Serie Centenari

Bajada de San Francisco, 8

Lugar de reunión de la juventud y espíritus republicanos, el Bar Torino, escondido en la panza del vial comercial y popular de la València de inicios del siglo XX, fue cuna del fútbol organizado en la ciudad y del nacimiento del VFC. Encontrando en su propietario, Enrique Novejarque, un personaje singular.

En ese paseo por calles estrechas y torcidas por el que te lleva la huella urbana del Valencia, en el primer recodo del que fuera vial comercial y popular de la ciudad de principios del XX, encuentras la casa que vio nacer a la entidad. Ya no existe. Pero tenemos su número y ubicación. Y una bonita placa de reciente creación que señala el dintel de su antigua entrada.

El ocho de la Bajada de San Francisco era un portal lo suficientemente esquivo como para que en las postales y fotografías que se conocen no se vea, aunque allá al fondo, siempre se intuya. Es una sombra. Un borrón. Como su mismo recuerdo. Pues del local que cobijó a los fundadores poco se sabe, tan poco que durante décadas se le cambió de lugar gracias a esa confusión tan propia de la cultura del olvido a la cual pertenecemos. Y eso que desde su apertura, en diciembre de 1906, fue cuna del fútbol organizado en la ciudad.

Pero antes de llegar ahí mejor empecemos presentando a Enrique Novejarque, representante de esos actores secundarios que rodean el nacimiento del club a los que se les ha prestado escasa atención.

Porque este muchacho espigado, de mostacho, e inquieto, como tantos coetáneos suyos, es hijo de los últimos calores del agitado siglo XIX valentino. De las revoluciones que arrancaron el nombre a la calle de la Paz, moldeando el carácter republicano de la ciudad. Puerta con puerta, cama con cama, junto a su primo Ángel, el de los criptogramas —«açò no ho descifra ni Novejarque»—, creció en el carrer Teixidors aprendiendo el oficio de la marchita industria de la seda.

Muerte que llevó a nuestro amigo a cavilar nuevas formas de sustento. El paso que hizo posible que hoy le escribamos baladas al Bar Torino.

Aunque el cómo acabó enrolado entre barriles de cerveza y licores es uno de esos espacios en blanco de su biografía que no hemos sabido rellenar. Qui lo sa. Es de suponer que decidiera sumarse a la moda refinada del naciente siglo, empujada por la proliferación de esos modernos locales y cafés alejados de la mala fama de las tabernas antiguas, moteando la urbe con espirituosas de nuevo cuño en emplazamientos que requerían cierto saber estar.

Ahí se le ve ya en 1903 regentando en la calle San Vicente un modesto despacho de bebidas gaseosas. El método para conocer proveedores, los trucos del oficio y los secretos de cocina; dado que esas cosas se fabricaban en el mismo local de manera artesanal. Un buen negocio para hacer dineritos, catapultándolo tres años después. Pues tan pronto como en noviembre de 1906 es designado síndico del gremio de cerveceros, y un mes más tarde, con la licencia y el sello, inaugura el Bar Torino en la populosa y afamada Bajada de San Francisco.

Precisamente ahí encontramos otra genialidad sin explicación, ¿cómo se hizo distribuidor oficial? Porque el nombre del local no fue una elección casual.

Tratan de años de cambios, donde el ocio encuentra nuevas formas y establece códigos que hoy todavía se respetan, aderezados con el dulzor de un nuevo vermut que hizo las delicias del adicto a la bebida. El vermut Torino. Llamado así por su origen. En Turín se inventó y desde allí se exportó al mundo. Surgiendo entre los barman y locales valentinos una auténtica batalla publicitaria para advertir al consumidor quién tenía el mejor, y lo más importante, quién servía el verdadero vermut.

Es por eso que escoger el nombre de Bar Torino equivalía a gritar a los cuatro vientos que sólo él, Enrique Novejarque, tenía la patente de la receta original. Haciéndola la especialidad de la casa.

Un primer paso para la fama y el buen funcionamiento de un local largo, aunque estrecho. Con un doble piso y un espacioso patio donde instalar la maquinaria para fabricar cerveza, gaseosa y demás licores y bebidas. Era también un rectángulo canallita y bien ambientado que pronto se convirtió en lugar de concurrencia para la juventud, arraigando algunos vicios, como acaloradas timbas al golfo promotoras de sanciones administrativas por permitir el juego (prohibido).

Atmósferas muy ligadas a la personalidad de un muchacho que respetaba una especie de tradición familiar, junto a su primo, por el estudio y difusión del esperanto. Montando incluso una academia desde el círculo esperantista al que pertenecía, ejerciendo de profesor de una lengua en boga entre los espíritus rebeldes. Un trajín social por aquella calle que enseguida le granjeó fama y posición, espoleando la arteria comercial con actividades culturales. Pues este culo inquieto maquinó para convencer a los comerciantes de adentrarse en las fallas plantando un ninot en cada esquina en sus primeras fiestas, y en las de 1908, levantar un monumento propio mediante un concurso público, verbal, por falta de tiempo, organizado en el Torino. Inspirado el boceto ganador por Ángel Novejarque y la colla de amigos de Enrique, representados en Carbonell o Miguel Martínez Pagés. Llevándose el primer premio de su categoría el llibret de la misma. Es la reentrada a las fiestas del grupito tras aquella censurada años antes en otra calle por su contenido críptico al entender las autoridades, o sospechar más bien, que era una crítica al sistema. Una bufonada que trataba de ridiculizar a monárquicos y conservadores.

Buenos vientos, en suma, que le permitieron diversificar el negocio instalando la Cervecería Inglesa en la calle Mariano Benlliure. Crecimiento que apenas padecería un pequeño percance cuando en la madrugada del 23 de diciembre de 1908 la maquinaria para elaborar agua de Seltz explotó llevándose por delante puertas, cristaleras y botellas del Torino. Una destroza que motivó en el mayo siguiente una reforma integral, una mejor distribución del espacio, quedando la decoración de sus paredes a base de murales y alegorías a cargo del famoso artista Carmelo Roda. Un primor de local del que se hizo crónica destacando sus nuevas bondades en La Correspondencia: «No cabe duda que el New Bar Torino se verá muy concurrido, ya que puede competir con los mejores de nuestra ciudad».

Vivencias y trantranes que explican que negocio tan joven pudiera adquirir caseta propia en la Exposición Regional de 1909. La número 95. Al lado de la rotonda para conciertos, y justo detrás del espacio utilizado para la recreación del puerto. Un enclave estratégico donde establecer sus primeras relaciones con el mundo del foot-ball.

Anuncio de la apertura del New Bar torino

Como a tantos otros, a Enrique aquella cosa del balón le llamaba la atención. Un deporte extraño, apenas un rumor en tales tiempos, que empezaba a vivir una breve edad dorada en la ciudad. La pista de la exposición, sin saberlo, sería el génesis de todo lo que llegaría después. La arena que secaba gargantas y provocaba sudores propiciando que aquellos hombres de apellidos ingleses vistiendo la camiseta del F.C. Valencia acabaran en la carpa del Bar Torino, engullendo cerveza británica y licores propios de su época.

Es el recorrido a la inversa que hacía el síndico cervecero nada más salir en estampida aquella manada de bigotudos rumbo al terreno de juego, empapándose de las emociones que embadurnaban los círculos futboleros ante la visita del Barcelona y los duelos campeonicos del primer gran representante local.

Una derrota con estruendo triunfal del viejo Valencia, el pasito que le prometió una falsa y longeva vida. Y los sólidos inicios de una relación del Torino con el mundo del balompié. Porque ese ambiente lúdico, atracción para la juventud y los inquietos, pronto llenó sus salones de sportistas. Tanto, que con la misma feria en pie, en agosto de 1909, el Hispano Club celebró en ella su asamblea de socios. El bautismo de la casa en la fundación de entes deportivos.

La antesala a la noticia que doce días después, el 26, da pedigrí al negocio de Enrique Novejarque. Pues de tales visitas a la carpa del Torino de los equipiers, subidos en la ola de los fulgores surgidos de las competencias en la pista de la exposición, nació la necesidad de organizar el fútbol valentino de manera seria, haciéndole contar con estructuras de las que carecía.


«La junta directiva del Club Foot-Ball Valencia ruega a las juntas de los demás clubes legalmente constituidos en esta región, se reúnan esta tarde, a las tres, en el Bar Torino, Bajada de San Francisco, para tratar de formar una federación de clubes de foot-ball. Si algún club reside fuera de Valencia y no pudiera enviar representante, se le ruega de su opinión por escrito».


Son aquellas puertas cuna de la Federación Valenciana de Clubes de Foot-ball que diez años más tarde espoleó el nacimiento del Fé-Cé ante la intención de potenciar y regenerar el pestilente Campeonato de Valencia. Reconstruyendo un deporte que bordeaba la extinción tras el derribo del terreno de juego que en la exposición de 1909 había dotado a la localidad de un calendario balompédico propio.

Son muros y mesas conocidas para los padres fundadores. Por allí trotaron desde entonces, y antes, los Marzal, Bonilla y compañía en reuniones del Club Deportivo. Como en los conclaves de capitanes mantenidos en sus sillas para organizar los partidos de los primeros torneos federativos aparecía Julio Gascó representando al Rat Penat. Era el lugar donde vivía el fútbol en la ciudad. Aclarando sanciones, polémicas o creando nuevas competiciones.

Es el Torino testigo del auge y la decadencia del fútbol en València. De los lamentos de aquellos primitivos teams languideciendo hasta el punto de presentarse con ocho o nueve futbolistas en el terreno de juego. O que siquiera lo hicieran. De los campeonatos clandestinos, que lejos de las intenciones iniciales de servir para entrar en la Copa dejó, fruto de la desgana y mala organización, a nuestros equipos en la marginalidad, padeciendo un retraso insalvable. Y una salvaje extinción de sociedades que no sobrevivían ni fusionándose entre ellas. Dificultades que por más que surgieran nuevos entes lastraban su arraigo y crecimiento.

Son testimonios que evidencian una vez más que nada en la fundación del Fé-Cé es fruto del azar. Desde el nombre, hasta el escudo, el primero y el actual, pasando por los colores, reúnen una intención. Poderosos signos que buscaban la diferenciación, la significación y el progreso. Desde donde se recogieron los ecos del reverdecer de los ambientes deportivos gracias al éxito de la Copa de Mayo y el fútbol escolar que representaba el Sagunto, del que en sus últimos años de vida fueron presidente y vicepresidente nuestro Milego y Medina. Un nuevo impulso que desempolvó el torneo de la feria de julio, infectando nuevamente aquellas almas, que ante las insistentes noticias de que se refundaba la vieja Federación y se compondría un campeonato unificando a los equipos de Castelló, València, y Alicante, espoleó a los fundadores para capitanear aquella nueva era a lomos del Valencia Foot-ball Club, recogiendo el testigo del primitivo club de 1905, y decididos a que la ciudad, al fin, tuviera un representante a la altura de los grandes.

Es el Fé-Cé producto de la modernidad de su tiempo, representante en las arenas deportivas de ese empeño por quitarse de encima la fama de ciudad recoleta y rural que al impulso de la obra republicana inició una transformación radical de su fachada que no paró ni con el cambio de régimen en 1923. La misma piqueta que derribó la pista de la exposición, haría ahora lo mismo con la Bajada de San Francisco. Un derribo radical para dar forma a una nueva capital. Dejándonos al Valencia, con el empeño de ser masivo, como el primero en abandonar la ancestral tradición de tener en un bar o café su sede social, levantando la suya propia en un edificio del centro de la ciudad.

Al amigo Novejarque, sin embargo, aquel vial borrado le arrancó su esplendor. Uno que le había llevado a abrir sucursales del Torino en Alberic y Gandia. Y que a pesar de regentar otros negocios en diversos puntos de la ciudad, desde el cierre de la Bajada de San Francisco, su nombre no volvió a brillar con la misma intensidad que lo hizo en dichos tiempos. Una desaparición forzosa que deja al local, como a Algirós, en plazas olvidadas, que se recitan pero no se comprenden.

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