Història VCF Serie Centenari

Las muchachas del Fé-Cé

En los albores de la II República el estallido del deporte femenino tuvo su epicentro en València. Donde bajo el impulso de las actrices de la ciudad surgieron los primeros equipos de fútbol.

Anónimas ellas, aparecen en una foto en mitad del tendido. Unas visten con pantalón corto, otras, con falda de tenista. Zapatillas blancas de fina tela a los pies para patear piedras de cuero cosido… pero todas portan ceñida camiseta futbolera. «El primer partido de fútbol femenino jugado con jugadoras españolas en Barcelona», dice un pie de foto. Están en la plaza de toros de la ciudad condal. «El equipo femenino del Valencia F.C. que jugó ante el España F.C.», apunta la siguiente instantánea presentando al XI que posa antes del match.

No hay más. Ni un nombre, ni un resultado, ni una línea escrita que sitúe en contexto el acontecimiento. El misterio es lo único que se cierne sobre ellas.

«La señorita Paquita Morales, que en el concurso de Navidad de revólver de guerra a 25 metros, blanco de 50 centímetros y 20 disparos, resultó vencedora», ocupa el cuarto de página restante en la composición dedicada al partido que vemos en Mundo Gráfico.

En alguna otra publicación, como en Crónica, se muestra una parte de la plaza llena de gente mientras las integrantes de ambos equipos saltan al improvisado terreno de juego en sincronización típica de videojuego moderno. Imagen acompañada de otra mostrando un shoot de una anónima valencianista batiendo a la guardaredes del España; el otro equipo valentino.

Nadie cuenta quiénes fueron, cómo jugaban, quién ganó ni de dónde salió ese equipo de féminas en plena República.

Apenas nos indica que existió. Que en 1931 un Valencia F.C. asentado y alcanzada la madurez como institución, impregnado de esa oleada libertaria, progresista e igualitaria que trajo el cambio de régimen, tenía ya por entonces equipo de mujeres, y de basket, junto al de atletismo, esgrima o cross, incorporados en 1924. Y que posteriormente dio paso al rugby y al hockey.

El cambio político, rupturista con un modelo de estado basado en la nobleza y el clero, abundante en pobres, miserias y analfabetismo, insufló un aire de modernidad a un país que en aquellos instantes iniciales puso a la mujer en primer plano. Fueron meses donde empezaron a aflorar modalidades deportivas para ellas, del atletismo a la natación o el hockey, y de éste, al balonmano, apareciendo en cargos públicos y mítines como primeras espadas. Era el reflejo triunfante de las sangrientas y violentas luchas mantenidas por las sufragistas durante la dictadura militar auspiciada por Alfonso XIII. Son días donde los magazines citados, y muchos más en las mismas fechas, acaparan incontables fotografías de muchachas rompiendo techos de cristal. Un interés acompañado de reportajes sobre «Qué esperan las mujeres de la República», entrevistando a señoras de sesenta años con toda una vida de penurias al dedicarla por completo a liar cigarros y puros por dos pesetas al mes; adentrándose incluso en talleres de costura con chiquillas clavadas durante horas en tortuosas sillas a cambio de una miseria en denuncia de la situación de esclavitud, desamparo y dependencia de la mujer trabajadora.

Las instantáneas que comparten Crónica y Mundo Gráfico sobre el Valencia femenino siquiera coinciden en la fecha del partido, oscilando entre el 8 y el 12 de diciembre de 1931, sin más historia que un fogonazo encuadrado en un par de páginas.

Pero la aventura de aquel Fé-Cé femenino, tampoco sin una fecha exacta de fundación, fue algo más extensa. Hay variadas referencias a partidos suyos disputados por el ancho y largo de la geografía valenciana, siempre como visitante, siempre nómada y aventurero. Y también, siempre insultadas. Pues no hay mejor ejemplo, entre miles, que la detención del ínclito Joaquín Salas, quien echaba cartas obscenas por encima de la tapia del vestuario invitando a las jugadoras a visitar su casa; alegando ante el juez que lo hacía para distraerse. Basta viajar a un 2 de mayo de dicho año a El Collao para ver nuevamente a nuestras muchachas batiéndose en duelo ante el Ruzafa. La primera aparición en prensa encontrada hubiera correspondido al 25 de abril, también en Alcoi y entre ambos conjuntos, de no haberse aplazado el encuentro. El 4 de junio un triangular en el campo del Levante F.C. ante el España y el Burjassot devuelve a los titulares a las equipiers del Fé-Cé.

Sumergirse entre páginas de periódicos intentando descubrir el origen de este equipo es toparse con varios avisos de partidos, pero con apenas un par de escuetas crónicas. La primera es la importante, aportando nombres sobre los que indagar. Al surcar las columnas de La Correspondencia del 9 de junio, narrando otra vez a los mismos contendientes, los mejores de Valencia, esos que viajaron a Barcelona de gira y que aparecen retratados junto a Paquita Morales en alguna revista, se lee esto:


«Con bastante público y a beneficio de las escuelas de esta población, célebrose el festival, en el que desinteresadamente tomaron parte estos dos equipos, y cuyo acto fue en extremo elogiado por los utelianos. Ambos equipos lucharon bravamente por conseguir el triunfo, no pudiéndolo obtener el España por la labor siempre inmensa de la portera ‘Zamora’ y también de la defensa y de Consuelito García, que fue la barrera infranqueable. Las merengues vencieron porque supieron aprovechar mejor las ocasiones que se le presentaron marcando los goals Lolín Ferrando y Gilba. La portera, Amparín Ferrando, hubo de multiplicarse ante la avalancha que siempre se le venía encima, y que la mayoría de las veces era de las arrolladoras. También hay que mencionar la valentía que siempre puso en juego Pilar Gilabert y Amparito Vercher».


2-0 para las valencianistas.

De un nuevo duelo entre ambos, en Alberic, data la segunda crónica. El texto, que apenas describe el encuentro, publicado en Las Provincias el 28 de junio, emana machismo por todos los costados. El cronista se esfuerza continuamente, en un desafortunado intento de hacer una gracia, en referirse a las ‘delanteras’ y las ‘traseras’ de las jugadoras, o en lo entrenada a encajar golpes que debían tener en su casa a la portera valencianista para mostrar tales dotes bajo palos.

Aunque la siguiente pista nos lleva a cuatro días antes, hasta el campo de El Pla, en Alicante, midiéndose ambos conjuntos nuevamente ante un estadio abarrotado; abarrotado de energúmenos que no hicieron más que proferir goreserías y salvajadas sobre ellas y sus desnudas piernas, que lejos de encontrar defensa en el cronista, éste citó los hechos para aunar en el ataque a las mujeres, «por ir provocando» sin hacer referencia alguna al juego, un alegato cobarde para justificar una opinión favorable a la abolición de tales libertades. Eran las desagradables consecuencias brolladas de la apertura de un universo hecho a ventanas tapiadas durante siglos, muros demolidos al calor de un empeño político que con su retórica progresista gritaba a viva voz que «la regeneración de España ha de empezar por la acción de la mujer». Asunto que culminaría el 1 de octubre de 1931 otorgándoles a ellas el derecho al voto, cerrando así otra herida nacida de las detenciones, palizas e incomprensiones hacia el movimiento sufragista.

Como está visto, de ello, no era el Valencia el único referente. Athletic y Levante son acompañantes de nuestras protagonistas durante la feria de Utiel, midiendo sus fuerzas en un campo de tierra y piedras, despertando tan enorme expectación entre la población local que al año siguiente repetirían cuadrangular. Eran también el Burjassot, o el Ruzafa F.C. filles de la terra que medirían igualmente sus fuerzas en esa peculiar liga a nueve carente de reglas, estamentos que las regulara e incluso de recintos donde acoger sus partidos.


De los comentados itinerarios existe una fotografía (foto de portada), otra, que no hace más que ensanchar el enigma. La encontramos en el archivo de José Huguet y está tomada en algún pueblo de la contorná. Las calles yacen asfaltadas en tierra, casas lumpen asoman a sus espaldas tratando los actores secundarios de niños con blusón, alpargatas y gorra que reafirman la modestia del entorno. No hay fecha o inscripción alguna que le de contexto al documento o hilo siquiera del cual poder tirar.

Simplemente muestra a dos equipos, a 17 jóvenes y dos niñas. En la primera fila las futbolistas, en pie, visten equipación blaugrana cuyo escudo, bajo la lupa, muestra ser del Gimnástico, anunciando por sorpresa que ellos también, una vez independizados de los obispos, se apuntaron al deporte femenino. Sentadas en el suelo están las valencianistas. Camisola blanca, falda negra hasta los tobillos. En el centro aparecen dos que llevan bordado el escudo a la camiseta identificando a la escuadra, únicas, además, que lucen botas reglamentarias quedando sus compañeras con zapato típico de la época, desprovisto de tacón. Pero la joya de la escena reside en sus rostros, posando con un orgullo rebelde brotándoles de la mirada. Los hay pintados de ilusión, la alegría toma el instante combinándose con sonrisas, cuasi desafiantes, dirigidas a la cámara como buena muestra de las conquistas emprendidas.

Tratan de detalles que otorgan razones a los indicios y pruebas que advertían de que todo ello, ese despertar deportivo del feminismo durante la República, tuvo su epicentro en Valencia. Pues en él estaba la fabulosa Alejandra Soler, resguardada de la guardia armada de Primo de Rivera en aquellas revueltas estudiantiles organizadas por la F.U.E. años atrás; de la que ella misma era una de las cabecillas del movimiento feminista estudiantil.

No hay que olvidar que la práctica deportiva en el individuo respondía a un anhelo difundido desde principios de siglo por el ideario republicano, que ahora, en esas horas de despertares, alcanzaba la realidad gracias a un ferviente militante de la causa llamado Enrique Georgakopulos, hijo del antiguo cónsul griego en Valencia, personaje encargado de confirmar las sospechas pues fue, según se indica en su biografía, quien puso en marcha la mayoría de equipos femeninos, organizando incluso las primeras competiciones amateurs y estrenando los seleccionados nacionales pertinentes. Además de dirigir a Alejandra Soler en el equipo de atletismo.

Georgakopulos, en su papel de profesor inquieto y modernista, también ejerció de cabecilla y delegado local de la F.U.E (Federación Universitaria Escolar), el sindicato estudiantil de los republicanos en tiempos de Alfonso XIII y su hegemónica Asociación de Estudiantes Católicos (A.E.C.). No pretendía otra cosa la F.U.E desde su fundación que la educación pública, universal, gratuita e igualitaria, abriéndole las puertas de la universidad a una mujer hasta entonces reducida a unas pocas asignaturas, siempre víctima de tretas para dejarla sin asiento en el aula. Un hombre curioso Georga, que acabó a última hora, desprovisto ya de cargos en pleno derrumbe del régimen democrático, de guardaespaldas de Negrín, exiliándose sin remedio para ser ejecutado en París al cobijar y proteger a una joven condenada a muerte, al parecer, por mantener relaciones con un oficial Nazi en plena ocupación.

Acostumbradas al desdén y la condescendencia, o en el mejor de los casos a un plano secundario, en aquellas horas la mujer empezaba a incorporarse a carreras vetadas para ellas como lo fueron siempre medicina, arquitectura o derecho, ayudando con su inclusión en la vida universitaria a llevar al deporte femenino a su máximo esplendor. Pues es en diciembre de 1932 cuando las estudiantes adscritas a la F.U.E y entrenadas por Georgakopulos coparon Mestalla para dirimir a sus campeonas. Unas 30 pertenecientes a equipos de las ramas de magisterio y bachiller buscaban alzarse con el campeonato universitario de fútbol. Todo agraciado con una Copa que la casa Martínez Vidal (habitual desde los años 20 en ofrecer copas y organizar competiciones), con gran pompa y anuncios por doquier, se encargaba de regalar al conjunto vencedor.

Amparo Torrente, en tenis de mesa, o Gabi Pfinstein, campeona del equipo de atletismo, son otras mujeres con abolengo en la huella feminista del Valencia F.C. en la década de los 30. Como lo es la también valenciana Juana Reinés, plusmarquista de los 100 metros libres en 1933 y actriz gracias al empeño y enseñanzas de un Max Aub que apostó decididamente por su talento; fallecida en Madrid en 2006, lugar de residencia forzado por el destierro sufrido en los procesos franquistas tras la guerra.

Son los primeros pasos, pinceladas, de un deporte femenino que tuvo en Mestalla su casa, y en la F.U.E. su impulso más potente en la Valencia de entonces, pues el estadio valencianista, el club, y el sindicato estudiantil, cerraron filas y entablaron buenas relaciones para potenciar unas prácticas que no sólo nos dejan partidos de liga femenina universitaria en el recinto, sino a la misma Alejandra Soler posando en pantalón corto y camisa de tirantes practicando el atletismo sobre él; o fulgurantes duelos internacionales de rugby a imagen y semejanza de los dispuestos por el Fé-Cé en los años veinte.

Una breve brisa que encontró una tímida continuidad bajo el auspicio de la Falange durante los años 40, cuando éstos trataban de imitar a las secciones deportivas de las Juventudes Hitlerianas, aunque en este caso, mientras la propaganda enseñaba a las alemanas vestidas reglamentariamente, aquí bajo el yugo y las flechas, la mujer deportista iba tapada de cuello a tobillos, reduciendo su actividad a la gimnasia femenina o al balonmano, siempre desprovistas de competiciones federadas y con los estadios cerrados al público. Tampoco ayudó durante los años republicanos estar ante una práctica amateur, sujeta a la exigencia de buscar un trabajo o agenciarse un marido impuesta por una sociedad aún marcada por una moral retrograda. Es entorno tan hostil el monstruo que las iba arrancando de los terrenos de juego como a granos de un racimo, imposibilitando mantener un equipo unido y en funcionamiento pleno durante grandes períodos de tiempo, languideciendo la mayoría de ellos hasta su inevitable final debido a la constante rotación y búsqueda de elementos.

Germen que tiene raíces muy peculiares, pues mejor muestra de la consideración del deporte femenino en tiempos nos conduce hacia el ‘encuentro’ entre mujeres futbolistas más antiguo que he encontrado, de 1923, organizado por las actrices de la sala Ba-ta-clan. Match sin crónica alguna, innecesaria por otra parte. Pero con un bonito anuncio que nos dicta que se enfrentarían a otro peculiar team, conocido como Valencia Entera a disputarse en el patio del recinto, a resguardo de un público baboso, de risotada y exabruptos generales. Fulgores que igualmente nos conducen en este viaje por el tiempo a toparnos con la actriz Sara Fenor, sufragista y futura portera del Ruzafa F.C., siendo entrevistada en 1929 por la sección de variedades de La Correspondencia, ilustrando la entrevista con la equipier pateando un balón, hablándonos en ella de sus preferencias por el Valencia F.C. como buena aficionada al foot-ball.

Un vínculo entre actrices y balones que advierte del origen mismo del Fé-Cé femenino, uno que igualmente supone un nuevo y buen ejemplo de la rancior a la cual estaban sometidas las mujeres y jóvenes que intentaban abrirse paso en el deporte; o en un mundo de hombres. Hechos discurridos en enero de 1931, también con Mestalla como escenario. Tal vez trate del acto de fútbol femenino más potente desarrollado con anterioridad a la llegada de la República. Pues todo surgió con motivo de una visita al hospital-asilo San Juan de Dios por parte de los, y las, artistas de la ciudad. Considerando éstos aportar fondos para equipar y adecentar el orfanato donde los niños enfermos, desheredados de la vida e inválidos, eran abandonados o recogidos, y poder paliar las necesidades y miserias observadas durante el costumbrista tour navideño que solían realizar por tales enclaves.

Pero tal empresa necesitaba de un evento atrayente de consideradas masas con el cual poder reunir el suficiente caudal monetario para rectificar tales deficiencias.

Por ello, en un golpe de ingenio, las actrices del Teatro Apolo, buenas militantes del movimiento sufragista y concienciadas con la causa republicana, acostumbradas a recibir a los equipiers del Fé-Cé en aquellas viejas celebraciones de la belle époque, propusieron un acto sin precedentes: Organizar un partido benéfico de fútbol. Al que rápidamente se unieron sus compañeras del Teatro Ruzafa. Brazos artísticos y sociales de la Valencia inquieta moldeada por Blasco Ibáñez.

La noticia, sin dilación, recorrió la capital como la pólvora generando gran entusiasmo, publicitándose la organización del evento con la pertinente profusión, inundándose calles con carteles y periódicos con anuncios para mayor entretenimiento de las tertulias de café, divididas entre partidarios y detractores de la mujer sportista. Todo marchaba, hasta que llegó a oídos de la jerarquía eclesiástica. Ya que el hospital, regentado por frailes y religiosos, dependía del obispado, quien se opuso rotundamente a que un dinero llegado de las manos del demonio entrara por sus puertas. Mujeres en falda, o pantalón corto. Mujeres artistas. Mujeres sufragistas. Mujeres, simplemente. Era indecoroso e inaceptable. Así que la iglesia prohibió el evento y se negó a aceptar ningún donativo procedente de tal inmoralidad.

Sólo gracias a la intermediación de la prensa, en especial de Hernández Zafrilla y El Mercantil Valenciano, centralizando toda la organización del acto y los equipos, el partido entre artistas pudo disputarse. Aunque como algo accesorio, fuera del programa oficial y con margen respecto al certamen benéfico. La treta trataría de un simplón match entre cronistas y árbitros para eludir la censura y poder entregar el dinero recaudado sin problemas. Asunto cargado de ingenio para engañar al estamento retrógrado… porque al primero no fue mucho público, pero al segundo…¡15 mil espectadores!

El duelo impulsor entre actrices y vedettes no se escapa tampoco en dejar imagen curiosa. La bandera del Valencia F.C. plantada en el centro del campo saluda el evento en una muestra más de lo progresista de aquel club; las jugadoras, en falda, con pañuelo al cuello, formando en U con Luis Colina entre sombras —árbitro del encuentro— y dos coronas gigantescas de naranjas sobresaliendo tras ellas, presenta una grada repleta. «El fútbol en broma», tituló algún semanario. La importancia de la ocasión reside en el empeño mostrado por ambos equipos, preocupándose las actrices de entrenarse durante las semanas previas bajo las órdenes del principal club de la ciudad con el firme propósito de adquirir movimientos y conocimientos suficientes para dejar una buena imagen sobre el verde. Y grata fue la impresión, subiendo al marcador un 2-0 favorable a las chicas del Teatro Ruzafa, resonando el triunfo y la valentía de aquellas mujeres en toda la ciudad, para mayor afrenta a la sinrazón de un estamento religioso capaz de dejar a los niños que atendían padeciendo necesidades antes que aceptar dinero —50 mil pesetas se recaudó— salido de la mano de nuestras protagonistas. Apasionamiento tan exitoso que aquel encuentro acabó marcando el surgir de los distintos teams de los que hemos hablado. Pues se puede establecer el 09 de febrero de 1931 como una fecha aproximada al nacimiento oficial del Valencia F.C. femenino.

Uno del que tendría mucha culpa la integrante y capitana del triunfador de aquella tarde benéfica, Consuelo García, Consuelito, nombre ya referenciado en párrafos anteriores como una destacada defensora valencianista, y que en la libretra de Enrique Malboysson —gerente de el diario El Pueblo, cronista político del mismo y un referente del PURA que le llevaría a ocupar el cargo de gobernador de Huelva y Tenerife entre 1933 y 1935— dejó bien clara su autoría:


«Yo, a pesar de ser la más joven, soy la decana. Un día intervine por casualidad en el partido organizado el año último entre las vicetiples del Teatro Apolo y en el que las de Ruzafa, digan lo que digan las despechadas, vencimos netamente a las huestes de Miss Dolly. Sentía odio por el fútbol, pero desde entonces le tomé gran pasión. Gracias a mi incesante propaganda logré que entre las señoritas se extendiera el amor al balón. Nadie más que yo sabe los sinsabores que he pasado para conseguir adeptas. Primeramente jugábamos en broma, para aficionarnos. Pronto, cosa natural tratándose de mujeres, surgió el amor propio. Que si yo soy mejor que tú, o aquella le da mejor a la pelota… Poco después ya se formó un equipo con todas las de la ley. Más tarde, otro, nuestro rival, quedando constituidos el Valencia F.C. y el España F.C.».


Dificultades que imposibilitaba hacer equipos de XI tal como les ocurriera a los pioneros del balompié valentino, teniendo que conformarse con equipos de ocho jugadoras, más la portera.

Son palabras recogidas para el semanario madrileño Estampa, difundido en Valencia junto al diario blasquista, en el otoño de 1932. Tal fue el revuelo y la fama de aquellas jugadoras que enseguida abandonaron las giras por las comarcas valencianas recorriendo Sevilla, Córdoba, Granada, Huelva, Jerez, Gibraltar, Murcia, Jaén, Mallorca, Bilbao, Avilés, Vitoria, Pamplona, Santander, Gijón, Oviedo… expectación que traspasó fronteras, pues su nombre llegó a sonar en Francia y llegar a México. Lugares desde los cuales les lloverían ofertas para emprender viajes que en octubre de ese mismo año les aseguraba cinco encuentros por país latinoamericano: Cinco en Brasil, cinco en Perú, cinco en Argentina y otros tantos a repartir entre La Habana, Caracas, Ciudad de México y Panamá.

Es el premio final a una trayectoria fundacional no tan plácida. Ya que aquel furor inicial degeneró en desapariciones masivas privando a los conjuntos locales de campeonato propio. Abocados el Valencia y el España como únicos supervivientes a abonarse a encuentros benéficos, a jugar en ferias locales o partidos de exhibición por todas partes. Aquello ocurrió por una decisión incomprensible de la Federación Valencia, que al igual que hiciera la FA inglesa años atrás, prohibió a los clubes federados y adscritos ceder sus recintos para que jugaran estas mujeres. Propiciando una tradición viajera que empezó de manera puntual en 1931 en aquella plaza de toros de Barcelona, donde fueron retratadas sin mención. Tan acostumbradas estaban a medirse en duelo el Valencia y el España en esos finales de año que a Pepita Martínez le llevó a exigirle a Malboysson que «no se olvide usted de decir que aunque vayamos siempre juntas, en el campo jugamos más enserio que si estuviéramos discutiendo el Estatut».

Un compaginar afición con trabajos en oficinas, mercados, campo, fábricas y cuidados caseros que explica la lluvia de nombres que se encuentran portando la elástica blanca hasta 1933, donde las cada vez mayores dificultades encontradas va diluyendo la presencia de este equipo hasta perderse su pista. Pues a los nombres ya citados, al Valencia F.C. hay que añadirle los de Josefina, Nati Mora, Eloísa, Noguerón, Mercedes Martínez, Chatiu, Angelita, Lucas, Antonia o la fantástica Encarnita Gorostiza, cuyo apellido le reportaba no pocas bromas gracias a Bala Roja. Todas ellas bajo la dirección técnica de Rafael Guerrero y el delegado señor Lozano. Quedando la camiseta roja del España F.C. para la italiana Stagni, Amparín, Ferrando, Enguinados, Pepita, Pitusa, Encarna, Rocheta o Vanaclocha.

«Hasta hace poco, como una excentricidad, habíanse dedicado al deporte del fútbol algunas artistas de los teatros de Valencia, en partidos benéficos. Valencia cuenta ahora con dos formidables y apasionantes teams femeninos, capaces de apabullar en un partido amistoso al mismísimo campeón de Holanda». Abría el redactor de El Pueblo su reportaje sobre estas muchachas, demostrando que su fama aventurera no era un farol.

Hernández Zafrilla, antes de partir a las américas, sintiéndose padre y responsable de aquel acto que germinó en tal fama, acudió a Algirós, lugar de entrenamiento y juego del Valencia F.C., a entrevistarse con unas ases del balón que reflejaban el cambio de aquella sociedad, «la ola feminista nos envuelve a todos. Estamos ya francamente abocados a una igualdad de derechos masculinos-femeninos. Igualdad para el voto, igualdad para el divorcio, igualdad en el derecho [leyes], sobre todo en el derecho al pataleo, al pataleo del balón. La última fase de la mujer ha sido hacerse deportista y lanzarse a la caza de récords». Son sendos reportajes donde nos muestran primeros planos de nuestras protagonistas, coincidentes sus rostros con aquellas que anónimamente aparecían en la imagen de Mundo Gráfico. Allí, bajo la cámara de Lázaro, otro personaje con apasionante biografía, se las ve saltar en remate de balones de cuero. Portando calzón negro y zamarra blanca. Vestidas con pantalón corto, calzas y botas reglamentarias, símbolo del progreso de aquellos primeros meses donde ni equipación tenían.

Fue una fama que les permitió abrazar un tímido profesionalismo, pues las giras y los partidos contratados contribuyó a poder cobrar 25 pesetas, como mínimo, ayudadas con un plus por goles anotados y otro por partidos ganados. Un interés en mejorar y progresar que se ve en sus trabajos sobre el viejo Algirós, importándoles poco tener que descontar en sus trabajos las horas dedicadas al fútbol, explicando esa voluntad de querer llegar que este equipo se mantuviera invicto durante 37 partidos. «Nuestro mayor anhelo», decía Consuelo García, «es que se formen los equipos femeninos suficientes para que se garantice una Federación propia, y con ella un torneo de Liga nacional».

—¿Se enfrentarían ustedes contra equipos de hombres? — Pregunta Malboysson a nuestras muchachas.

—¡Mira este! —exclama Nati Mora— ¿Y por qué no? ¿Se nos iban a comer o qué? ¡Huy, qué miedo!… ¡Cuando quieran!

Nunca pudieron, entre otras cosas por la absurda decisión de la Federación Valenciana que no sólo impedía estas mezclas o disponer de terrenos de juego, sino que con su actitud censora aceleró la desaparición de una etapa maravillosa que llevó a un grupo de amigas y pioneras a llevar el nombre del Valencia F.C. por el mundo.

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