Equipiers

El año que Gayà se hizo grande

Tras un debut fulgurante que puso a Gayà en la agenda de los grandes, entró en una era oscura de involución de la que ha salido siendo mejor futbolista y capitaneando un equipo que conquistó la Copa tras una remontada histórica.

Esa imagen de José Luis Gayà lanzado al césped, rendido entre emociones, tras conquistar la Copa del centenario es una muestra de las muchas celebraciones que existieron dentro del triunfo sevillano. Reivindicaciones personales de tipos que estando, o viniendo, padecieron años oscuros bajo amenaza de truncar sus carreras.

Fue, para el de Pedreguer, la salida definitiva a un túnel de tres años que llevó al mundo entero a preguntarse si lo de su debut en la titularidad no resultó un simple espejismo.

En ese abrazo con uno de los asistentes del equipo, en esa cara enrojecida por la mezcla de sentimientos, estaban los surcos de sus viajes de más de cien kilómetros hasta Paterna. De las interminables horas en furgoneta cenando o haciendo los deberes sobre vaivenes. El sacrificio de unos padres y un niño de 13 años que tuvo que independizarse a tan temprana edad para hacer vida en la residencia de la Ciudad Deportiva y no poner en riesgo tantas cosas a la vez.

El dulce sabor del triunfo condensado en un instante. Premio a la entrega de un muchacho que casi desesperado confesaba en las páginas del Levante-EMV haber sentido «la impotencia de no estar bien y sentirte superado». Esa pubalgia le robó el físico y la velocidad que lo configuran como lateral. «La posición que ocupo me exige subir y bajar mucho la banda y para eso tienes que estar muy bien físicamente. Cuando no estoy al 100% se me nota mucho en el rendimiento. En mi juego el físico es muy importante. Si no estas bien no llegas». Una amarga supervivencia que fue posible por la condescendencia en la crítica que otorga la condición de canterano, y la ausencia de competencia en el puesto. Un desespero tanto para él como para sus técnicos, que en ese tránsito intentaron sentarlo, probar a Montoya a banda cambiada, o trazar experimentos que siempre acababan devolviendo a Gayà a una posición en la que era burlado sin contemplaciones por todo rival.

Algunos de los peores capítulos se escribieron siempre en esa libreta, inagotable fuente de problemas que parecía no tener fin. Alcanzando su zenit en el 7-0 del Camp Nou. Donde la banda izquierda firmó la mayor obra de terror jamás vista.

Tratándose de un lateral que abarca todo el carril, con esa potencia de salto para suplir su falta de centímetros, y la punta de velocidad que le lleva a anticiparse y llegar a todas partes, incluso a rectificar sus propios errores, no cabía esperar otra cosa debido a una de las dolencias más puñeteras y difíciles de paliar que existen en el fútbol. Fue siempre su punto fuerte, un físico destacable y esa capacidad pulmonar que invitaría a Vicente Castro, su entrenador en el Infantil, a confesar que se asemejaba a un atleta keniata.

Virtudes que en esplendor transforma en absurdo la búsqueda de un sustituto, ya que no conoce el agotamiento, ni padeció nunca roturas que dieran chance a suplentes. Negrura agravada por la zozobra institucional padecida, pues con tanto cambio drástico de personal y cuerpos técnicos con nuevas metodologías, azuzados por lo alarmante de la situación, no hicieron más que alargar su convalecencia privándole de tiempos y reposos convenidos.

Viaje que cosió a cicatrices la personalidad de un tipo corajudo, criado en tierra de frontera, ese punto de la geografía donde el influjo del murciélago se diluye confundiéndose con el reino del nacionalmadridismo. Sabe bien José Luis lo que le ha costado alcanzar metas, convivir con el enemigo, enfrentarse a la mentira y la miseria de los titulares cuando te enzarzas en una renovación con pretendientes al acecho. Aferrándose a ello como lo hace la vida a la tierra. Con dolores, padeciendo los golpes más que otros, pero siempre vivo y valiente, desplegando por fases una templanza fuera y dentro del terreno de juego que siempre llamó la atención. Ya asemejaba un veterano en su debut, estrenándose en liga ante Godín como si se midiera a un don nadie. Saltando a unas semifinales de Europa League como si tratara de una fiesta. Es un rasgo que ha desplegado totalmente en los dos últimos cursos, donde ya se le ve abroncando a compañeros, tomando decisiones o capitaneando arengas y protestas. Abandonando aquella pose donde sólo se atrevía a enfadarse consigo mismo ante el error.

Una madurez vital que se ha reflejado en su nuevo yo. Dado que en el deporte toda lesión roba capacidades, el Gayà actual es más italiano. Un ariete defensivo de un tamaño nunca visto que abandonó aquella precipitación que le conducía al error, a ser sobrepasado, con aquel primer toque tan antinatural. Ahora es capaz de sacar de su posición al marcador para alejar el peligro, impenetrable, trazando contras kilométricas con la violencia de un látigo, yéndose por velocidad de su par, tomando decisiones correctas en lugar de delinear transiciones innecesarias, o alocadas, como antaño. Es el único caso de rendimiento regular durante la temporada, alejado de los altibajos de un curso extraño.

Como le afeara Alcácer, pidiéndole que levantara la cabeza y centrara, todavía conserva defectos. El área contraria es su punto débil. Al llegar a ella parece como si su trabajo se hubiera acabado, en la duda no encuentra esa agilidad mental, o confianza, para tomar una decisión sin pensar. Incluso ha desarrollado un mecanismo corporal bastante curioso para ejecutar algunos centros. Y eso que tiene la capacidad de hacerlo en carrera o en pausa. Llegando a la línea de fondo o desde la frontal del rectángulo. Pero normalmente todos ellos aterrizan donde no hay nadie para rematar. O se pasan de potencia. Es lo más indescifrable de su fútbol, pues las pocas ocasiones en las que atina genera un peligro inconmensurable. Es fácil fantasear en un nuevo paso evolutivo enfocado a mejorar ese aspecto para formarse un lateral de época.

Quizás el breve instante de la jugada del 1-0 en Sevilla explique mejor el potencial futuro que atesora el nuevo y actual Gayà. Porque ese es José Luis en todo su esplendor. Un rompedor de espacios, un puñal, que en carrera pone balones en el corazón del área con la precisión del gol. Uno que celebró como propio.

Es lo que se escondía en esos alaridos, esas venas marcadas en el cuello, y rabia exhalando de lo más hondo de su ser. La interminable lucha por consagrarse de un tipo que se crió a lomos de una furgoneta recorriendo kilómetros mientras la radio escupía las peripecias en la Champions de su futuro equipo. De encontrar en esa soledad su voluntad de querer llegar. Recordándonos a todos de qué trata el VCF y a lo que obliga.

Años de castigo que ha supuesto un aprendizaje impagable para los futbolistas más jóvenes, un máster de vida que explicará el día de mañana. Dejando como regalo jugadores más hechos y preparados como Gayà en un curso donde se hizo grande. Adulto. Mostrándonos sus primeras muestras de liderazgo en una clara candidatura al brazalete de un tipo muy normal, con un profundo sentimiento de pueblo y rodeado de un entorno que se ocupó, y preocupó, de que no despegara los pies del suelo. Lo tiene todo el chico de Pedreguer para alcanzar ese firmamento: Personalidad, fútbol, arraigo y una conducta de grupo y una mentalidad colectiva ideales para el puesto.

Como hasta ahora, y siempre, dependerá de él.

0 comments on “El año que Gayà se hizo grande

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s