Serie Centenari The Manager

Lo llamaban herr Toni

El técnico más laureado de la historia, el que más partidos dirigió. Culpable del nacimiento de las secciones deportivas, y padre de la primera estructura de cantera. Ese es Antonín Fivébr, el entrenador más influyente en la historia del club.

Era sencillo encontrar a herr Toni, bastaba con darse una vuelta por alguno de los garitos que poblaban Ruzafa Street para verlo sentado a la mesa echando alguna partida al chamelo con los parroquianos habituales, tomándose un cremaet o inmiscuido en tertulias sobre la vida y la política de su tiempo con gentes salidas de talleres, teatros o la huerta que rodeaba el barrio.

También era costumbre en él pasear por el centro y acudir a espectáculos o museos con su señora esposa. Esa querencia por vivir la ciudad, mezclándose entre sus vecinos, aprendiendo su lengua hasta conversar en valenciano de manera fluida y habitual, fue lo que lo hizo tan popular y querido, al punto de que la primera etapa de Antonín, Antón, Toni, Fiver, Fimber, Fiber, Fivébr en realidad, resultara la única en un siglo donde crítica y afición machacara al unísono a los futbolistas por no plasmar en el campo las órdenes y enseñanzas del entrenador. Nunca más hubo tal respeto por el inquilino del banquillo.

Su llegada, la del primer míster profesional, el tercero en total, era otra respuesta a los aires modernizadores que desprendía aquel Valencia F.C. llamado a revolucionar el fútbol autóctono. Tan avanzado a su tiempo que el tradicionalismo rancio no estaba dispuesto a perdonárselo, erigiéndolo en diana recurrente de sus iras y neuras.

Fue, también, fruto de la necesidad de querer llegar. De la conciencia adquirida, pues para cumplir el mandato fundacional y luchar por traerse la Copa a València necesitaban mucho más. En ese debut fue Agustín Sancho el encargado de preparar a los equipiers para el estreno copero frente al Sporting mandando a las huestes valentinas a morir en el barro y el atropello arbitral que padecieron en el norte tras el 1-0 de Algirós. Porque Sancho, como Armet Kinké, son los primeros trainers del Fé-Cé, de vocación temporera, casual, de master class de unas semanas o pocos meses desde 1921 hasta 1923, y ya. La costumbre de una época donde la palabra entrenador todavía no formaba parte del vocabulario del foot-ball.

Trató del camino que abrió la vía checa. Y quién mejor para dar tal salto, vengar la afrenta copera, que el representante del estilo quintaesenciado del momento. El viejo capitán de un Sparta de Praga que embelesaba a Europa entera por su juego y capacidad de tumbar a los gigantes del continente; británicos incluidos.

Instantes de profunda transformación con un Mestalla levantado e inaugurado, joya de la corona, motor del crecimiento imparable que le seguiría, y orgullo de una ciudad entera. Icono de un mundo que también estaba sumergido en cambios radicales, aunque de otra índole. Por ejemplo, la Italia en manos de Mussolini es culpable de que nuestro Fivébr acabara en València tras huir del país de la bota ante las soflamas racistas y frentistas de un régimen que abogaba por expulsar a la colonia checa que se refugió de la guerra en el norte, y que apostaba por desmembrar a la recién nacida Checoslovaquia para devolvérsela en pedazos a los derrotados del conflicto, sus aliados.

Unas calles pintadas de agresiones, soflamas, y violencia que determinó a nuestro amigo a sacar un billete para París empujado por la reforma de una federación que se puso al servicio del régimen y sus políticas. Sus últimos días en aquel Brescia al que había ido a instruir desde su papel de jugador-entrenador y que le dio fama al plantarle cara al poderoso Genoa de William Garbutt.

Titulares imprescindibles para que el comerciante e itálico Carlos Bogani andara sobre la pista del checo. El culpable de envenenar la mente de sus compañeros de directiva sobre las bondades de un herr Toni llegado en la ruta París-Barcelona-València. Una amistad que hay que conservar para entender la importancia de estos dos en el surgimiento de las secciones deportivas, o la estructuración radical que acompañó la llegada del primer entrenador bajo contrato en la historia de la entidad.

El conflicto

Porque la estancia de Antonín no fue sencilla. Su acuerdo, de mínimos, estaba sujeto a la constante supervisión de una comisión técnica comandada por Milego, recuperado para la causa tras su salida, reticente a dar a torcer su brazo ante el nuevo míster. Difícil encajar la desconocida figura del entrenador en un modelo jerárquico. Donde los directivos hacían las alineaciones y el capitán entrenaba a sus compañeros.

El polvorín que zarandeó los primeros meses de un hombre que chocó enseguida con un equipo acostumbrado a hacer lo que le viniera en gana. Que se dedicaba a su trabajo y que tenía el fútbol como un hobby de fin de semana, incapaz de entender aquella obligación de entrenarse varias veces, padecer exigentes sesiones, y aprender movimientos o posiciones nuevas que no encajaban con su esquema mental.

Si uno se ganaba la vida en un taller, o un comercio, ¿por qué tenía que aguantar aquellos inconvenientes? Si uno jugaba en función de la disponibilidad que le daba su trabajo, ¿por qué cumplir con esa responsabilidad de concentrarse o acudir a los partidos?

Tal cambio supuso que Fivébr inventó la pretemporada, llevándoselos a Burjassot o Godella a correr bajo pinos y sudar a la sombra de conventos o iglesias con descampado adyacente. Probando cualidades para cambiar de posición a muchos buscando una mejor adecuación a sus capacidades técnicas. Pero nada. No había manera con unos muchachos endiosados tras el sonado título conquistado el curso anterior. Y eso se notó enseguida en cuanto echó a rodar el balón.

Imprecisiones, apatía, irregularidad… en un XI que arrasó, literalmente, yendo por libre. Tan evidente acabó siendo tal falta de entendimiento, ese funcionamiento a arreones, que un debutante Sincerator plasmó el desencuentro en columnas de papel, relatando lo mismo que piaban los protagonistas en sus correrías de café y puro. Montándose tal revuelo que el club interrumpió sus anuncios sobre horarios de recogida de carnets, o la apertura de taquillas, para enviar un mensaje de tranquilidad y desmentir la rebeldía.


«A los señores socios del Valencia F.C. Haciendo honor a la justicia y para aclarar los diferentes comentarios y versiones suscitadas en los pasados días en relación con la moral de nuestro equipo, la junta directiva de esta sociedad se cree en deber de aclarar pública y terminantemente que todos y cada uno de nuestros jugadores están poseídos de la más elevada disciplina. Tiene ademas esta junta el firme convencimiento y la más absoluta confianza en quienes tan brillantemente supieron conquistar el honroso título de Campeón, sabiendo estar dispuestos a defender por su honor y el de su club la supremacía deportiva conseguida».


No lo harían, les dio para salvar la papeleta, pero en un desempate sonado ante el Gimnástico fueron derrotados por los chicos del patronato, que recuperaron la hegemonía poniendo el marcador de los títulos en 3-1 a su favor tras la recuperación en 1920 del campeonato de València.

Pero hubo tiempo para más cosas. En esos instantes de tiranteces, un fútbol con tantos espacios en blanco permitió a Fivébr extender sus inquietudes.

Reuniéndose con periodistas y hombres de fútbol, explicaba su intención de establecer en València el deporte de la hazena. Una modalidad muy popular en su país, con más de catorce equipos en Praga, la mitad femeninos, del cual redactó un extenso manual con sus leyes y normas, sus técnicas y funcionamiento. Asunto que hoy conocemos como balonmano. Incomprensiblemente no tuvo éxito en su empeño. Pero sí en otro. Pues en agosto de 1924 lo vemos ya como responsable de la sección de natación del Valencia F.C. junto a su amigo Bogani. Otra empresa suya que sería extendida al atletismo. Importando con ello la cultura germánica en la que se educó, la de los clubes de gimnasia y la práctica del deporte como un bien de salud pública y de desarrollo.

Un premio a su supervivencia cuando en enero del 24, encerrados en el conservatorio de música, una junta de asalto surgida tras el golpe de Primo de Rivera en septiembre del 23, tratando de adaptar la entidad a las ‘recomendaciones’ del régimen, planteó la destitución del checo, un peligroso socialista en una peligrosa entidad llena de carnets del PURA, que acabó ratificado por aclamación popular. Evitándose engordar la crispación latente con un cese meditado entre los hombres afines a la dictadura, sabedores de las andanzas urbanas de Antonín, permitiéndosele finalmente una segunda oportunidad para emprender las reformas necesarias en club inmerso en crecimiento tan rampante.

De allí recayó la misión de limpiar la plantilla finiquitando a varios de los marchitos héroes del 23, los dadores de la gloria primigenia. Traumas saciados con la pronta incorporación de nuevos elementos revitalizantes que a pesar de unos resultados iniciales poco satisfactorios transparentaron las evoluciones padecidas. Mucho mejor coordinados, más resistentes a la competición. Con mejores soluciones en el campo y una progresión a nivel individual que siempre se destacó en la figura del joven Llago, portero suplente, impensable en las anteriores circunstancias que pudiera defender la meta valencianista, y que ahora, aprovechando la lesión de Mariano y los entrenamientos específicos llevados a cabo concienzudamente por Fivébr irrumpió como elemento de postín para sorpresa de todos: «Llago es un muchacho todo afición y entusiasmo, obediencia y talento, todas las cualidades vistas por el técnico que tiene a su cargo. Mejorando la forma de los equipiers del club blanco ha hecho el milagro de transformar por medio de un entrenamiento acabado y perfecto a un modesto equipier en un notable jugador».

Su segundo equipo, ciertamente, era uno más hecho, con menos calidad tal vez, cosechando enseguida piropos donde antes sólo entraban quebrantos. «Por la acertada dirección de Fiver se ha ido asimilando algo de lo mucho bueno visto en los equipos que nos visitaron. Más lo que supo inculcarles un entrenamiento procedente de la nación donde se practica el balompié quintaesenciado. Sus componentes, no todos, juegan hoy más con el cerebro que con las extremidades».

El profesor

Bueno, pero entre tanta cháchara, ¿dónde queda la importancia de Fivébr, su verdadero legado histórico? La impronta del checo es verdaderamente profunda, a pesar de ver su trabajo con el primer equipo boicoteado por una Comisión Técnica que rehacía y deshacía alineaciones o cambios posicionales. Era hombre implicado en la tarea de estructurar la entidad. Una de sus grandes obsesiones, su gran obra, la herencia dejada en el abolengo del Valencia F.C., fue su pericia a la hora de dotar de futuros elementos a la institución sin la necesidad de inmiscuirse en negociaciones con terceros.

Y allí se fue, a crear un tercer equipo, un Infantil incrustado a la sombra del primero, un grupo de chavales que pudiera formarse sin la urgencia de la competición dando el salto a la élite sin complejos ni taras debido a años de abnegada instrucción. Ya que Fivébr fue el culpable de que el Valencia F.C. tuviera su primera estructura de cantera.

Una labor tan artesanal, una obcecación tan personal y dedicación tan exhaustiva, que a dichos equipos acabaron poniéndoles su nombre. Basta observar las artes de reclutamiento escogidas para ver el empeño puesto en la tarea. Un rumor de la época vivida, o más bien, de la solitud que por momentos rodeaba a aquel hombre encerrado en la ilusión de dejar poso a su paso por estos lares, ya que los muchachos de Fivébr fueron convocados mediante anuncios en prensa pagados de su bolsillo, y por carteles colgados en los tablones repartidos por media provincia. Pues requería chavales de entre 12 y 13 años para su primer experimento:


«A quienes posean el suficiente control del balón y comprendiendo lo que debe ser el verdadero fútbol asociación deseen emprender sus prácticas y enseñanzas para ver de conseguir el mayor perfeccionamiento posible de este deporte y dar jornadas de gloria al sport de Valencia. A todos esos jóvenes que comprendan que el fútbol asociación debe ser uno para once y no once para uno les invita el señor Fiver a asistir al campo de Mestalla, propiedad del Valencia F.C., el domingo 13 de nueve a doce de la mañana. De los que asistan, y según las aptitudes que ellos demuestren, el señor Fiver seleccionará los que crea convenientes para entrenarles en la forma debida».


En definitiva, aquello acabó levantándose como una escapatoria para el
checo durante sus primeros cursos, y en un vivero de reproches para la labor de los mayores surgidos desde el estreno del infantil ante el Indian Sport Club, escuadra formada por los hijos de la colonia británica en la ciudad, saldado con un 5-0 favorable a los blanquinegros en match rodeado de máxima expectación, vista la novedad que suponía.

«Todas las tácticas del fútbol moderno fueron practicadas», se lee en las
primeras líneas escritas en los comentarios del partido, entrando enseguida en materia: «El señor Fiver realizó con estos pequeños un trabajo realmente meritorio y que pone de relieve las excelentes cualidades de entrenador que posee. Viendo jugar a esos muchachos daba la sensación de ver un XI extranjero de los que en nuestros campos han verificado verdaderas exhibiciones de fútbol. Para nadie será un secreto el porqué estos niños practican tan buen fútbol y en cambio el primer equipo del Valencia no lo realiza salvo contadas ocasiones, y es que estos niños, además de ser modestos, obedecen ciegamente lo que el señor Fiver ordena, mientras los otros…»

Los otros, ya se sabe, vivían cegados por los focos de la fama, reticentes a adoptar según qué exigencias planteadas por la mano dura de un checo inquieto que seguía sin encajar en el equipo, ocupado en basar aquella experiencia infantil en defender y honrar los honorables valores de un amateurismo en riesgo, principios básicos mostrados con orgullo y eficacia, pues la actividad de sus pupilos, en espera de estrenarse en torneos oficiales, se reducía a partidos benéficos para recaudar fondos en favor de asilos y orfanatos multiplicando más si cabe el prestigio de una escuadra que llegó a ganar 68 de los 74 partidos disputados, anotando 122 goles y encajando apenas 15. Fenómeno tan fulgurante que en febrero de 1924, vista la agitación surgida en pueblos, comarcas colindantes y en vecinos de ciudad, se vio obligado a convocar una olimpiada bajo la inestimable colaboración de Milego y Carlos Bogani, congregándose en Mestalla 40 equipos dispuestos a competir en un trasunto de festival por la caridad recaudándose la escandalosa cifra de 4.500 pesetas; destinadas a aligerar cargas en un mundo donde no existía Estado que se ocupara de la gente.

Una marcha que en abril de ese mismo año, a un mes del primer aniversario de su llegada, vista la pujante demanda y el éxito contraído, ampliaba sus dominios con la creación de un juvenil basado en elementos de entre 16 y 22 años, añadiendo un infantil B, sumándose con ello tres entidades formativas a la estructura del Fé-Cé.

Unas fiebres venidas de transitar por Ruzafa, la Brasil valentina, el arrabal que en los años 20 y 30 llenó el club de jugadores brotados de sus solares y equipos juveniles, espacios que entretenían a los mocosos en campos de tierra y fango dándoles una complexión atlética sin igual, depurándoles una técnica que parió una de las más prolíficas y exitosas camadas que haya visto la historia deportiva de la ciudad.

Paseares con los cuales entendió la necesidad de darle salida a la abundante chiquillería echada a la calle, el futuro para un proyecto de necesidades que buscaba bríos y abrirse un hueco en el mañana. Fue Fivébr el hombre responsable de que la institución tuviera escuela propia promocionando a sus primeros jugadores gracias al concurso de pioneros como Carrillo, Ballester, Masiá, Molins, Paquito, Sanz, Alonso, Ferrando, Pascual, Cano, Pastor, Timoneda, Añó, Torres, Roca, Juan, Almarache… hijos de Praga que en edad más avanzada osaron fundar el Club Deportivo Regional durante julio del 31 en homenaje a su mentor.

Idas y venidas

Importante todo ello, sin duda. Una entidad con cantera y secciones deportivas. Métodos de entrenamiento mecanizados. Los primeros artilugios fabricados en carpinterías locales para mantener en forma a los muchachos. Una organización pulcra y efectiva. Pero su misión principal seguía sin alcanzarse.

El juego veloz, coordinado y atractivo de un Fé-Cé a la checa le llevó a ganar tres campeonatos locales de manera consecutiva y apabullante, un hito histórico en el fútbol de entonces. Pero la gran misión, el debe, la obsesión, de luchar por la Copa continuaba siendo un imposible. Caídas en la fase previa de manera estruendosa, o frenadas en seco en la única ocasión que parecía que sí, trayéndose un 7-3 de Barcelona.

Una comisión técnica ejerciendo de lastre que jamás dejó desarrollar completamente su idea, ni su fútbol. Pues en cuanto discrepaba en algo, la opinión de los mandamases permanecía. Sumado a unos jugadores amateurs que seguían resistiéndose a un entrenador profesional, acabaron convenciendo a Fivébr de que cuatro años eran suficientes, y que mejor buscarse la vida en otro lar. Una marcha sentida. Pues a pesar de que en el club no siempre fue bien recibido, tenía al público y a la prensa en el bolsillo. Quienes aprovecharon su despedida en 1927, y el partido homenaje que se le organizó de manera espontánea, para pasar facturas a los responsables.

«Ahora el Campeón de Valencia, el vencedor de las triunfales gestas de Mestalla cumple con el deber de sellar su gratitud con una anima y afectuosa despedida que le sirva [a Fivébr] de acompasador recuerdo de su paso por el Valencia y de los arraigos que dejó perdidos en nuestro deporte».

«Más provechosa hubiera sido la labor de Fiver, pero obstáculos que no queremos consignar ahora supusieron impedimentos difíciles de destruir. De todas formas no puede atribuirse al entrenador que ayer se despidió de la afición valenciana que haya fracasado. Si existe algún fracaso, éste no radica en él, sino en los que no supieron asimilarse a sus lecciones. Y que Fiver es un técnico excelente lo demuestra el juego inculcado a los pequeños valencianistas que ansiosos de jugar bien, entusiastas más que nada, le obedecieron siempre».

Trataba de la culminación «a una tenaz labor destructora por parte de ciertos elementos», que celebraron con alegría perder de vista a un tipo tan pertinaz y nada acostumbrado a ser un mandado; un agotamiento, en metáfora de Sincerator, similar al de «un viejo león enjaulado, sedado por el aburrimiento».

Un mal que ayudó a abrir los ojos a mucha gente. Dado que la experiencia fue el detonante para darse cuenta del mucho trabajo que quedaba por hacer. Trayendo a un técnico inglés, Elliot, que diera otra vuelta de tuerca, aunque acabara siendo víctima de los mismos vicios. Así, mientras nuestro protagonista viajaba a Elche para establecer la franja verde, o a Oviedo, para romper el dominio gijonés en aquel fútbol dando el susto en el torneo del KO, en València llegaba Luis Colina, se abrazaba el profesionalismo, aterrizaron los campeonatos de Liga y se jubilaban jugadores opositores a Antonín, levantándose la famosa tribuna de Mestalla. Un club irreconocible que en su propósito de acceder a la primera división acabó recuperando al mago de Praga un 31 de julio del 29 para culminar, ahora sí, el proceso que él mismo emprendió.

Curiosamente, siendo el entrenador con más partidos al frente de la entidad, el quinto contando sólo los de Liga y Copa incluso habiendo pasado 85 años de su última estancia, es la etapa que se le reconoce, el único mérito que se le atribuye en la historia canónica: El ascenso del 31. Un ascenso que necesitó de un período de adaptación. Pues la primera intentona quedó en la frontera del éxito debido a un inicio de curso irregular, que restó los puntos que acabaron haciendo falta en un brillante final, con actuación copera respetable que sólo frenó el Real Madrid en cuartos tras un 5-2 que fue un 2-0 blanquinegro en Mestalla. El regreso más esperado de un tipo implicado en la sociedad valentina, de carnet, tan genialmente loco que su afición por los toros lo llevó a comprarle un traje de luces a un conocido matador, yéndose a torear por plazas de tercera cuando el fútbol le dejaba. Un amante de las artes, aficionado al dibujo, que llenó libretas enteras de estampas y rostros de aquella València que vivió. Teniendo constancia por los incontables retratos que regaló en sus tres etapas.

La última ya como salvador, como favor, por puro cariño, tras la debacle que siguió a la final del 34 en entidad inmersa en una gran guerra interna. Otro servicio altruista que atacó sus nervios ante una directiva obsesionada en imponer jugadores y que sólo se salvó cuando retiró su censura dándole libertad a herr Toni para recuperar a un Vilanova marginado en favor de un Gaspar Rubio, fichaje presidencialista que casi cuesta la salida de Colina del club, odiado por todos.

A pesar de todo, de esos años de cierta estabilidad, no escapó a la historia. Huyendo de Mussolini, conoció en València el golpe del 23, culpable de castellanizar su nombre y que todavía hoy se escriba mal. O la llegada y caída de la República. Quedando atrapado en su periplo moscovita (nada más dejar Mestalla para siempre) por la II Guerra Mundial. Preso del pacto de Varsovia, prisionero tras el telón de acero, se convirtió en un adorable profesor y en un olvidado hasta para su Sparta. Muriendo en 1973 no sin haber podido rodar por el fútbol de su país al mando de pequeños grandes equipos.

Personaje que a pesar de la desmemoria y el rápido interés en ventilar su figura cuando se trata, es el entrenador con más huella y poso en el club. También el más laureado si la inconsciencia, el elitismo de la competición profesional, no hubiera sepultado los campeonatos regionales, tan oficiales como la Copa del Rey, en la marginalidad y el desconocimiento.

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