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La Copa que explica un siglo

El regreso de la voluntad de querer llegar abre la puerta a la ilusión de una nueva era dorada. Pero los históricos peligros que asolan al VCF pueden hacer de esto un éxito efímero.

Hay magia en la Copa de 2019? Acaba en nueve, llega en pleno centenario de una entidad fundada, básicamente, para dos cosas: Revitalizar el fútbol en una ciudad que parecía odiarlo, y en esas, traerse la Copa a València.

Lo que hay, en todo caso, son infinidad de coincidencias, anécdotas, líneas temporales entremezcladas con este título. Caído a un mes de cumplirse 20 años del de 1999. A 40 del de 1979. A 70 del de 1949. En Sevilla. Donde se ganaron tres en sus tres estadios existentes. Y cae cuando se daba por hecho que el club cerraría su primera década en blanco en un siglo de existencia tras once años de pura negrura. Superando una quiebra. Una intervención bancaria. Una injerencia política que con sus sucias manos corruptas utilizó la entidad como arma propagandística arrastrándola a la miseria en sus manejos al considerarla una consellería más, donde poner y quitar presidente (o vicepresidentes) en céntricas cafeterías.

Trama que desembocó en la venta del club a Meriton, iniciando otra guerra civil. De la cual perduran sus secuelas.

Once años perdidos a manos de los peores dirigentes que haya conocido Mestalla en su dilatada existencia, con estafadores rondando, bendecidos con altavoces mediáticos en un show de tintes tragicómicos donde la institución fue a descabalgar del fútbol moderno. Aunque pudo hacerlo de la misma vida. Superada en ese cataclismo por rivales que mantuvo tres escalones por debajo. Viéndolos ahora inalcanzables. Otro tren, como mandan los cánones, perdido. Rivales que se granjearon un palmarés europeo muy superior cuando aquí nos pasamos 50 años presumiendo de historial continental, labrado a fuego lento y con esfuerzo. Volatilizado desde 2010 por Atlético y Sevilla.

Es el contexto que la convierte en una conquista especial. El cierre y la esperanza de salida del túnel a la peor época en cuarenta años. De unos tintes similares a los del descenso y los años anteriores. Pues aunque en estas no se acabó jugando con el Mirandés en campos de tierra, sus consecuencias, sociales, económicas, deportivas, fueron similares.

No hay indicios de que suponga un bálsamo social que ayude a reeducar a una porción de la masa social, la más melancólica y reactiva, espoleada por los viejos medios de comunicación, expertos cavadores de trincheras, incapaces en su insatisfacción de disfrutar de nada. Moldeada durante treinta años en la confrontación, la guerra, que sólo sabe restar. Pero sí que incite a parte más calmada, y a las nuevas generaciones, surgidas en años de plomo, con el temple que da eso, a esbozar una nueva era. Esta es su Copa. Como tantas otras, una Copa generacional, que marcará su militancia. Y ellos, a las venideras.

Un camino, en esa magia sorda que empujó todo el trayecto, iniciado en Gijón. Plaza donde se estrenó el Fé-Cé en el torneo allá por 1923. Una carrera de obstáculos donde la plantilla aprendió a superar sus propios límites, reponerse a sus propios errores, y a luchar en soledad. Vilipendiados por un entorno cómodo en el frentismo radical. Una voluntad de querer llegar llevada a la práctica en soledad.

Incluso contra los deseos de un club instalado en el cortoplacismo que no tardó en salir a poner paños calientes, abogando incluso por una renuncia planificada a la competición para aplacar las iras de una posible eliminación a manos de un segunda. Fue ahí donde todo empezó a encajar. Muchachos heridos en su orgullo dando un paso al frente reivindicando sus ansias de levantar un trofeo que llegó a darse por tirado. Un pasaje labrado en la épica, con remontadas, tanganas y patiments que ejerció de escuela para un vestuario que comprendió en tales lides lo mucho que se quería. Escenario donde empezaron a brillar ‘desechos’ como Gameiro, a ser útiles decepciones como Cheryshev. Donde villanos como Parejo se transformaron en héroes. E insultados crónicos como Rodrigo en ídolos. Competición que lejos de ser tratada como la piedra en el zapato al Valencia se le presentó como punto de inflexión. El laboratorio donde formular la remontada.

Aventura que también mató malas costumbres representadas en esas imágenes de Ayala o el Kily, sacadas de contexto y con un pronunciado afán de manipular el pasado en su arrojo como armas contra el presente. Voces falsarias y cavernarias en su reclamo por un ayer idealizado, borrando de él ridículos ante el Guadix o el Alicante en detrimento de lo actual, quedaron silenciadas. Un presente que se sobrepuso a las enquinas de Damián o a la marrullería de equipos de extrarradio, sacando a la palestra un carácter que nunca se le quiso reconocer a la manada marcelinesca. Alejado de poses y alegatos testiculares, con liderazgos sobrios, convirtió la remontada ante el Getafe en un encuentro que ya forma parte del mito de Mestalla.

El ansiado Montjuïc. La redención de un equipo incomprendido en su desesperada lucha contra los elementos.

Encuentro donde se niegan también los errores y la fortuna. Una cantada de Jaume en un córner que el delantero azulón lejos de empujarla cuando ya estaba sobre la línea la despeja al punto de penalti. Un niño alzado en salvador que intenta tirar un caño rodeado de tres, esas cosas que se le machacaban a Parejo, y provoca una contra que se estrella en la espalda de un rival cuando la meta ya estaba batida. Dos goles en el minuto 93.

Torneo que siempre ejerció de transformador de la personalidad del equipo salvando temporadas o poniéndoles la guinda. Incluso en los años 30, donde el destino del Fé-Cé se reducía a salvaciones agónicas del descenso, en cuanto asomaba el torneo del KO, surgía un equipo temible capaz de tombar gegants.

Esta, además de eso, explica un año donde se condensaron noventa y nueve. Un inicio seco, un intermedio con tintes catastróficos, y un final apoteósico. Capaz de lo mejor y de lo peor. De ganarle a cualquiera, o de caer ante cualquiera. De remontar como nadie hizo antes once puntos a la cuarta plaza en lugar donde jamás se valoró la dificultad para vencer a este equipo mientras atravesó su peor momento. Una roca que tuvo todas las coartadas del mundo para dejarse llevar, o rendirse, pero que lejos de eso se responsabilizó mucho más pariendo una unidad a prueba de entornos. Porque esa es la otra conquista del curso, haberse reconciliado con las esencias, el compromiso de un roster que ha recuperado el estilo tradicional que marcó la personalidad histórica de este club, alzada en lema. Aunque quede en palabras huecas, carentes de significado, en boca de muchos de quienes las pronuncian.

Un éxito clásico, fiel, con un rival final que no podía ser mejor ante tal efeméride. Un rival que lo fue todo en los años 50, con el que tenías cuentas pendientes desde 1971. Con el que te has enfrentado en todas las competiciones existentes a lo largo de los tiempos. Al que se quería emular en los años 20, cuando sus visitas a València colapsaban Algirós y revolucionaban los ambientes deportivos de la ciudad.

Ante el campeón de Liga, como en 1979. Con un Rey nuevo en el palco, como en 1979. Desahuciado por la crítica, como en 1949. O como desde 1919. Sin hacer ruido. De víctima total, como en 1954. Venciéndolo donde la última vez que se venció al Barça, en la Copa de 2008. En un XI lleno de jugadores del terreno. Asistentes en los goles.

Trayendo una conquista que llega en un momento crucial, título que bien podría pasar por revitalizante social en un panorama en regresión dada la incapacidad para recuperar el número de abonados anterior a la crisis. Con una caída escandalosa en el censo de penyas. Con varias generaciones perdidas en detrimento de otros rivales. Reflejado en un CIS que en 15 años ha pasado de indicar que el 70% de la población autóctona era partidaria del Valencia C.F. a medir que en la actualidad los amores están al 58%.

Un buen paliativo a la constante sangría, perpetradora de estampas que reflejaron en estos tiempos aciagos patios de colegio llenos de camisetas de Messi donde antaño sólo se veían elásticas de Aimar o Villa. Incluso en sus horas posteriores observamos una fiebre consumista traducida en colas y peleas a las puertas de las tiendas oficiales para hacerse con agotados productos conmemorativos del triunfo centenario. Otro plus que ayudará a maquillar una paupérrima realidad, que no es otra que la indicada en los ingresos por retail, donde el Campeón de Copa (4 millones) sólo supera por un escaso margen los ingresos del Málaga (3,8), mientras entidades como el Athletic van más allá de los siete millones en venta de productos oficiales.

Tal es la oportunidad de salvación que representa el título levantado en el Benito Villamarín. Abriendo igualmente la puerta a otro terror, el de afrontar la gestión del éxito. Tan nefasta siempre en estos lares. Temor que se puede llevar por delante cualquier atisbo de recuperación, ya que la base existente es lo suficientemente buena como para crecer sobre ella e instalar un nuevo período dorado. Asunto que dependerá del acierto y la buena mano de los encargados de moldear el paso adelante, quienes deberán luchar además contra la historia. Pues desde 1949 sólo en una ocasión se concatenaron tres buenas ligas seguidas.

Horas cruciales estas del estío centenario. Secuelas de un curso apoteósico, donde las emociones y la diversión regresaron por oleadas para borrar la tez recia y depresiva de una gente que había olvidado lo divertido que podía llegar a ser el fútbol y el mismo Fé-Cé. Una ensalada de sensaciones, contradictorias en muchos casos, con épicas remontadas y triunfos sudados en sangre que ha devuelto la comunión, aunque sea momentánea, grada-equipo. Un curso de reencuentros maravillosos, incluso cargado de lecciones insuperables, como entender la necesidad de la paciencia, el porqué el resultado es secundario cuando el trabajo que hay detrás es realmente bueno y la salud del vestuario tan sana que ni los más viejos del lugar recuerdan tal compromiso y unión en una plantilla bendecida con la zamarra del murciélago.

Aunque nada de lo logrado es perenne, y menos en una plaza donde el odio al míster viene de serie, quedando todavía rescoldos crepitando en la hoguera de una temporada que ha dejado a muchos con la pulsión de querer imponer su razón.

Son los empeñados en convertir el asunto de Kang In Lee en un problema. Los que buscarán cualquier otro argumento cuando se queden sin ese para seguir emponzoñando el ambiente. No estamos hechos para la paz. Por eso la paz nos sienta tan mal.

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