Coses de futbol The Manager

García Toral, obras y reformas

No había nada cuando Marcelino llegó a Paterna. Nada sano. En dos años, con paciencia y mando en plaza estructuró una ciudad deportiva para transformar un equipo sin rumbo y viciado en una máquina de competir, bronco y ambicioso, dotándole de identidad para sacar al club de 11 años de oscuridad bajo la amenaza de hacer historia en el año del centenario.

Para quien lo quiso escuchar, dejando a un lado el show, Prandelli diagnosticó de manera muy cruda los males de aquel club. «No es un problema de calidad, es un problema de profesionalidad»; la misma que dejó por escrito Voro en su famoso informe, poniéndole nombre y apellidos al despropósito. Dos actos definitorios en los que se basó una limpia sin precedentes: 17 bajas. Seguidas de fisios; médico; cocinero; nutricionista; director deportivo; entrenador; director de la escuela y hasta presidente. Un club nuevo naciendo en lo que dura un verano.

Imperativo para zafarse de una realidad que se ha querido ignorar durante todo este tiempo: Al Valencia no quería venir nadie. Es la coyuntura que hizo de Marcelino el mejor candidato posible. Porque su situación, tras el escándalo de Gijón y su extraña salida del Vila-real, lo situaba en un plano similar al del cuadro mestallero. Dos elementos tóxicos rechazados por el mercado condenados a encontrarse.


«Para revertir el impulso negativo y evitar que volviera a suceder algo similar tuvimos que deshacernos de algunos, tomar medidas».


Es el mantra que repetía una y otra vez en su primera tourné mediática ungido ya como entrenador valencianista. En cierto modo, cada salida era un retrato de una situación nociva extinguida. Perentorio recuperar un ambiente saludable para regresar a la senda del triunfo.

Pero tenía un reto mayor. En un club condenado a fichar lo que puede y no lo que quiere, la precisión de cirujano y una buena agenda ayudó no sólo a acortar plazos, sino a reducir riesgos. El perfil del futbolista a incorporar era evidente: jugadores que conocía y aseguraban un rendimiento inmediato.

Aunque juguetes rotos. El descuento para poder acceder a ellos.

Es el papel menos destacado y valorado del míster. Su capacidad de seducción. Un trabajo a largo plazo, de conversaciones interminables tocando infinidad de matices hasta aclararle al interesado toda duda o terror. Una labor psicológica imprescindible para entender el éxito. Pues fue la voz del asturiano la encargada de limpiar mentes envenenadas, y determinadas a marcharse de aquí. La que recompuso autoestimas destrozadas como las de Kondogbia, Paulista, Coquelin y compañía que aterrizaban tras años de malas experiencias, convertidos en memes en sus equipos de origen.

Tics, miedos, que todavía hoy se dejan ver. Pero ya mayormente mutados en fortalezas donde antaño sólo había inseguridad. Un entrenador implicado con sus futbolistas, que les escucha tanto como les exige. Una evolución que el mismo Marcelino reconoce haber adquirido con la experiencia.

El «desde el primer entrenamiento pude sentir algo diferente. No sé. Algo. No sólo en él, también en su cuerpo técnico. La forma en la que entrenamos. La forma de ver el fútbol. La forma de preparar los partidos. Realmente me impresionó» que llevó a Parejo a quedarse porque «no puedo perderme trabajar con este entrenador». Un entrenador de método, con un plan integral con muchas ramificaciones, controlador y obsesivo. Cabezón. Pesado. Las virtudes que comparten todos los grandes. Sabedor de que para sobrevivir y desencallar a la ballena que tenía frente a sí no bastaba con abrir ventanas, sino en cambiar radicalmente la cultura del trabajo. Para eso Paterna debía dejar de ser el Spa-Resort que se encontró Prandelli y convertirlo en un centro de alto rendimiento.

Análisis, control del peso, dietas personalizadas en virtud de estudios individualizados. Cursos de cocina y buena compra con jugadores y familiares para llenar la nevera correctamente. Comidas preparadas para llevarse a casa. Tablas con el peso y objetivos a cumplir colgando de cada pared de la Ciudad Deportiva para escarnio de los informales. Una transformación radical que llevó a muchos a confesar que pasaron hambre durante el proceso hasta acostumbrar su cuerpo a la nueva realidad. Infundiendo tal terror a saltarse las normas que pronto circularon historias de futbolistas encerrados en la sauna una hora antes del entrenamiento buscando bajar los gramos necesarios para llegar a lo exigido. Una pérdida de peso general que se notó en la velocidad de ejecución y en la resistencia durante los partidos.

Cualquier detalle supone una ventaja sobre el césped.

A diferencia de Prandelli —«el problema es de club, de arriba a abajo»— García Toral ha encontrado una entidad tras de sí, respaldándolo y dándole todo aquello que pedía y exigía. Cumpliendo a rajatabla los plazos de salida para evitar conflictos en el minuto cero de la pretemporada. Incluso desechando opciones de mercado para satisfacer alguna incorporación ad-hoc. Respaldo que se nota e influye en la relación con sus muchachos.

Esa determinación en la fe a su figura se tradujo en un elenco de colaboradores de confianza que le acompaña, moldeando la entidad a su gusto, repleta de allegados para sentirse cómodo en un Valencia que ha hecho suyo. Aspecto que no en pocas ocasiones ha llevado a sus más acérrimos detractores a acusarlo de nepotismo. De alguna manera esa construcción personalista le dio más crédito en sus horas más bajas gracias a su rol sistémico. Demasiado grande para dejarlo caer. Un problema que está por ver cómo se resuelve, y los males que provoca, cuando la convivencia, por exceso de éxito o fracaso, llegue a su fin.

A pesar, trata de la primera estructuración en décadas que recuerda a épocas de funcionamiento brillante. Encontrando en Salvador García al fontanero ideal, destinado al cuidado del detalle vital del futbolista para que sólo piense en fútbol. Con un escudero —y mentor— como Alemany. El poli malo en la sombra, apretando tuercas que no es conveniente que ajuste el míster para mantener la paz interna. Gente que se respeta y admira. El fenómeno que ha hecho que el mismo modelo que se intentó implantar con Nuno ahora sea visto con buenos ojos al caer en las manos adecuadas. Aunque peque de los mismos vicios.

Al menos, uno de ellos, mal que bien, se ha intentado corregir con una dirección deportiva enfocada al futuro.

Four four two marcelinesco

Pero siquiera viviendo el sueño de todo entrenador, en toma de decisiones, influencia, y respaldo, basta para que el profesional, siempre atento, juzgando cualquier detalle y retándote, se implique con meras palabras o gestos. Pera ello era, y es, necesario que vea plasmado en el campo todo eso y un poco más.

Es la segunda parte de una labor enfocada a la dotación de una identidad reconocible encargada de disipar dudas y levantar certezas una vez dados los primeros pasos. Pues el análisis, el trabajo sectorizado, las charlas personalizadas puliendo detalles y fallas en mejora del individuo es la clave de la persuasión final, otorgándole al equipier una cantidad de recursos a la hora de saltar al terreno de juego que le insufla seguridad ante el envite.

Ahí reside su idoneidad, gracias a aplicar un sistema que protege a los futbolistas menos talentosos potenciando sus virtudes. Fundamentalmente a los centrales, elevándolos varios escalones en sus prestaciones pudiendo sacar provecho de buenos marcadores con escaso manejo de pelota.

Tal vez no hayan muchos en el certamen europeo en utilizar un andamiaje tan codificado, requiriendo una coordinación absoluta, transiciones rápidas, intensidad alta, y distancias cortas. Asunto que obliga a una tensión constante ante el desastre que supone el más mínimo desbarajuste. Pero es un sistema el 4-4-2 ideal cuando careces de jugadores de gran técnica y calidad debido a su enorme adaptabilidad, permitiendo que cualquiera pueda asentarse en él sin excesivas dificultades ya que no requiere especificación alguna como sí exigen otros, revitalizando morales destruidas o espantando temores. Convirtiéndolo en el más adecuado para sentar una base sobre la que poder crecer.

Más que nada porque con él se cubre muy bien el terreno de juego, ayudando a llegar a todas partes sin demasiado esfuerzo, lo que te convierte en un bicho difícil de batir a poco que sepas mantener el rigor competitivo. Una de sus ventajas es que hace intransitable el pasillo central obligando al rival a escorarse a banda para generar fútbol, por eso no es casualidad que Caparrós sacara a Banega, su organizador, de interior. O veamos a Modric cabalgando la línea de cal. Algo que también aplica el Betis dejando caer a Lo Celso y Canales por los costados para romper la muralla.


En esta imagen de la SKY se ve muy bien. Tenemos el balón en un lateral, mientras las distancias entre líneas obstaculizan la salida facilitando una rápida recuperación de pelota y posterior contraataque con un enemigo desorganizado y desprevenido. El secreto del amor a las contras.

En esa faceta gente como Kondogbia o Coquelín se alzan en fundamentales para su correcto funcionamiento. Sin centrocampistas de tal despliegue nada tendría sentido, incapacitando al grupo en la lucha por la posesión. El internacional centroafricano es un buen ejemplo para relatar las virtudes del traje táctico. Pues gracias a ello ha vuelto a ser un mediocentro total. Capaz de leer los matices del juego, de rescatar y servir la pelota reforzando la acción del grupo, equilibrándolo, a pesar de contar con una técnica poco refinada. Reservando la labor de orfebrería para un Parejo puesto a los mandos del bólido.

Quizá no haya mayor triunfo en todo esto que haber conseguido que el equipo se sienta cómodo defendiendo, hasta el punto de creerse invencible. Es cierto que esas confianzas alguna vez le han costado caro ante errores groseros en retaguardia. Y que en demasiadas ocasiones abusan de ella, hasta el desquicio del propio Marcelino, iniciando su danza en el área técnica pidiendo que suban la presión varios metros. Pero en general ha hecho del XI del murciélago un rival impenetrable, desquiciante para los contrarios, incapaces de entender por dónde meterle mano.

Una de las diferencias respecto al curso pasado es que hoy conocen sus virtudes y defectos a la perfección, aprendiendo a jugar con ellos, destilando seguridad en el terreno de juego. Algo que no han sabido desarrollar los equipos de Setién, por ejemplo. Un mar de dudas y miedos en situaciones muy concretas que siempre los lastran. Como ocurría aquí hasta no hace mucho. Pues sin esa convicción, adquirida a fuego lento, no se explica la solvencia con la que los mestalleros se reponen a sus propios deslices. Las remontadas nacen de esa fe en sus posibilidades.

Hablamos del contexto que ha conseguido que muchos futbolistas hayan recuperado su mejor nivel, o lo hayan superado. Como el amigo Piccini, que acabó siendo internacional por Italia a pesar de unos inicios en los cuales sus problemas para leer las acciones de Soler desequilibraron al XI, dejando a ambos a la altura del betún en acciones defensivas.

Pero el 4-4-2 es marcelinesco no porque sea de los pocos que lo utilicen a día de hoy, sino por haberlo adaptado al fútbol moderno. La aplicación del asturiano dista mucho del sistema clásico. Entre otras cosas ha roto con el encorsetamiento ofensivo que proponía la escuela inglesa, inyectándole una riqueza de movimientos propios de 2019. O la ocupación racional de los espacios. Prescindiendo de los extremos y librando una banda con un organizador buscando una superioridad en el centro del campo, un juego interior, que se pierde al sumar dos puntas. Iniciando incluso desde atrás, ya que el primer balón siempre parte de los centrales.

Son las cosas que elevan a mentira las acusaciones de rigidez. Es un baile constante de jugadores intercambiando posiciones, modificando el engranaje sobre el terreno, buscando nuevas mayorías… Observar los movimientos de Rodrigo basta para entender los secretos del fútbol de Marcelino. El dinamismo continuo del brasileño, su manera de coordinarse con su compañero de ataque, combinando y enlazando con los medios, permutando su rol con el interior, la cantidad de balones que toca y el terreno que abarca, lo convierten en un jugador que no sólo es capaz de finalizar, sino también de crear, iniciar jugada, ayudar en la posesión o de asistir a la vez. En ocasiones hasta se confunde con un centrocampista más. Su velocidad de desmarque o las raudas transiciones marca de la casa hacen de él la clave de la orquesta ofensiva marcelinesca. Por algo su horrendo inicio de curso fruto de una depresión post mundialista — provocada por el técnico al forzarlo privándole de descanso — acarreó tantos problemas.

Incluso en esas es evidente que en el año dos de Marcelino se ha evolucionado mucho y muy bien. La mayoría de los defectos del año anterior han sido superados con creces —de los peores equipos defendiendo balones laterales, a liderar la tabla de los que mejor los defienden—, dejando un cuadro mucho más solvente, granítico y maduro. Aunque arrastró una involución palpable en el plano atacante durante la primera mitad del curso, y responde a la pérdida de un perfil como el de Zaza. No por su marcha, sino por el error monumental que se cometió en su sustitución. Pues el mecanismo requería de ciertos movimientos que se extraviaron, lastrando tu presencia en el área contraria.

Porque en el modelo implantado el punta de referencia es fundamental. Necesita de ese oxígeno. Pues la labor del 9 era bajar a recibir de espaldas arrastrando a su marcador, combinar con el centrocampista más próximo, y que éste asistiera al otro punta, o extremo, en banda contraria, mejor situado, menos marcado y de cara a portería aprovechando el descuelgue del equipo contrario para atacar el espacio dejado en esa zona. Por eso perder esa figura tuvo tanta repercusión. No se contaba con el pasotismo, individualismo y mala praxis de un Batshuayi que nunca quiso jugar en equipo, ni entender lo que se le exigía. Tal ausencia de salida vertical dejó al resto moviendo el balón de un lado a otro sin profundidad. Y en menor medida lo sigue haciendo hoy. El Rodrigo-Gameiro no era el plan, obligando a recomponer la configuración del sistema sobre la marcha, introduciendo nuevos ajustes, que no dejan de ser un parche, aunque se haya corregido de algún modo. Ahí está la diferencia de cifras goleadoras hasta diciembre, y desde enero, para calibrar la inmensidad del avance.

Ni ignorado puede quedar tampoco un Guedes iniciando pretemporada en septiembre, lesionado en noviembre, perdiendo con ello el punto desequilibrante en la ejecución ofensiva, capaz de lanzar un contragolpe desde su propia área, o romper cerrojos con un latigazo en banda. De repente, sin un Coquelin recuperado, una baja forma de Parejo y las extrañas dolencias en el tobillo de Kondogbia, se inició la temporada sin cuatro o cinco pilares fundamentales, con los nuevos todavía cogiéndole el pulso a un modelo complejo de ejecutar a la perfección. Un duro golpe para escuadra tan corta de elementos de nivel.

Es lo que engrandece más la capacidad de un entrenador que convirtió en invencible a un equipo mermado, sobreviviendo a sus propios errores y a los intríngulis del mismo fútbol con una entereza envidiable. Aferrado a la fidelidad de un vestuario que lejos de traicionarlo ayudó a superar la crisis por el método de la unión. Un punto mayúsculo a favor de un hombre que ha conseguido el respaldo público y notorio de todos sus capitanes en los momentos más delicados, con parte del mal llamado entorno haciendo campaña por su destitución, enfrascados en insidias y desprecios hasta hace un minuto.

Evidentemente, la hoja de ruta tiene cosas mejorables. Un ejemplo es que sufre mucho ante equipos que emplean defensa de cinco o alguna variante del 4-3-3. O que con balón es una sinfonía desafinada ya que pocas veces encuentra salidas cuando se lo regalan. Lo que explica que en Mestalla haya cosechado 10 de los 16 empates del curso incapacitado como está para romper entramados defensivos. Porque tampoco posee demasiadas soluciones creativas y se carece de un plan B que descongestione emboscadas.


«Puedes asumir los riesgos atrás que la capacidad de definición tengas arriba».


Y arriba, palabras en una charla sobre fútbol organizada por EFE hace dos años donde Marcelino desgranó su libro de estilo, nunca ha tenido gran cosa, y la poca cosa que hay no ha estado acertada en medio año. Es una de las facetas a mejorar en el siguiente curso: Acertar con el punta. Algo, que seguro, ocurrirá, pues en el credo del asturiano está la evolución constante sin merma alguna en sus principios. La más ignorada es la de haber compaginado cuatro competiciones cuando el pasado año la disputa de la Copa supuso una distorsión enorme.

Un producto por acabar

La gran fortaleza, más allá de jugar desprendido de complejos, manteniéndose firme en su estructura de renuncia al balón —bajo sospecha de que este roster sería más capaz ofensivamente si supiera mantener su asedio durante más tiempo, y no ejecutarlo sólo por oleadas—, es la brillante capacidad para correr con la que el técnico asturiano enriqueció a su equipo. Puñales en los costados, dagas en punta… Con espacios el Valencia jabalino es de una belleza plástica sin igual. Mortal por necesidad.

Un mapa mental tan claro y esquematizado que las aperturas, cambios de orientación, y desmarques se ejecutan de memoria, sin necesidad de perder ese valioso segundo en levantar la cabeza para comprobar dónde está/poner el balón. Asumiendo riesgos en situaciones límite de ser necesario. Todo el mundo interpreta su papel a la perfección. Señal de lo trabajado que está el guión en el reino asturiano.

En ese panorama florecen defectos que todavía arrastra un equipo compuesto por jugadores traumatizados por años de memes, prisioneros de una ansiedad por demostrar que son mejores de lo que se piensa de ellos. Espíritu de reivindicarse que fuerza la precipitación, la jugada individual, cegados ante mejores opciones de pase. Incapaces de ver a compañeros mejor situados o de entender que no es necesario hacer tres goles por partido para cerrar una buena actuación. La condena del error. Sin ese condicionante la letalidad del Valencia a la contra sería muy superior en los mencionados terrenos.

Tal vez sea lo que más necesite este equipo para completar el siguiente paso evolutivo, una mejor inteligencia leyendo partidos y situaciones. Gente de mayor aplomo, capaz de domar los tempos del juego y al resto de la caballería. Pero eso es difícil de revertir con entrenamientos o vídeos. Va en la experiencia y la IQ de la persona, una solución más factible de conseguir con espera o por la vía del mercado.

«Aquí manda un concepto: El trabajo colectivo y la solidaridad. Ese criterio forma parte del perfil de los jugadores que queremos. Si luego no se adapta, o no lo muestra, su presencia será limitada». Declaraciones a AS, 8 julio 2018.

Aunque la etapa marcelinesca, eh aquí uno de los graves problemas ambientales, se caracteriza por haber adelantado un par de horas el reloj merced de un primer año muy por encima de las expectativas generales. Gozando ya en el actual de resultados enormes en la construcción de un estilo reconocible. Meritorio, sin duda, superar el siempre complicado segundo año, la etapa que reafirma o hunde un modelo. Aunque dos años en realidad, sonando a mucho, no son gran cosa para asentar un proyecto que venía a crecer sobre la raíz de aquel que firmó los peores registros en la historia del club en primera división. Adquiriendo por el camino vivencias enriquecedoras que van a ayudar mucho y bien a pulir las aristas de un producto que amenaza con cerrar el centenario a lo grande. Pero será el tercero el decisivo para mostrar la verdadera evolución, y el cuarto, donde se recogerán los frutos. Donde de verdad se podrán exigir resultados.

Ya que el verdadero legado que dejará García Toral serán los cimientos sobre los que otro levante un brillante edificio. No es otra su labor al frente del Valencia que esa.

Lo mejor que tiene el técnico norteño es esa capacidad de aislamiento con las exigencias infantiloides del entorno. La mayor muestra de respeto a un vestuario que siempre tuvo claro que nunca sentaría ni alinearía a nadie por presiones externas o para ganarse simpatías o escudos mediáticos que nunca le interesaron. Sin esas convicciones no se sobrevive en banquillos como este.

Si algo es Marcelino es un hombre de códigos.

Otro puntal fundamental en esta cimentación de un equipo campeón, difícil de ganar, y empecinado en hacer historia, es la confección de una plantilla polivalente. Cuestión que ayuda a explicar igualmente su pasión por listas cortas con independencia de la cantidad de competiciones a afrontar. Pues esa variante ayuda a reducir contrataciones ya que muchos jugadores pueden cubrir dos o tres posiciones, evitando no sólo una inversión mayor en tiempos de Financial Fair Play, sino que también ayuda a fomentar la competencia y mantener un alto ritmo de implicación en los jugadores, amén de disponer de múltiples opciones ante plagas de lesiones o imprevistos —como se ha visto— huyendo de la desconexión que acarrean plantillas largas y con roles muy marcados donde muchos son carne de banquillo, entumecidos a la hora de cubrir urgencias, y por consiguiente, un foco de conflicto en potencia. Es además una buena receta para contar con alternativas a distintas lecturas del juego. Explica el porqué de la tendencia del técnico a contar con cuatro delanteros de distinto pelaje, a utilizar según se juegue en estático o a la contra. A la remontada o al amarre del resultado.

Pero nada de eso es suficiente para las lides venideras. Ahora le esperan, sin duda alguna, problemas mayores. Uno de los alicientes de futuro, a tenor de la ristra de jugadores contratados a día de hoy, está en poder contar con algún elemento de superior talento y juventud en determinada posición. Que se unirá al crecimiento de un Ferran Torres criado a su vera. Quedando por ver el encaje de un Kang In Lee que ha sido utilizado como arma arrojadiza para erosionar su posición. Debe ocurrir en un verano que es de esperar se desarrolle con mayor normalidad y sin tanto avatar distorsionador como el pasado. Consciente de que el nivel de exigencia, y por tanto de ataques hacia su persona, puede multiplicarse por diez se ganen finales o se pierdan.

Dudas, muchas, incluso en saber si podrá continuar madurando la base que nos llevó hasta aquí o va a sufrir un desmembramiento que tire por la borda mucho de lo logrado, teniendo que empezar de cero otra vez.

Lo único claro, al menos, que tenemos de García Toral es la obra que dejará atrás. De cómo llegó a un club sin estructura, abandonado a su suerte, sin rumbo ni idea, dándole forma y estabilidad. Capaz de recuperar un equipo condenado a la intrascendencia, revitalizando a elementos que se daban por inútiles total o eran sentenciados a cadena perpetua mostrándonos con él su mejor versión. La transformación de un grupo vulnerable y timorato a una máquina de competir que ha desempolvado el viejo lema del bronco y copero. Trayendo el hambre, ambicionando finales y objetivos incluso por encima de los mensajes conformistas que palpaban de la presidencia.

Superando momentos de zozobra donde la mayoría no sobrevive.

Todavía queda la parte más delicada para poder cantar victoria: En estos instantes se afronta ese cruce de caminos que igual te lleva a los libros de historia como a la quinta porra. En el fracaso a culminar esa cumbre está la amenaza de contaminar la 19/20 antes de nacer.

2 comments on “García Toral, obras y reformas

  1. Brillante.

  2. Rafa Sánchez

    Grande Marcelino. Es imposible vencer a alguien que sigue y sigue, sin rendirse nunca.

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