Serie Centenari The Manager

Jack Greenwell

Tras unos años donde el fulgurante crecimiento de la entidad parecía haberse estancado, llegó a Mestalla otro inglés, Jack Greenwell. Un severo amante de la preparación física, el cuidado de la dieta y un fútbol ofensivo que consiguió el mayor hito de la historia del club hasta ese instante: Jugar su primera final de Copa.

El relato oral nos habla de gente a la carrera entrando al domicilio de míster Greenwell, y de otras apiladas a las puertas, rezando por la vida del entrenador. De cuerpo yacido en el suelo, todavía con el barro en aquellas botas, viejas compañeras de viaje, que utilizaba en las prácticas matutinas. Son escenas confusas de una vida llena de espacios en blanco y silencios imposibles de descifrar.

El Tiempo, el diario colombiano, confirma una de las pocas verdades contrastables. Greenwell acababa de regresar del entrenamiento, cuando un derrame cerebral lo fulminó nada más cruzar el umbral de la residencia que Independiente de Santa Fe le sufragaba. La asistencia médica no pudo más que certificar la muerte del inglés aventurero, fechada el 20 de noviembre de 1942.

Entre los calores tropicales y las empinadas cuestas que retuercen las calles de Bogotá, Jack cerró su etapa en este mundo haciendo lo único para lo que vivió: enseñar. Difundir el invento del fútbol cual aplicado misionero al servicio de su majestad. Llegó en esas, empujado por las guerras en Europa, al continente americano.

La contienda civil le echó de España. Años después, la Mundial haría lo propio alejándole de una Inglaterra que no quiso darle oportunidad de ser profeta en su tierra. Métodos demasiado alejados de la ortodoxia local, afirmaban. Un nombre ya olvidado, apenas mencionado en sus días de gloria. Era un extraño en su propia casa.

En ese limbo, deambulando previamente por el escaso terreno sano que le quedaba al viejo mundo, la fama granjeada allende las fronteras británicas llevó a un desconocido a llamar a su puerta. En dicho desespero acabó de gustoso ayudante de Alberto Denegri. Pariendo aquella sensacional selección peruana que estuvo cerca de dar la campanada en los Juegos Olímpicos de 1936, al endosarle un 4-2 a Austria en cuartos de final.

En tal alianza, Greenwell quedó encargado de desvelar los misterios del fútbol europeo a un combinado tan repleto de talento como carente de conocimientos tácticos. Denegri, un escrupuloso y obsesivo director técnico, entendió su error al comprobar que pasear a los suyos por Europa, enfrentándolos durante meses a los mejores de aquel universo en derrumbe, no bastaría para hacerles crecer. No hubo más opción que hacerse valer de míster Jack tras conocer su opulento prestigio, máxime estando en situación de paro tras sonados pasos por Barcelona, Valencia y Gijón. ¿Quién mejor que un inglés para adaptar a su equipo a las exigencias de la competición de élite?

La exitosa experiencia le valió para quedar al mando del Perú, ganando la Copa América en 1939, con el añadido de ser el primer entrenador extranjero en conseguir tal hito. Hito que le serviría para llegar a Lima como héroe y abrirse las puertas de los clubes latinoamericanos. Sólo el llamado de Colombia le hizo dejar al Universitario de Deportes limeño, con quien salió campeón, para hacerse cargo de la selección cafetera. Una aventura interrumpida dado que la situación de guerra existente en aguas internacionales impidió la celebración de los juegos centroamericanos y del caribe, a celebrarse en Barranquilla.

En esas estaba, subiendo las pendientes de Bogotá al mando de un equipo recién fundado, amateur, dispuesto a sentar las bases de un modelo profesional en un balompié por civilizar, cuando la vida se le escapó. Independiente reunía el atractivo necesario para un hombre que confesaba siempre que podía que lo único que le llenaba era moldear, mejorar, a chicos con verdadero potencial.

Fue así, ante aquel rugoso telegrama escrito de manos de Enrique Santos Castillo —padre del presidente colombiano, Juan Manuel Santos— como dejó al Junior, quien no le pagaba el salario acordado, y se enroló en su último viaje, desprovisto de una familia que había quedado atrás, cansada ante los continuos tumbos y desconfiada de la estabilidad prometida en Bogotá. Su huella, breve pero profunda, permanecería intacta en el futuro primer campeón del fútbol profesional colombiano. Culminación a la obra póstuma de Greenwell.

Origen

Su sorprendente parecido a Colin Firth (El discurso del Rey, 2010), y ese castellano entrelazado con acento inglés y catalán, otorgándole un aire cómico a su habla, configuran una extraña mezcla en este hombre de familia minera, originaria del condado de Durham. Criado en esos mundos donde entre paladas de carbón los muchachos de la Inglaterra profunda competían por el balón en los fields surgidos a los pies de las fábricas, dando forma a un deporte que acabaría siendo de masas.

Su entrada a la península es otro de los muchos misterios sin resolver en la biografía del inglés aventurero. La teoría más extendida, y más o menos aceptada, cuenta que sorprendió a Joan Gamper en un torneo disputado en Turín, probablemente una de las primeras confrontaciones internacionales entre clubes, donde enrolado como invitado en las filas del West Auckland Town deslumbró a los participantes. Esa expectación llevaría al dirigente suizo, fundador del F.C. Barcelona, a copiar la idea, creando la Copa Pirineos, arrastrando con ella a equipos ingleses, franceses e italianos a la ciudad condal a medirse en apasionados triangulares que despertaron la atención del público. En uno de esos, el Crook Town de Greenwell acabaría triunfado merced del 2-4 inaugural, y de los posteriores 1-1 y 2-2 bajo actuación estelar de nuestro protagonista.

Se trata del inescrutable año de 1912 y de una serie de cabriolas que le ayudaron a quedarse en Barcelona vistiendo los colores blaugranas. Con esa camisola, con gentes subidas en las lomas asilvestradas que ejercían de primitivas gradas, tan características de los primeros recintos de la época, los protoaficionados culés (antes del mote) pudieron disfrutar de un Greenwell formando pareja de ataque con Paulino Alcántara y Samitier, levantando juntos la primera edad dorada del F.C. Barcelona. Un quinteto ofensivo de sonada fama y éxitos que ejercieron la tiranía en el campeonato catalán, consiguiendo una expectación nacional que le convertiría en el equipo de moda en los años veinte del siglo pasado.

En tales menesteres, entre gambetas y diagonales, Greenwell ya dejaba ver sus dotes para el mando. Curioso y pertinaz, se preocupaba por descifrar los delineados movimientos de John Barrow, el entrenador del Barça, con el que establecería relación de afinidad, iniciándose en los asuntos del banquillo, aportando ideas y valiéndose de su país de origen agenciándose libros de táctica surgidos en un fútbol que llevaba 60 años profesionalizado. Por eso no hubo ninguna duda en quién elegir cuando los sonados problemas de alcoholismo de Barrow derivaron en destitución.

Ya entonces parecía más un segundo míster que un compañero de botas. A petición del vestuario, y mientras le duró el físico, Greenwell ejerció de jugador-entrenador, estableciendo un récord que sólo Cruyff fue capaz de superar como hombre con más temporadas consecutivas al frente del equipo.

¿Un rasgo para medir su personalidad? Podemos empezar por aquello que hizo en su último partido como jugador-entrenador, enfundándose la gorra de portero en sustitución de un tocado Lluis Bru, en un 4-4 final ante el Sans en 1918. Como continuación bien nos podría valer su introducción al fútbol femenino creando el Spanish Girls a imagen y semejanza del team que por entonces triunfaba en Inglaterra, las Kerr’s Ladies, despertando con su atrevimiento ataques y actitudes asquerosas para con él y sus muchachas que le hizo ya ahí rumiar sobre la conveniencia de seguir en el Barça. Aunque el gesto definitivo que marcaría el devenir de Greenwell tuvo lugar en 1919, siendo vapuleado 5-2 en la final de Copa ante el Arenas de Getxo. En ese magma, empezó a perfilarse como entrenador copero y arquitecto de equipos ganadores. No sin antes dejar que el orgullo le llevara a presentar su dimisión ante tal afrenta. Reprochada y rechazada con bronca por compañeros y directivos, que sintiéndose ofendidos formaron un frente común forzando la continuidad de un Greenwell que llegó a levantar en 1920 el cetro arrebatado por el Arenas un año antes. Repitiendo gesta en 1922. Así, cumplido su deber, agradecido y limpiado su honor, apeló a la responsabilidad para abandonar la casa blaugrana, es claro, no sin el consiguiente revuelo mediático.

Existían demasiados componentes emocionales y un evidente riesgo como para jugársela extendiendo su contrato. Sabía bien que aquel grupo de chavales exigidos durante años, amigos y compañeros, ya tocados por los golpetazos de defensores saquineros y habiéndolo ganado todo, empezaba a flojear. Corría el año de 1923, y por delante había dejado siete temporadas cargadas de títulos.

Míster

En el fondo de su decisión pesaba tanto o más el desagradable hábito de tener que recorrer cabarets rescatando de noches de farra a jugadores mediatizados, primigenios ídolos de masas de un balompié en pañales. En su concepción minera del mundo, el trabajo y el cuidado de la forma física suponía un mandamiento inquebrantable. Una disciplina férrea que acababa por tornar relaciones amistosas en auténticos quebraderos de cabeza. En aquellos tiempos, Greenwell ya hablaba de la importancia de la dieta y del descanso en el rendimiento del deportista.

Viajando a Inglaterra, titulándose en la cuna del fútbol, regresó de aquel paréntesis mejor formado, utilizando un período de interinidad en el Girona y la U.E. Sans para poner en práctica los nuevos métodos adquiridos. Establecer nuevas relaciones y ojear jugadores de futuro.

Pero aquel nuevo libreto, entendía, necesitaba de una pausa y de un contexto que el fútbol catalán, considerado el mejor de cuantos existían, no estaba dispuesto a darle. Demasiados pretendientes al trono del Barcelona, demasiadas exigencias para un míster que buscaba paladear el momento en un mundo donde los teams, salvo contadas excepciones, todavía funcionaban sin entrenador.

Por eso, allí abajo, esperaba el Castellón, un club que quería pujar, sacar la cabeza en un campeonato valenciano del que había quedado relegado, quitarse de encima esa sensación de inferioridad cada vez que enfrentaba a un conjunto valentino. Gracias a la paz encontrada, el trabajo de Greenwell con los orelluts puede considerarse una de sus mayores obras. Aterrizó en un 1926 de modestia y solar en La Plana, transformando a los albinegros en el verdadero rival de un Valencia que en tiempos ya era el gran campeón del fútbol local.


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En tan breve, pero fructífera, etapa quedó su nombre apuntado en libretas de secretarios técnicos y dibujado en plumas de una prensa rendida al dinamismo de un conjunto castellonense que se convirtió en referente. Aplicar tácticas y métodos ingleses en un lugar de movimientos básicos y líneas irregulares constituía toda una ventaja.

Buena muestra de su trabajo es que en su primera intentona hizo a un recién ascendido subcampeón valenciano, luchando por el primer lugar hasta la última jornada, clasificando el club por primera vez para la Copa de España. Y a pesar de abandonar a falta de escasas fechas para el final de su contrato, en la 28/29 un Castellón greenwelliano levantó un histórico título regional, convirtiéndose en el segundo y último club no perteneciente a la capital en conquistarlo.

Había conseguido su propósito. Trabajar sin presiones, aplicando las probaturas y los experimentos necesarios para engrasar su sistema total, el que buscaba que todo jugador pudiera desarrollarse en distintas posiciones ante la imposibilidad de hacer sustituciones, sin recibir las críticas que le llovían en Barcelona, o le lloverían en cualquier rival poderoso de su entorno, como cuando ponía a Alcántara de defensa o a Samitier de medio para encontrar mejores salidas a un balón que exigía jugarlo al raso y desde atrás.

Porque esa pequeña colonia de ingleses exiliados que poblaban los banquillos de media Europa lo eran por no comulgar con los preceptos establecidos en las islas. Pentland, en la industrial Bilbao, también era un ferviente defensor del ataque combinativo. Como William Garbutt, que al tiempo que Greenwell revolucionaba el mediterráneo ibérico, construía en Italia al gran Génova de los años 20.

Ya por entonces míster Jack era lo que hoy llamamos un entrenador metódico. Pasaba pequeñas cuartillas de papel a los jugadores, explicándoles confidencias y debilidades de rivales y marcadores. Trabajaba las jugadas durante horas, parando el entrenamiento a gritos, mandando repetir el ejercicio las veces que hiciera falta hasta conseguir la perfección buscada. Estas cosas atraían la atención sobre él, convirtiéndose en referente indiscutible de la ciudad en la que posaba a enseñar la práctica del balón.

No es de extrañar pues que los ecos de su trabajo se extendieran desde Barcelona hasta Alicante, alzándose en sinónimo de triunfo. Fue la arquitectura ganadora dejada en Castalia quien le reabriría las puertas del fútbol catalán, pero esta vez, en otro alarde de personalidad, recalando en el banquillo del acérrimo enemigo del club de su vida. El de un Espanyol resabiado y frustrado, sumido en una espiral perdedora sin fin al verse incapaz de acabar con la hegemonía del Barça. Contratar a Greenwell fue su forma de asestar un golpe de efecto y conseguir el salto que necesitaba.

Tanta disposición existía en tales objetivos, que la directiva perica tiró la casa por la ventana ofrenciéndole doce mil pesetas mensuales, cantidad escandalosa en aquel fútbol. Eran los tiempos, que empezaban a cambiar. El profesionalismo llegaba, y sus encarnizados debates entre detractores y partidarios llenaban los ambientes deportivos en todas las regiones. Con Greenwell, en ese escenario moldeable, no sólo se pretendía el éxito local sino también encaramarse en lo más alto en la recién creada Liga profesional.

A las primeras de cambio, rodeado de viejos conocidos como Ricardo Zamora, el fulgurante Saprissa, Pere Solé o Christian Bosch, rompió el reinado blaugrana en el campeonato catalán (campeón en 9 de las últimas 10 ediciones), y lo hizo arrasando, con un registro nunca visto: invicto, máximo goleador con 34 tantos, y menos goleado encajando apenas 4 goles. Y aunque decepcionaría en la Liga con un discreto séptimo lugar, volvió a hacer gala de su embrujo con la Copa, llevando a los pericos hasta la final, venciendo al Real Madrid por 2-1 y alzando el primer entorchado en la historia del club. Su última víctima de una temporada en la cual, el Espanyol, venció a todos los grandes en ambas competiciones.

El éxtasis y la efervescencia de dicha gesta, aun ganando el Barcelona el primer título liguero en disputa, a años de que fuera considerado un torneo más importante que el regional, hizo que el éxito de aquel Espanyol de Greenwell y su fantasioso fútbol de ataque eclipsara al conjunto barcelonista, desatándose una guerra de celos y reproches. Los unos, se lamentaban de la traición del inglés, por asentarse en casa enemiga. Los otros, culpaban a la directiva de no haber ejercido su influencia en evitar dicho destino. No, no tardaría mucho Greenwell en regresar a casa, y no por maquinaciones en la sombra, sino debido al alto coste que suponía para el Espanyol mantener su salario, y el de Zamora u otros ases del equipo, culpando al inglés del estrepitoso fiasco de su segundo año al frente del club, en el cual, los problemas de liquidez sepultaron el crecimiento prometido y enrarecieron el ambiente de un vestuario con problemas de impagos y sospechas de que mientras unos se lo llevaban todo, a otros les dejaban sin nada.

Cuasi como una vendetta planificada, el Barcelona desplegó velozmente sus redes pescando en aguas revueltas, recuperando sin esfuerzos ni lamentos a su hombre más exitoso, dándole éste otro campeonato regional a los blaugranas para apenas dos años después retirarse acusado como antaño de probaturas extrañas ante quejas de socios bramando en favor de la raza y en detrimento de la finura propuesta por aquel inglés que hablaba en catalán; enfrentado también a unos equipiers poco dispuestos al trabajo que se les exigía. Y con Greenwell, la disposición al trabajo era innegociable.

El (pen)último inglés en Mestalla

Mientras aquello ocurría, los aires de cambio surcaban la acequia de Mestalla. El fin de la media gloriosa, la traumática pérdida de los primeros referentes, una ardua reestructuración financiera de un club en problemas económicos… Los inicios de las guerras de poder y los bailes de silla en la directiva empezaban a aupar a mandamases de mensaje triunfal en un entorno estrenado en la estridencia mediática.

Mestalla, pretemporada 33-34

El verano de 1933 fue un verano de cambios radicales en el club del murciélago. Un viraje a una política deportiva que consiguió poco y sufrió mucho, quedando su acceso a la gloria sepultado por trabas arbitrales y la idiosincrasia de un fútbol dado al escándalo.

Greenwell, en su exilio mallorquín, estaba atento a los movimientos. En su periplo castellonense guardó algún minuto para las relaciones públicas, entablando en ese tiempo un racimo de amistades estratégicamente escogidas con la finalidad de asaltar futuros banquillos en un fútbol emergente, surgiendo de aquel una vacante apetitosa en Mestalla tras la salida de otro inglés errante: míster Galloway. Y a por ella fue.

Ocurría que portar las riendas del modesto Alfonso XIII le sabía a poco, era el precio a pagar por su segunda salida de Catalunya, y no estaba dispuesto a pagarlo a pesar de estar ahora enfrentado a los dos gigantes de aquel fútbol, cerrándosele demasiadas puertas. Regresar a la tierra donde más aceptación social tuvo, en la cual el recuerdo de su glorioso Castellón todavía permanecía fresco e impreso, era la única salida que le quedaba.

Es necesario entenderlo para calibrar lo curioso de su fichaje por el Valencia. Porque Lecube, un viejo conocido enrolado en las filas del Gimnástico, le mantenía al tanto de lo que se cocía por el fútbol valentino, y a la postre quedaría encargado de embastar la contratación de Greenwell.

El inglés aventurero aprovecharía las vacaciones de julio del 33 para enviarle una carta certificada junto a sus instrucciones: debía Lecube entregarle el sobre a Sincerator, el afamado redactor de Las Provincias, para que tirando de su influencia y amistad con Colina el periodista, al tanto de la jugada, se lo entregara en mano al patrón de pesca del Fé-Cé. Del asunto acabaría haciendo broma El Indiscreto, compañero de columna de Santiago Carbonell, para mayor irritación del periodista estrella.

La misiva, con remite desde Barcelona, cayó como agua de mayo en un club que no podía creer que un entrenador de tal prestigio estuviera ofreciéndose para dirigirlo. Las dotes de míster Greenwell se antojaban ideales para comandar dicha revolución. «De los más capacitados, creador de grandes equipos y forjador de ases», se vendía a su llegada.

Pero Greenwell era más cosas. En sus inicios fue el introductor de la pretemporada. Quien puso fin a los veranos de asueto, roto con un par de amistosos como única prueba a la hora de coger la forma ante el inicio del campeonato regional, la primera competición en entrar en liza. Esbozó también la figura del preparador físico (o de cultura física, como se denominaba), trayéndose del Castellón a Andrés Balsa, su mano derecha para tales menesteres.

El uso de balones medicinales y las interminables horas de entrenamiento pronto se convirtieron en comentario de café. Hay una foto definitoria de los primeros días de Greenwell, en la cual observamos al inglés ataviado con espardenyas de labrador y sin más prenda que un pantalón corto, apoyado en la tribuna de Mestalla observando a sus jugadores mientras completan los 110 metros valla, transcurriendo la acción bajo un sol radiante que abrasa el ambiente.

Eran el tipo de cosas que encandilaban al presidente Almenar, quien no dudó en alzar al inglés a categoría de mánager: «Hemos dado autoridad absoluta a míster Jack. Él confeccionará el once conforme estime conveniente para el positivismo del rendimiento sobre el terreno. Suya será la autoridad total y suya es la responsabilidad única. Se ha hecho un gran esfuerzo para la adquisición de nuevos elementos por parte del club y hemos de buscar en una nueva ordenación administrativa la nivelación económica del Valencia Fé-Cé».

También propició la entrada de aires modernos en la prensa, permitiendo que Hernández Zafrilla, pluma de referencia en El Mercantil Valenciano, cubriera por vez primera una pretemporada desde dentro, dejándonos las primeras ideas que Greenwell trazó para su Valencia. «Procuro dar las lecciones lo más elementalmente posible al principio. Después procuro profundizar, porque ya existe la compenetración debida entre los muchachos y yo».

Ese reportaje añade una foto desconocida, y de las mejores vistas hasta la fecha. Un plano aéreo de un túnel de vestuarios iluminado por el sol del verano, siendo cruzado por un equipo sin camisa, en pantalón corto y descalzo, saliendo a entrenar con la primera luz del día. Bajo esa estampa, Greenwell cuenta a Zafrilla su plan de choque. «Para empezar, entrenamiento duro e intenso para eliminar grasas y ponerlos a todos a punto. Después ya establecemos sesiones más leves, y hasta cuando las circunstancias lo permitan, con baches de descanso durante la semana. Descansos que aprovecharé para montar conferencias con los muchachos sobre errores de tecnicismos que haya observado en sus actuaciones».

El método de míster Jack para entrar en las mentes de sus jugadores consistía en llevárselos a jugar al golf, confraternizando en un ambiente distendido iba exponiéndoles sus puntos débiles. Una vía más diplomática que la mostrada en sus días mozos, más dado a entrar a latigazos desde el principio y a pecho descubierto. Ahora, peinando canas, la versión dura quedaba para situaciones límite. «Entrenamientos que parecen partidos de campeonato», deja escrito un Zafrilla que comprobó en primera persona que la fama arrastrada por el inglés no era gratuita.

«Para los ejercicios cuantas veces cree oportuno, a veces a gritos, enérgicamente manda repetirlos hasta que consigue su propósito». Existía tanta confianza en que de allí saldría un gran equipo que el optimismo se dejó ver hasta en los directivos, capaces de afirmar que el año deportivo sería el mejor visto hasta entonces.

Para ello se reorganizó el grupo con elementos de enjundia. Con un estudiante llegado del Nacional de Madrid conocido como Iturraspe, experto en «cortar como una gillette y entregarla mejor que un cartero»; futuras tardes de gloria le daría a la elástica. Junto a él ingresó todo un fenómeno del Arenas como Menchaca para romper redes enemigas, y un Trabanco, interior fino, por el que se pelearon Oviedo, Athletic y Valencia. Bertolí, del Sans, conocido por Greenwell y uno de esos valencianos que tuvo que emigrar para hacerse un nombre, regresaba a casa entre los entusiasmos del público, un medio ala que llegaría junto a otro, un argentino de nombre Guillermo Villagrá fichado del Arenas y guinda al pastel de aquel Valencia en reconstrucción.

Los resultados parecían darle la razón a las proyecciones optimistas brotadas de un verano de jugadores descalzos trotando por el parcheado césped del estadio. El fulgurante inicio en el regional contribuyó a crear expectación donde antaño sólo llovían reproches ante un rendimiento irregular. El Valencia revalidaría su título de campeón conseguido un año antes recetando goleadas a todos sus rivales, excepto al Levante F.C., quien no sólo frenó la superioridad valencianista en el regional, sino que fue el único capaz de ganarle, y por dos veces, merced del 0-2 en Mestalla y del 1-0 en el campo del grao.

En esos tiempos cambiantes ya se iba viendo que la Liga era otra cosa, y en ella, lejos de sufrir como era costumbre, en este curso el equipo consiguió la ansiada estabilidad, cayendo desde arriba hasta una meritoria séptima posición, por delante de potencias futbolísticas como Espanyol, Barcelona y Arenas, quienes se salvaron del descenso pese a tan malas clasificaciones gracias a la ampliación del campeonato de 10 a 12 equipos.

Incluso así, muchos de los sustos granjeados en esa etapa tuvieron raíz en el fútbol ofensivo y de toque propuesto por Greenwell, saliendo goleado en Oviedo por 7-0, por 6-2 en Bilbao o 5-2 de Barcelona, aunque ayudaría a compensarlo con triunfos a Madrid, Barça y Espanyol en Mestalla y un 2-2 ante el Athletic. La esperada solidificación del trabajo se vería en la Copa, la competición fetiche del inglés y el desvelo de los valencianistas, obsesionados con ella desde siempre.

Pero aquel inicio, como pasó en el torneo de la regularidad, vino con susto, uno apunto de truncar la historia al caer en Santander por 6-2 y casi desperdiciar el 7-1 conseguido en la ida. Una lección aprendida que ayudaría a conducir al grupo sin problemas hasta las semifinales con un Oviedo al que todos daban por finalista. Pero esa, la de la copa, y la frustrante derrota ante el Real Madrid en la final es un capítulo a parte. El éxito en un equipo de modestia, recién llegado a la élite, contribuyó al engaño queriendo ese verano culminar por la vía rápida su crecimiento, cerrando el anhelado y ruinoso fichaje de Gaspar Rubio y el de un prometedor Juan Ramón.

Pero los halos de los tiempos empezaban a influir en el ambiente. Jugadores metidos a gobernantes, directivos insertados en la dirección técnica imponiendo sus pareceres, un Colina arrinconado, y un vestuario en guerra contra un club decidido a cortar cabezas para acoplar caprichos que sumados a un supraregional desastroso agotó la paciencia de un Greenwell que se veía incapaz de sostener por sí sólo un club convertido en parlamento, incluso con enfrentamientos ideológicos en el seno del vestuario, teniendo que cerrar su estancia en Valencia antes de acabar siquiera el torneo local.

A pesar de intentar permanecer en la ciudad enrolándose en diciembre de ese año en las filas del Gimnástico, acabó viajando al norte, donde la guerra, que ya llamaba a la puerta en la 35/36, también le obligó a salir con prontitud de Gijón, su última estancia en la península. Incluso en esas, tuvo tiempo antes de huir a enfrascarse en una discusión mediática sobre el exceso de entrenadores ingleses y la escasa apuesta por el producto local de los clubes. Un debate iniciado por Mundo Deportivo que llevó a Greenwell a publicar una carta reivindicativa en dicho medio donde apoyaba el avance futbolístico que había aportado los entrenadores foráneos a un deporte todavía a años luz del europeo.

Sin lápida en el cementerio británico

Pero todo aquello eran aventuras olvidadas, ecos troceados por los años y la distancia de un continente ignoto para las gentes que se apilaban en el cementerio británico a despedir a ese amable y gentil inglés que había esperanzado al fútbol colombiano.

Los jugadores y directivos de Independiente Santa Fe formando alrededor de la tumba, amigos y conocidos tras ellos, abarrotaban el lugar en una escena con tintes de funeral de estado. Un baño de masas que Greenwell no conocía desde el regreso de las Olimpiadas del 36, cuando una mentira les convirtió en héroes. Porque resultó que aquel triunfo por 4-2 ante los anfitriones no sería tal gracias a una invasión de entusiastas peruanos, ocupando el terreno de juego para festejar un triunfo que todavía no contaba con la rubrica del colegiado, despertando aquella torpeza la ira de los equipiers austriacos, derivando en tal enfrentamiento entre jugadores y público que acarreó la suspensión del encuentro.

La imposibilidad económica de que la delegación peruana extendiera su estancia hizo que se negaran a aceptar la reanudación del mismo en las fechas propuestas, exigiendo que se les diera el triunfo. Finalmente, su negativa a comparecer les llevó a la eliminación. Una vergüenza que vistieron alegando una conspiración Nazi para evitar que un combinado de criollos y negros humillara a la raza aria. Un relato que sigue teniendo arraigo en Perú y latinoamérica, aunque hace años quedara demostrada su falsedad.

Ese hecho posibilitó que la esposa e hija de Greenwell, cansadas de dar tumbos, se resguardaran en Lima mientras él descubría Colombia, llevándole la cuestión a ser enterrado en un cementerio desprovisto de raigambre para la familia. El camino que ante la pérdida de míster Jack les conduciría con los años hacia Canadá, donde fallecería su hija Carmen en recientes fechas, repleta de recuerdos borrosos y anécdotas inconexas que intentó recoger Rory Smith en Míster, un tratado sobre la huella de los entrenadores ingleses en España.

El trabajo de Greenwell en su nuevo club había llamado, como era costumbre, la atención de la crítica en una carrera casi armamentística entre los combinados locales para afrontar el primer campeonato profesional colombiano. Santa Fe contaba con modernas instalaciones de entrenamiento, estadio propio, y una estructura pujante, aunque le faltara el talento que le sobraba a su eterno rival, un Millonarios que empezaba a hacer gala de su nombre y aprovecharse de la crisis argentina para contratar a astros de aquellas latitudes. Estaba todo listo para que el poder del bloque acabara con la virtuosidad del dinero cuando dicho derrame mató al inglés aventurero.

A las cuatro de la tarde, con los jugadores de Millonarios (rival ciudadano) y la colonia británica de Bogotá presente, se cerró el indeterminado agujero en el que quedaría perdido para siempre míster Jack.

Lo afirma así Richard McColl, compatriota de Greenwell, quien lleva años cubriendo la información política de la zona para medios americanos e ingleses, visitando el cementerio británico en incontables ocasiones con la esperanza de dar con la tumba del entrenador. Sin suerte. No queda constancia escrita de su ubicación, y la desaparición de una lápida que le identifique, afirma, puede deberse a su deterioro y posterior retirada hace demasiados años, pudiendo estar sus restos en los muchos sepulcros sin señalizar que pueblan el recinto; sino probablemente depositados junto a otros cientos en el osario del campo santo.

Es el fin de un hombre revolucionario, profeta del balompié, que hoy empieza a tener un tímido reconocimiento en su país de origen, considerado como el técnico británico más exitoso fuera de las islas al que le atribuyen además la paternidad del afamado estilo barcelonés.

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