Mi Querido Tiburón.

Alemany y el fin del Taylorball

En mitad de un desnorte sin precedentes llegó Mateu Alemany al Valencia. Dos años después, enseñó que hablar de estabilidad y proyecto en Mestalla no es una utopía, dejando un legado que siempre será recordado y puesto como ejemplo a seguir.

A un Valencia con la reputación por los suelos, en caída libre, regado de declaraciones públicas de tipos como Van Gaal aireando intereses sobre su persona que retrataban a la perfección lo que pensaba el fútbol de un trabajo en Mestalla —«llamenme cuando tengan un proyecto serio y sepan realmente qué quieren»—, llegó Mateu Alemany. Lo hizo en un ambiente enrarecido, de sospecha hacia todo lo que emanaba del club, abordado enseguida por ríos de incredulidad e historias rocambolescas sobre el cometido de su incorporación. Venía a llevárselos; venía a ejecutar una Due Dilligence y vender la propiedad; venía para ser el brazo ejecutor de Mendes…

Mismas películas que en su caída en desgracia han surgido en hilos robóticos y digitales piratas para justificar su final. Que si el consentidor de una red de comisionistas implantada por el entrenador… Que si urdidor de un macabro plan junto a Marcelino para usurpar el poder…

Abandonando el fango, lo cierto es que desde el inicio emprendió una lucha contra el hastío que el mallorquín ganó partido a partido, con pequeños gestos, una gran discreción, y un trabajo sordo que empezó a dar resultados desde prácticamente el primer día. Pues a su aterrizaje, engalanado, aquellas sencillas palabras expulsadas tras una hora de comparecencia pública, «hay que recordarle a la plantilla la importancia de acabar la temporada lo más arriba posible», hicieron que los resultados de un equipo desnortado mejoraran rápidamente. La primera figura de autoridad reconocible en la era Meriton fue suficiente para maquillar un curso que finalizó con los peores guarismos del VCF en sus 85 temporadas en primera división.

Pero su gran batalla discurrió en otros derroteros, consistente en esquilmar las disparatadas ideas implantadas durante tres temporadas por una propiedad sin partitura. Dispuesta tras tanta incompetencia a dar un paso atrás y poner las riendas de la empresa en manos de un hombre de fútbol, experto en esas lides. Es la entidad que encontró, llena de desechos del Barça que abogaron por darse a la buena vida a costa de un gran contrato sin trabajar demasiado, apostando por un modelo de perfil bajo contrario a la filosofía y la misma historia del club. Meros parapetos para desviar el descontento contra el dueño y cumplir con sus delirios. Saber leer esa jugada, imponiendo un criterio opuesto hasta sacar de la estructura a todos los elementos que comulgaran con tales sustancias, le otorgó su primera gran victoria.

Vio, escuchó, entendió y ejecutó. Cuatro pasos que Singapur jamás dio en cinco años en la capital valenciana.


«Aposté por Marcelino porque entendí que era lo que el club necesitaba en ese momento. Los valores y el estilo que él preconiza coinciden con los míos, y fundamentalmente, con los de la historia y con los que el aficionado más se identifica. Era el entrenador ideal»


Saber quién eres, qué quieres, y cómo conseguirlo. El segundo mandamiento expresado por Mateu: «Se puede ganar de distintas formas. En Mallorca decimos que hi ha diferents maneres d’agafar una figa d’una figuera. Si uno mide dos metros le resulta más fácil, los que no son tan altos cogen un gaiato o una piedra y tiran el higo abajo. Casi tan importante como el estilo es la mentalidad. Eso debe estar en la cabeza del club y del equipo, de los aficionados. La ambición, competir, y entender para qué sirve».

En este caso, el destino, unía a dos compañeros de purgatorio. Condenados a entenderse para coger figues, al ser incapaz uno de seducir a ningún entrenador de nivel medio-alto, y llevar año largo el otro sin ofertas de calado tras su última desventura. Un matrimonio perfecto.

En esa simbiosis, de roles bien definidos y poderes delimitados por contrato, pronto germinó el éxito. Limpieza, regeneración, reestructuración, y saneamiento. Un cambio radical que supuso para la entidad una remodelación agresiva, empezando por el presidente y acabando por el médico. Todas las líneas que configuran un club sustituidas en un verano, sumándole la salida de 19 futbolistas del primer equipo. Un viraje descomunal, necesario para levantar un proyecto carente de sentido. Nueva mentalidad, nueva metodología, distinta cultura del trabajo.

Pero la faena no resultó tan sencilla como suena. La crisis reputacional y el recelo que flotaba en el mundillo convertían en infructuosas las horas colgados al teléfono para convencer a futbolistas; añadiendo la escasez de presupuesto tras años fuera de la europa de los grandes. Raquítico para la nueva empresa que se tenía entre manos. La primera labor del CEO se imponía: Era necesario trazar una estrategia. La misma que Alemany emprendió en Mallorca años atrás, la de pescar en el mercado de futbolistas defenestrados, buenos peloteros con crisis de confianza y años desdibujados que en un contexto adecuado pudieran volver a brillar por un módico precio. El modelo Peter Taylor, que encumbró al Nottingham Forest en los ochenta. Es como consiguió a los Eto’o, Ibagaza, Stankovic y compañía. Y es como se contrató a Kondogbia, un meme en Milán. A Coquelin, la risa del Arsenal, y cía aprovechando su devaluación.

Cuatro duros en un portero y un central suplentes, y una ristra de cesiones con opción futura de compra fue la receta para salir del paso. Llegaban a cuentagotas, tirando de contactos para radiografiar personalidades que redujeran riesgos, requerían de tipos adecuados, pasando con ellos horas y horas de conversación para convencerlos bajo toda clase de argucias. Aterrizaban sobre la bocina, porque estirar el chicle hasta el último minuto era otra manera de ahorrarse dinero y jugar con la desesperación del vendedor ante un producto sin salida. Más que sentirse atraídos por el escudo o la camiseta, llegaban huyendo de su situación decididos gracias a la confianza, la ambición, que les transmitía la M&M.

Una hipoteca asumida que condicionaría los próximos cursos, pues la ejecución de esas opciones de compra marchitaron el margen de gasto, ya de por sí escaso, del segundo y tercer curso. Margen que hizo priorizar el paso lento al sprint. Una tónica que destaca en la segunda temporada a cargo, cesiones para objetivos imposibles y contrataciones inteligentes, al menor precio posible, y nunca por capricho, para cubrir carencias. El fichar por fichar quedó en el pasado. Cada jugador venía a cubrir un rol en un entramado donde la apuesta por la polivalencia era otra vía para estirar la hucha. Habían cocinado un bloque sólido, conjugando juventud, experiencia y personalidad, un vestuario sano, bendecido por un estilo reconocible y amoldado a las virtudes de sus futbolistas, sin necesidad de invertir millonadas, adecuándose a los ajustes financieros que imponía la propiedad (sólo generosa para sus caprichos) y la misma LFP, generando un ambiente exigente junto a una cultura del trabajo que revitalizó igualmente a las piezas indultadas. Porque no sólo trató de combinar futbolistas, en Paterna se generaron puestos o bien inexistentes, o vacantes durante años, para provocar tal resultado.

Y gualá. En un verano resucitó el VCF.


«Hay que discutir, pelearse, enfrentar opiniones… y a partir de ahí obtener el mejor camino hacia la mejora. En la toma de decisiones, el trabajo y el consenso son elementos fundamentales. A partir de ahí se consigue minimizar errores. Por tanto, si minimizas errores, minimizas riesgos, y el riesgo en el fútbol de equivocarse es muy alto y las equivocaciones se pagan caras. El pánico al error hace que uno sea muy cauto, dude mucho. Y si dudamos muchas personas seguramente tomemos mejores decisiones»


Fue la respuesta a otra de las peculiaridades en la llegada de Alemany. Afrontar de manera frecuente, a cada entrevista, o comparecencia, a la cuestión del poder absoluto atribuido al entrenador. Uno estipulado por contrato, no usurpado de ningún modo. Que a pesar de la insistencia en vender la posesión de tales atribuciones haya acabado instalando esa idea, lo cierto es que su poder real no coincidía con la exagerada percepción externa. «El entrenador tiene una visión extrema del club y sabe que decisiones deportivas que no son beneficiosas en el corto plazo para el primer equipo son buenas para el club. Las acepta, y apoya, porque es solidario con nuestras necesidades».

Trata de la segunda fase post aterrizaje del ejecutivo mallorquín. Dotar a la arquitectura del primer equipo de un grupo de trabajo. Coordinar una secretaría técnica arrinconada hasta entonces, darle un cometido, potenciándola a través de un plan específico para ella. Pues ante la escasez de recursos financieros, y una ausencia total de atractivo para seducir de algún modo a futbolistas interesantes, había que ejercer la anticipación.

Una dualidad que mezclara el corto plazo, la necesidad de competir aquí y ahora centrada en el consenso con Marcelino, y el futuro. Abordando situaciones que de esperar a los plazos naturales descartaría al VCF del mercado.

Es Longoria, es la construcción de su red de ojeadores que empezó con la contratación de uno de los tipos más talentosos que estaba a sueldo de la factoría Red Bull. Es amoldar lo heredado a esa nueva realidad de primeras espadas incorporadas a la secretaría técnica, la última llegada desde el Basilea, con el sacrificio de Vicente. Jefe de la parcela hasta ese instante. Un asunto que no se gestionó bien, respetando bastante poco su trabajo y figura.

Es Manu Vallejo, Musha, Diakhaby, Koindredi y demás. Es un plan frustrado cuando estaba cogiendo velocidad de crucero, con la vista puesta en conveniar clubes de segunda, e incluso europeos, para mandar a formarse en la exigencia continental a los jugadores que no encajaban, por inmaduros, en el primer equipo. Apenas dio tiempo para firmar con una entidad belga, y saltar todo por los aires. Una planificación que desmiente, una vez más, a Meriton y su paranoia construida para justificar lo injustificable. Dado que la producción de talento joven estaba en marcha desde hacía año y medio, enfocada no sólo a nutrir de futbolistas al primer equipo, sino como una vía alternativa de financiación. Utilizando a esos pececillos descartados para tu proyecto en operaciones para abaratar costes, o traspasarlos por cantidades jugosas y sacar un dinero, bien para tapar agujeros, bien para reforzar la plantilla. Algo similar a lo que hacen Chelsea y PSG, que recaudan bastantes millones al año vendiendo al tercer escalón talento que no alcanza sus estándares.

A la par que Alemany prestaba su rostro para ejercer de portavoz, rompiendo el aislamiento autoimpuesto de Meriton, con comparecencias regulares incluso poniendo paños calientes a problemas generados por la propiedad, o tragándose sapos que no le correspondían, dándole una cercanía y una representatividad a un club sin voz ni rostro, había pergeñado algo utópico en el Valencia: Un proyecto.

Por vez primera desde la muerte de Vicente Peris el club tenía una hoja de ruta. Un manual de instrucciones. Una mentalidad exigente, un estilo reconocible, una finalidad, una ambición. Un líder. Un plan. Uno. Irregular, con sus imperfecciones, cosas por mejorar, y errores, pero tras décadas de zozobra, saltos de mata, volantazos, rumbos erráticos y cambios de humor la institución había encontrado su lugar en el mundo. Todo el personal conocía su misión, su cometido y finalidad. Trataba de ser el VCF, el VCF de siempre. No la marca blanca de un tercero.

Tal vez en ello resida su caída en desgracia. Pues Alemany nunca fue un ejecutivo dócil. Peleó siempre. Defendio sus ideas, postulados y actuaciones. En la discreción en la cual se movía paró más de un desacato que amenazaba regresión. Osó, igualmente, poner fin a la influencia de Mendes, negándole en repetidas ocasiones ofrecimientos que requerían perder tres o cuatro piezas fundamentales para poder encajar la suya. Y se jugó el cuello por mantener al entrenador cuando todo el mundo apuntaba a su cese. Batalla que enterró su ya difícil relación con Murthy, distanciándose de Lim.

Reflejos reconocibles en los relatos que nos llegaban desde las islas cuando se preguntaba por cómo era el Alemany ejecutivo. Narrándonos su aguante con los entrenadores desde esa anécdota cuasi suicida, dada la presión social, mediática, e incluso del propio Grupo Zeta, propietario del Mallorca, que pedía a gritos el cese de Cúper con el equipo penúltimo. Ruído que jamás escuchó manteniendo la confianza en el argentino para firmar un final de temporada apoteósico.

Un tipo con las ideas claras, de experiencia en las cumbres del fútbol, que tanto allí, como aquí, conjugaba un dúo ideal con entrenadores de nivel y personalidad. Contando, entre otros, con Aragonés y Héctor Cúper (por dos veces). Moviéndose con maestría entre bambalinas instalando ese papel de poli bueno-poli malo con sus técnicos que avivaba vestuarios y solucionaba problemas. Aprieta cuando hay que apretar. Abraza cuando hay que abrazar. No es de extrañar que consiguiera hacer del Mallorca un habitual de los puestos Champions, dándole tres finales y dos títulos entre 1998 y 2006, y aquí, en un club derruido dado ya por perdido para el fútbol moderno, acabara recordándole el camino del éxito.

La Copa puede alzarse en el mejor indicador de las nuevas ambiciones llegadas desde las Baleares, dado que tanto en el primer curso, como en el pasado, fue el vestuario, con su entrenador al frente, el que apostó por un título que acabó cayendo al segundo intento. La mejor guinda al proceso de reconstrucción que empezó Alemany en marzo de 2017 y que puso al Valencia por primera vez en once años en el disparadero. Una reentré en la élite de manera brillante que seguía un proceso lógico, de pequeños pasos, uno detrás de otro, en constante avance hacia delante. De un poder simbólico descomunal tratándose del centenario, conseguido siguiendo a pies juntillas la doctrina del Bronco y Copero en un ejercicio poético de tintes históricos.

En definitiva, fue un proceso que hizo a la gente, al fin, dejar de sentirse avergonzada de los suyos para identificarse tras años de divorcio con su equipo. Un grupo que respetaba el estilo combativo, irreductible ante la adversidad, convencido de la idea que ejecutaba. Reencuentro con todo lo que siempre se fue, se quiso ser, y se anhelaba recuperar propiciado por un mallorquín y un asturiano. El VCF ya no era un ente extraño, había conexión entre la grada y el césped. Unidad. Y una aliviadora sensación de esperanza en el futuro tras años y años de mirarlo con temor enfrascados en una permanente caída libre sin fin.

Es el gran legado de esta breve etapa. Devolvernos el Valencia. Y más importante que eso, meterle en la cabeza a tanto obtuso y pirotécnico la senda a seguir.

Además, bajo su mandato, por vez primera en años el gasto en fichajes superó con creces los ingresos por venta de jugadores. Un crecimiento basado en la obtención de resultados, en competir por lo más alto, en lugar de fiarlo al mercadeo de futbolistas. Los «riesgos controlados». Recuperar el prestigio en el césped se tradujo en más abonados que nunca desde el inicio de la crisis. Recuperar el nivel de ingresos por patrocinadores que existía en 2008. Sumar un plus por rendimiento que llegará vía TV para ayudar en un futuro próximo a amortiguar cualquier vuelta a atrás. A utilizar los premios Champions para reducir déficit en lugar de hacerlo cercenando el potencial crecimiento del equipo. Revalorizándose con todo ello una plantilla devaluada de la que sacar más dinero ante la emergencia.

Con los precedentes no puede sorprender que pretendan sentenciarlo con esa frase de que no encaja en el nuevo modelo. La visión de Alemany fue siempre la visión de un hombre de fútbol, chocando radicalmente con los postulados de gente que ignora sus códigos y tiempos tratando esto como un producto financiero.

Aunque el mayor error del Director General fue la confianza en una idea. No saber leer la personalidad de tipos que no toleran que les contradigan. De una soberbia desmesurada llevándoles a pensar que hacerles cambiar de opinión en lugar de obedecer es desafiarlos. Creer que los resultados apaciguarían las brasas ha sido el final de todo. Insistir en su oposición a entrar en el intercambio de fichas de Mendes, prevalecer el bloque ante la carencia de recursos antes que desmantelarlo para encajar en los libros de contabilidad piezas que no suman en el campo, insistir en el Taylorball para subir el nivel de la segunda unidad buscando evolucionar un equipo campeón que lo tenía todo para proseguir con su escalada a los cielos, y utilizar la ingeniería balompédica para cubrir pérdidas o reforzar la delantera sólo añadieron más leña al fuego.

Porque hay muchas maneras de perder, y en esta, hubo una parte que no quiso capear la tormenta. Pensando en los intereses del club, ante un violento cambio de rumbo, firmar una rendición amistosa hubiera sido un mejor final. Pero el timing de Singapur no es el timing del fútbol.

Llegados a cierto punto sólo una de las partes dispuso la otra mejilla tragando con Mangala, con la revisión médica desaconsejando su contratación. Aceptando que las funciones ejecutivas plasmadas en sus contratos quedarán en papel mojado. Fichando sólo dos de los cinco futbolistas escogidos desde abril. Quedándose en la plantilla a un juvenil que entendían demasiado verde para los altos vuelos que querían conquistar. Regresando al catálogo de Gestifute para atender una emergencia. Y una vez más, cuando todo parecía en calma, con atisbos de reconducirlo hacia una transición pacífica, estalló en forma de venta de Rodrigo el conflicto. Negociación que mutilaba la pieza clave del engranaje ofensivo del entrenador a escasos quince días de empezar la temporada, y con amenaza: Su sustituto lo pondría Singapur, sin atender estilos o encajes en sistemas, o no vendría nadie.

Incluso así, hubiera sido deseable que alguien como Alemany intentara calmar a un Marcelino que sentía su trabajo constantemente amenazado.

Un paréntesis que recordó las consecuencias de dejar los mandos en manos de Meriton. Una despedida del jugador sin los contratos firmados ni el trato cerrado que le hizo regresar a mitad camino ante el bochorno general. Una cantidad de facilidades ante el rival al que se pretendía alcanzar en la anterior realidad que rozaban la humillación pública. La cruda deshumanización del capital sobre los valores.

Sin comunicación posible con la torre de marfil, el consenso, la discusión interna, pasaron a mejor vida el 25 de mayo para saludar al ordeno y mando. Visto todo lo ocurrido, puede que sintiéndose ejecutados, y con fecha de caducidad tatuada en la frente, prefirieran escoger morir con las botas puestas en lugar de dejarse llevar hasta el 30 de junio, cargando con taras que no les corresponden.

Iniciado el empastre, lo razonable hubiera sido posibilitar un año de transición, sin tanto ruido, ni heridas, privando a un equipo recién coronado de disfrutar de su gloria, una guinda más deseable a este periplo de bonanza. Aunque ante una propiedad incapaz de escuchar, encerrada en su burbuja, decidida a romperlo todo usando modos que transmiten un aire vengativo desde el principio, cabe preguntarse si eso hubiera sido posible.

Que en el fondo, es donde reside lo más trágico del asunto, la pérdida tan traumática de un proyecto hecho a medida del Valencia. La 19/20 reunía todos los ingredientes para seguir haciendo historia. Una de verdad, la primera historia con cimientos, sin pies de barro, ni sujeta a la volatilidad. Pues con Alemany jamás se estuvo tan cerca de recuperar el perfil de los Colina y Peris. De enmendar la terrible irregularidad que asoló al Valencia desde la desaparición de esa figura-eje en el seno del club. Un vacío que explica el porqué desde entonces apenas se han sabido sumar dos años seguidos en el Top-4 en seis ocasiones de las últimas cuarenta y seis temporadas.

Pero a la vez trata de su verdadero triunfo. El paso de Alemany por Mestalla ha enseñado que no es utópico exigir proyectos sólidos y coherentes. Que hay vida más allá de la ciclotimia y las idas de olla. Es un legado que resonará durante años en todos los foros para exigir regresar al Valencia del centenario cuando la desfachatez que persigue a la entidad la zarandee como acostumbra a hacerlo desde 1973.

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