Equipiers

El buen surtido danés

Criado en los suburbios de Copenhague, el indescifrable, para muchos, Wass se muestra como la esencia misma del ideal mestallero. El jugador-comodín, el perfil, que marca la diferencia entre un gran VCF y otro mediocre. Aplicando incansablemente las lecciones aprendidas en el cinturón obrero de la capital danesa.

Gladsaxe es fea. Como todos los distritos obreros de centroeuropa acumula bloques de hormigón donde apelotonar a familias trabajadoras e inmigrantes, que al amanecer, en ordenada procesión, ponen rumbo a la gran urbe. Al sur de esos átomos poblacionales, que nacieron separados hasta que su expansión obligó a germinar una municipalidad artificial que pinta de comunas la región de Hovedstaden, se sitúa Copenhague. Donde los señoritos odian a toda esa clase de gentes, tanto como a los del sur, la guarida de su gran enemigo futbolístico: el Brondby. Expresión del disperso cinturón proletario.

En esos últimos bastiones de la socialdemocracia danesa creció Daniel Wass. Arriba, en Gladsaxe, entrenado por su padre en uno de tantos equipitos que impregnan los suburbios de la capital, lo hizo como persona. Abajo, en Brondbyvester, como futbolista.

Allí, de auriazul, es como se aprende a odiar al FK Copenhague, el equipo de las clases medias y altas. A diferencia de la vieja empresa escocesa, el New Firm — como han bautizado a esta violenta rivalidad danesa— no se sustenta en lo religioso, sino en la lucha de clases.

En esa obediencia al hincha que se gasta el dinero en una entrada inculcada en su viejo club nace su innegociable intensidad. De los helados campos de Selandia un fondo físico que completó siempre practicando otros deportes, arrinconados ahora al asueto veraniego. Rafting, senderismo, cross… moldeando con mano de orfebre un cuerpo fibrado y atlético. Y de todos una mentalidad colectiva que no sólo refleja en el terreno de juego, sino más allá de sus límites. Ocupando en sus equipos un simpático liderazgo que le lleva a hacer grupo, interesarse por compañeros y un orden personal rígido que se reduce a familia, trabajo y amigos.

Austeridad de cunas de la que emana su polivalencia, desarrollada ejerciendo de todo ante la falta de recursos. Incansable solidaridad que le ha hecho destacar siempre allá donde puso sus botas sobre el verde. Embarradas en las filas de equipos marginados por el sistema, obligados, como los vecinos de Gladsaxe, al rendimiento a destajo para superar obstáculos y conseguir objetivos.

Del Brondby, nacido en 1964 de varias fusiones empezando desde lo más bajo del fútbol danés dada su política amateur, mientras su rival ciudadano más propenso al profesionalismo, surgido igualmente en 1992 de la unión de varios equipos, empezó en primera y prácticamente ganando desde el minuto cero, a un Evian francés que se plantó en la League 1 rompiendo todo pronóstico y lógica, convirtiéndose en la sensación del campeonato alcanzando incluso una final copera en 2013. Al Celta, que fue de segunda a unas semifinales de la Europa League apeado sólo por el mecánico Man.Utd de Mourinho. Acabando en un VCF muerto para el fútbol moderno que resucitó inesperadamente para firmar unos años apoteósicos en una breve primavera hasta regresar al sepulcro empujado por su estúpido dueño.

De ese sobreponerse a todo desde el principio le surge la familiaridad contra la adversidad, madre de una honestidad fría y dura como la ciudad dormitorio de la que proviene. «Sabe lo que quiere, tiene un gran carácter y el temperamento necesario para tener éxito en el fútbol de élite», dijo de él su capitán en el Evian, Cédric Barbosa.

Allí fue estrella. Allí, de lateral derecho, de izquierdo en días de urgencia, de interior diestro, se hizo un nombre. Allí, sus lanzamientos de falta, faceta que no le han dejado explotar en Mestalla, llevaron al hexágono entero a preguntarse si era la reencarnación de Juninho Pernambucano. Y allí fue donde ante tal estrellato empezaron a relacionarlo con equipos de enjundia para dar rienda suelta a su discurso hiperrealista.

Tanto, que de ser ojito derecho de su técnico, de tener encandilada a la hinchada, pasó a recibir rajes morrocotudos desde la sala de prensa: «No he cometido ningún crimen en sentar a Wass. Y creo que lo debí hacer antes», soltaba un Pascal Dupraz que se las daba de orgulloso descubridor del danés. «No hay jugador que con el pretexto de estar en la lista de algunos clubes pueda eludir una sustitución, dejar de correr o ir a la presión».

Fue un enero complicado. La misma contundencia con la que afirmó querer marcharse del Celta para seguir progresando la expuso en el modesto y milagroso conjunto galo. Tal negación a abrirle la puerta en el mercado invernal, como pretendía, le generó dichos disgustos en su experiencia vital en la otra cara del fútbol. Pero tras el cabreo, el rendimiento. Ese pie derecho tornado en guante siguió produciendo asistencias y goles para dejarlo siendo el máximo goleador en la breve historia del Evian en primera división. En carrera, con la precisión de un playmaker, sigue teniendo ese toque para poner balones de oro en el área que no sólo le convierten en el mayor asistente de sus equipos, sino que en el único año juntos, antes de reencontrarse en Valencia, hizo de Maximiliano Gómez el mayor rematador de cabeza de la Liga, sirviéndole a su testa 7 de los 13 goles sumados por el uruguayo.

Es en esos pastos donde nace la confusión. Ataviado por Berizzo en un 4-3-3 rodeado de un 8 y un 10, caído a banda, hizo creer a más de uno que era un medio. Pero lo cierto es que toda su carrera la ha desarrollado en la banda diestra, de lateral en defensas de cuatro, de carrilero en líneas de cinco, de interior o hasta de extremo. La misma hierba alta en la que bajo los mandos de Unzué llegó al mareo total al surtir balones desde la mediapunta.

Una riqueza de matices y secretos absorbidos en cada uno de los entramados en los que ha participado, sumando a sus buenas dotes una lectura de los partidos, un rigor, al alcance de muy pocos futbolistas. Desarrollando una inteligencia táctica y una resistencia de ciclista a prueba de vaivenes. Pues Wass, que se las sabe todas, siempre rinde, siempre destaca, es de esos tipos que independientemente de los ciclos, las rachas, las tendencias, o los desmanes, cumple con nota en cualquier escenario. Siguiendo, como un equipier antiguo, el sagrado respeto a la camiseta.

Por algo fue imprescindible para todo técnico que lo tuvo en sus manos. Salvo para uno, es cierto. El viejo seleccionador danés. Aunque aquel episodio, que le costó perderse el mundial de Rusia entre fuertes polémicas mediáticas en su país, fue más cosa suya. Ya que agotado tras un año durísimo, estando todavía por recuperar sabiendo lo importante que era para su club participar al 100% en los últimos encuentros que podían marcar una permanencia, renunció a dos partidos clasificatorios con Dinamarca encendiendo el carácter de Age Hareide, quien lo sentenció a la hora de hacer la lista mundialista. Una cruz que arrastró largo tiempo, costándole lo suyo regresar a las convocatorias.

Es su única mancha en una extensa lista de milagros en un hombre de sacrificios por el colectivo, pues con su país bien pudo sumar otro al enrolarse en los octavos de final de un campeonato del mundo en equipo poco habituado a verse en esas citas.

Tal vez el destino le guardó esa carta para ser uno de los ases del centenario. La muleta, el trabajador incansable que las mata callando. Su curso más fulgurante. Aunque incluso en ese cliché de enfocarlo todo al físico, se le niega la técnica que posee. Porque Wass no es sólo correr o anticiparse, también es calidad para meter esos centros, esos desmarques, romper líneas ajenas, pegar las propias, y anotar goles. Uno de los tipos más completos de su especie, que vino a recuperar una vía extinta desde años, la del jugador Angulo. Piezas que marcan la diferencia entre un gran VCF y otro mediocre.

Y eso, que aquí, privado de la continuidad que gozó en otros lares, está costando ver su mejor versión. Negándole su desarrollo. Desdibujado en un sinfín de cambios posicionales que no le dejan desplegarse totalmente. Quizá sea el precio a pagar por estar en el alto nivel, el perder atribuciones que ya tienen asignadas otros con mayores galones. Gozando en el escueto espacio para transiciones rápidas y presión alta, donde mejor se desenvuelve. Con espacios, el Valencia tiene en Cheryshev y Wass dos auténticos asesinos. Suficientes las que le han dado para verle cometer crímenes sin resolver, llevando el foco y los aplausos a terceros a pesar de su contribución.

Porque él, como esos vecinos suyos que parten en procesión al alba a mover la ciudad, está llamado a la invisibilidad, a que su trabajo, oscuro, desapercibido, posibilite las glorias de los señoritos. Los que viven bien, entre aplausos y comodidades, y a los que se les perdona todo, siempre en pro del titular.

Perfiles cada vez más vilipendiados por la cultura del delirio que lo impregna todo en este fútbol esquizofrénico lleno aficionados que no se distinguen de un bróker, regido por millonarios con clubes que no diferencian un rombo de una circunferencia. Su triunfo, al menos, a expensas de un nuevo y mejor destino, ganado lo tiene al probar que en las alturas fue tan bueno como en cualquier parte, será la memoria. El recuerdo a su molde como clave para regresar al buen camino el día que se quiera hacer tal cosa. Como ocurrió antaño con otros hasta su llegada.

Quebrando defensas, o truncando sueños a advenedizos atacantes, es la viva imagen del Valencia anhelado, el ideal mestallero personificado. El bronco y copero en carne y hueso.

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