. Sin paliativos. No hay excusa que la justifique. Pues toda palabra que intenta maquillar tal desacato no hace otra cosa que infectar más la herida.

Aquel curso de bochornos escribió en edición de lujo el perfecto manual de la destrucción. La guía sagrada para explicarle a las generaciones futuras el modo más eficaz de acabar con todo teniéndolo todo a favor para cambiar el paradigma que te acunó. Un triunfo artificial, fruto del interés de un vestuario decidido a no correr. A no meter la pierna. A no ganar. A nada. En la Liga. Ganar la Copa fue una manera íntima de pedir perdón por su actitud autodestructiva, por sus continuadas faltas de respeto a la entidad, ese curso y los anteriores. Por las luchas de ego y falta de profesionalismo que perpetraron tal asunto; imperando tales ambientes desde las alturas hasta la base.

Y un aviso entre líneas de que querer es poder si hay verdadera voluntad. Peligroso precedente en un mundo con tendencia a la coartada.

Es, además de otras cosas, la imagen fija al desastre que precedió. Pues en el Calderón, casa del rival ante el que iniciaste todo veinte años atrás, se paró el reloj. Sirviéndonos esa Copa para medir la desfeta. Dado que desde entonces no has vuelto a ganarle un partido al Barça en Mestalla. No has vuelto, desde entonces, a ganarle una eliminatoria a un rival de altura. Has estado, desde entonces, sin jugar una final. No has vuelto a muchas cosas, entre ellas, a ser el Valencia. En la espiral que lo engulló todo, la costumbre a la traición propia llevó a abandonar el camino y el credo que te había llevado hasta allí.

Y es mucho más. Pues como toda gran extinción es el paso abierto a nuevas formas de vida, al estreno de inquilinos en la cúspide de la pirámide.

Vacío del que surgió el Sevilla, primero, y el Atlético, después, para ahondar en esa esquizofrenia local que transforma esas envidias y resquemores al ver su pasado danzando triunfante con otras camisetas que sí supieron cambiar su paradigma (en lugar de utilizar su oportunidad para autodestruirse) en un lastre que sigue sin dejarte ver que son fruto de tu vientre, y no hay imitación posible, porque son ellos el producto derivado del original.

Dagas a tu conciencia, a ese espíritu enfermo y altivo que durante años se ha resistido a doblegarse a la realidad porque eran pocos los dispuestos a regresar a la humildad, regresar, en suma, a la voluntad de querer llegar que te construyó. Pues mientras has dedicado todas tus energías al desprecio a competiciones «menores», a reírte de tu propia historia, a abonar la soberbia confundiéndola con una ambición que no era más que un disfraz para la mediocridad, minusvalorando contrincantes basándote en un pasado marchito que no se correspondía con tu presente, aquellos utilizaron esas herramientas para ganar músculo social, deportivo, y económico centrándose en la conquista de Copa y Europa League cuando en Mestalla todo se reducía: Abonados, presencia mediática, patrocinadores, capacidad económica, número de penyas…etc. Alcanzando la inanición y el escándalo.

Una bofetada ignorada, que no encuentra mano más propicia para volver a golpearte que ver al Atlético consiguiendo todo lo que tuvo el Valencia en bandeja. O no debería haberla de existir algún tipo de conciencia crítica y reflexiva en estos lares tan dados al artificio, a la bufonada, al engreimiento… a lo insano. Por ello, trata de una lección más caída en saco roto de la que nadie sacará nada de ella para formar una fortaleza.

Fueron, finalmente, noventa minutos de autogestión confesada que inmortaliza el fin de una generación de oro que lo había dado todo. El triunfo embarrado de esos veteranos de postín reflejados en Baraja y Marchena. Con la aportación del rebuig, como Morientes. Y la mezcla inteligente de jóvenes efervescentes como Mata, Villa o Silva. El último triunfo de la receta de la abuela.

Esquela plagada de epítetos definitorios del momento: «Ojalá el Valencia pierda la final para que Koeman no se vaya de aquí con una Copa» plasmado en letras de molde, y gritado en programas de radio. El viejo «eso es de equipo pequeño» tan sintomático que ha marcado esta etapa donde tales estupideces lo impregnaron todo al punto de cerrar la peor década en un siglo. No sólo carente de títulos, sino también de finales o subcampeonatos. Algo inédito hasta la fecha.

Quedando la vergüenza, disimulada, relatada con la boca pequeña todavía hoy por unos pocos, de tener un trofeo en las vitrinas que no sólo no se celebró, sino que durante sus efemérides se hizo como que no existía. Un ‘jamás sucedió’ que hoy sigue sustentando un aniversario oculto.

Nuestra suerte reside en que la Copa es mucho más generosa que nosotros. Más humana. Humilde. De otro modo, tras ese historial, no querría volver a saber de ti jamás. Pero esa relación entre club y competición es más fuerte que la vida en pecado que mantenemos. Ignoró tanto insulto, tanto desprecio. Tanto desplante. Y disparate.

Un transcurso donde te ha ido dando tu merecido, y luego avisándote de que todavía no estabas preparado, pero que no desesperaras, que allí estaba esperándote si estabas dispuesto a seguir insistiendo. Obligándote con sutileza a emprender un ejercicio de reminiscencia que ayudara a recuperar tu razón de ser.

Tampoco podemos ignorar que esta Copa 18/19 es una Copa especial, de un calado difícil de dimensionar en el presente. Pues la perentoria necesidad de regresar a ella es más importante que su misma conquista. La cual cosa, convierte en insignificante el resultado en su último partido.

Lo es también por ser tu Copa, la del centenario, abriéndote generosamente las puertas para cerrar en el mismo el círculo que se empezó a trazar en febrero de 1919 en una ajada mesa de un pendenciero bar del centro de la ciudad. Y ante el Barcelona. El lugar al cual viajaban Milego y Medina a ver partidos de Copa ante la carencia local, y del cual regresaban encendidos por la incapacidad valentina de contar con un equipo que ostentara esos niveles. Ante tu gran rival histórico. Al que se soñaba con vencer e igualar en los años veinte. Al que te has medido en todas las competiciones habidas y por haber y contra el que, con esta, más finales vas a disputar. A pesar de vencerlo sólo en una.

La victoria es secundaria porque sabemos de la Copa que ganes o pierdas siempre es preámbulo de algo. Derrotas como la de 1970 trajo glorias en 1971. Como la de 1995 dio paso al casi del equipo de Aragonés en 1996.

Son motivos, entre otros mayúsculos, que convierten en tarea difícil no caer en la tentación, pasar por alto, las similitudes con la penúltima. Pues la de ahora, como la de antes, desprende ese aura de punto de inflexión. De igual manera que entonces llegaste tras un proceso que marcó tu realidad, hoy lo haces tras once cursos negros donde tu existencia fue puesta en duda. En los cuales perdiste el estatus y el oremus. No es casualidad, que salvo por dar con tus huesos en segunda, este haya sido el peor decenio desde entonces llegando al punto de batir recientemente los tristes guarismos del 86 y sus cursos previos.

Tanto se parece que la formación de la plantilla se asemeja a la de aquella. De jugadores fracasados. Llegados sólo porque nadie había que los quisiera recoger encontrando aquí su segunda o tercera oportunidad para demostrar que se equivocaron con ellos. Tipos limitados y con mil defectos que consiguieron consolidar un equipo duro de pelar. Torpón en los últimos metros, porque a diferencia del otro, carece de calidad en esa zona. Mucho elemento vistoso (y caro), pero de escasa efectividad. Que han tenido en Marcelino el maestro que les ha hecho mejores de lo que eran antes de llegar dotándoles de un engranaje que les protege de sus propias carencias.

Pocas veces se ha topado la institución con una base tan buena como esta para poder edificar un futuro sobre ella. Hay experiencia, juventud, liderazgo, entrenador, cohesión y fe en una idea. Ambición de un grupo que es el único culpable de que tanto este año como el pasado se alcanzaran altas cotas en la competición a pesar de la ‘recomendación’ institucional de no interferir en sus reduccionistas planes de jugar la Champions. Saltándose hasta lo conveniente sabedores de no estar capacitados para dar el máximo nivel de manera prolongada en dos y tres competiciones. En esa insolencia han encontrado un año de aprendizaje, una unión interna a prueba de bombas. Superando lesiones y un estado físico paupérrimo dado el desgaste y el esfuerzo que han puesto en cada ronda, en cada partido, lastrando su salud, abonando con sus dosis de épica un viaje de incalculable valor.

Tal vez sea por lo que acabe siendo más recordada, incluso por encima de su conquista o derrota en la final. Porque de algún modo, ya han hecho historia.

Al menos, para mucha gente. Tratan, a vista de las generaciones más jóvenes, las que más necesitaban esto, de los primeros de su vida. El motivo de que esto ya sea un triunfo, y el vínculo que la une más que cualquier otra cosa a la de la Cartuja. Pues ésta, como aquella, es el insuflo generacional de una camada criada en el lado oscuro que ve al fin, tras mucho desearlo, el primer punto de luz. Es su bautismo de la mano de estos muchachos en lides de tal envergadura. Ya no tendrán que escuchar a sus mayores contar historias tergiversadas. Ahora tienen la suya propia. Una de verdad, real. Son sus ídolos gracias al baño de sensaciones, nervios e histeria que suponen estos asuntos. Todo, a pesar de la ignorancia del pollaviejismo, retorcido por la distancia que da la experiencia y el lomo apaleado que comporta. Sumido en esa amargura que le caracterizó durante estos años y que no sólo es incapaz de diagnosticarse, sino de tratarse siquiera. Encerrado en la tristor hasta en tiempos y días de gozo. Pues hace tanto que dejaron de saber disfrutar de la vida, que hasta en esto sienten la necesidad de buscar elementos que menoscaben, erosionen, o minusvaloren lo conseguido.

No sabrán nunca entender la importancia de llegar a una final de Copa, indistintamente de cómo haya sido el camino o de quién sea el rival en ella. Ni el contexto que la dota de un valor superior al nominal.

Pues momento de mayor necesidad vital, para todos, que este para romper con tantas cosas y reencontrarse en un escenario de ese tamaño, no había. Aquí está el triunfo en sí mismo. Aunque queda un reto mucho mayor, incluso superior que al de restaurar la relación con tu competición fetiche. Y es aprovechar la ola surgida de todo ello. No habrá mayor victoria que hacerlo, aunque pierdas 5-1 la final. Ni derrota que desperdiciarlo aunque ganes al Barcelona 3-0 en el Benito Villamarín.

Es la línea divisoria que marcará el nacimiento de una nueva etapa, o la continuidad en el túnel en el que estás criando a tu prole. La vía para creer, a semejanza de hace dos décadas, que ganar es posible y no una mentira. En esa lucha, tramposa al quedar derogados los códigos del viejo fútbol y desvirtuados los pocos que se conservan restando toda certeza, está la verdadera conquista. No en levantar un trozo de plata.

Y deberá suceder en año acabado en nueve. Como en 1949, 1979 o 1999. Regresando a Sevilla, la ciudad fetiche en la era contemporánea. Feudo de uno de tus usurpadores; lugar en el cual se reinició la maquinaria en 1999 y culminó su engranaje en 2004.

Es el año de todo eso y más. La ocasión de entender, y hacer entender, que a la Copa se le respeta siempre y bajo cualquier circunstancia, porque no sólo forma parte de tu vida, sino que es tu misma vida.

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