Mi Querido Tiburón.

Meriton, cinco años para esto

Cinco enigmáticos años bajo el gobierno de Meriton. Lejos de la estabilidad y la bonanza prometida dejan un sabor agridulce añadiendo más incerteza sobre el futuro ante sus últimos movimientos.

En cinco años el Valencia estaría al nivel de los mejores equipos de la Champions. Superando los 300 millones en ingresos anuales. Alguno habló de hasta la intención final de sacar a bolsa el club. Eran días de jolgorios, grandilocuencias habituales del populismo balompédico. Cracks, dinero a espuertas, profesionalización extrema, círculos virtuosos de contactos que atraerían más inversión… hasta el delirio final: Si en un lustro nadie compraba las parcelas, lo haría Lim por 150 millones.

Quizá lo único honesto en toda esta aventura fuera el radical frentismo de Meriton con la sociedad que acababan de comprar. Sus primeros años de comparecencias se reducían a abroncarnos por la incapacidad para gestionar un club, y la cantidad obscena de entrenadores utilizados hasta su llegada: «La estabilidad somos nosotros», decían.

Maquillaje a un discurso vacío de contenido que sólo afeaba en lugar de seducir.

Tampoco mostraron una verdadera intención, ni ganas, de acercarse a la idiosincrasia de un club de fútbol, de empatizar. La frialdad y desapego escenificado en una efeméride con la carga emocional que sustenta un centenario ha sido la última muestra de una gente que nunca se preocupó por conectar con su ‘clientela’. Encerrados en su torre de marfil, instaurando un silencio censor, han pretendido gobernar esto, incluso en perjuicio de ellos mismos, desde la incomparecencia permitiendo que otros les escribieran el relato.

Un constante conmigo o contra mí. Una frontera que han plasmado en esa ridícula idea de la nueva era, dedicada a marginar todo lo anterior a su llegada. Como si jamás hubiera existido otra cosa.

Aunque el nivel de sinvergonzonería fue alto desde el primer día. El famoso vídeo navideño de Peter Lim, una declaración de intenciones para rebajar los primeros recelos hacia Meriton, quedó desmentido por él mismo en menos de cuatro meses. El infame momentum Neville fue anunciado en las vísperas como la llegada de un hombre «de gran experiencia», «liderazgo» y «ascendencia en el fútbol europeo». El «no queremos vender a Paco» soltado ante las penyas mientras en aguas ibicencas se estaba firmando su traspaso al Barça. Aquellos esfuerzos en desmentir su relación con Mendes, un hombre que ha intervenido en el 70% de las operaciones realizadas bajo la dinastía Meriton. Hacer callar a tu propio público. O el último servicio de LayHoon tras una junta de accionistas, anunciando que en cinco meses presentarían el plan de financiación y construcción para el Nou Mestalla.

Todavía estamos esperándolo.

En definitiva, se reduce todo a una falta de sinceridad. Casi obligados a vivir atrapados en sus propias mentiras, o en las que otros contaron por ellos para justificar su aterrizaje. Una explicación sencilla, locuaz, y sincera, a tiempo hubiera evitado gran parte del descontento.

A groso modo, asistimos a un contundente desgaste. Como si el interés por la inversión se hubiera ido perdiendo por el camino de la misma manera en la que un niño pequeño acaba aburriéndose de un juguete. De los constantes viajes de Lim, acudiendo incluso a los entrenamientos, a no verle ni en las celebraciones de la Copa en Sevilla. Aunque lo que más destaca de la etapa Singapur son los radicales cambios de parecer, relatados con precisión por todo el que ha trabajo con ellos. Instaurar el valenciano como lengua oficial en los estatutos, en un guiño al tendido, traduciendo del inglés a la lengua materna toda comparecencia, a erradicarlo de forma salvaje de la institución.

Lo poco visto responde más al empuje y constancia de los empleados locales que a la iniciativa propia. Pues cuanto más solos se han ido quedando en la intimidad del club más aumentó la brecha con la calle. Contando ejecutivos y puestos de responsabilidad, los despidos bajo el gobierno Meriton alcanzan el medio centenar, línea doblada añadiendo empleados rasos.

Tampoco trata de una cuestión de relaciones públicas. Sería demasiado liviano como para elevarlo a crítica. La cuestión es lo que encierra todo eso: La nula capacidad de articular un proyecto reconocible para el VCF. Nunca hubo nada más allá de palabras, encendidas defensas a posturas incomprensibles, y un constante salto de mata que provocó dos pasos atrás cada vez que se dio uno adelante.

Rinoceronte cagón como marca

Debe andar oculto en algún cajón, de existir. De aquel dossier de 500 páginas que dijeron presentar al banco para explicar el laborioso proyecto de profesionalización y expansión del VCF nunca hemos sabido nada. La famosa internacionalización bajo la batuta de un magnate asiático con conexiones en las más importantes plantas de las capitales económicas del globo fue más palabrería barata.

Lo poco que se empezó a hacer bajo la administración Salvo quedó desmantelado al tiempo. La oficina en Barcelona para captar firmas de prestigio, desmontada. La abierta en Singapur siguiendo los pasos de la creme europea no duró ni cinco meses. De los gurús del marketing, con un extenso currículum en lo más granado del balompié continental, conocemos más su pasión por conducir jaguares, y vivir en áticos lujosos, que acciones concretas que reportaran un céntimo de euro a la entidad.

De esas caras, a encargarle la misión al dircom.

El escaso tino en trazar una estrategia empresarial se explica mejor con la decisión de poner la ventana del club al mundo, su perfil en inglés en tuiter, en manos de un botarate que se ha dedicado a humillar a ídolos de equipos rivales; a situar en la picota a aficionados de otros clubes siendo víctimas de cyberbulling por culpa de la irresponsabilidad del CM, acabando con una pila de reproches o quejas de entidades europeas por las malas formas y groserías que un perfil oficial se dedica a escupir por la red.

No es un asunto baladí. La buena gestión de ese espacio está reportando excelsos beneficios a entidades como la Roma o el Dortmund. Pero claro, aquellos siguen un minucioso plan cocinado a fuego lento en despachos en pro de un objetivo, que están cumpliendo. Lo otro no es más que una improvisación constante ejecutada por un desfaenado sin beneficio.

Por no haber, ya ni existe el incipiente papel de la hija del dueño como ‘embajadora’ universal; ahora los esfuerzos se centran en invitar a influencers asiáticos a ver un partido en Mestalla. Cuyo efecto queda ridiculizado con diez minutos de Kang In Lee en el primer equipo: Hizo más por ganarte el mercado asiático que todo lo anterior multiplicado por diez.

Al menos, ese proceso de externalización, que ha dejado ya pocos servicios bajo el control estricto del club, sí ha traído algo bueno. En la vertiente tecnológica el cambio ha sido radical. Aunque en parte sea por puro amiguismo. La empresa de Cristiano Ronaldo, por ejemplo, es la responsable de la nueva web, bastante más acorde a los tiempos. La app, vía Mediapro, no está nada lejos de las mejores. A expensas de nuevas funcionalidades que están en desarrollo. Y un comercio electrónico, recuperado tras el aterrizaje de Puma, con nuevos socios logísticos, queda fuera del paleolítico en el cual estaba sumida la antigua vcfshop.

Aunque la venta física sigue en un paradigma muy parecido al que se dejó hace cuatro años.

El salto tras la reforma de las tiendas emprendida bajo la administración Salvo ha dado pequeños e importantes frutos, pero siguen alejados de los estándares en los que se mueven los competidores de la insignia del murciélago. Basta con ir a las cuentas oficiales y comparar los 4,5 millones que saca el club por retail —falta conocer el impacto del centenario o el título de Copa— con los 3,5 que consigue un Málaga en segunda división. Lejos de los 7,4 que declara el Athletic, o los 9,2 del Atlético de Madrid. Por no hablar de los 65 millones del Barça.

Es curioso que tras tanto vaivén, en vísperas del centenario, haya tenido que ser un hombre de la casa, Jorge García, en el club desde 2008, y segundo de Damià Vidagany cuando tomó las riendas de la parcela, junto con Pedro Belaunzarán —hace unas semanas que abandonó la entidad— quien maquillara el asunto con un trabajo extraordinario en tan escaso período de tiempo. Responsable del soñemos que no tenemos techo, de la línea copera, y de conseguir que por vez primera desde el inicio de la crisis la entidad haya recuperado el nivel de ingresos por sus cuatro principales patrocinadores. El pero reside en que a pesar de la inflación de todo este tiempo, de un mayor flujo de dinero en el mercado, y exposición, sigue en cifras que sus antiguos competidores doblaron o triplicaron hace ocho o nueve años. Pues mientras el VCF sigue estancado en los 4 millones, más bonus, por su camiseta, el resto se sitúa entre los 8 y los 15 millones.

A pesar de ser una cantidad poco destacable para el entorno europeo, habiéndole costado a la institución once años recuperar esas cifras, la mejora es significativa por el suelo que se llegó a tocar en los años de Llorente. Con la diferencia de que en esta ocasión no son troncos de leña adquiridos, sino semillas sembradas. El trabajo de Belaunzarán en el desarrollo del negocio internacional ha sumado más contratos y firmas globales que nunca.

Traduciéndose el total en unos respetables 21,5 millones por conceptos comerciales, Por los 14,5 que existían en 2014, diferencia marcada por los 7,2 millones que hoy aporta la competición europea y la U televisiva. Números que empalidecen ojeando lo indicado en el plan de negocio de Meriton para estas alturas, cuyos ingresos comerciales para 2019-2020, indicaron, rondarían los cincuenta millones.

El club de las pérdidas

Es el gran debe de la entidad, saber convertir en dinero sus éxitos, o potencial adquirido. Algo crónico que evidencia que todavía hoy el modelo sigue sin ser sostenible. Pues más de la mitad de sus ingresos provienen de la televisión, rascando unos raquíticos 11,4 millones por abonos y taquilla. Muy lejos de los 23 millones anteriores a la crisis. Y eso contando con los nuevos palcos o espacios VIP que se construyeron en 2014.

La televisión supone el gran maquillaje a unas cuentas que apenas se distinguen a las existentes antes de la llegada de Meriton. Aderezadas por el auge de una máxima competición europea con más beneficios por participación y triunfos. Algo en lo que están sumidas todas las entidades en Europa, cifrando ingresos récord año tras año en un fútbol donde los operadores se han hecho con el control de la industria. Así vemos a equipos como el Lille con un presupuesto apenas treinta millones inferior al VCF, o a un Levante con ganancias televisivas algo superiores al viejo contrato con Mediapro que tenían firmado los mestalleros.

Lo que también sigue inmóvil es el déficit estructural. De unas pérdidas de 2,6 millones en la 14-15 a los 36,22 de la 17-18. Que suman un acumulado bajo la gestión Meriton de 97,4 millones de euros en pérdidas. Algo que explica que el año pasado se tuviera que ejecutar una reducción de capital de 65 millones para reequilibrar patrimonialmente a la entidad.

En términos generales, la deuda aumentó en todos sus tramos bajo su gestión, situándose la neta en 275 millones. O la deuda a largo en los 305, lo que hace que a 30 de junio de 2018 el total ascendiera a 455 millones. Añadiendo simplemente las operaciones efectuadas tras el cierre de ese ejercicio, y restando la amortización al banco, todavía engordó unos cuantos kilos. A los cuales hay que sumar los 100 de la línea de crédito que concedió el dueño, respaldados con todos los derechos económicos de los futbolistas del primer equipo, y con la que se va trampeando. Asunto que convierte a Peter Lim en el mayor acreedor del club tras Bankia.

A estas alturas se suponía que el nuevo estadio estaría acabado y las parcelas vendidas, lo cual el plan de negocio presentado, ese flujo de ingresos extra que hacían soportable estos números, vuelve a chocar con la realidad. Un complicación extra, pues aquella carencia de tres años de no tener que pagarle al banco se firmó para aprovechar ese período en coger músculo financiero, robustecer las cuentas y el nivel deportivo de la entidad, para afrontar sin complicaciones la amortización de la deuda con Bankia. Cosa que no se ha conseguido, entre otras cosas, por la nefasta gestión del verde durante los primeros tres cursos, donde la tónica habitual fue quedar 12º con una política tan errática como catastrófica.

Porque es ese, el pago de la deuda, el principal gasto de la entidad, esfuerzo reforzado por el igualmente elevado coste de las amortizaciones, unos 95 millones, que sí hablan, en cierta medida, de una mejora. En los últimos cursos la inversión en futbolistas ha sido notable, aparcando durante ese paréntesis el goteo de ventas, lo que se tradujo en una etapa de bonanza deportiva, aunque redujera bastante la actual capacidad de inversión en el campo. Lo que advierte del peligro del modelo si no se es constante en los triunfos cosechados bajo la M&M. Ese aumento de premios europeos —la clasificación para octavos de la Champions sería el equivalente a tocarte la lotería—, una plantilla de mayor valor en el mercado fruto del rendimiento, o el próximo bonus extra de la tele por clasificación suponen un comodín en el corto plazo que evitará hablar de una situación catastrófica si el fracaso se instala en el terreno de juego en los próximos tres años. Quizá esa seguridad también explique en algún grado los cambios en el organigrama deportivo.

En definitiva, la sensación es de que todo sigue más o menos igual, dependiendo de la Champions, viviendo de la tele, con traspasos para maquillar cuentas y con los grandes problemas —quitando asuntos administrativos— en el mismo lugar en el que se encontraban hace cinco años.

La inestabilidad son ellos

«Ya no puedo seguir defendiendo algo en lo que no creo. He cometido muchos errores, el más importante no haberme marchado antes». Es la despedida de un Pitarch que llegó al club empujado por un Damià que insistía en la necesidad de ocupar el cargo de director deportivo con un rostro reconocible, con alguien allegado al mundo Mendes de buena relación con el portugués, para intentar darle sentido al despropósito. Pero ni con esa predisposición a tragar y tolerar fue capaz de soportar la convivencia con una propiedad que no ha hecho más que ningunear y torpedear el trabajo de los responsables deportivos que ha puesto al frente.

La vertiente más visible es también el mejor reflejo del constante salto de mata, de la ausencia de un rumbo, del gran vacío impuesto por Peter Lim. Navegando al capricho de un señor que se sólo se fía de su círculo de amistades, girando el timón al pairo de cenas o conversaciones con ellos, y poco o nada de los que pone a dirigir el cotarro.

Aquellas ansias en reprochar al espécimen local su incapacidad para gestionar un club se ha traducido en una inestabilidad jamás antes conocida. Los números del no proyecto de Meriton son escandalosos. En cinco años han utilizado siete entrenadores, más que en los cinco cursos anteriores a su llegada; y eso sin contar interinos como Voro. En la dirección deportiva ya han desfilado seis responsables distintos, sin sumar la cantidad de secretarios técnicos y demás ojeadores que han circulado con cada uno de ellos. En Paterna, la escuela ha conocido cuatro responsables… hasta la jefatura de los servicios médicos padeció un similar baile de nombres.

Imposible surgir nada mínimamente decente con esa indefinición. Porque mejor no incidir en la comparativa entre lo que se va y lo que se queda. O preguntarse por qué si la cantera es tan importante al frente de Paterna hay gente que no cumple con los requisitos mínimos para ostentar su dirección.

Lo sorprendente es que a sabiendas del resultado que dio delegar la gestión de lo deportivo en profesionales de altos vuelos, y el desastre perpetrado cuando aquello quedó en manos de Meriton, o de marionetas sin atribuciones, se siga insistiendo en esas prácticas. Dinamitando de una manera tan salvaje y desagradecida un proyecto que fue el único bajo el manto singapurense que consiguió lo que se prometió con su llegada: Crecer, competir con los mejores, y ganar títulos.

Habrá que asumir que algo que ocurre con tanta frecuencia, y machaconamente, en tan corto espacio de tiempo no es fruto de la casualidad. La primera de ellas pudo entenderse, o maquillarse, con el legítimo derecho de designar a sus propios hombres de confianza. De tomar las riendas tras la compra del club. Aunque aquello tenga unos innegables parecidos razonables a lo ocurrido este verano. Siempre con la sombra de la negativa a las ‘recomendaciones’ de la propiedad a través de su representante de cabecera pululando sobre las guillotinas. Y más cuando hasta los más dóciles corceles que llegaron como amigos abandonaron la entidad quejándose de lo mismo.

Tampoco puede llevar a engaños. Su bautismo se sustentó en futbolistas que tenía incorporados en Meriton antes de la compra de la entidad. Que luego fueron pagados con la famosa ampliación de capital de 100 millones. Pues la generosidad para con los suyos siempre fue llamativa. Con Mangala dio igual que los informes médicos desaconsejaran su contratación. A Nani se le trajo para hacerle un favor aunque tuviera poco encaje en el equipo. No había dinero para nadie, pero por Correia no importó gastarse 12+3.

Es la peculiar concepción del mundo de un señor que desprecia las estructuras habituales del fútbol. No cree en ellas, reduciéndolo todo a once jugadores y un entrenador… siempre que sea de perfil bajo para no tener que aguantar sus exigencias.

Ahora, en su igualmente peculiar manejo de los tiempos, queda por ver el rumbo que tomarán tras la salida de Mateu Alemany. Insistir en la vuelta atrás confirmará lo único coherente en su periplo, un constante intento por imponer su método. Al que sólo renunciaron cuando el desastre en el terreno de juego se hizo insoportable.

Porque ahí está otro de los principales choques entre la gente y el dueño. Seguimos la lógica clásica, de estructuras poderosas, de un camino a largo plazo de crecimiento y competencia, contra una visión puramente comercial. Casi lúdica. De ordeno y mando. Esa parsimonia a la hora de traspasar a tus mejores futbolistas sin la más mínima oposición, sin respetar los esquemas tradicionales, ni deportivos, aceptando la primera oferta mínimamente interesante que se presente por ellos, y con toda clase de facilidades, como la de encajar a la fuerza fichajes sin considerar su idoneidad a un estilo de juego o configuración de una plantilla, no casa con la intención de comprarse un club de fútbol al que situar entre los mejores del continente.

Un choque que se resume en la satisfacción nativa de ver a su equipo crecer, competir, y campeonar con Piccini y Wass, sabiendo de la importancia de contar con una buena clase media, o de la necesidad de sumar especialistas en determinados lugares, y la de otros reduciendo el éxito en celebrar que André Gomes eleve su caché jugando cincuenta partidos en Mestalla para sacarle una rentabilidad alta a los dos años aunque su rendimiento se tradujera en poco o nada.

Y ahí sigue esa batalla ancestral, entre la ansiedad por recuperar un estatus arrebatado en plena crisis, y las fuerzas externas, empeñadas en destruir cualquier atisbo de regreso a los orígenes. Escasamente interesadas en resultados deportivos. Al menos queda la esperanza de que la solución económica nunca llegará sin un alto rendimiento deportivo. El clavo al que agarrarse ante tanta peregrinación buscada por un desierto sin fin a la vista.

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