Equipiers Serie Centenari

El portero que no pudo reinar

Enrique Cano debutó a dos meses de cumplir los diecisiete años, asombró al mundo por su físico y atajadas. Pero cuando estaba llamado a convertirse en leyenda con los títulos de los años 40 la persecución política le obligó al exilio, condenándole al olvido.

A Plattko, el portero barcelonista, le encantaban esas cosas. Salió del vestuario como un malabarista, propinando toquecitos de cabeza al balón mientras cruzaba medio terreno de juego para alboroto de una grada entregada, que puesta en pie coreaba su nombre entre aplausos.

Eran tiempos de acontecimientos, del primer amistoso internacional entre clubes de un Mestalla recién construido. En los carteles de aquella serie de encuentros ante el Cracovia el húngaro era presentado como «el verdadero rival del gran Ricardo Zamora»; el ojito derecho de una Valencia rendida al guardameta perico. Hijo de valenciana, habitual de la ciudad si el fútbol no le tenía sobre un campo de tierra, se formaban verdaderos tumultos cuando el boca a boca situaba a Zamora en algún cine, teatro o café valentino. El fichaje de El Divino era obsesión, convertido en costumbrista fórmula de presión de opositores y columnistas contra directivas sin simpatías.

Lo de Plattko alineándose con el Fé-Cé durante aquellos dos amistosos ante los polacos respondía a una propuesta antagonista, pura estrategia comercial con la cual pescar en el sucoso río de la creciente rivalidad surgida entre ambos guardaredes. Un cebo para granjearse una buena bolsa en tiempos de obras por pagar y exuberancia futbolística a sabiendas que días más tarde sería Zamora quien se enfundaría el rat penat ante un viejo campeón alemán, el Fürth.

Son jornadas de crónicas centradas en las pasiones levantadas por dos astros de un primigenio balompié, de comentar la abundante afluencia femenina en las gradas y la presencia de anteojos en sus regazos para no perderse detalle de tan bellos equipiers. Trata de un mundo de amistosos ante escuadras imponentes y refuerzos ad hoc para enfrentárseles, suponiendo una ventaja definitiva de un recién fundado Valencia F.C. sobre vecinos más antiguos y asentados.

Es en esos ambientes donde se crió un muchacho llamado Enrique Cano. Agazapado en el lateral de la tribuna de Mestalla junto a otros tantos chavales contemplaba la excitación divinomagiaresca, soñando ser como ellos, como ese Zamora que le regaría en elogios años más tarde ya con un Cano consagrado y convertido en salvador durante los arreones madridistas en la final copera que les midió en 1934.

Las plásticas estiradas del húngaro tuvieron lugar el 18 y 20 de septiembre de 1923, con un Enrique de dieciséis años que entrenaba sus manos en la tapicería de Russafa, su barrio. Un arrabal que dio muchos y muy buenos futbolistas al Valencia de los años 20 y 30. Una abundancia nacida de los solares y la huerta que rodeaba una barriada de oficios fomentadora del compaginar trabajo y pateo del esférico.

Cultura obrera y deportiva que nunca dejaría atrás, pues configuró entre astillas y tachuelas unas zarpas musculadas y gigantescas que definirían su figura durante una carrera de catorce temporadas y 315 partidos. Eran solares aquellos que verían nacer a todo un fenómeno de masas como el desaparecido Fraternitario, un equipo perteneciente a la Fraternidad Juvenil Republicana quien siguiendo sus preceptos ideológicos nunca se afilió a federación alguna; ni falta que le hizo. Pues fue la entidad deportiva por la cual acabaría suspirando el barrio entero, arrastrando masas que pronto la convirtieron en la tercera sociedad futbolística en número de socios. Peculiar equipo, sin duda, de principios y estrictas reglas prohibiendo jugar en él a nadie que no perteneciera a su matriz, siendo, curiosamente también, quien más y mejores jugadores de aquel arrabal aportó al Valencia, pues no sólo salió de sus entrañas nuestro Enrique Cano, sino que igualmente lo hicieron Valentín Reig ‘Picolín’ o Enrique Salvador. Ases de los años treinta.

Sus maneras, sus artes, su personalidad, sus valores, todo lo que llegó a ser Cano fue adquirido en aquel ambiente ruzafino honrado y progresista hasta que Fivébr y su idea de encauzar tanto talento juvenil en beneficio del Fé-Cé lo arrastrara a Mestalla. Lugar donde crecer convirtiéndose en indiscutible en las alineaciones a pesar de algunas trabas encontradas en el camino, pero ni en esas, ni incluso conquistando los favoritismos del público erigido ya en estrella, dejó nunca de acudir al puesto de trabajo que ocupó desde los doce años, tan presto a encolar sillas o montar muebles por las mañanas como dispuesto a salvar goles con el Valencia por las tardes; pues ése era su oficio, y no un fútbol que trataba como hobby incluso con la tímida profesionalización surgida durante los años treinta. Su etapa gloriosa.

Aún con los ecos de aquellos amistosos atronando, el debut blanquinegro de Cano atiende a una antigua tradición, correspondiente a los habituales partidos disputados tras la olimpiada atlética de las secciones deportivas, certámenes utilizados para dar entrada a jóvenes valores y que durante ese 20 de julio de 1924 trajo al Cartagena para el estreno del polémico y lujoso fichaje de Enrique Molina; aunque Cano se pondría la elástica en el segundo match, lunes 21, a dos meses de cumplir los 17 años. Pero sería otra vieja costumbre, una culpable de introducir en la ciudad del Túria el deporte del balompié, consistente en atender a los marinos de la armada británica que atracaban con asiduidad en el puerto de Valencia desde principios del siglo XX, la que le abriría definitivamente las puertas del primer equipo. A un año exacto tras las atusadas de Plattko y las zamoranas de El Divino, el tapicero de Ruzafa se enfundó la gorra del primer equipo formando un XI de titulares, suplentes y juveniles que golearían en Mestalla a la tripulación del Iron Duke por un contundente 8-1.

Un acto desarrollado bajo la estética de cuatro amigos pateando un esférico, de tackles salvajes y codazos a la sien validado como prueba de fuego a ojos de un Fivébr aliviado en observar en aquel bravo chaval las cualidades que le encontró mientras le espiaba en sus paseares por Russafa, mascullando ya en sus adentros la configuración de su famoso equipo juvenil. Cano, imponente y arrollador ante aquellos mamotretos, enseguida convenció al checo de que sería el sustituto ideal de un cada vez más enclenque Juan Llago.

Una segunda oportunidad, una grande, en un recinto abarrotado y en un acto histórico, le llegaría a Cano días más tarde. Trataba del partido que seguiría a los actos de la bandera, ante el siempre guerrillero Júpiter barcelonés, mostrando ante gradas entregadas ser un portero seguro y válido para sujetar los palos de aquel equipo en fase de reconstrucción.

Juventud que no le supuso problema alguno para destacar en su primer match de competición, utilizado por la crítica para cebarse con un Valencia que inauguró en octubre del 24 su periplo en el Campeonato Regional empatando ante el viejo campeón, y recién ascendido, España, institución sumida ya en una lánguida decadencia que le conduciría a su irremediable desaparición, perdiéndose con ella otro valioso testimonio del origen del fútbol en la ciudad.

Marcador que trajo chanzas de los rivales por el título y comentarios tratando al ruzafino como el único jugador a salvar de una tarde calificada de ridícula.

Sobrio, tan serio que es difícil encontrar declaraciones suyas, no digamos fotos donde no parezca estar enfurruñado, de físico imponente, pectorales anchos como el Sahara, manos gigantescas, exageradas por los caricaturistas de la época, los inicios de Cano se caracterizan por el aprendizaje sobre la marcha. De tener que curar lesiones por ese ímpetu suyo de lanzarse como cosaco a los pies del delantero. De ir con todo al salto, llevándose codazos o siendo aplastado sin piedad por montañas de rematadores craqueándole las costillas al caer sobre su cuerpo. Tantos huesos rotos son culpables de que su carrera en Mestalla no registre unos números más apabullantes en cantidad de partidos jugados; siendo ya muchos los que atesora teniendo en cuenta los escuetos calendarios de su tiempo.

Pero el vértigo, el punto flaco del Cano debutante, llegaba en los balones aéreos, que nunca sabía medirlos, generándole problemas en más de una ocasión. Con paciencia y estudio, fue puliendo sus taras. Esperando hábilmente al control del atacante, a leer las jugadas en la paciencia olvidando las ansias que le hacían adelantarse a los acontecimientos antes de hora.

Un primer año de ensayo-error saldado positivamente gracias a un Nebot que estaba ahí para ocupar la meta durante instantes de zozobra. «Cano bien cuidado será dentro de poco una esperanzadora realidad», dijeron de él por entonces. Y tan pronto llegó, tan bien se le cuidó, que en su segundo curso se impuso luciendo 26 titularidades, haciéndose al tercero con 31 a sus 19 años. Donde empezaban a lloverle los primeros elogios creando escuela con esa austeridad suya representada en sencillos y coloristas polos de menestral, lo que era, vistiendo la pose obrera tanto en el terreno de juego como en el taller emulando las camisolas de algodón de sus compañeros para asombro e indignación de los más puritanos, acostumbrados a ver a los guardaredes enfundados en gruesos y grises jerseys de lana. Pero como sabemos ya, en enero de 1928 quedaría en el ostracismo gracias a una serie de errores que le costaron caro al equipo, seguido de lesiones muy suyas, aparatosas y violentas, necesitadas de grandes períodos de recuperación permitiéndole a Pedret arrebatarle el puesto en el año más copero de la entidad. Tal vez, la mejor muestra de la valía del guardameta nos la de aquel viejo anuncio con la lista de transferibles donde vemos a Cano tasado en 5000 pesetas, la misma cantidad que un extremo; precio desorbitado para un joven guardameta de su tiempo.

Pero Cano, acostumbrado a pelear con la vida y sobrevivirle, no necesitaba más, ni siquiera gorra. De la que tampoco hacía uso.

«Sus actuaciones a lo Zamora» llamaban la atención sobremanera, tal es así que Hands le bautizaría en amistosos elevados a categoría, frente a equipos como el argentino Sportivo Barracas, con el mote con el cual se le conocería para siempre: «Manitas de plata». Pero eran instantes aún de ganarse la confianza de una parte del público más reticente a que muchacho tan joven defendiera lo más sagrado. Viéndose en 1925 frases como esta en anuncios de partidos ante el Nacional de Montevideo y su elenco de campeones olímpicos: «El once valencianista estará constituido única y exclusivamente por elementos de su club, cuya alineación será casi completa y en la que figurará como nota muy saliente CANO, el joven guardameta valenciano que tan formidables actuaciones ha tenido en San Sebastían y que mañana tendrá ocasión de demostrar ante la mayor línea delantera del mundo si sus facultades, valentía y estilo son verdaderas promesas para llegar a ser un portero».

Palabras buscando reafirmar la consolidación de aquel valor, que venía de saborear sus primeros titulares a nivel nacional en aquellos duros enfrentamientos de marzo del 25 ante el Barça en Mestalla y la consiguiente visita a Atocha, al reputado fútbol norteño, quedando la prensa guipuzcoana prendida de él y del trío defensivo que compuso junto a Reyes y Roca. Un colectivo del que también se hacía chanza buscando resaltar el respeto que infundían y el carácter que mostraban, «pero amigos, estaba Cano en la puerta y estaba Roca en la defensa, y que vayan a estos jugadores con bromas. Ni de la familia las aguantan».

Una gigantesca ironía, como veremos más adelante, que fuera ante el conjunto de Montevideo donde Cano enterrara a los que todavía dudaban de él. Aunque el asentamiento definitivo le llegara tras la expansión de fronteras que portó consigo la competición profesional, asunto que no sólo elevó el nivel de los contendientes a enfrentar, forzando a los equipiers a mostrar unas mayores prestaciones, sino que trajo además un foco que pronto descubriría que le comportaría cicatrices, dolores de cabeza y perrerías como para escribir un libro.

Porque en una sociedad de violencia tan arraigada que la transportaba allá donde se sentaba era Cano un imán para las iras cuando ponía el automático y dedicaba los minutos a salvar a su equipo de incesantes acometidas. Una profusión tan notable que enseguida entendieron los partidarios rivales que acabar con él era la única manera de poder ganar el partido. Así que era habitual verle en la enfermería molido a pedradas o teniendo que defenderse de energúmenos que saltaban al césped dispuestos a abrirle la sien.

Era un juego de dos direcciones, pues un temperamento como el del russafí no quedaba quieto ante los abusos. Acostumbrados los futbolistas a responder con silencios a los públicos, Cano combatía a los agresores agrediéndoles. Y al insulto, insultando. Estrenado por partida doble en los sucesos de Sevilla (capítulo del Breve Manual), su segundo gran episodio en estos menesteres encuentra inicio en Zaragoza, ante el Iberia, en enero de 1931. Zorrozúa, aprovechando una melé en el área, le propinó una fea patada harto de estamparse ante las manoplas de un Cano ahora maltrecho en tierra. A viva voz, una vez recuperado, manitas de plata le recriminó su actitud premiando el juego sucio del vasco con un contundente guantazo. Algo que no pasó desapercibido para un público zaragozano famoso por su apatía y poco gusto por el fútbol, abrazando la atrevida idea de acabar con la leyenda negra que arrastraban poniéndose a insultar al valencianista, cuya reacción no se hizo esperar.

Dándose media vuelta, directo hacia el espectador más a mano que tenía, lo agarró de la pechera arreándole una somanta de tortazos, desencadenando así una invasión de campo que solventaría Cano tumbando a media docena de partidarios más, sin ayuda de nadie.

Debió ser cosa del estrés. Pues el match se torció bien pronto, cuando a Imossi le rompieron la pierna obligando al Valencia a jugar con diez en un fútbol sin sustituciones, convirtiéndose Cano en accidental autor del 2-0 por un error de principiante, soportando a sus espaldas un doloroso 4-0 al que ayudó un colegiado pasivo y taciturno expulsando a Costa al protestar airadamente una acción violenta no señalada, señal del maltrato sufrido a todos los niveles en aquel campo rodeado de pinos.

Era, sin duda, fiel representante de un equipo que empezaba a mostrar trazas de grande y al que ya describían así antes de irrumpir en primera: «Aunque vista de blanco el Valencia no tiene nada de merengue. No es ciertamente el once blanco un prodigio en cuanto a juego, dista de ello no poco, pero la constitución física de sus elementos, su forma de actuar y sobre todo su temple hacen de él un equipo peligroso aun para los primates del fútbol nacional, habiendo llegado a ese punto de endurecimiento que distingue a los equipos de verdadero valor y que les permite actuar fuera de sus campos con verdadera eficacia».


Más historias como esta en Breve Manual para una Historia del VCF. Cómpralo aquí.


Le quedarían más episodios a un Cano que se cansaría de salir trasquilado, como en aquella ocasión que un fanático le robó el banderín al línier para atizarle. «Manitas de plata echó el cerrojo y en una tarde espléndida de acierto, de colocación, de seriedad y valentía permitió llegar al término de la primera parte sin que su meta se viera perforada ni una sola vez. Cano fue el Josué del equipo. Si éste paró el sol de una estirada, Cano paró el sol, la luna, las estrellas y todos los chuts que le tiraban, que fueron muchos», dijo Sincerator en días de un continuo destacar, capitaneando una imponente tripleta defensiva que bien merecería capítulo propio, estando integrada por Melenchón y Pasarín, agasajado nuestro protagonista de buenas críticas y al que sólo el reinado dictatorial de Zamora le privó de enfundarse la internacionalidad más allá del duelo ante el Sunderland, previo al mundial de Italia.

Pero la importancia de Cano reside en algo más, en erigirse en el primer gran guardameta en la historia de la entidad. Rompiendo además con los cánones de una ciudad idólatra de cancerberos ajenos que traía a vestirlos de blanco en amistosos de solera. Consiguiendo Cano las preferencias del público y las adhesiones de la prensa sin gozar de guapuras ni filigranas, más bien lo consiguió a golpes de bolchevique bajo palos o actuando de justiciero con asiduidad. En el narrado transcurrir se configuró una de las grandes predilecciones valencianistas, la pasión y el gusto por los buenos guardametas, aumentando su afinidad con el tapicero cuando obró otro de los episodios épicos de un fútbol cambiante y radical.

Sucedió en un partido ante el Levante F.C., en un ambiente de morro torcido ante las primeras grandes modificaciones en las reglas del foot-ball, de campeonatos regionales decaídos, goal average que no se entendían y con una creencia instalada advirtiendo que prohibir al portero moverse con libertad en el lanzamiento de penalti era convertir en imparable la pena máxima. Hasta que Cano lo hizo, siendo así el primero de su estirpe en conseguir una atajada tras el cambio de la normativa.

Era tal la fama que le llevó a ejercer de modelo para afamados fotógrafos. Puede que no haya mejor instantánea que muestre a Cano en toda su exuberancia que la realizada por Lázaro en Mestalla durante el otoño de 1934 (imagen de portada), con nuestro russafí ya consagrado como estrella, viniendo de realizar su mejor año. En ella, la cámara de otro personaje renacentista, escritor, fotógrafo, periodista y pionero en disparar imágenes aéreas de la ciudad, vemos a un guardameta luciendo su portentoso físico. Su ancho torso estirado al aire, torcido, despejando un balón con violencia.

La estampa, publicada en AS, es toda una maravilla de la época, fruto de aquel cámara obsesionado con romper los cánones de su tiempo convenciendo a los ases y guardaredes de que posaran para él e incluso simularan acciones reales de partido para documentar el deporte del fútbol de una manera artística.

Un ídolo enterrado en el Uruguay

A aquel vivaz muchacho que salía escopeteado del taller para ver a Plattko, o no llegar tarde a medirse en campos de tierra a equipos de marinos, le pilló la guerra en plena madurez. Consolidado como referente, para «sus muchos partidarios» era ya una voz autorizada en un club que llevaba defendiendo más de una década y al que ayudó a sujetar en sus horas más turbias, en plena incautación, con la misma diligencia con la cual sujetaba su portería en días de partido. Porque Cano es otro de los nombres de esa lista de héroes configurada por Colina para salvaguardar la integridad de la entidad en horas tan peligrosas.

Fue el suceso, ése, su beligerancia con los asaltantes que tras la capitulación quisieron hacerse con el club, su vieja alianza sindicalista con Salvador en reclamo de fichas impagadas o mejoras laborales que en más de una ocasión provocó que le buscaran sustituto a ver si se lo quitaban de encima, el que lo borró de la historia no permitiéndole inscribir su leyenda en los dorados años 40. Pues destinado a ello estaba, a solidificar la consolidación liguera tras el ascenso y capitanear los triunfos de la entidad en el siguiente decenio, porque edad tenía para conocer la primera Copa conquistada y la posterior Liga de Moncho Encinas.

Pero su enrole en investigaciones especiales del cuerpo de seguridad de Valencia, gracias al aval de Rodríguez Tortajada, puesto otorgado por influencia del presidente del Valencia, miembro de Esquerra Valenciana además de concejal por el mismo, como también se lo consiguió a tantos otros para evitar ser llamados al frente y pasar la Guerra en algún lugar cómodo, sus vínculos con el partido y el movimiento obrero, su origen, su filosofía de vida… lo pusieron en el punto de mira. Como a muchos, y por menos.

Así se entiende que a sus 28 años fuera purgado, primero, e incluido, después, en la lista negra elaborada por el Consejo Superior de Deportes tras el decretazo del general Moscardó que obligaba a los jugadores ‘rojos’ a una inhabilitación de entre tres y cinco años; teniendo Cano que entrenar en la clandestinidad, sin derecho a alinearse en un Valencia con un general franquista en la presidencia y La Falange medrando a ver si se hacía con un club muy apetecible para sus intereses.

Para un hombre de barrio que nunca necesitó el fútbol para vivir quedaban las leznas, las tenazas y los punzones de su tapicería. Que nunca abandonó.

Ante el recuerdo de tardes de gloria estaban sus manos para ganarse el pan como lo había hecho siempre. Y también aquellos solares de un barrio bullicioso que seguía produciendo fútbol, en los cuales fue a refugiarse como entrenador del Ruzafa F.C. una vez su ánimo decayó tanto que ni contando con el favor de Colina para permanecer en el Fé-Cé a pesar del veto impuesto, con visos a incorporarse tras él, encontró fuerzas ni ilusiones para seguir con el murciélago en el pecho, retirándose recién cumplidos los 29 debido a los atosigamientos y las persecuciones políticas que padecía en carnes en aquella ciudad tan negra. Las intimidaciones callejeras, diarias. Las visitas incómodas a su taller, con veladas amenazas a alguien a quien nunca pudieron encontrar causa alguna para justificar su paseíllo, constantes.

Fue en las profundidades del fútbol regional, rodeado de chavales, enfundado en un chándal ajado y embarrado donde se encontraba Cano cuando el Valencia de posguerra se engrasaba durante la 40/41.

Las miradas y admiraciones de quienes le reconocían le fueron acompañando hasta que su leyenda fue aplastada por el implacable peso del tiempo y los éxitos de los nuevos ídolos llegados tras las bombas. Entonces, con la posguerra azotando y el régimen en constante acoso hincándole sus garras, sabedor del riesgo que corría de continuar desafiando a sus acosadores, hizo lo que hicieron muchos valencianos de su tiempo: vender o ceder todas sus posesiones y emulando a los chicos del Iron Duke embarcarse en un carguero rumbo al Uruguay.

Allí, donde acabaron en los años 20 los primeros exiliados locales de Alfonso XIII y Primo de Rivera; obreros, agricultores y cabecillas sindicales que dieron paso a una emigración más tecnificada al término de la Guerra Civil. Una oleada de industriales, artesanos y tapiceros arrastró a Enrique Cano a una Montevideo rica, con el mayor PIB del continente, guardando una similitud geográfica, climática y de densidad poblacional con una Valencia que convirtió, y convierte, a Uruguay en el país latino con más valencianos por metro cuadrado. Tratan de momentos de codearse con perseguidos de la talla de Gori Muñoz, Benito Milla o el periodista político Francisco Ferrandiz, quienes pusieron en marcha la Casa de Valencia guardando con ella las tradiciones dejadas atrás. Fallas, fiestas o literatura que permitió que aún hoy los descendientes de aquellas gentes conserven el valenciano como lengua materna en latitudes tan lejanas.

También es el centro donde Cano, junto a Luis Fenollosa —un viejo rival granota— y el también exfutbolsita Asensio, transportaron el fútbol local creando un equipo amateur con el cual salir campeones en un país que acababa de inmortalizar el Maracanazo.

Unos días de libertad y esplendor en los cuales aquel chico que solía ser dibujado con manos de gigante, cuando no robándole la luna a un cielo estrellado, rememoraba aquellas comidas de grupo en tiempos del Fé-Cé mientras cocinaba paellas para un público nostálgico, de renombre, valiéndole tal arte la condecoración de Paeller Major de la Casa.

Fue así, de cocinero, amigo, y artesano como era recordado, y como murió en 1958, sin tiempo de asentarse en un país al que acababa de llegar, residiendo sus huesos en solitud hasta que al caer de los años las circunstancias permitieron a sus familiares traérselos a Valencia a descansar en paz en una democracia en pañales que ya no sabía nada de un tal Enrique Cano. El nombre que pudo reinar evitando con ello el advenimiento de Ignacio Eizaguirre.

0 comments on “El portero que no pudo reinar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s