Retalls de premsa Serie Centenari

La rebelión de los plumíferos

Tras la final de Copa de 1934 el VFC se las prometía felices. Una inversión en jugadores con nombre auguraba una vuelta a la final para esta vez ganarla. Sin embargo, engendró un conflicto interno que desmontó todo lo logrado meses atrás.

Nada invitaba a pensar que todo se torcería de la manera en que lo hizo. En aquel Valencia, transformado ya en un recuerdo de los años iniciales, la celebración de la derrota disimulaba el resultado de la final. Tal vez a dicho desahogo ayudara el sobrevenido optimismo que se vivía a nivel político. Pues la presidencia de Samper culminaba el viejo sueño blasquista, el de convertir a València en el epicentro de la República. Su gobierno, aupado gracias a la influencia del diputado Sigfrido Blasco, manejando como nadie la mayoría valenciana en la bancada republicana, trajo un reguero de promesas en forma de millones que hasta entonces, y así seguirían a pesar de prometerlo, nunca pasaron de históricos reclamos.

Fue el ambiente que se encontró el socio y viejo alcalde cuando una pausa en su quehaceres gubernativos le llevaron a anunciar un viaje relámpago hasta València, visita programada como la antesala de una próxima oficial, que echaría a la gente a la calle alargando un poco más la borrachera. Pero en esta ocasión, la llegada respondía más a tintes personales, a resarcirse de un resquemor provocado por la crisis política instalada en Madrid impidiéndole sentarse en el palco de Montjuïc a contemplar cómo el representante deportivo del proyecto republicano valentino alcanzaba la cima en aquella final.

La excusa para tour por tan tortuosas carreteras trataba del homenaje a Pasarín, el desangelado homenaje —impropio de aquellas masas entusiastas— a uno de los puntales del último lustro, motivo suficiente para que el presidente del gobierno accediera a Mestalla invocando una ceremonia que no pudo tener lugar en Barcelona. Pero ni esas. La volatilidad de los tiempos dejó todo dispuesto, como si los días no hubieran transcurrido, para un viejo socio que otra vez vio como los sobresaltos de la época le obligaron a salir disparado hacia Madrid, dejando a su hijo a cargo de entregar al club la copa que regaló personalmente a la entidad por tal éxito, recibiendo finalmente los equipiers valencianistas las medallas de subcampeón que no pudo colgarles el mismo Samper al cuello el día de marras.

Sí, eran instantes de euforia para una entidad que por vez primera se veía donde soñó verse siempre desde que cruzó el umbral del Bar Torino. Pero también madre de males de altura que darían al traste con todas aquellas ilusiones. Pues la segunda borrachera llegaba a modo de convocatoria, dado que ante el último amistoso preparatorio para el mundial de Italia el Sunderland inglés chafaría Mestalla midiéndose a un combinado español que contaría entre sus filas con Torredeflot, Enrique Cano y el veterano Pasarín. Tres de una tacada compensando la marginación constante que los clubes valentinos padecían para con la selección, y que mantenían, allá en la lontananza, a Cubells y Garrobé aún como sus únicos internacionales.

Definitivamente, estamos ante tiempos convulsos y transformadores, efluvios culpables de hechos simpáticos como observar a la efervescente Penya Ruzafa fundando el Vilanova F.C. en honor al ídolo barrial, equipier y delantero valencianista, santo súbito de aquella València popular.

También trataban de horas finales para un glorioso pasado, dado que durante ese mismo verano se emprendería la reforma que adelantaría el fin de los campeonatos regionales. Pues ya no serían torneos de liga independientes, granjeadores de rivalidades y entusiasmos, sino que ahora, transformados en «supraregionales», combinaban por proximidad a distintas regiones disfrazándose de escueta fase previa de la Copa, deparando a los vencedores de la liguilla un billete directo a los octavos, enviando al resto a una compleja repesca a cara o cruz dirimiéndose los contrincantes de los octavofinalistas en dicha ronda.

Muerte cuyo hueco sería llenado con una nueva, efímera y extraña competición de nombre propio en muchos lares, como la Copa Vizcaya, Copa Madrid o Andalucía, y que aquí se quedó en un sencillo Copa Federación [Valenciana] cruzando a los mejores teams de la localidad en un cuadrangular de encuentros a 45 minutos; coronándose el Fé-Cé como su primer campeón.

Una nueva gloria para endulzar aún más las insensateces que se escuchaban, y leían, con frecuencia desde el mal de altura provocado por la finalísima disputada semanas atrás. Las exigencias de contratar jugadores ases que ayudaran a culminar el sueño tocado con la punta de los dedos en Barcelona surcaban las calles como el viento. Era evidente, empezando por la despiadada crítica de Colina a su delantera, que se necesitaban refuerzos en la línea ofensiva. «La gente espera a Iraragorri, Lecue y Gorostiza, pero los cuatro no podrán venir por 7000 pesetas. Acabará viniendo un joven impedido que acabará siendo un fenómeno», ironizaban en La Correspondencia.

Pero nada como el cinismo filosófico de Hands en El Pueblo, «andamos escamados, como los peces. Y como ellos desconfiamos. Gastarse 15 mil duros en dos jugadores magníficos es hacer un negocio. Derrocharlos como el año pasado en gente inválida, inútil, es ruinoso. Como la primera determinación es de sentido común, esperamos que se adoptará la segunda. Cuestión de costumbre».

Ni siquiera el delicado estado de las finanzas evitaban decisiones alocadas, ni las evitarían, pues los primeros convencidos en saltarse el mandamiento de un «Valencia grande es un Valencia humilde» estaban en la directiva. Apenas contrató Colina a Juan Ramón, procedente del Gimnástico, prescindieron de su criterio, y el del mismo Greenwell, trastocando una plantilla que veía con estupor cómo todos los días, ella, que había conseguido el mayor éxito en la historia del club, era tratada de mala, viéndose muchos de sus puntales reducidos al desprecio, a la insignificancia más absoluta.

Son intenciones que Hernández Zafrilla plasmó muy bien en el diario de la burguesía, El Mercantil Valenciano, en su previa al estreno del nuevo curso.


«Este éxito, como cierre de la temporada oficial anterior, fue espolique animador para que los directivos del club de Mestalla se decidiesen a reformar ligeramente el cuadro de jugadores, sustituyendo a las figuras que aprecian difuminadas, y fuera de foco, por hombres de reconocido prestigio. El trabajo de sustitución ha sido arduo, pero el éxito ha coronado casi por completo las gestiones de los dirigentes del club campeón valenciano. Los hombres que llevan el timón del club de Mestalla aspiran ahora a que su equipo repita la hazaña de la temporada anterior, y hasta que si es dado la mejoren. Su mayor anhelo es traerse al club el trofeo que el año pasado tuvieron a un sólo goal de distancia»


Pero no, no lo harían. Imposible. El mal lo metieron ellos dentro. El pésimo estreno del supraregional auguraba tempestades. El malestar en el vestuario saltaba a la vista. La desautorización a Colina, apartado de sus funciones, era la comidilla en cafés y tertulias. Las exigencias, broncas, y alertas de Greenwell sobre el nefasto criterio adoptado, desoídas. Todo respondía a la obsesión local de ver con el murciélago en el pecho a Gaspar Rubio. Un hombre volcánico, más noticia por armarla en el Athletic madrileño que por su fútbol; y ni con esas hubo manera de hacerles entender a los mandamases mestalleros de lo desacertado de aquella contratación. Siquiera las grandes plumas madrileñas avisando del problema que se metían en casa hizo mella en la obstinación de un presidente, Adolfo Royo, mutado en piromano.

Tampoco valieron de nada los informes del secretario técnico ni las valoraciones del entrenador oponiéndose a la llegada de un obeso Goiburu, la segunda estrella contratada, y que al igual que Gaspar, venía de ser expulsado del Barcelona por su dejadez, nulo rendimiento y peor comportamiento. Eran nombres con más pasado que presente. Alejados de sus días de gloria. Eran meros recuerdos con botas de lo que una vez llegaron a ser, viciados por un entorno personal que les condujo a un mundo de derroches y excesos a temprana edad.

Además, llegaban por imposición, tocando aspectos sagrados. Arrinconando a hombres con influencia y amores en el entorno. El rodar del balón simplemente confirmaría los peores presagios mostrándonos a un Rubio que salía a pasearse. Sólo interesado en recibir el esférico para deleitar al respetable con dos filigranas que no servían para nada, no moviéndose del sitio cuando el cuero serpenteaba por otras parcelas. A Goiburu, lo que le pesaba era la panza, no la apatía. Siendo jugador que a duras penas aguantaba media hora, la única fracción de tiempo en el cual rendía acorde a su sueldo.

Definitivamente, en ese vestuario de equilibrios rotos y paz traicionada era imposible la convivencia. La labor de Greenwell quedaba reducida a la de diplomático, gestionando incendios provocados por terceros, víctima de una nueva sacudida cuando la moda de los húngaros cruzó los Pirineos y empezaron a publicarse rumores de ofertas de 20 mil francos por un tal Janos Acht, del famoso Újpest, guardameta internacional llegado tras los pasos del contratado por el Madrid, suponiendo la salida de Nebot, el eterno complemento de Cano, y la amenaza velada a la titularidad de éste tras estrenar su internacionalidad, pues no eran pocos los detractores de un manitas de plata aún habituado a romperse la crisma contra los delanteros ausentándose durante prolongadas semanas debido a los golpes encajados.

Muesca que fue la gota que colmaría la paciencia del entrenador inglés, harto de las injerencias, incapaz de aguantar las revueltas violentas de jugadores que empezaban a protagonizar altercados serios con la directiva, negándose en muchos casos a jugar o aplicarse sobre el terreno de juego, en otros, teniendo que elevar al máximo el derecho de retención evitando fugas en masa de equipiers no dispuestos a ver cómo los nuevos se llevaban unos sueldos que a ellos se les negaban.

La consecuencia lógica de todo aquello no podía ser otra que un supraregional mediocre, de resultados que amenazaban la clasificación para la próxima Copa. Torneo que valdría al Levante la confirmación de su nuevo dominio local. Y allí, en un calendario que llevaba el inicio liguero a diciembre, dejando los primeros meses del otoño para los regionales, un Greenwell harto de todo y de todos, dimitía antes de llegar al ecuador del campeonato, aposentándose en un Gimnástico decadente que le aseguraba estabilidad y respeto por su faena quedando el Valencia a la vieja usanza, dirigido desde el palco por alineadores en una nueva demostración de las artes de una dirigencia empecinada en su aventura.

Tratan de instantes en los cuales los papeles ya empiezan a mostrar signos de franca oposición. Pues eran demasiados damnificados. Colina, desautorizado, íntimo de Sincerator, no desaprovechó sus contactos para vender su drama. Vilanova, arrinconado por Rubio, siendo del PURA tenía casa en el muy influyente El Pueblo, contando con una legión de seguidores en Ruzafa. Igual que Cano. Iturraspe, otro puntal cuestionado, era considerado imprescindible en la medular, teniendo que verse sentado primero por un ahogado Goiburu y luego por un desconocido Santacatalina, llegado del Sporting Canet por gracia de otro corbata. A Torregaray se le apartó por no estar dispuesto a correr cobrando menos que otros que daban la mitad. Y Torredeflot, el bravo y excelso extremo, asistió atónito a la dura pugna con el Barcelona por el fichaje de Jaso, joven prometedor del Levante en otra operación que levantó polvareda en las rivalidades latentes en la urbe; no sentándole nada bien al catalán aquel gasto en un chaval que no demostró nada en un fútbol de plantillas de 14 futbolistas y posiciones fijas. Joan Costa, el hombre de los goles milagrosos, contribuiría decididamente a la fiesta llevando al límite de lo tolerable sus habituales ansias de regresar a Girona… Todo podía salir mal; y saldría.

En ausencia de míster, fueron semanas de anarquía, de entrenamientos disueltos, jornadas aprovechadas para darse a la buena vida. Despojados de autoridad, abandonados a su suerte en un exceso de mimo a unas estrellas que nunca dieron las prestaciones exigidas a cambio. Es el panorama que encontró un Fivébr llegado de urgencia finiquitando con él un modelo alineador que deparó jugadores con sobrepeso y fuera de forma, apáticos, agriados… obligando enseguida a muchos de ellos a realizar entrenamientos extra, de horas de duración. Pero ni siquiera el carácter y vis dialogante del checo, de método disciplinado, consiguió resultados extraordinarios. Aunque obró el milagro de poner fino a un Goiburu que aun así seguía ofreciendo breves destellos de calidad, cada vez más largos e intensos, pero incapaz ya para siempre de extenderlos lo suficiente en el tiempo como para firmar partidos dignos de mención. Fue más o menos como Antonín pudo salvar la papeleta, a arreones, propiciando una reacción a última hora gracias a la irregularidad de sus contrincantes, recogiendo un Valencia que al cierre del torneo aún tuvo opciones de ganar el supraregional. Cosa que hubiera hecho de golear al Hércules en Mestalla en lugar de vencer por 2-1, condenado ahora a jugar una repesca en mayo para verse en los octavos de una competición cuyos directivos todavía pretendían ganar.

Insensatez sin acompañamiento, ya que incluso en esas, en lar tan dado a los optimismos gratuitos y a las campanas al vuelo, las predicciones de cara al importante estreno liguero no eran nada halagüeñas entre la crítica periodística. Subyacía, además, cierto hartazgo en que la única misión del Valencia desde su irrupción en la primera división consistiera en salvar la categoría, «recordamos que el Valencia, club poderoso, sostenido por una afición enorme que se traduce en taquillas esplendidas, podría, con sentido de sus dirigentes, mantener un grupo de hombres capaces de aspirar a algo más que ‘quedarse’ para el año venidero», lamentaba Hands.

Quedaba quien veía un halo de optimismo. Rubio, se decía, él mismo lo decía, estaba en la flor de su carrera con apenas 26 años recién cumplidos. Her Tony revitalizó a la escuadra, y agradaba mucho saber que puso a entrenar a Costa en sesiones específicas para hacerle mejorar su remate y enseñarle a utilizar la pierna derecha, igual que hacía con otros elementos de la plantilla buscando evolucionar técnicamente a sus equipiers.

En el fondo, falsas esperanzas alimentadas por la triste y postrera reacción durante el supra. Pero las heridas eran demasiado profundas, sanguinolentas en cuanto la ligera capa de maquillaje se evaporaba. Los dirigentes y el aficionado iban por un lado; los jugadores por otro; y las editoriales por el suyo.

Mientras los regates insulsos e ineficaces de Rubio despertaban excitación en las masas, su frialdad, falta de implicación, rebeldía e individualismo nada efectivo y alejado de cualquier coordinación con el grupo cosechaba críticas en los papeles al igual que divisiones en el vestuario. Unos, desde sus columnas, exigían que sacaran a Vilanova del ostracismo por el bien de todos. Otros, desde la grada, alababan cualquier gambeta para denigrar al xiquet elevando al mago Gaspar a las alturas. Ambiente bajo el cual se recibió al Espanyol en el estreno liguero, un poderoso rival, venido a menos, al que se le perdió el respeto por alguna extraña razón, pensando en doblegarlo fácilmente. Debió tal cosa estar alimentada por la creencia popular que afirmaba que en dicho escenario las artes plásticas de los ases se amoldarían mejor que en un torneo regional de rivalidades exacerbadas madre de encuentros broncos y violentos.

Ah, pero la realidad… la realidad fue que los pericos vapulearon a los merengues por 1-3, evidenciando los mil defectos y carencias que se dejaron ver en el Supraregional. Alimentando aquella penosa estampa los malos augurios de los cronistas. Mientras el público jaleaba cualquier acción virtuosa de Gaspar Rubio, acabando en nada, el equipo iba encajando golpe tras golpe hasta su desmoronamiento final. Tan evidente debió ser la sangría que un directivo espanyolista declaró a Mundo Deportivo que «Rubio está hundiendo al Valencia».

Precisamente, por aquella grieta, saltaron los diques que contenían las aguas. La tétrica imagen ofrecida permitió hablar sin tapujos del temor al descenso, engordado días después por la no menos penosa actuación obtenida en Getxo, con la consiguiente derrota. Sin ser aquellos los mejores tiempos para la ironía ni las medias tintas, Sincerator decidió dar un paso al frente capitaneando la rebelión de los plumillas —o plumíferos, como se hacían llamar entonces—, emprendiendo una campaña de acoso y derribo contra la política deportiva del club y sus responsables, poniendo en el centro de todas sus iras a Gaspar Rubio. Exigía cabezas y rectificaciones. Una osadía, a sabiendas de lo entusiasmado del aficionado con el astro, que le costaría una oleada de ataques y críticas callejeras llevándole incluso a abrazar una huelga autoimpuesta. Es decir, a desaparecer de las páginas de Las Provincias durante dieciocho días, no sin antes despedirse como sólo él sabía hacer, escribiendo una crónica según veían las cosas los aficionados y no como sucedían realmente en el terreno de juego, todo un ataque frontal buscando poner al hincha frente al espejo, evidenciando lo absurdo de su postura, pues en esas líneas transformó los bochornos que dejaba el equipo en el campo en auténticos partidos de época con un hiriente tono burlesco.

A esas horas del día, el conflicto alcanzaba tales dimensiones, participando en él El Pueblo y La Correspondencia, que daba el salto a la escena nacional gracias a la pluma del influyente Rienzi, un valenciano en la vieja cohorte que no perdía de vista la actualidad de su tierra, uniéndose en la preocupación con un demoledor comentario en Informaciones.


«Se me dio cuenta del descontento que en algunos equipiers valencianistas —de los que la temporada pasada todo precisamente lo dieron por sus colores— habría provocado cierta inclusión en el equipo. Colina hizo todo lo humanamente posible para convencer de su error a unos directivos que de la noche a la mañana olvidaron a cada cual lo que no se debe olvidar. Yo soy el primero en haber elogiado, subido y hecho a algún equipier. Aun reconociendo que el equipier es de lo mejor que ha tenido España, lo complicado de su psicología o los malos consejeros que le acompañan le han puesto en una situación que, aún siendo el mejor, su fruto no puede ser más nocivo para un club. Hablo sobre hechos que nadie puede discutirme. No tiene perdón que los culpables no juzgaran lo bastante su mala valencianía habiendo contribuido con su ceguera a que un club como el Valencia, en lo mejor de su moral deportiva, que le llevó por méritos propios el pasado año a disputar una final de Campeonato de España, firmara actuación tan lamentable en un campeonato regional frente a un Betis, un Sevilla, un Hércules y un Levante que hubo de ser un suave paseo. Han destrozado en el Valencia su mejor tesoro. Aquel entusiasmo, aquella abnegación, de sus equipers. Aquella unión sagrada entre todos que era la llave madre de todas las victorias»


Secundado por Miquelarena, otro plumilla de postín, en ABC: «Esa victoria del Español sobre el Valencia en Mestalla es conseguida por culpa de los que se empeñaron en seguir creyendo en Rubio a orillas del mediterráneo».

Convivencia turbada hasta puntos tan insospechados que incluso Las Provincias en período de huelga rellenó «los deportes al día» con gacetillas de socios y aficionados que secundaban las opiniones de Sincerator demandándole a éste recapacitar, regresar a la denuncia activa cargado de razones como estaba. Fue en ese caldo de cultivo, ante la inminente llegada del temido Athletic Club, cuando se produjo otro suceso maravilloso, propio de la época e impensable en nuestro tiempo. Trata de una carta publicada por el diario conservador firmada por los hermanos Fernando y José González, integrantes del equipo infantil del Valencia F.C., dando rienda suelta a sus pareceres sobre el entuerto: «Señor Sincerator, nos tomamos la libertad, por la presente, de dirigirle estas líneas con ruego de que se sirva darlas a la publicidad para ver si los encargados de la formación del equipo del Valencia F.C. tienen a bien tenerlas en consideración con miras al equipo que se ha de oponer al Athletic de Bilbao el próximo domingo. Dado el escaso rendimiento que han venido dando los formados hasta ahora, teniendo en cuenta las características del once norteño y lo difícil que se presenta la Liga este año para nuestro Valencia F.C., creemos nosotros que es llegado el momento de adoptar medidas que pueden tender a la alineación de once jugadores que por sus condiciones y dotes de entusiasmo logren lo que hasta ahora parece problemático. Esto es, el rendimiento técnico adecuado a la importancia del club y la unidad moral tan necesarias. Nosotros creemos que el equipo del Valencia, el próximo domingo, debería ser el siguiente: Cano; Melenchón; Juan Ramón; Santos; Bertolí; Conde; Torredeflot; Goiburu; Jaso; Abdón y Richart. La alineación de Abdón en el interior izquierda tiende a la posible combinación de que si la línea media no diera rendimiento, podría sustituir a Conde pasando éste a interior izquierda (en cuyo sitio ha jugado ya), y podría sustituir al medio centro, en cuyo sitio Abdón ha demostrado buenas aptitudes. Con cuatro medios en el equipo, en momento dado, podría defenderse también la ventaja de un resultado (ojalá), ya que para contener al Athletic, todos los medios van a resultar pocos. Las ausencias de ases que se aprecian las estimamos convenientes porque se va viendo que es preferible el entusiasmo y la buena voluntad al lucimiento personal con evidente perjuicio para el club».

No necesitó más el titular de Las Provincias, los hechos evidenciaron su razón, y así saltó al ruedo en «La soledad de dos en compañía», tras días de sepulcral silencio. «Conocen nuestros lectores la campaña que venimos sosteniendo en defensa de los verdaderos intereses del Valencia —como principal exponente del deporte local—, aun en contra de lo que opinan muchos de los que nos leen y en contra también de la manera de pensar de los que dirigen el club. Un día y otro, con la firmeza que es nuestra norma y el tesón del que defiende una causa que cree justa, hemos venido aduciendo razones, textos, comentarios, opiniones, en apoyo de nuestros puntos de vista que encuentran en el campo y en las clasificaciones, desgraciadamente, su elemento de juicio más incontrovertible. Poco a poco hemos ido viendo también que van aumentando, y ya son legión, los que van compartiendo nuestras opiniones y se han mostrado solidarios con nuestro proceder animándonos a seguir en nuestro camino emprendido que comenzamos a andar solos, y ya encontramos a muchos conocidos. Agradecemos las voces de aliento y adhesión por lo que valen más que por la influencia que han de ejercer en nuestro ánimo, decidido ahora, como antes y como siempre, a seguir la línea recta, que es la más corta para llegar a la verdad».

A los pobres muchachos del equipo infantil, sin embargo, no les hicieron demasiado caso, pues el XI que saltó a medirse con los leones estaba compuesto por Goiburu y Rubio, con inclusiones interesantes, como el inesperado regreso de Iturraspe, o la de un Torredeflot cada vez más beligerante con la situación, escudados ambos por un melifluo como De Santos. Aunque aquel encuentro sí aportaría un verdadero valor histórico, pues traza la primera titularidad liguera de Juan Ramón en Mestalla, acompañando a un Melenchón, que junto a Cano cerrando el triángulo mágico, firmaría su primer gran partido como valencianista, fundando allí mismo aquellos tres una sociedad inquebrantable que daría el triunfo al equipo esa misma tarde, y varias jornadas más en el futuro. Puntos inesperados en virtud de un gol de Richart en el 23 que sorprendió al mundo entero, estando como estaban los enterradores esperando el féretro de un Fé-Cé acostumbrado a los trompicones. Bálsamo que no se libró de ciertos reproches de un Sincerator fortalecido en sus argumentos, «los que jugaron como jugó el Valencia el domingo, dándolo todo, no pueden retroceder. Saben hacerlo y no insistir será demostrar que no quieren. Lo que siempre es más censurable que no poder».

Pero, evidentemente, no iba a insistir mucho aquel equipo. No. A la consiguiente derrota ante el Betis por 3-0 le siguió un montaña rusa de debacles y triunfos. Ganaba 2-1 al Sevilla como perdía 3-1 en San Sebastían ocupando así el último lugar en la clasificación. Venciendo 2-0 al Racing para ser goleado 5-2 en Madrid por el Athletic capitalino. Metiéndole un 4-1 al Madrid en Mestalla para perder el siguiente envite por 0-4 ante el Oviedo.

Eran caminos tortuosos, pero lógicos, teniendo en cuenta los precedentes y ambientes. Trayendo aquella ensaladilla de sinsabores una vuelta de tuerca más entre la relación equipo-entorno, propiciada por un comentario de Giménez en El Pueblo que señalaba a las claras a los equipiers blancos tras el último descalabro: «Podríamos decir que los jugadores de nuestro campeón, haciendo caso omiso de la ansiedad de sus partidarios, que son tantos, de sus directivos y de la afición valenciana en general, se han propuesto derrumbar, echándolo todo a tierra con estrépito, convirtiéndolo en añicos, el pabellón valencianista que tanto costó levantar y sostener. ¡A ver jugadores del Valencia si aún queda en vosotros un átomo de pundonor y vergüenza deportiva!».

En ciudad de lugares comunes y coincidencias en reducidos ambientes era cuestión de tiempo que el plumilla recibiera alguna amenaza o intento de agresión por parte de algún equipier ofendido por los comentarios, aspecto que el interesado no se tomó demasiado mal a tenor de las líneas publicadas tras ‘aclararle’ el malestar de la plantilla por sus palabras, «¡hombre, no está mal!, y nosotros que confiábamos en que nos estarían agradecidos por las elevadas recomendaciones que en todo momento les hacemos, con la mejor cortesía y distinción, con miras a una adecuada rectificación de conducta que coloque al club campeón a la altura de su prestigio».

Como fuere, la realidad es que el hartazgo por la situación provocó movimientos. Una directiva pasiva y patatera empezó a tomar cartas en el asunto apretando a una plantilla hecha para los altos vuelos y no para aquellas posiciones últimas que ocupaba. Encontrando Fivébr finalmente libertad para organizar sus alineaciones sin temor a sentar al ojito derecho de los mandamases, enviando al rincón de pensar a un Rubio ya cuestionado por parte del entorno al llegarles no sólo su nefasto papel en Madrid, falto de entusiasmo, flotando por el terreno de juego sin atender al mismo en ningún momento, sino también al adquirir mayor conciencia del problema gracias a los avances tecnológicos. Pues en aquellas fechas, enero del 35, Actualidades Film empezó a emitir los partidos del Fé-Cé en los cines de la ciudad dando argumentos a un público que ahora podía juzgar a los suyos no sólo por las actuaciones en Mestalla, sino también por las foráneas.

Es como se inició la segunda vuelta, con Vilanova en el XI, Rubio en el banquillo, Tonin Conde de capitán e Iturraspe de caudillo. Un equipo que se conocía, se respetaba, que hizo de su origen local su mayor fortaleza y que ya dio muestras de mejora en la última jornada de la primera ronda a pesar de perder 3-2 ante el Barcelona, confirmando las sensaciones con un sonado triunfo en campo del Espanyol, autor de nuevos hechos sensacionales en aquella cruda guerra fría.

Primero llegaron los comentarios como el de Hands, «para recalcitrantes engañados por un paso de vals o una pausa ante la defensa contraria, lo de Vilanova no sirve. ¡Qué le vamos a hacer! Si este no tuviera algún pero, tenemos la seguridad de su ausencia del Valencia. Jugaría en el Madrid. Habrá muchos asegurando que todo es suerte. Nosotros creemos lo mismo. La suerte es del Valencia por contar ahora no sólo con jugadores que saben demasiado, sino con uno que no tiene interés en ser catedrático. Con lo suyo le basta. No aseguramos que solamente un hombre pueda resolver un partido, pero sí que uno sólo pueda hacerlos perder todos».

Era evidente, aquel Valencia no era el mismo con Vilanova en el once, un jugador todo pundonor, decidido en el remate, inquieto, capaz de aparecer por todas partes sacando un balón de cabeza en su área o rematando otro en la contraria con un minuto de diferencia. Era un equipo más compacto, de trabajo en grupo, sin divos ni islotes que descompensaran la formación. Suficiente para la lluvia de reproches, «qué casualidad que sin Rubio en el once el Valencia no pare de sumar puntos», suficiente para que en aquel despertar las crónicas de El Pueblo, diario que rara vez hacía uso de la imagen, apareciera jornada tras jornada con una foto de Vilanova, una foto de carnet, un primer plano de un Vilanova sonriente, con mueca canallesca, poniéndole rostro a la reacción y reivindicando a uno de los suyos, acompañando a aquellas letras ristras interminables de menosprecios a Rubio y sus mantenedores; loando las virtudes, exageradas, o no, del ariete ruzafino y su impronta en una reacción que dejó partidos apoteósicos. De ser goleado a golear, como aquel 7-1 cosechado ante la Real en Mestalla a finales de marzo que hizo obligada la participación de un Gaspar que a pesar de realizar un buen encuentro no se salvaría de su dosis de crítica: «Rubio, como ya también es costumbre, jugó un primer tiempo con aciertos en el pase, para encerrarse luego en un discreto y dulce anonimato, economizador de fatiga, de patadas y de disgustos».

Ciertamente resulta un milagro encontrar un mínimo elogio al mago de Silla en crónicas o comentarios, y a falta de no poder ver sus partidos para juzgar la conveniencia o no de tanto ataque, sólo quedan sus números, las estadísticas en frío, rezando 13 goles en 28 partidos oficiales, lo cual tampoco está nada mal dentro de los parámetros de aquel fútbol. Pero aquel muchacho pasota, distraído y falto de forma y ambición, daría la razón a sus odiadores al siguiente curso, donde las sentencias y la pérdida de sus valedores le dejaron apenas cuatro partidos con sus cuatro goles en las competiciones grandes, era el principio del fin de Gaspar.

Aunque volviendo a nuestro relato, a dichas alturas la 34/35 no deparaba más emoción que esperar a que la temporada llegara a su fin e intentar resarcirse en la Copa. Un pasear lánguido que iba dejando ver al entusiasta merengue cómo el Betis alcanzaba velocidad de crucero, peleando por el título. Sí, aquel conjunto que en el supraregional no pasó de insulso, al cual se doblegó con facilidad, sin jugador alguno que llamara la atención, estaba realizando la temporada de su vida, encaramado a la primera posición desde las jornadas iniciales sin que nadie ni nada pudiera frenarlo. Osadía que dividía al valencianista entre la alegría de poder ver a representante de un fútbol despreciado, como lo era el nuestro, ganar por encima de los engreídos fundadores del campeonato, y más, si era el Madrid su único competidor, y la tortuosa envidia de que conjunto tan desaborido pudiera aspirar a algo más que a la mera permanencia, papel al cual parecía estar condenado el Fé-Cé.

Debió ser por eso que entre unos y otros se inventaran el primer trasunto de maletines del que se tiene constancia.

En batalla que ni le iba ni le venía, en Valencia no eran pocos los dispuestos a sacar tajada. Un Madrid-Valencia a falta de dos jornadas cuya cosecha valentina podía dar el título a los andaluces fue culpable de un curioso intercambio de propuestas a través de los periódicos. Narrado sin ironías, ni gracias sino con la seriedad propia de los que creen no estar haciendo nada malo.

El hielo rompió desde Heliópolis, la oferta pública consistía en dos amistosos con el futuro campeón de Liga si el Valencia ganaba en Madrid.

Una forma sutil de compra, primero debido a los delicados y conocidos problemas financieros de los valencianistas, y segundo, por granjearse dos buenas taquillas, unos millones muy bien traídos, al contar con el campeón en Mestalla sin coste alguno, ya que no había que pagar por contratarle, ni hacerse cargo de su alojamiento como era tradición.

«Ya lo sabe el Madrid, todo está en que sus dirigentes sean más espléndidos, y en lugar de dos, sean tres o cuatro los partidos que ofrezcan», era como se acogió el asunto, sin apenas reproches, escasos recelos, o soflamas a la honorabilidad en un mundo tan dado a aquellos discursos. Apenas un ligero comentario en El Pueblo, diario de elevados estándares éticos, advertía sobre las consecuencias de caer en la trampa: «Naturalmente faltaría que los valencianos se conformaran a una componenda de esta naturaleza, porque si bien esto sería tentador, no hemos de olvidar que la maledicencia perjudicaría más que el beneficio económico que ello reportaría».

La escasa resistencia pública a tales tentaciones no hizo otra cosa que erosionarse al pasar de los días, pudiendo más el hecho de la rivalidad con Madrid, esos recelos latentes del cordón sanitario, las polémicas arbitrales y las miradas por encima del hombro que acostumbraban por allí a dedicarle a una tierra enfrascada en un ferviente proceso autonomista, sintiéndose ahora ellos el centro del mundo gracias a la influencia de un PURA que consiguió valencianizar la política nacional con un gobierno valentino.


«Sé egoísta una vez en la vida y piensa en ti, en el club y en tus partidarios. Reflexiona que una victoria sobre las huestes de Paco Bru, a la vez que te proporcionaría un triunfo resonante, facilitaría a la afición valenciana la ocasión de ver en dos fechas al campeón de Liga. Ya ves si tu derrota acarrearía menudo trastorno. En cambio, la victoria, perjudicaría solamente a uno, el Madrid. Pero ¡qué caramba! El ya tiene un título máximo, que deje el otro para quien, como el Betis, lo tiene merecido. Con que, anda, Valencia, a ganar sin preocuparte de que tu rival es el Madrid y de que estarás en el campo de Chamartín de la Rosa. ¡Qué más da! ¿Verdad que a ti te da lo mismo?»


Escupía el papel en la previa.

La suerte es que aquel equipo no estaba para tales exigencias, y menos sin objetivos en una liga ya mortecina. Apenas apretó el Fé-Cé en el inicio del encuentro, encerrando a los madridistas en su área insinuando que aquel ofrecimiento del Betis había sido tomado en serio por los gerifaltes, pero poco más se hizo… siguiendo la costumbre, se diluyó durante el avance del encuentro hasta caer derrotado por un contundente 3-0 que ponía las cosas más complicadas de lo esperado a unos sevillanos salidos de San Mamés con un empate, igualando el liderato a 31 puntos entre ambos contendientes y con apenas dos fechas por delante.

A la postre, nada serio para las aspiraciones andaluzas, pues el Betis sería finalmente el campeón, contra todo pronóstico, en una liga más, en la cual, el devenir del conjunto mestallero fue insulsa, irregular, coqueteando con el descenso en la primera mitad para quedar en tierra de nadie en la segunda. Fin al grueso de un curso que no haría más que iniciar un camino repleto de problemas, rencillas y rencores que no abandonarían la casa hasta la posguerra.

Pero a la espera de todo aquello, inmerso en los efluvios de 1935, el Valencia se refugió en sus orígenes participando en el homenaje popular al sindicato de ferroviarios y maquinistas impulsado por los veteranos equipiers y socios más bullangueros. Aquellos rostros ennegrecidos a los que se les prestaba auxilio no eran otra cosa que los vecinos de un Mestalla de extrarradio, pegado a las vías de la estación de Aragón, cuyos chirridos y pitidos ponían no en pocas ocasiones banda sonora a los encuentros, siendo también lugar de recibimientos apoteósicos en aquellos años veinte de modestas peripecias recogidas en tren.

Es ahí donde volvemos a ver a Vicente Ferré ataviado con el murciélago, a Rino, a Hipólito Tarín, Marín, Gascó, Cubells, Peral o Montes… posando junto a gente de corta vida, de pulmones destrozados por el carbón, cultivando viudas y huérfanos en cantidades industriales, midiéndose frente al equipo del sindicato para amasar unos duros que aliviara aquellas penas de una clase obrera en constante lucha. A dicho festival humanitario, apegado a la costumbre, ayudaba la casa Balanzá ofreciendo una copa de plata y unas medallas al vencedor dándole importancia al ritual benéfico, apuntalado con Miss Valencia en el saque de honor a más fuste de un evento magnífico que no deparó vencedor en lo deportivo merced del 3-3 final, pero que explica muy bien el pronto cariño a un nuevo club habituado a aquellos gestos desde que salió del Bar Torino.

Cuando no eran huérfanos, eran hospitales infantiles o asilos, trabajadores, amigos, víctimas del terrorismo anarquista o viudas de guerra, para los que el Valencia siempre estaba dispuesto a disponer su taquilla aliviando en la medida de lo posible sufrimientos innecesarios.

Breve paréntesis, reconciliador con el ayer, en un año desvanecido entre los ecos de una desfeta que no acallaba, sino que se intensificaba con la confirmación del título bético, una nueva onza de sal a la herida.

«Respiremos un año más. Queda el Valencia aún en la división de los buenos. Suponemos que lo pasado no servirá para mejorar las condiciones del equipo, ya que pese a haber bordeado el precipicio durante el tiempo que el Valencia pertenece a la primera división no se cometieron más que equivocaciones lamentables», despachaba Hands en El Pueblo.

En mayo de 1935 sólo esperaban Gimnástico y Hércules para dirimir el octavofinalista de Copa, un camino curioso pues el sorteo acabaría deparando al vencedor del triangular un enfrentamiento ante el Levante F.C. como si el supraregional no hubiera acabado; una bicoca para los entendidos de bar y café, pero para aquel Valencia cualquier cosa suponía un imposible. Bastó deshacerse de los granotas por 5-2 para pasarlas canutas en Alicante a pesar del 3-1 cosechado en Mestalla. Bardín, representaría el infierno. Encerrona que acabó con invasión de campo, palos, testas abiertas, codazos, patadas y narices chorrando sangre sobreviviendo a una derrota por 2-1 que evitó la eliminación.

Una prueba de fuego superada que alivió la pesadumbre en un equipo sin confianza, pero como casi todo en este club, eran vacuas esperanzas. Un sorprendente y pizpireta Levante estaba preparando en secreto la que sería la campaña de su vida, el campeón local, ya cuajado, acostumbrado a vivir a la sombra de las glorias granotas y merengues, protagonizó un crecimiento gradual que le fue convirtiendo durante la nueva década en el verdadero referente del fútbol valentino. Sería en el Grao donde esta vez recaerían los recibimientos multitudinarios, sonarían las tracas y se llevarían los titulares. Deshacerse del Fé-Cé con aquella contundencia, 4-1 en el Cabanyal y 1-1 en Mestalla, sólo fue el primer paso en una competición con víctimas como el Barcelona. Dejando a los levantinos en unas históricas semifinales ante un Sabadell que no pudo superar.

Pero aquella era una historia ajena al titular de la ciudad, salvo por los nuevos clavos que añadían a su ataúd, argumentos a arrojar contra el nefasto año que acababa de cerrar; uno iniciado con las ilusiones por las nubes, el reconocimiento y el prestigio a niveles máximos, y las esperanzas de consagrar lo conquistado… disparadas en los graneros populares con contrataciones de cracks que nunca fueron aconsejables, y a cuyos entendidos no se les hizo ni caso. La factura, caída la venda, eran gritos de «¡hay que licenciarlos a todos!»; «¡ni uno sólo en el equipo!» escuchados en la vuelta en un Mestalla que, otra vez, contempló a los suyos de brazos caídos ante un Levante que no necesitó ni esforzarse para mantener la renta obtenida en la ida.

Eran instantes propicios para que los plumíferos, solos en su campaña, atacados en cafés y tertulias, en mercados, o en plena calle, por las críticas y denuncias, dieran un giro más a sus argumentos empezando a exigir cabezas de dirigentes irresponsables. Autores materiales de desandar de la peor manera el camino del curso anterior.


«Al salir del campo oímos opiniones furibundas, bien, esperemos unos pocos días, cuando pase esto. Al oír aquellas voces pensamos en los licenciamientos, pero sería injusto que la medida recayese sólo en jugadores. Debe alcanzar eso también a los que tal vez sean más culpables que ellos. A los actores con su falta de pericia y ecuanimidad de la tragedia del equipo. De su desmoralización con imposiciones, con intrigas para sostener a determinados hombres sin tener en cuenta el mejor provecho para el club. Contribuyendo con sus desaciertos a pulverizar la base de todo triunfo colectivo: La moral, el compañerismo. Haciendo incorporaciones tan pintorescas como la de Atchs. No preocupándose en llenar los huecos importantes para traer en cambio a otros a ocupar sitios donde había ya gente tan buena o mejor. Cargando esa nómina tan célebre y comentada. La labor está bien clara. Los defectos, el daño causado por ellos, han querido solucionarlo con medidas ridículas que no nos hieren, ni nos importan. No, no todo ha de caer sobre los jugadores. Hay mucho por dilucidar. Tal vez en los dirigentes sea el licenciamiento la mejor manera de salir»


Estas palabras de Hands, de Néstor Azzati, desvela otra guerra soterrada en aquella rebelión, pues Adolfo Royo, presidente del club, un hombre importante dentro del PURA y la política local, no pudo hacer nada con Sincerator más que echarle encima a las masas y a algún futbolista que le debía su papel en el equipo, pero con Hands, perdido el halo protector de su padre, fallecido en 1929, y estando El Pueblo ya en manos de Sigfrido Blasco, consiguió orillarle, apartándole de la información deportiva diaria, dificultando el encargo de realizar las crónicas, labor que vio espaciada cada vez más al punto de reducirlas a meras cuartillas, ocupándose ‘del informativo’ deportivo su compañero Giménez, quien lo trufaría de noticias del fútbol nacional y chascarrillos varios importando más bien poco o nada la actualidad del Fé-Cé. Unas Crónicas aquellas, por cierto, que no en pocas ocasiones fueron llevabas en mano a la redacción en Juan de Austria 10 por la fantástica, y activista, Alejandra Soler; prima, en suma, de nuestro Hands.

A pesar de todo, aquellos señores de sombrero y corbata ancha no pudieron esquivar el fuego amigo. Por mucha venda puesta, el algodón salía sucio del césped, y las miradas, como dagas, se clavaban en ellos. El año, nefasto bajo la promesa de glorioso, hablaba por sí mismo. Así que había que buscar una nueva vía de escape para justificar una continuidad que creían capital para el devenir de una entidad a la cual le venía justo sobrevivir.

¿Qué mejor que pagar la factura de la fiesta?, pensaron. Fue una medida ideada e impulsada por el pelotón de salvamiento integrado por Juan Fortis, Antonio Cotanda, Francisco Almenar y Juan Giménez Cánovas; trataba de que el presidente, y a continuación ellos mismos, perdonara la mitad de la cédula hipotecaria que poseía, expedidas por la entidad cursos atrás para financiar su deuda y poder atender los pagos ordinarios. Lo cual suponía un alivio en intereses y capital para el Valencia, que no tuvo mayor éxito, pues pese a invitar al resto de socios poseedores a hacer lo mismo, sólo aquellos, responsables directos de la debacle, estuvieron dispuestos a perder su dinero.

No debió parecerles suficiente para acallar las voces críticas más influyentes, así que se autopremiaron nombrando a Royo socio de honor del club por el gesto, con la correspondiente entrega de un diploma acreditativo en una junta de socios montada ex profeso para ello.

Las batallas internas no habían hecho más que comenzar.

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