Futbol després del mur

Sé un club ejemplar, sé como el Everton

Anclado en el barrio más antiguo de la ciudad, el Everton se levanta como el escudo contra la miseria que surgió en la zona tras la oscura etapa de Margaret Thatcher. Nombre que todavía hoy despierta odios en Liverpool. Ocupar los espacios que quedaron desatendidos tras el desmonte del estado del bienestar le convirtió en el club de fútbol con el mejor, y más amplio, programa social de Europa.

Mientras en muchas ciudades es imposible adivinar que cohabitan dos equipos de primera división, en Liverpool cualquier visitante de un mundo lejano tardaría poco, de saber adentrarse en su barrios, en coscarse de que en aquella urbe comparten localidad dos entidades enfrentadas.

Hasta en las carreteras de acceso, al igual que en las que la abandonan, no cuesta encontrar mástiles en los márgenes con banderas futboleras ondeando al viento. En la periferia, antes de que los estadios sobresalgan entre las menudas viviendas públicas de estilo victoriano, no dejas de toparte con fachadas decoradas con trapos del equipo de turno. En días importantes, especialmente, los banderones ocultan el rostro de la vivienda. Cuando no, aparecen murales ocupando lomos enteros de viejos edificios.

El nivel de sofisticación varía, pero ahí está esa lucha palmo a palmo por el territorio, llegando a competir entre vecinos por el color de las puertas de sus casas. Azul o rojo. Una relación tan estrecha con el balón que la encuentras en genérico, perfilada en tiza en callejuelas sobre paredes de ladrillo, con sus marcadores, dando testimonio de que allí todavía quedan chavales dándole patadas a un balón.

Es el sino de una ciudad que conserva la clásica división de clases impuesta por la arquitectura del siglo XIX. Al norte, enjambres de apelotonados hogares configuran la zona obrera-futbolera, de Anfield Road a Goodison Park, pasando por Everton. Al este, en el renovado y resignificado puerto, la ciudad, el centro político y comercial como único y reducido espacio homologable a una capital europea, quedando al sur las viviendas unifamiliares, de jardín y amplias zonas verdes, de las clases medias-altas.

Testimonios entremezclados de una ancestral batalla reflejada en instituciones que han ido turnando su rol a lo largo de los tiempos. Pues hasta los años setenta el primer club de la ciudad era el Everton, poniéndose ambos en los ochenta a repartirse los títulos, una simbiosis tan perfecta que la decadencia les llegó al unísono en la década siguiente con la sanción tras Heysel, privando a los toffees de pasear por el continente un equipo llamado a conquistar su primera Copa de Europa.

Una cohabitación truncada por la mala gestión de la penuria. Mientras los reds supieron reverdecer algún laurel, peleando un par de veces por la Premier, los blues apenas han conseguido asomar la cabeza por el Top-5 en estos veinticinco años. Tal vez ambos casos se expliquen por la mentalidad. Rebelde en unos, melancólica en otros. Las dos almas de la ciudad repartidas en sus representantes con botas.

Es, con desespero, lo que los propios hinchas del Everton desean romper. Exigiéndole a su club que compita en el siglo XXI abandonando esa cómoda posición de residuo de una época pasada que tan a gala han llevado en los últimos tiempos. Tanto, que hace un lustro siquiera tenían una megastore oficial. Tanto, que algo tan moderno como vender sin rechistar a un inversor extranjero ha tenido que pasar por el filtro, quedando el viejo potentado local como presidente conservando un pequeño paquete de control que no le deje todo el poder a Moshiri, el encargado de encabezar una modernización de vía lenta, que deja ver, por vez primera en mucho tiempo, un atisbo de ambición. Un deseo tan palpable entre los partidarios que hizo de los juegos en Goodison Park un infierno para los suyos, viviendo con alivio la marcha de Moyes, o convirtiendo la estancia de Bob Martínez en un imposible. Un murmullo constante que convierte en truculento trotar por ese pasto.

Trata de un empuje basado en un potencial evidente, pues usando jerga british, son una entidad súper masiva, con una masa social equiparable a la de sus vecinos. O superior, teniendo en cuenta ese lema apropiado que les lleva a autodenominarse como el The people’s club. Incluso con la sequía ganadora que perdura desde 1995 hablamos de la entidad más laureada tras Arsenal, Liverpool y Man.Utd. Del club inglés con más partidos en primera división. Por no mentar su masa salarial, reflejo de su poderío financiero, idéntica a la del Tottenham finalista de Champions.

Y lo más importante, y paradójico: Son exigencias basadas en su propia tradición. Pues desde el lema que lucen en su escudo, “Sólo lo mejor es suficientemente bueno”, hasta su ancestral motivación por la innovación, siendo el primero en construir su propio estadio de fútbol, instalar calefacción en el césped para poder jugar en invierno, inventar los programas del día de partido, establecer las medallas para premiar al campeón y un largo etcétera que les valió el sobrenombre de ‘scientist club’, hicieron de ella la entidad más moderna y avanzada durante cien largos años, los que van de 1878 a 1987.

Un hoy y un ayer bien conjugados en metáfora en el The Peoples Pub, el local donde los más clásicos lugareños quedan, frente al estadio, para ahogar sus penas. Un edificio de típica arquitectura decimonónica, con maderas nobles en su interior pintando una estereotipada cantina británica, que mientras en el exterior anuncia sus redes sociales con la Comic Sans, en sus paredes y pilares ha florecido arte urbano como elemento decorativo.

Everton en la comunidad

Son las contradicciones, y la riqueza, de una urbe que siente como un ser vivo, que invita a dar una vuelta por Goodison o Anfield buscando la esencia del fútbol, aunque lo que encuentras en ese pasear son las tiernas cicatrices que el tatcherismo dejó en ella. Perdurables todavía hoy en una Liverpool orgullosa de su militancia laborista. Pues sigue suponiendo un riesgo pronunciar el nombre de la dama de hierro en una capital que llevó a varios centenares a echarse a la calle a celebrar su muerte, como a diarios a anunciar la noticia entre jolgorios, como ocurrió en Glasgow o Gales entera. La sabana del “The bitch is dead” que portaban aquellos manifestantes todavía atraviesa sus arterias en forma de camisetas o pegatinas.

No es sólo un rencor por la manipulación fabricada tras Hillsborough buscando culpabilizar a una clase social, un dolor que une a ambas entidades, también lo es por la inhumana pérdida del tejido industrial que hundió en la miseria a muchas familias y a una ciudad hasta entonces pagada de su superioridad financiera sobre la burguesa Manchester. Con mucho mejor evolución desde entonces. En esa vuelta alrededor de los estadios de fútbol, en pleno corazón de las barriadas obreras, abundan como herencia fachadas destartaladas, jardineras secas, hierbajos surgiendo de entre sus ladrillos. Solares moribundos, viejos talleres y almacenes agonizando…

Basta poseer capacidad de observación para evitar recurrir a la estadística que reza que el distrito L4, que comprende los barrios citados, está en el Top-3 británico en pobreza, desigualdad, criminalidad, etc. En contraposición con una almendra central que es tildada con sorna de ciudad-naranja, debido al bronceado artificial de sus moradores llevando a Liverpool, la zona pudiente, al otro extremo situándose como la capital británica con más operaciones de estética.

Polaridad fruto del desmonte salvaje del estado del bienestar, y la demonización del servicio público, que incluso llegó a comprar el partido Laborista de Tony Blair. Justificando la pérdida de viviendas públicas, transformadas en este tiempo en productos especulativos, o restringiendo su acceso a rentas más altas. Pero el regalo más envenenado de aquellas políticas es esa deriva del odio hacía los ‘chavs’, la manera despectiva con la que se refieren a la vieja clase obrera que está presente en clichés televisivos y en agresivas columnas (empezando por el actual primer ministro) en diarios conservadores.

Es, en ese caldo de cultivo, como nació Everton in the Comunity allá por 1987.

Trata del programa social de un club de fútbol ocupando el espacio que abandonó el Estado. Al punto que el propio Ayuntamiento instala programas comunitarios a través de ellos en virtud de la penetración en el tejido local del Everton.

Cierto que hoy día muchas entidades tienen programas sociales asociados, pero no hay nada, en magnitud y calidad, que iguale a los Toffees. Sólo el edificio central, el The Peoples Hub, y las zonas verdes adyacentes costaron seis millones de libras. Y el presupuesto anual, sin contar donaciones o aportaciones de patrocinadores, alcanza los cinco millones en moneda británica.

Es un centro totalmente abierto, representante de la esencia del programa. Cualquiera, sin hacer preguntas, ni ser cuestionado, puede entrar en él. Hay comida, calefacción, atención médica, salas recreativas y de lectura… disponibles las veinticuatro horas. Forma parte de una de las ramas más importantes de la entidad, que ha llevado, impulsado por el entrenador del equipo sub-23 — una muestra de que la implicación es total en toda la estructura, sin obviar a los jugadores del primer equipo, que pasan largas horas a la semana contribuyendo — a comprar varias casas para convertirlas en refugios o lugares de acogida para chavales o jóvenes en un área donde más de la mitad de los menores de 24 años viven por debajo del umbral de la pobreza. Obligados muchos de ellos a tener que vender droga o trabajar para las mafias locales como pago a la deuda contraída por sus progenitores.

Hasta se abrió un hueco en la educación pública universal teniendo su propia escuela que llega de 4 a 16 años.

Una amplitud en la actuación del EiTc que va desde los talleres de reminiscencia para mayores, a programas de reinserción de exconvictos, a la drogodependencia, el alcoholismo que destroza familias enteras, la lucha contra las pandillas juveniles, la salud mental o su programa de fútbol para discapacitados, que tiene el orgullo de ser el más grande del mundo.

No hay tabúes, ni remilgos. Mientras otros jamás se adentrarían en esos terrenos, pensando más en proteger su marca que en su capacidad de servicio, allá va Everton in the comunity a dar soluciones con sus 125 empleados fijos, 145 empleados ocasionales, sus casi 200 voluntarios y su centenar de instalaciones repartidas por la ya rebautizada como milla azul.

Llevándoles a aprovechar cualquier oportunidad, pues bajo la etapa Koeman, gracias a su condición de embajador de la fundación Johan Cruyff, se llegó a converger con la misma para la instalación de campos de fútbol públicos en una zona donde cuesta ver un árbol, parques o lugares recreativos para los niños.

Un laborioso y lento trabajo de treinta años que trasciende a la afinidad a unos colores, conseguido regenerar el área de Walton y Spellow Leane, situados a escasos metros de Goodison Park. Convirtiéndose la insignia azul en algo en lo que confiar, a niveles que mucha gente prefiere acercarse a ella antes que acudir a las autoridades, sabedoras de que van a ser atendidas y orientadas, en lugar de juzgadas u olvidadas.

Es el propósito moral de un club que pretende utilizar el deporte como un poderoso agente para cambiar la vida de las personas. Y lo está consiguiendo. Entre otras cosas, porque se lo cree. El EiTC es, en boca de su responsable, una de las cuatro patas sobre la cual se sustenta la entidad, tras el primer equipo, la hinchada y su academia, que la convierte en la institución británica en la cual más jugadores locales han vestido su camiseta a lo largo de la historia.

Porque precisamente eso, lo local, su pertenencia a la ciudad y al barrio más antiguo de la misma, ha sabido transformarlo en una fortaleza en sus horas más bajas sobre el césped, en la única vía progresista y de intenacionalización en club tan anclado en el pasado en otras cuestiones.

Y ese, el reto del progreso, es la próxima aventura por afrontar. Su estadio podría ser una buena síntesis de la barriada. A diferencia de Anfield no ha sufrido grandes reformas estructurales desde las medidas adoptadas por el incidente de Hillsborough. Su aspecto de vieja fábrica industrial se oculta detrás de lonas que aluden a las viejas glorias de la entidad, tapando a duras penas los chorreones de óxido o el cemento vista atacado por la humedad que acompañan a los mellados muros externos pintados de azul en un otro fútil ejercicio de cosmética.

Será la pieza del cambio. Pues tras años de estudio el Everton de Moshiri presentó el pasado mes su proyecto final para construir su nueva casa en las viejas y abandonadas dársenas del puerto. Otra acción regenerativa. Es la respuesta del dueño a las expectativas alzadas con su llegada. Y el precio a tal cosa es trasladarse a la zona más cool de la ciudad, abandonando un barrio en el cual llevan 150 años. Pero también es la única manera de satisfacer las ansiedades de su afición, un paso gigantesco en la modernización, con más posibilidades a lomos de un recinto de arquitectura modernista que al levantarse sobre el agua no requerirá movimientos de tierra, sino abrazar la ingeniería más avanzada.

¿Qué será de Everton sin el Everton? El cuerpo se moverá, pero su espíritu continuará transitando sus calles. El programa comunitario, y sus instalaciones, no sólo permanecerán allí, sino que ampliaran sus dominios, con un presupuesto mayor para continuar haciendo el trabajo que debería hacer la administración. Es la certeza de una entidad que está aprendiendo a maridar lo local con lo global. En su éxito estará la lección al fútbol moderno.

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