Història VCF Serie Centenari

De la Sociedad Anónima a la permanencia

La temporada 32/33 fue durante décadas la peor de la historia del club en primera. Asolado por las deudas y un equipo en transformación evitó en la última jornada, con un gol in extremis de Joan Costa, el descenso y con ello su probable desaparición.

Hasta la llegada de los oscuros años ochenta la campaña 32/33 tenía el honor de ser plasmada en el imaginario colectivo como el annus horribilis del Valencia. Fue un pequeño frenazo a una etapa de constante crecimiento, de indudables pasos hacia delante, de una expansión deportiva y social que no parecía tener límites. Claro, que eso lo podemos decir hoy, con la visión periférica de un contexto histórico alejado de aquella realidad.

Pero en tiempos no existía esta diferencia de divisiones en el parecer del hincha, ni en una prensa hablando de dos campeones al referirse a los ganadores de la primera y segunda división dándole el mismo trato a uno que a otro. Entonces, la Liga empezaba en noviembre, el torneo que inauguraba la campaña seguía siendo el regional, cuya importancia era tal que su conquista marcaba la diferencia entre poder disputar la Copa o no.

Y esa, la Copa, guardaba su estatus de competición por excelencia, el título que cerraba el año una vez el certamen de la regularidad llegaba a su fin. Es enfrascado en tales menesteres donde empezó aquel curso un Fé-Cé que esperaba con ansias su asentamiento en la primera división. Ganando un campeonato valenciano al que apenas le quedaban un par de años de existencia como título oficial, en una reforma que cambiaría para siempre el modo de entender las competiciones, lastrando los logros de los años 20 y 30 al olvido o el desprecio, a costa de un campeonato de Liga de mayor rango e importancia, en lugar del papel secundario que vestía en su cuarto año de existencia.

Aquella sociedad pujante salía trastabillada de cursos embarcada en inversiones poderosas para alcanzar su propósito fundacional, ser un club capaz de situarse en el balompié a la altura que tenía la ciudad en la impronta política: la tercera capital. La adquisición de la parcela, la construcción del estadio, su remodelación para dar cabida a la demanda, el alzamiento de la excelente tribuna, mejoras en equipamientos y servicios o un poderoso gasto en equipiers para asomar por la élite alumbraron un club sólido y pujante en apenas ocho cursos, pero también dejaron arcas esquilmadas y malabares financieros para la supervivencia. Sensación de llegar tarde a la vida que siempre llevó de manera insistente a períodos de quiebra y penurias fruto de esa voluntad de querer llegar que le implantó en el ADN la ambición de superar sus límites, elemento que la moldeó, tanto para lo bueno como para lo malo, convirtiéndola en el ente que es hoy.

Ya en tan iniciales instantes la institución iba tirando de préstamos de directivos, o socios, acudiendo a bancos y prestamistas de mala fama, llegando a rehipotecarse por valor de 70 mil pesetas para refrendar sus anhelos. Por eso se hacía extraño, por eso levantó cierta polémica, que acudiera el Fé-Cé al mercado de fichajes durante el otoño de 1932 a desembolsar 11 mil pesetas por Bertolí, un bravo internacional, equipier de categoría, poniendo bajo la zamarra blanca a un total de cinco exintegrantes de la selección. E incluso con todo, amagó con contratar al que pudo ser el sexto.

Pero para desvelar su nombre nos falta contar algo más. Porque fue un año raro hasta en los detalles. Como traer a prueba a un portero de Boca Juniors, un chico de origen valenciano, pero nacido en Buenos Aires, que respondía al nombre de Jaime Martínez Olle. Repitiendo experimento con Alejandro Morera, un costaricense nacido en Cuba que llegó de mano de un antiguo socio con negocios en América, y que a pesar de superar su período de prueba, encandilando por su calidad, marchó al Barcelona no siendo el Valencia capaz de satisfacer sus demandas contractuales.

O esa extraña operación con Ordóñez, un jugador madrileño que no estaba dispuesto a chafar València más que para jugar. Pretendiendo vivir en la vieja cohorte, entrenarse por su cuenta, y partir desde la estación de Atocha donde fuera menester cuando hubiera de jugar lejos de Mestalla. Y nadie lo veía mal. Y hubiera venido si sus exigencias económicas no se hubieran antojado prohibitivas, salvándose el club por azar de seguir la senda de errores que cometió un año atrás con tipos como José Luis Zabala, a costa de una gran suma para un rendimiento ridículo de un jugador de nivel que llegó con sobrepeso, sin ganas ni de andar, y que más allá de meterlos a pares en amistosos, en competición sólo hizo reír y rabiar.

Empecinados en encontrar la cura a tanto boquete, iba transcurriendo un otoño que no presagiaba que el curso adquiriría los tintes que lució hacia su ecuador y remate final. Pues la victoria en el estreno por 3-2 ante una institución del renombre del Arenas de Getxo fue un triunfo cargado de prestigio. Refrendado por el estoico 2-2 ante el Barcelona en la tercera fecha desatando ilusiones al calor de un inicio prometedor para el campeón valenciano; encontrando pronto su desmoronamiento. Pues llegó un 6-0 en Chamartín; un 4-1 ante el Donostia (Real Sociedad) o un 1-5 ante el gigantesco Athletic. Separados apenas por un 1-1 ante el Espanyol que comportaron el farolillo rojo en la clasificación… y el paso abierto a la tormenta.

Eran, también, instantes de polémicas, pues aquella información que cuantificaba el coste de la plantilla en 160 mil pesetas, entre sueldos y primas, en 1930, mutó en latiguillo que se fue extendiendo hasta la posguerra convirtiéndose en recurrente arma arrojadiza contra directivas a la hora de alzar crispaciones y ataques a cada tropiezo; como tocaba ante tanta goleada encajada. Buen ejemplo de ello se ve tras el correctivo sufrido frente a los bilbaínos, pudiéndose leer en la carta publicada por el socio 404 —Rodríguez Tortajada, futuro presidente durante la Guerra Civil— exigiendo en ella a la directiva mano firme y sanciones ejemplares contra aquellos jugadores que no daban la talla a pesar de recibir soberanos sueldos y mejores atenciones. Era la respuesta al caldo de cultivo que se vivía en la urbe, con exabruptos en las gradas, pero también en los cafés, verdaderos termómetros de la actualidad y disparaderos de toda clase de conjeturas y acciones conspiradoras. Por ello, no se tardó en contentar a la afición: Amonestación para Navarro; multa para Montañés, equivalente a una semana de sueldo —el fútbol todavía no daba para vivir de él— y rescisión para Pascual.

En mitad de aquel guirigall, con tantas vergüenzas colgando, se hizo lo que hacen siempre directivos timoratos y acorralados buscando calmar a las fieras y salvar su cuello: reconducir la situación con fichajes, o anuncios de… Como el de Gaspar Rubio.

Pues el crack valentino era toda una oportunidad. Enrolado en la segunda división como estaba, en las filas del Athletic de Madrid, harto de estar allí, y aquellos, de él, suponía una golosina si sumamos que, desde tiempos inmemoriales, existía la obsesión de ver al xiquet de Serra —internacional y considerado en Madrid el mejor delantero de Europa desde su irrupción en la élite— jugando en el Valencia. Era la ocasión ideal, puesto que el gran coste que le suponía al Athletic no se compensaba con la desmotivación mostrada por el ariete. Y los merengues, acusados de no tener 9, ni gol, malvivía como entidad en crisis, necesitada de un golpe de efecto, que propició gracias a la colaboración, secreta, de la asociación de prensa aprovechando una visita a Castellón del conjunto madrileño. Organizando un homenaje al Rey Gaspar que no era más que una operación encubierta para que el Valencia lo pudiera contratar. 25 mil pesetas se llegaron a poner encima de la mesa, pero el moderno Atlético no estaba dispuesto a dejar marchar a Rubio nada más empezar la temporada. Como desquite, como espera a que vistiera el murciélago, los merengues ganaron 3-1 el homenaje con Gaspar enrolado en las filas locales.

Fue el único paréntesis de normalidad en aquellos días de diciembre de 1932. En fecha, el Valencia ya había publicado el anuncio de convocatoria de asamblea extraordinaria para el 3 de enero, no celebrándose al no acudir el mínimo número de miembros requerido en los estatutos. Reconvocándose el 6 y volviéndose a suspender para finalmente tener lugar el 11 de dicho mes en el Ateneo Mercantil. Aquella ya fue una junta movida. Pues al calor de la primera convocatoria, La Correspondencia de Valencia, el diario vespertino por excelencia y vieja cabecera del club, hizo saltar la liebre publicando la siguiente noticia:


«¿El Valencia F.C. se convertirá en sociedad anónima? Puede que esta tarde en la asamblea se de la solución. Por persona que nos merece entero crédito, se nos ha dado la noticia de que el Valencia está en camino de convertirse en sociedad anónima. A este efecto, se emitirán acciones que subscribirán cuantos lo deseen; a parte de las liberadas con las que se garantice a los acreedores las sumas que tengan prestadas al club. Y es muy probable que en la asamblea extraordinaria que se celebrará esta tarde tenga confirmación la noticia»


«El asunto ya se ha tratado con algunas entidades bancarias», se insistía al día siguiente en otros ámbitos. Ocurría, mientras el movimiento anarcocomunista iba copando la actualidad con sucesos como los de Casas Viejas, que el Valencia ya acumulaba deudas cuantiosas, acribillado especialmente por un crédito —supuestamente de un directivo— con un interés que alcanzaba el 48%.

No era la única noticia que soliviantó a los socios. El matutino El Pueblo puso la guinda al pastel desvelando que Imossi —bravo jugador, y muy querido por el público, que abandonó la entidad meses atrás tras años de buen servicio— había denunciado al club ante la Federación por impago de su indemnización al rescindírsele el contrato. La editorial que dicho rotativo publicó al efecto, firmada por Hands, resultó demoledora contra la directiva. Sería el mismo rotativo quien desvelara en julio del 32, en otro duro ataque contra la junta de gobierno, que los jugadores del Valencia reclamaban retrasos en sus salarios y que éstos amenazaban con denunciar su situación, aspecto que pondría en jaque la viabilidad de la entidad.

Los rumores de café, calificados así por Sincerator, dieron rienda suelta a mil y una hipótesis. El Valencia para la FAI, apostaban unos. Un extranjero con mucho dinero y propiedades en la ciudad ya era alzado como dueño del club, según otros. Entre los achaques deportivos, y la amenaza de ruina económica, la asamblea del 11 de enero no se la perdió nadie. Ocurriendo de todo, claro está, menos lo que se pronosticaba en los mentideros. Pues ante la sorpresa de los asistentes, los mandamases presentaron en bloque su dimisión; unánimemente rechazada por los presentes. Se dieron explicaciones y se acordó que ni sociedad anónima ni club de socios, sino una mezcla de ambas cosas, y de forma temporal, gracias a una enmienda que el socio Rodríguez Tortajada introdujo a última hora, y por la cual, el sistema empleado sólo tendría duración máxima de siete años.


«Ayer tarde comenzó la asamblea extraordinaria convocada a efectos de modificar el reglamento en lo concerniente a la organización económica de la entidad. Los debates realizáronse con la mayor armonía y buena disposición por parte de los socios, aprobándose varios artículos y siendo suspendida la sesión para continuarla en el día de hoy. Se aprobó emitir unas células hipotecarias con las que avalar los créditos de los acreedores, siendo suscritas estas por los socios que lo deseen, quedando en categoría de numerarios con voz y voto en las asambleas generales; quedando los demás con el título de deportivos, sin estos derechos ni oportunidad de formar parte de futuras juntas directivas. Además, díose cuenta del rango de generosidad tenido por alguno de los acreedores del club, que accedieron a rebajar el interés del 48% anual al 18%, quedando fijado el interés para las acciones hipotecarias al 6%. Estableciéndose en un millón el valor de las mismas, siendo 350 mil de ellas preferentes, de 50 pesetas cada una. Y 650 mil ordinarias con las que garantizar el club las cantidades que tiene percibidas de distintos acreedores. Los socios numerarios, con voz y voto, desembolsarán como cuota 5 pesetas mensuales; y los socios deportivos 7, sin más derecho que el de presenciar los partidos. Además, se establece que las acciones hipotecarias no se podrán vender ni ceder sin el consentimiento del club»


La medida, estableciendo socios de primera y de segunda, en el fondo, garantizaba a los acreedores cierto control en la gestión financiera del Valencia evitándose con ello el riesgo de que elementos sospechosos alcanzaran el poder y pusieran en peligro la devolución de las deudas. Con todo, no trataba de episodio aislado, o novedoso, sí la mera continuación de lo sucedido en la 29/30, pistoletazo a la labor deficitaria de la junta directiva que marcaría los años treinta al completo.

Algo que, con distintos ropajes, se repetiría en 1934, llegándose incluso a aprobar en una primera asamblea la reinstauración de la junta de acreedores que gobernó la entidad años atrás, anulada antes de su puesta en marcha gracias a los recelos que levantó entre la mayoría de socios vista la experiencia anterior. Porque la penuria, agravada, nos la delinea en entrevista para El Pueblo el presidente Giménez Cánovas clamando que «si conseguimos calmar la impaciencia de los acreedores todo saldrá a pedir de boca».

Quizá, objetivo demasiado ambicioso para un hombre acorralado, necesitado en aquel julio de 1931 de la inestimable ayuda de los diarios de cabecera del club para afrontar una asamblea con tintes plebiscitarios, asunto traducido semanas más tarde en titulares como este imprimido en La Correspondencia: «En vísperas de una asamblea trascendental. El Valencia F.C. hacia un esplendoroso futuro o camino a la bancarrota», copado de líneas azuzando a los socios prestamistas y a los acreedores a actuar con «sentido de estado» y evitar con «personalismos» actuaciones que condujeran a la liquidación de la sociedad.

Precedentes que nos devuelven, entendiéndola mejor, a la famosa junta de la S.A. concurriendo el 27 de enero en una segunda sesión donde el socio tendría turno de ruegos y preguntas, además de poder refrendar los acuerdos alcanzados el 11 del mismo mes. Fue entonces cuando afloraron las tensiones. Dado que en un primer momento se aprobó ampliar la hipoteca de Mestalla de 70 a 200 mil pesetas, unificando deudas; adquirir por completo la parcela de Mestalla —arrendada en un 50% desde su compra— y poder tirar con ese dinero extra. En segundo término, evitando nuevos malos entendidos, se designó a los directivos Aguilar y Vilaplana como encargados de tratar con la prensa en un desesperado intento de frenar las informaciones sobre el estado de las finanzas y negros augurios sobre el futuro de la institución. En esas, aprovechando el turno de palabra, se arremetió contra el alarmismo y la crítica realizada a la directiva por parte de los «plumillas». Hubiera sido un episodio pasajero de no ser los señores intervinientes allegados, muy allegados, tremendamente allegados, al gobierno de la entidad. Asuntos que no se digirieron bien entre los redactores, socios casi todos ellos para más inri, desatándose una guerra entre cinco de las seis cabeceras locales y el Fé-Cé, que empezó así Josimbar en La Correspondencia, uno de los más atacados por dichos voceros en la junta:


«Díose la nota lamentable de un individuo, profesional del comadreo y la intriga, que de forma cobarde y francamente tendenciosa, intentó lanzar unas paletadas de cieno sobre quienes, desde hace muchos años, vienen demostrando hasta la saciedad más cariño y sacrificios por el club que lleva el nombre de la ciudad que muchos que pregonan estos sentimientos, especialmente con ocasión de obtener algún beneficio material o de satisfacer sus delirios de popularidad y ansias de mangoneo»


Entendiendo ser objeto de un ataque orquestado, Hands, en El Pueblo, fue igualmente duro dando réplica oportuna «al cretino que actúo como cabeza de turco en la ‘razzia’ casi general a la que fuimos sometidos los periodistas deportivos valencianos». El Pueblo, además, en una nota firmada por la redacción pidió responsabilidades y anunció romper relaciones con la entidad, devolviendo incluso, cortados por la mitad, los pases de prensa esperando recibir las oportunas disculpas. Y eso, tratándose de un diario de la influencia y tronío social como El Pueblo, era decir mucho. Asunto secundado por la mayoría de los rotativos, incluido el ultraconservador, gimnástico y antivalencianista, Diario de Valencia. Todos menos Las Provincias, quién se mantuvo al margen, motivo por el cual Sincerator fue atacado por el gremio ante su postura neutral, defendiéndose en su sección «Desde mi block» alegando que en el pasado fue él el vejado por «estos intereses» y el resto «quien guardó silencio por comodidad».

Pero aún con tanta fanfarria y rasgamientos de vestiduras, la cosa no duró mucho, la verdad. Pues la delegación asignada para las relaciones con los medios fue visitando todas las redacciones afectadas, una por una, calmando los ánimos a base de extender oportunas explicaciones, demostrándose que la directiva nunca estuvo detrás de aquellos ataques en masa que acusaron de «enemigos del Valencia» a los periodistas encargados de la información deportiva, volviendo pausadamente las aguas a su cauce. Al menos, en ese aspecto.

Porque en lo deportivo, mientras se despellejaban unos y otros, sancionaban jugadores o coartaban derechos de los socios, las cosas apenas mejoraron un poco. Un 5-2 al Alavés inmediatamente después de la conversión-no-conversión en sociedad anónima puso fin a los días de colista. Un empate en Getxo (2-2) sería el único punto sumado fuera de casa en todo el año y un inmediato triunfo por 2-1 ante el Betis sugería iniciar una recuperación que no pareció marcharse ni siquiera saliendo de Les Corts con un adverso 4-2, ya que inmediatamente después se despacharía al Racing con un contundente 6-2 firmándose así el punto y final a la buena racha. Pues ése fue el último partido ganado del curso liguero, no viniendo tras él más que goleadas en contra, como el 8-2 encajado en San Mamés en plena nit del foc, el 5-2 en Can Ràbia con quince días de antelación, o un triste empate como local que hizo estallar a la grada.

Si no era bastante asunto, le esperaban peores males al equipo, ya que durante el viaje a Getxo, ya advertimos que fue un año complicado a todos los niveles, un accidente de tráfico dejó a varios de los coches en los que viajaban los jugadores fuera de la cuneta salvando la vida de manera milagrosa. El balance fue de unos cuantos lesionados de importancia quedando lo peor para personal y directiva, que tras unas semanas en el hospital regresaron a casa sin consecuencias funestas.

Y así, magullados, con apenas cuatro partidos ganados y un saco de goles en contra (53 en 18 jornadas), se situaba el club valencianista un sólo punto por encima del Deportivo Alavés, farolillo rojo, llegada la última jornada. Resultando en tan aciagas jornadas el lugar en el cual surgiría nuevamente el ingenio para evitar el descenso. Pues ambas entidades, temiéndose lo peor, aprovechando que estaba pendiente una futura ampliación del campeonato, forzaron una reunión entre los clubes participantes para tratar el asunto y conseguir que ese curso no contara con descensos.

Treta rechazada, especialmente por el Athtletic, aunque curiosamente, meses más tarde, serían los bilbaínos quienes la retomaran para salvar a los vitorianos y recuperar al Real Unión de Irún para la causa.

Acompañado de esa congoja aterrizó el conjunto valenciano en Vitoria, presto a bautizar el año como «la temporada del gol de Juanito Costa», que es como finalmente se conocería la 32/33 desde entonces y para siempre. Una compleja encrucijada parida desde la polémica, ya que equipos como el Madrid (sin Real, que estamos en la República) o el Donostia (Real Sociedad) nutrieron de reservas sus equipos ante rivales directos abocando con su derrota a aquel duelo a vida o muerte de la última jornada. En ese tembleque, a los mestalleros les valía el empate para salvar el pescuezo; a los locales sumar los dos puntos en juego si querían hundir a los valencianos. No parecía funcionar el asunto cuando cerca del descanso los vitorianos ganaban 1-0 merced de un penalti estúpido y clamoroso al tener al visitante colgado del larguero, incapaz de salir de su área en toda la tarde.

Pero en esas, entró en juego la alianza Colina-Pedro Escartín. Siendo, según las malas lenguas, la causa única que evitó el descenso. Una alianza fruto de la amistad que unía al patrón de pesca con el afamado e influyente trencilla desde sus tiempos de arbitraje y selección, transformada ahora en favor a un Valencia que en un balonazo sin sentido, en una a la desesperada creyendo ya tener pie y medio en la división de plata, elaboró una jugada plagada de faltas e irregularidades premiadas con la vista gorda del trencilla, pintando Costa el 1-1 redentor en la pizarra, permitiendo que su Valencia sobreviviera achicando agua hasta el silbatazo final.

«Ese chut de Costa que dio el gol del Valencia, ha tenido el raro acierto de contener el desmoronamiento de una obra que ha costado muchos años de enormes trabajos y sacrificios» dejó escrito Josimbar en La Correspondencia. La magnitud fue tal, que hoy, más de 80 años después, en Vitoria siguen preguntándose cómo se pudo empatar aquel partido. Tal vez, en aquel fragor alguno se olió la componenda con el colegiado, vistos los curiosos cambios de criterio, y aprovechó la invasión de campo y los trompazos a los futbolistas para introducirse en el vestuario visitante a desvalijarlo. Arramblando con relojes, sortijas, carteras (todo el dinero que encontraron) y hasta ropa, obligando a muchos equipiers merengues a volver a casa disfrazado de futbolista.

Un precio pagado con gusto, a la vista del entusiasmo con el cual fueron recibidos los chicos del murciélago a su regreso del norte, sacados a hombros de la estación, rumbo en procesión a la sede del club, entre hurras, alirones y vecinos topados con la escandalosa comitiva uniéndose a la jarana. La permanencia era la supervivencia, bien sabida por socios y futbolistas la importancia que suponía evitar una segunda división con menor categoría de rivales y número de partidos, convirtiendo en imposible la viabilidad de una entidad asfixiada por las deudas.


«Celebremos, pues, la buena nueva que para los deportistas valencianos tiene el carácter de acontecimiento, dadas las difíciles circunstancias en que se ha logrado. Pero bueno será no desaprovechar la lección, haciendo olvidar el jubilo natural que en estos momentos se siente, los graves errores cometidos por unos; las equivocaciones, egoísmos, falta de entusiasmo, etc, de otros, y, en fin, todo ese cúmulo de circunstancias que pusieron al Valencia en la fatal pendiente. Haciéndonos pasar por momentos de la más desagradable inquietud hasta que ayer el teléfono nos anunciara la buena nueva»


El que menos partidos ganó y más goles encajó fueron los guarismos de la salvación.

Tal debió ser el insuflo de moral que aquel equipo recompuesto sobre la marcha mostró ser otro en el estreno copero. Tanto que se deshizo del Valladolid con un 6-0 en la vuelta; eliminando al Athletic de Madrid en partido de desempate y remontando un 4-2 adverso en cuartos de final ante el Betis llegando por segunda vez en su historia a unas semifinales coperas. Pero antes de enfrentarse al campeón de liga, un Madrid verdaderamente poderoso, las intrigas sociales seguían marcando la actualidad.

Adolfo Royo, famoso concejal del PURA, sportman, exárbitro y farmacéutico, asumió el poder en una junta celebrada el 27 de abril respondiendo a la hoja de ruta establecida por el plan de saneamiento planteado en enero, presidiendo una directiva repleta de socios acreedores y numerarios, con personajes notables como Carlos Gens (de Bombas Gens) o Enrique Taulet Rodríguez-Lueso, famoso notario, escritor y columnista de El Mercantil que firmaba sus obras utilizando el popular grito anarquista: «¡La propiedad es un robo! ¡Este libro no es propiedad!».

Una junta que tuvo complicado estreno al recibir un 3-1 en Chamartín durante el partido de ida, refrendado en Mestalla con un adverso 1-3 que volvía otra vez a apartar al Valencia de la soñada final copera.

Qué poco sabían entonces en aquel mayo de 1933, en temporada tan aciaga, lo que estaba por venir apenas doce meses después. Y del mal gobierno que les esperaba con el señor Royo al frente.

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