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Molina, el primer futbolista moderno

A mediados de los años veinte, el fichaje de Molina, el primer fichaje, supuso un antes y un después en la hegemonía del fútbol valentino. Artístico, contundente, capitaneó la famosa media gloriosa. Su perfil falangista lo llevó a ser enlace nazi en el frente ruso, donde murió en los años cuarenta.

Según lo contaron sus coetáneos, la escena parece sacada de una película de espías en blanco y negro. Una reunión tensa en un céntrico despacho, mientras en una desértica callejuela, a las puertas, espera alguien para abordar en plena madrugada al personaje enfurruñado. O eso, al menos, afirmaba alguna de las múltiples versiones que intentaron explicar la noticia bomba que sacudió el primero de julio de 1924 a la Valencia futbolera.

Porque otros, igualmente interesados, narraban desde el bando granota acuerdos previos, sellados con antelación, que hicieron de aquella reunión a la desesperada una pantomima para cumplir con las apariencias.

El asunto, en definitiva, dejó al símbolo del Gimnástico, al capitán, al ídolo, al emblema de aquella institución, a la personificación de los valores de la entidad del patronato, al jugador más prometedor del momento, tildado de ‘futuro primer internacional’, cambiando de equipo. Y no a uno cualquiera. Y no en una época donde aquello fuera habitual. Tampoco de cualquier modo.

Comprensible el escándalo que se organizó. En enero, los granotas destronaron al Valencia en un movido desempate recuperando su hegemonía en el balompié local. Algo que hizo suponer el inicio de una era esplendorosa visto el buen equipo que armaron. Pero no fue más que el inicio de su final. Quién, además, iba a imaginar que Enrique Molina cambiara de bando. Cómo, si tras aquel triunfo redobló sus ataques públicos, y su conocida animadversión, a todo lo que representaba el enemigo vecinal. ¿Por qué iba a acabar el representante del patronato y los valores carlistas, del tradicionalismo y el amateurimo, en el equipo de los modernos, republicanos, y defensores del profesionalismo?

Por una sencilla razón: Ego. En su estatus de estrella se le quedaba pequeño un club cerrado a soltar un mísero céntimo a sus jugadores, ahí ganaran lo que ganaran. A diferencia del vecino, que empezaba a repartir sus primeras primas por triunfos como aquel. También entraron en liza sus aspiraciones de ser internacional, y visto el calendario tan escaso y flojo que planteaban los blaugranas, rácanos hasta para organizar amistosos de postín, y el elenco de primeras espadas que programaba el Fé-Cé, acabó convenciéndolo de que sin aquel altavoz nunca llegaría a lo que prometía su fútbol.

Así, que se puso a exigir guita. Reformas. Aspiraciones mayores a una entidad orgullosa de su austeridad y modos artesanales. Una batalla soterrada con la directiva que enquistó una relación saltada en pedazos aquella noche de últimos de junio, cuando reunido con el presidente granota en la sede del club se enzarzaron durante horas en discusiones y alegatos para intentar satisfacer a la desesperada las ansias del crack.

¿Pagó el Valencia F.C. 3000 pesetas como traspaso? Varias fuentes indican que sí. ¿El Gimnástico las aceptó, y visto el revuelo, acabó arrepintiéndose? Otras así lo afirman, llevando incluso el caso a la Federación e impidiendo el debut de Molina con su nuevo equipo. Atendiendo a historias posteriores, parece que parte de aquel dinero fue el caramelo que el asaltante callejero le puso en la mano para convencer al futbolista de su traición. ¿Nada de eso? ¿Una mezcla de todo?

La cuestión, porque en aquella escaramuza los periódicos, órganos oficiales de partidos, contribuían a la confusión haciendo también propaganda y política con el fútbol, es que su contratación supone el primer fichaje moderno de la historia. El primer crack firmado. Un golpe maestro que hundió para siempre al Gimnástico dándole a los mestalleros una hegemonía que jamás perderían.

Imagínate lo que supuso aquel mes de julio, no hubo otra cosa de la que hablar. Conspiraciones, pullas, ataques en columnas de diario, soflamas, alegatos incendiarios… la guerra con un balón entre rotativos monárquicos y republicanos. Entre afines al Gimnástico y a la entidad del murciélago.


«Es la transcendencia del mismo lo que nos hace pensar que lo ocurrido es el aviso, principio y anuncio, de que leyes serán burladas, derechos negados y la fuerza será razón, norma y medio para alcanzar el título de campeón»


Seg, fundador y viejo directivo gimnástico, en Diario de Valencia apadrinó la tesis del traspaso/soborno. Caireles, en El Pueblo, aplaudió la, en aquellas horas, supuesta maniobra inversora de la directiva merengue «por no reparar en ningún sacrificio para dar a su equipo toda la potencialidad deseable».

Pero a Molina tal movimiento no le salió gratis. En una sentida entrevista a El Mercantil Valenciano relató los ataques verbales y físicos recibidos tras su fichaje por el Valencia; la ingente pérdida de amistades y palabras retiradas de las que estaba siendo víctima y demás desaires y agravios a su persona por aquellos que hasta aquella noche eran colegas y defensores. Alegatos que tampoco quedaron sin respuesta, pues un dolido íntimo de Molina, Francisco Bellido, le contestó publicando una supuesta carta del jugador acompañado de unas disertaciones donde ponía a su examigo de vuelta y media.

«Dice también que su ingreso en el Valencia F.C. ha sido fruto de madura reflexión, y una de dos: o miente al afirmarlo, o su traición fué aun mayor, ya que la misma noche de poner su firma por dicho club estuvo con nosotros, vendiéndonos una amistad, que minutos después había de traicionar. Enrique Molina NUNCA NOS DIO CUENTA DE PENSAR HACER EL CAMBIO QUE HA HECHO; antes al contrario, en todo momento dió una seguridad que, él, si maduramente lo ha reflexionado, sabía no había de cumplir. Además, y para que el lector juzgue a Molina y pueda juzgar a sus amigos, a continuación transcribo la carta que al día siguiente de pasar al Valencia me remitió, por la que él mismo desmiente todo lo que luego dice al redactor de El Mercantil».

Esta es la carta, el nombre omitido es una cuestión de protección según alega el filtrante en su líneas, con alegato final de Bellido:

Ya sé que el paso que he dado ha sido muy malo, en lo que respecta a mi dignidad, para con los amigos y con el Gimnástico, y sé también que mi carta servirá para exaltarte más contra mí; pero mi deber es que, aun sabiendo todo esto, debo dar mis explicaciones al Gimnástico (que como sabes se las he dado a su presidente) y a sus socios y amigos, y más a los que, como tú, me han apoyado, y cuando ha sido necesario han hecho por mi cuanto les ha sido posible hacer. Tú sabes muy bien, porque yo te lo dije, el curso que seguían mis gestiones con el presidente; sabías también lo mismo que él, a lo que estaba decidido el domingo por la noche, y tú lo sabías, porque te lo dije con la intención de que hicieses algo para que el presidente me firmase el compromiso; pero tú no lo comprenderías así, y como todos, creíais que no me marchaba. Pero, Paco, ponte en mi situación y verás como no sabes lo que hubieses hecho.
Paco, agradeceré mucho que le digas todo eso a tu hermano, a Aznar, Ernesto, Joaquín, Luis, en fin, a toda la peña, sin olvidar a Emilio Cervelló, ni a los jugadores. Y D… y su hermano, pues como a ti te he tenido vergüenza de ir a hablarte, igual la tengo a ellos, y por lo que más quieras, no creáis nunca que si me he ido del Gimnástico ha sido por esa persona que para mí ha sido un padre, y se llama, como tú sabes, Antonio Robres; no lo creías, pues él que sabía que me buscaban, vino conmigo al campo del Gimnástico, Stadium, como ya habíamos quedado con el presidente, para recoger el documento que, como tú sabes, me había prometido, y como no lo tenía y ya era tarde, Robres se fué a por su familia y yo hablé con el presidente y le dije lo que tú ya sabes, y desde entonces no he vuelto a ver a don Antonio. Te digo todo esto para que veas que no he obrado asesorado por nadie, más que por mí mismo; que no pensando salir nunca del Gimnástico, ha llegado un momento en que he dudado y se han aprovechado de mi duda los que más odiamos.
Y sin más que esperando que creas todo lo que te digo, estrecha tu mano el que quiere seguir siendo un buen amigo del Gimnástico y de sus amigos, como hasta ahora lo ha sido.
-Enrique Molina.


Después de esto, fácilmente se comprenderá, que Enrique Molina, si bien como jugador es de difícil sustitución, no hay que buscar mucho para sustituirlo como hombre. Traidor a su equipo, traidor a sus compañeros, traidor a sus amigos, ¿qué cinismo el suyo que aún le lleva a quejarse de perder amigos que él no quiso apreciar? ¿Por qué se queja al público de lo que él mismo reconoce al principio de su carta, es un mal paso para su dignidad? Después de lo hecho, Molina no pasa de ser eso… un jugador, y afortunadamente para nuestra región único caso en ella de desaprensión».


Sin embargo, la desaprensión fue jolgorio, socarronería, alegría y fanfarria en su nueva casa dado que el repudiado Molina encontró rápido acomodo entre su nuevo público vista la cerrada ovación recibida durante su presentación, una a las bravas, buscando la anticipación no fuera cosa que algún ente federativo o la presión ejercida sobre el chico acabara por truncar el cambio. Es en las olimpiadas atléticas que organizaban en Mestalla las incipientes secciones deportivas y sus equipos juveniles como cierre del curso donde se vistió con la casaca del rat penat aprovechando el partido que abrochaba el tradicional certamen. Ante el Cartagena su nueva afición le aplaudió hasta dejar a un Molina cabizbajo y vergonzoso «pálido de emoción».

Un recibimiento gozoso por todo el simbolismo que encerraba verlo de blanquinegro. El gran golpe. Pero no fue un triunfo inmediato. La pataleta gimnástica le impidió jugar durante algunos meses dados los recursos y vetos interpuestos. Llegando hasta la rebeldía en la derrota, alineando jugadores no inscritos perdiendo puntos en su particular pulso contra los estamentos. Principalmente empujados por la ira de sus socios, una fuga que nunca aceptaron.

Alejado de ese enjambre legal, en suma, el Valencia poseía la primera piedra de una medular que acabaría haciendo historia.

Porque Molina enseguida fue ídolo. Sus famosos pases al hueco con el pecho, retorciéndose como un plátano en el aire, levantaban pasiones. Un artista y un gladiador que cinceló su napia a golpes llevándola al colapso. Una truculenta dolencia que le hizo perderse casi un año entero por esa manía suya de meter la cabeza en todas partes sin medir las consecuencias. Bravura que no en pocas ocasiones llevó a pedir transfusiones de su sangre a jugadores aguados.

La media gloriosa

Una agilidad y una complexión física envidiable fruto de los cuidados que se proporcionaba. Pues este gran aficionado a la pilota construyó su plasticidad y astucia en los trinquetes donde solía hacer su particular pretemporada. Costumbre de entonces, a diferencia del hoy.

Un tipo peculiar, de modesta cuna, ganándose la vida a temprana edad reparando tartanas primero, y vendiéndolas de segunda mano, después. Su camino de entrada al motor cuando el carro y el borrico sucumbieron a la gasolina. Porque su relumbrón de merengue no sólo impulsó su fama, sino también su negocio. Un mecánico que acabó de representante y comercial de las grandes marcas automovilísticas, abriendo su propio taller-concesionario. Paseándose por València con lujosos bólidos deportivos como si de un futbolista del siglo XXI se tratara. Anunciando todo tipo de marcas. Una lluvia de billetes que le costó duras acusaciones durante su largo período de baja por su problema de nariz. Uno que requirió varias operaciones y cuyo erróneo diagnóstico inicial casi le cuesta perder el cartílago nasal. No quería regresar, decían en ese mundo sin información dónde sólo importaba la crónica del domingo, abonando las malas lenguas apostadas en los cafés, porque fuera del campo vivía como un marqués.

Cosa que era cierta, pero lo suyo era un problema de salud bastante grave, granjeado, además, contra la indicación de los médicos en su empeño de ayudar al equipo a remontarle al Madrid en el famoso encuentro de la retirada de Chamartín. Siendo allí donde agravó su dolencia, pues en esas lides el enésimo golpetazo provocó tal extremo. Porque el compromiso de Molina siempre fue ejemplar. Organizó viajes a San Sebastián para que el socio pudiera acompañar al equipo en su primera epopeya copera. En pleno profesionalismo, siendo el jugador mejor pagado, se rebajó el sueldo al punto de jugar prácticamente gratis (porque podía permitírselo) cuando los primeros problemas económicos amenazaron a la entidad con la desaparición, arrastrando con su gesto a unos compañeros reticentes a tales sacrificios en un lugar donde el balón no daba para mantener a una familia.

Incluso viejo y cojo jugaba en mil y una posiciones para cubrir cualquier imprevisto por lesiones.

Pero la vida de Molina no se puede entender sin la medular que capitaneó. Pues en aquellos años, hoy sepultada por la historia, nació la media gloriosa. Un tridente organizado por los Enriques, Molina y Salvador. Un falangista y un concejal republicano de carnet y estancia en campo de concentración franquista en el 39, ayudados por la tardía incorporación de Cirilo Amorós.

El triunvirato que llegó a encontrar en la siempre hostil prensa madrileña altavoz para que fuera llamado en bloque a la selección. Incluso utilizado como arma arrojadiza ante las malas actuaciones de las medulares convocadas por Mateos, un viejo columnista del Excelsior bilbaíno que cada vez que hablaba del fútbol valentino y de sus equipos era para despreciarlos y humillarlos. Autor intelectual del famoso cordón sanitario que estuvo próximo a dejar al Fé-Cé fuera del fútbol profesional. Culpable de que Molina jamás fuera internacional, salvo en una ocasión que fue incluido en la lista B para un par de partidos de entrenamiento.

Una media tan rampante que no sólo levantaba pasiones por todas partes, sino odios igualmente. Dada una técnica y un físico muy superior a los estándares de aquellos años. Los triunfos se medían y colgaban según su actuación llegándose a fabricar tal dependencia de la gloriosa que a la ausencia de alguno de sus integrantes, o de un partido plano de ella entera, se achacaba la derrota. Trío de carácter. Apabullante personalidad y sangre caliente. E igualmente un poco inconsciente. En cierta ocasión, harto de los insultos y vejaciones padecidas, Amorós, el más técnico de los tres, en Murcia, se encaró a la grada retándoles a bajar al campo a dirimir sus cuitas personalmente. Cosa que hicieron gustosos los exaltados, provocando una invasión de campo que acabó con martillazos en el estómago para Salvador y cabezas abiertas con palos para los demás, teniendo que cargar la Guardia Civil a caballo para sofocar unos disturbios que no le costó la vida al concejal de milagro. Cosa que no importó, porque una celebración pasada de vueltas en Sevilla, un triunfo de sufrir, girándose al público bético provocó otra invasión con altercado.

Peripecias miles que guardaremos para un libro, a pesar que la gloriosa es útil igualmente para utilizarla como frontera siendo como es la que separa al Valencia de Algirós y el Torino de Mestalla y el ascenso a primera. De la infancia a la adolescencia. Los primeros ídolos del recinto de la avenida de Suecia enterrando a los de la era fundacional. Los cimientos del club en las competiciones profesionales, responsables de la supervivencia en la élite. Gentes que siempre quedaron a las puertas de la gesta copera, que desgraciadamente se alcanzó cuando unos meses antes se puso fin a su estancia en el club, y de mala manera. Ya que los asuntos del dinero, que martirizaron a la entidad hasta acabar la guerra civil, los llevó a jubilarlos de un modo tan mezquino que Enrique Salvador encaló el afer en los tribunales, ganando el juicio, pero renunciando a su reincorporación. Porque el bravo medio ruzafino no quería su puesto, sino limpiar su honor y que no se justificara su baja por bajo rendimiento, cosa que jamás fue cierta. Como demostró, por otro lado, al marcharse al Hércules; tras el Levante F.C., el gran rival de entonces.

Sin embargo, algunos, como Amorós, fueron más condescendientes pidiendo una modesta posición en el reserva antes que enfundarse otra camiseta.

De Mestalla a la División Azul

Pero ni esos amores iniciales, ni su hoja de servicios, hacían olvidar la procedencia de Molina. Quien siempre evitó los ambientes por los que se movían directivos, jugadores y aficionados. Señalamientos que fueron surgiendo e intensificándose en cuanto la situación política empezó a degradarse. Por ello fue agredido en plena calle tras la Sanjurjada, el fallido intento de Golpe de Estado que el General Sanjurjo perpetró en 1932. Sus negocios, otro constante foco de ataques.

Aunque lo que agrió el carácter de un hombre jovial, simpático y afable fue su vida de penas. Primero, a los pocos meses de casado, fallecía su mujer de una fulminante enfermedad. Luego, con el duelo a cuestas, a cuentagotas, todos sus hermanos, de curas a monjas, fueron asesinados al ritmo que la Guerra se instalaba.

Ya era un tipo violento, salvaje, deshumanizado, cuando se reincorporó al club tras la deflagración. Representante de una Falange que intentó en cruda batalla con los militares que comandaba el presidente Giménez Buesa quedarse el club por la fuerza, y que acabó rehusando por la oposición sumada de socios y directivos. Metido en ese impasse, hasta que fue designado presidente de la Federación de Pilota, a pistolero y cazador de rojos integrando escuadrones de la muerte cuya historia de pillaje y brutalismo todavía perdura en muchos pueblos de l’Horta. Es el recuerdo de Molina que guarda la memoria colectiva, el de torturador.

No es de extrañar que acabara alistándose voluntariamente en la División Azul, destinado a San Petersburgo, en ayuda a los nazis en su conquista de la Unión Soviética. Un periplo en el cual no olvidó su faceta futbolística, pues participó en los muchos encuentros de fútbol que los divisionarios jugaron en Hendaya o Berlín con las Juventudes Hitlerianas o las tropas de la Wehrmacht.

Pero claro, él era un señorito. Un falangista importante, élite del partido en València, con importantes recomendaciones. Así que su destino fue un lugar cómodo: Enlace de los mandos nazis. Una buena vida, de calor y alimentos de lujo, a resguardo de balas y trincheras. Alejado de los sabañones y las penurias que los chicos rasos, en su mayoría rojos buscando una condonación de penas o evitar que sus familias fueran represaliadas, padecían en la fría estepa rusa. Fue allí, mientras transportaba en sidecar a un alto mando alemán, cuando un obús soviético los alcanzó, matando a Molina en el acto. Y es allí, entre matojos, cruces torcidas, y olvidos, donde permanecen sus huesos, en el campo divisionario de Mestelevo, esperando que alguien se acuerde de él.

1 comment on “Molina, el primer futbolista moderno

  1. Maravilloso artículo. Enhorabuena.

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