Serie Centenari

El Valencia de los acreedores

Escapada la posibilidad de formar parte del elenco de fundadores de la primera división, el VCF se enfrentó en la 29/30 a los primeros problemas financieros de su historia. Unos que marcarían la realidad del club hasta acabada la guerra.

Ahí fuera, la crisis del 29 hacía estragos. El más importante, marcar el final de la dictadura de Primo de Rivera bajo una oleada de protestas obreras y revueltas estudiantiles. En València, los alumnos de química y farmacia se las vieron con la caballería alfonsina en una carnicería que sólo encontró defensa en el material de laboratorio arrojado contra guardias armados.

Mientras la represión intentaba sofocar lo inevitable, en Mestalla se padecían las turbulencias de perder frente al Racing la plaza en primera división. Pues no sólo tuvo consecuencias deportivas. Supuso el desplome tras un tiempo trastabillado.

Míster Elliott carecía ya de autoridad, esperando pacientemente su cese. Y el cuestionado presidente Quilis aplazaba la asamblea de diciembre, donde firmaría su salida, en un desesperado intento de favorecer el triunfo de un equipo reformado al punto de dar cabida a personajes como el fornerer José Pérez. Un joven trabajador de horno con fugaz esplendor y efímera grandeza; ascendido al primer equipo para tapar el hueco dejado por las viejas glorias apartadas con la llegada del inglés.

Por si le faltaba algo al ambiente enrarecido con el que se plantó el Fé-Cé en Chamartín aquel enero del 29 para buscar su peleada plaza en la nueva competición, sumemos los impagos a los futbolistas.

Porque siendo una vía buscada con ahínco, el profesionalismo no le sentó nada bien al club. Los primeros traspasos resultaron tan caros como fallidos. El agresivo crecimiento y expansión de los años veinte generó unos costes inasequibles. La exagerada masa salarial, una losa. La compra y arrendamiento del solar, la construcción y posterior reforma de Mestalla, con su flamante tribuna, un pozo sin fondo. Una bola de nieve que creció sin freno hasta superar el millón de pesetas de deuda. Una salvajada para la economía de la época.

Los detalles los conocemos gracias a la comisión de investigación que los enfurecidos socios le montaron a Facundo Pascual Quilis en abril de 1929. Un pormenorizado informe del que gracias a sus firmantes, Francisco Mira, Manuel Cubells, Miguel Noguera, Manuel Dutrús y Alfredo Feliu, sabemos que el adeudo a jugadores como Molina ascendia a 4500 pesetas. 4000 para Amorós y un juvenil como Pérez, o 1000 para un mal pagado como Cordellat. Lo que da ejemplo de la mano suelta de la dirigencia.

¿Y qué hacer? No resultó sencillo encontrar nuevo presidente, dada la situación la poltrona era un caramelo envenenado. Meses de interinidad e incertidumbre que empezaron en la asamblea del 25 de abril. Donde se expuso con crudeza la realidad de la entidad y se habló de declararse en bancarrota ante unos acreedores apostados en la primera fila del Ateneo Los XX, exigiendo soluciones.

El gobierno de los acreedores

Nunca fue una vida apacible, los fundadores tienen relatos de salidas por patas del Torino cuando veían por el escaparate acercarse a enfurecidos personajes decididos a recuperar por las malas lo prestado. Ahora, en entidad tan joven y frágil, todavía sin una masa social lo suficientemente numerosa como para vivir en la abundancia, la gravedad de la situación no amenazaba con ojos morados, sino con la misma morgue.

Entre vituperios y arengas, señalamientos y alegatos de todo tipo, se impuso la solución más pragmática: Una reforma exprés de los estatutos, perpetrada allí mismo, dejaba al club en manos de una junta de acreedores.

Una representación de doce hombres, de los cuales, los socios sólo podrían elegir a cuatro miembros. Una minoría aplastante para una política drástica surgiendo el primer acuerdo firmado: Mestalla en garantía, quedándoselo en propiedad si el plan de saneamiento no funcionaba.

Tendrían, además, potestad para marcar los precios de las entradas, y las cuotas de socio, de donde sacar un buen pellizco que iría a sus bolsillos, y de quedarse la taquilla íntegra de tres partidos al año, a elegir, hasta ser saldada la deuda.

Y lo más importante, eran los encargados de nombrar presidente, no fuera a colarse algún subversivo.

Así que entre griteríos y oposiciones, no encontraron mejor hombre que Almenar para dicho asunto. Un tipo apacible, sosegado, y que bajo su condición de arquitecto de Mestalla era uno de los más perjudicados por la deuda contraída. Pero Almenar apenas duró cinco días en la presidencia. Suficientes para palpar un ambiente opositor entre la masa, conocer a un equipo tan malo que no auguraba éxitos o ascensos para sobrevivir a base de taquillazos, sin margen para dirigir al estar a merced de los acreedores, y un desfalco que amenazaba con el cierre de la entidad.

Es como accede al cargo Juan Couchoud, un simple vocal llegado para dos semanas y quedado para dos meses dadas las batallas mesa a mesa, café a café, hasta que los socios, en una abarrotada tribuna, eligieron a mediados de mayo a sus miembros, con Laborde-Boix a la cabeza, y los acreedores hicieran lo mismo con sus representantes, formando al fin, una junta de gobierno para un club intervenido.

Y no empezó mal, el primer paso fue pagarle a los futbolistas lo adeudado. Y lo segundo, reconstruir un equipo sin dinero. Asunto espinoso, pues según las leyes de la época los jugadores sólo podían firmar contratos año a año, y había que hablar con ellos sobre renovaciones basadas en remuneraciones más modestas. No todos lo comprendieron. A Enrique Salvador se le aplicó el derecho de retención ante su negativa. Molina, sin embargo, se rebajó el sueldo prácticamente a la nada, entre otras cosas porque ganaba bastante más con su trabajo que con el balón, arrastrando con ese gesto, en virtud de ser el mejor pagado y el capitán de entonces, a muchos compañeros.

Un cambalache que acabó recuperando la senda fundacional, diluida tras las imposiciones de la dictadura. Compuesta por el afamado Giménez Cánovas desde la presidencia. Con un referente de Unión Valencianista, y La Correspondencia, como Laborde-Boix en la vicepresidencia, y los militantes y próximos concejales republicanos José Cano Coloma como secretario y Adolfo Royo como tesorero.


«Será el Valencia, quizá, el único club en España que en estos momentos no tenga activo, ni pasivo. Que no tenga un céntimo, pero que tampoco se vea apesadumbrado por deudas. Con una acertada administración y buena política deportiva puede ponerse en condiciones de liberar a los rehenes. Es decir, el campo de Mestalla. Y el pasado ofrece bastantes lecciones para que se repare en ellas dónde está lo peligroso de un camino que conducía a la bancarrota. Para evitar futuras recaídas ha de buscarse nuevos derroteros que aparten al club más popular de Valencia de los mismos senderos de perdición que ahora seguía. En bien del deporte local, íntimamente vinculado a nuestra primera sociedad deportiva, ofrecemos nuestro concurso. No regatearemos aplauso para los aciertos. Nuestra pluma no permanecerá muda ante los errores y desaciertos»


Palabras de un Sincerator que celebraban la solución de un Valencia que debía emprender la reconstrucción de su plantilla buscando el ingreso en primera como solución financiera, pues el escaso calendario de la segunda división, y el poco atractivo que veía el público en aquellas competiciones nuevas, no auguraban abundantes recaudaciones. Y como al profesionalismo no se le acababa de coger el pulso, nos regala para la posteridad otra de sus gracias. Ya que ante la necesidad de hacer dinero el club publicó en prensa, bajo anuncio, como si de objetos se tratara, los jugadores que ponía en venta y el precio que les asignaba. Así sabemos que por el ostentoso y fracasado fichaje de Raimundo Miquel pretendía recuperar 4000 pesetas con su venta. 3000 mil por un reserva que no cumplió las expectativas como Larrañaga, 5000 por el joven fornerer, José Pérez, en virtud de sus fugaces destellos de calidad, y otras tantas por el juvenil y prometedor guardameta Enrique Cano. Así de bueno era para valer más que un delantero.

Luis Colina y Joan Costa

¿Y cómo hacer un equipo nuevo sin dinero? Para eso, entre otras cosas, se firmó a Luis Colina. Un viejo técnico federativo que tenía trillada la zona de Aragón, Catalunya, València y Murcia desde su periplo en la selección. Respondiendo a por qué los catalanes en los años 30 suponen lo que los vascos a los años 40. Y ahí tenía un aliado para su nuevo plan.

Pues el amigo Raimundo Miquel, agradecido por el trato que se le dio durante su enfermedad —una grave apendicitis que le valió dos extremas unciones y un físico aniquilado— , y con un acuciado sentimiento de culpa por no haber podido rendir lo que se esperaba de él, dio el chivatazo sobre un joven valor de su querido Palafrugell, que a sus 19 años, estaba rompiéndola en el campeonato catalán. Un muchacho que amenazaba con ser mejor que él, y que fruto de su ascendencia en su población natal, de la que era ídolo general, podía ejercer de casamentero y conseguir convencerlo de que viajara al sur.

El chico se llamaba Joan Costa, tenía un cañón por pierna y el gol entre ceja y ceja, justo lo que durante aquellas turbulencias asamblearias fue minando la candidatura del VCF a una primera plaza que peleó hasta el final.

Así, que de la mano, Raimundo y Colina se fueron a Girona a conocer al chico, indagar en el entorno, verle durante unas cuantas semanas en partidos de campeonato y entrenamientos. Hablar con los lugareños, sus padres y amigos. Y darse cuenta de que para tal empresa debían competir con Barcelona y Sevilla. Asunto complicado dada la diferencia de tamaño de unos y otro.

Ahí entra la baza de Raimundo como influencer, capaz de generar ambiente y sinergias para vencer la diferencia económica y deportiva bajo la treta de que serían pareja en el ataque. Cosa falsa, ya que apenas un tiempo después acabaría volviendo a Girona. Con una mentira de su ídolo y varios quilos de moral, Costa viajó con lo puesto y un contrato a Sevilla, sin entrenar, ni presentarse, alineándose con sus desconocidos nuevos compañeros firmando un partidazo que no sirvió de mucho. Pues en aquel tiempo donde la segunda división empezaba en abril y acababa en julio los impagos, la zozobra y la falta de acierto con el gol aniquilaron toda posibilidad de ascenso.

Objetivo fallido en la 29/30, pero marcado a fuego para la 30/31. Donde un Costa ya asentado, con Fivébr al timón, encontraba a un excelente socio en el también catalán Torredeflot. Ascenso que salvaría el match ball financiero, y entronaría a un Joan que se empeñó en firmar goles decisivos.

Pues suyo fue el tanto que solidifica el pase a primera, como el estrellato en aquel periplo anotando 30 de sus 190 goles en el Valencia. Autor también del primer gol del club en la máxima categoría; como suyo es el que salvaría a la entidad de regresar a segunda dos años después de ingresar en la élite divisionaria; el equipier más destacado, con gol de apertura incluido, que hizo de Oviedo el pasaporte a la primera final copera, y, a pesar de que no son pocas las crónicas que se lo atribuyen, quien facilitaría en ella el gol de Vilanova.

Pero los problemas para la sociedad no acabarían aquí. El estreno de la nueva década, en plena adolescencia del Fé-Cé, las penurias financieras seguirían latentes, y agravadas. Dando paso a más guerras internas, inestabilidad y soluciones ‘creativas’ para la supervivencia. El día a día hasta el fin de la guerra.

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