Equipiers Serie Centenari

Enrique Salvador y el fin de la gloriosa

El ruzafino de oro lideró una de las mejores medulares de la historia del VCF, pero su final, como el de muchos de sus compañeros, fue gris. Rescatado de un campo de concentración en Alicante al acabar la guerra, finalizó su carrera en las filas del Hércules.

Muchos carnets se rompieron tras el affair, todo en mitad de un alboroto monumental. Eran nuevos días; días de revoluciones, pues andaba el Valencia decidido en poner fin a una época, la surgida tras su aterrizaje en la Liga. Tocaba matar a las épicas primigenias en la categoría, dejadas atrás con aquel gol agónico en Vitoria del 23 de marzo de 1933, como antaño se mataron las de los tiempos de Algirós, ya que alcanzar la madurez en la nueva élite requería de un golpe de timón, y estaban en el club dispuestos a llevarse por delante a quien hiciera falta para conseguirlo.

Hasta toparse con el caso Enrique Salvador marchaban los planes según lo previsto. Con una triquiñuela, ante los escasos derechos de los futbolistas, alegando «disminución voluntaria de rendimiento» pretendían desprenderse de otra ficha para remodelar la plantilla y aligerar costes en una entidad asfixiada por sus deudas.

Pero nadie esperaba que el mito de Ruzafa plantara cara, ni mucho menos, que una jauría de aficionados enfurecidos la tomara de aquella manera contra los dirigentes.

Un error de cálculo que no tuvo en cuenta que la ingobernable cabellera del indomable ruzafino era referente para esa sección de la hinchada que valoraba el brío y la lucha del equipier más físico de aquella media gloriosa, alzando expectación y pasiones durante tantos años. En ella, Amorós ponía la finura, el talento nato, ejerciendo de box-to-box. Molina, carácter, clase y liderazgo. Salvador, además del reparto de leña y la templanza en el pase, se encargaba de añadirle trellat al juego. Despertando el murmullo en las gradas gracias a sus célebres incursiones ofensivas. Era el cerebro del dragón.

Una colección de compañeros desigual, en el carácter, la personalidad, los ideales, y hasta en lo público. Pues mientras unos ejercían de estrellas con gusto, Salvador huía del foco, hablando solamente en campo y vestuario, educado en una humildad que nunca perdió, pues tampoco anheló gloria ni dinero alguno. Era un grupo, formado por un republicano y dos falangistas, alzador durante ocho años de las ilusiones del aficionado, conformándose a fuego lento en los primeros ídolos del nuevo recinto mestallero.

Pero ya, aquí, la edad pesaba. Molina, forzado por las secuelas de tanto golpe, redujo su hábito de retorcerse como un plátano para ejecutar sus espectaculares pases de pecho. Y Salvador, un cabeceador sin parangón, iba perdiendo sus milimétricos cambios de orientación, o sus transiciones con guante por pie. El declive del «triunvirato» —el primer sobrenombre de la media— obligaba muchas veces a cambiarles de posición para cubrir la baja de alguno de ellos, organizándose empastres absolutos.

También, en el nefasto curso 32/33, quedaban lejos los instantes en los que maravillas era lo único que se decía de la gloriosa. Como se lee en crónica del 13 de mayo de 1929 tras imponerse 1-3 al Betis: «Imponderable la gran línea media valencianista. Es a la que en el fondo se debe el triunfo final, como tantos otros llevan ganados en beneficio de sus colores. Pero como es inútil quemar más incienso en favor del triunvirato, digamos como resumen que los tres se superaron mutuamente hasta el extremo de ejercer por sí solos las funciones de todas las líneas del equipo valencianista. Cabe bien decir que eran tan sólo ellos tres contra el Betis». Tal vez, uno de sus grandes éxitos, residiera en conseguir que por entonces, Madrid, dejara de hablar de Valencia sólo para despreciar su fútbol (primitivo, según el parecer de éstos) o meterse con su público (incivilizado), e hiciera campaña en favor de llevar a los tres a la selección, arrastrando incluso a cronistas de la cohorte hacia Mestalla a contemplar en vivo sus delicias.


«Confiamos en que no nos tachen de pelmazos, o chauvinistas, ni nada por el estilo si repetimos una vez más que estos tres jugadores forman la más completa línea media que hay actualmente en España. En ellos reside la actual potencia del equipo de Colina. Nosotros no tuvimos la suerte de ver el partido Portugal-España pero estamos seguros que ni Prats hizo lo hubiera podido hacer Salvador, ni Solé lo que Molina y mucho menos Peña lo que Amorós. Y sobre todo la labor de conjunto de los tres valencianos. El domingo en Mestalla, Salvador-Molina-Amorós nos dieron nueva prueba de lo mucho que valen. Ellos por sí solos aguantaron a los alaveses y sirvieron al ataque tal vez con más precisión que nunca. Salvador-Molina-Amorós, una línea media que ya quisieran tener los equipos históricos».


Pero el seleccionador, señor Mateos, viejo periodista vitoriano, aplaudidor mediático del famoso cordón sanitario, con cuyas gafitas redondas y sombrero llevaba a gala ser un listillo con cierta enquina hacia estos colores durante sus días de plumilla, consideraba un peligroso precedente alinear una medular completa de un mismo equipo, más, si éste militaba en la segunda división, más, si provenían de aquel rincón inhóspito, desatendiendo así el clamor de las cabeceras madrileñas por incluir a estos fenómenos en la parrilla de la nacional.

Y sobre todo, si los interesados ponían de su parte. Pues el anuncio de que dicho personaje llegaba a tierras valentinas a echar un vistazo a esa línea de tantos titulares, puso de los nervios a nuestro Salvador, confesando tiempo después que tras aquella advertencia pasó la noche en vela, haciendo un nefasto partido al día siguiente, al cual siempre atribuyó las causas de no ser llamado ni siquiera a la selección B, como sí ocurrió con Molina en aquel fulguroso curso de 1929.

Más allá de las diabluras fubolísticas sobre el tapete, la adhesión a dichos jugadores era mayor por su arrolladora personalidad que por su capacidad de asombrar con arabescos.

Igual se retiraban de Chamartín ante una injusticia arbitral, como noqueaban a jugadores del Gimnástico en aquellos viejos derbys de antaño. E incluso ante el cansancio de los insultos recibidos por públicos rivales, invitaban sin paliativos a éstos a bajar al césped a dirimir cuentas, provocando en diversas ocasiones alguna invasión, como en Murcia, en marzo de 1931. Pues ahí, en esa, es donde grabaron en piedra lo de gloriosos ganando 4-6 un partido perdido gracias a la expulsión de Pasarín, quedando la concurrencia tan indignada ante una entrada de Amorós a Escudé, calificada de juego sucio por el respetable, que el valenciano se giró a la grada en plan ‘si os atrevéis, venid a mí’ obteniendo por resultado un golpetazo en la nuca para Melenchón, quedando sin sentido en el césped; un martillazo en el estómago para Salvador que casi le costó la vida y una veintena de murcianos linchando a un Amorós que sólo se salvó porque la guardia de asalto irrumpió a caballo en el estadio, llevándose por delante a la masa que tomó el terreno de juego ante la provocación del valencianista.

Altercado que le abrió las puertas a Molina como columnista de ocasión, relatando desde las páginas de Las Provincias su punto de vista y los pareceres propios de aquel público murciano siempre tan beligerante con los merengues.

Pero aquel no fue el período de baja más extenso para Salvador, otra agresión en Oviedo, en la 28/29, el cinco de mayo, le apartó de los terrenos de juego durante tres meses fruto de una patada por detrás de un loco que bien pudo llevarse por delante su carrera.

Vicisitudes que formaban ya parte del pasado. La superior condición física y técnica de estos tres sobre el resto de los mortales había menguado a estas alturas de la historia, y su personalidad complicada, especialmente la de Salvador, siempre enfrascado en algún conflicto de índole laboral con la directiva, ya no se justificaba con la excelencia en los partidos. Enrique, por entonces, llegaba tarde a todo, acabando por ser el jugador más expulsado del curso, y probablemente, de la historia del club durante su estancia en Mestalla.

Puede que respondiera a sus orígenes, a aquellos días de infantil, en el Indian Sport Club, aquel dulce británico en tierras de fuego, de su barrio, una Ruzafa de teatros y oficios, de gente acostumbrada a pelear por cada centímetro de vida, desertando del Fraternitario de sus amores, recalando en un Fé-Cé pulidor de la promesa, perfeccionando su don natural para la colocación en el filial Athletic. Su privilegiado físico entusiasmó con prontitud a James Elliot. Levantando admiraciones su capacidad para atacar y defender, y esa polivalencia premiada por la técnica que le llevaba a asemejar un delantero más cuando le mandaban cubrir las bajas de Torredeflot, el excelente extremo derecha, que dejaba a un Salvador tan magnífico en el traje del catalán que no eran pocos los que advertían que cuando le tocaba cubrir tales obligaciones se veía en Salvador un jugador mucho mejor que el que acostumbraba a enseñar en su posición de medio.

Una corrección que le hizo ser más que respetado por sus compañeros, y admirado en los círculos por los cuales se movía, siempre reclamando libertades y derechos para los que menos tenían y más padecían, porque desde bien joven formó parte, militante político, de la Fraternidad Juvenil Republicana y del Partido Unión Republicana Autonomista. Por entonces, opción mayoritaria de las clases obreras y más necesitadas.

Pero a diferencia de Amorós, que pidió enfundarse la camisola del Amateur reconociendo con ello no encontrarse ya en condiciones para deleitar al entusiasta como exigía éste, Salvador se enervó ante la acusación de «disminución voluntaria de rendimiento», algo que no sólo soliviantó al futbolista, sino a gran parte de la opinión pública con él. Naciendo así un conflicto que acabaría en los tribunales federativos, demandando el equipier a la entidad, arropado por una oleada de partidarios que exigían respeto a una figura como la suya, pretendiendo un final decente para alguien de su posición y trayectoria.

Es en esas, mientras las editoriales copaban páginas con debates que mezclaban lo legal con lo moral o lo ético, cuando el jugador dejó de alinearse si no era en amistosos de relleno, dando forma a un XI de jugadores a prueba o juveniles con pretensiones. Eran los azotes del club por sus muchos conflictos pasados en los que incurrió Salvador, ahora alzados como quistes en su defensa legal, que tuvieron raíz en su vis sindicalista y republicana, una osadía en un mundo oprimido por la dictadura militar de Primo de Rivera, patrocinada por nobleza y clero, encontrando en la prensa conservadora su principal látigo. Asuntos, y pulsiones, que le llevaron a ocupar escaño en el Ayuntamiento de la ciudad en representación de su Ruzafa natal en cuanto la democracia retornó en 1931, ejerciendo desde entonces de jugador-político durante una legislatura entera.

Era uno más de la larga lista que desde 1919 suma infinidad de equipiers militantes y adscritos a partidos o sindicatos, de directivas plagadas de carnets del PURA, del partido de Lerroux o del nacionalista Unión Valencianista, configurando un Fé-Cé poblado a diestra y siniestra de republicanos, incluso hasta la posguerra y más allá, pues tras ella acabó convertido en refugio de represaliados y depurados por la dictadura franquista.


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Pasado culpable de un presente dirimido entre jerga judicial y cláusulas contractuales. La sentencia, finalmente favorable a Salvador, consideró que el Valencia no tenía derecho a prescindir de él por tales motivos. Considerados todos ellos falsos. Cosa que ni mucho menos le ayudaría a mantener el puesto. Ya que a pesar de ganar el pleito no se readmitió a Enrique Salvador en la plantilla, llegándose a un acuerdo amistoso para que de todas maneras dejara la entidad. Mas Salvador tampoco pretendía dinero, ni un lugar en el equipo si así lo consideraba el míster, o la comisión técnica. Su único anhelo era que no ensuciaran su honor alegando una disminución voluntaria de rendimiento, a pesar de una evidente pérdida de prestaciones inducida por la edad. Aunque durante ese impasse a la sede social de la institución empezaban a llegar cartas amenazantes de socios airados, carnets cortados por la mitad, y un aluvión de peticiones de baja. Alguna, de un famoso aspirante a directivo.

Pero como siempre en las pasiones valencianas, en el quehacer renovador de la entidad aterrizó pronto un jugador que haría olvidar a Salvador y la media gloriosa, fue el verano de la contratación de un referente como Iturraspe, piedra angular de un plantel que llevaría al club a su primera final copera. Una pequeña afrenta para el triunvirato, siempre estrellado a las puertas de conseguir tal hito y jubilado a instantes de tastar tal gloria. Ahí, ignorando lo que estaba por llegar, Salvador trazó su particular venganza coqueteando con el Levante F.C., recalando finalmente en el Hércules, un incipiente rival por el título regional para el ya hegemónico equipo mestallero.

Y allí, en Alicante, sería donde Salvador encontraría ambientes políticos más relajados, además, deparándole la posibilidad de resarcirse, porque el proyecto grandilocuente de aquel Hércules de dineros y ambiciones se toparía en los cuartos de final de la Copa con el Valencia, ganándole 2-1 en la ida en un soberbio encuentro de Enrique, que jugó como nunca a pesar de haber ganado alguna talla por la inactividad, recordándole a sus ejecutores el error cometido; esfuerzo que no vería compensado en la vuelta, siendo derrotados en Mestalla 3-0 quedando el club del murciélago en unas apasionantes semifinales frente a un Oviedo que eliminaba por goleada a sus contendientes. Pero esa es otra historia.

En la suya, en la que nos ocupa, en su periplo alicantino, conseguiría nuestro protagonista prolongar su carrera hasta 1940. Convirtiéndose también en indispensable de la leyenda herculina, aunque su pasado, con recibimientos apoteósicos cuando chafaba Mestalla con enemiga zamarra, le puso en una situación complicada al finalizar la guerra. Pues Salvador no olvidó sus ideales, militando en la ciudad del sur tanto o más como en el Cap i Casal, viajando a ésta a mítines y manifestaciones, implicado en primera fila, llevándole todo ello en 1939 a aquel terrible campo de prisioneros en el cual fue encontrado tras una desesperada búsqueda emprendida por amigos y conocidos, sacado de allí, atacado por los golpes, el hambre y la enfermedad, gracias a las influencias de un directivo del Hércules. Dándole refugio en las oficinas del club, donde pasaría meses recluido, arreglando fichas o rellenando libros contables hasta que consiguieron conmutarle la pena, aunque sería la ley franquista, el decreto Moscardó, quien le impediría volver a jugar por rojo.

Motivo por el cual, a sus 34 años, llevara un tiempo ejerciendo de exjugador enrolado en los banquillos de la segunda y tercera división, concretamente al frente de un Albacete de carencias al que llegó en dicha edad durante el curso de 1943. Días donde su Valencia ya gobernaba el palmarés de las competiciones con pulso de hierro.

Pero no era todo bonito, a pesar de que el balompié permitiera ciertas licencias y vistas gordas a los señalados por el régimen, no sería un caminar sencillo el de Salvador por un fútbol controlado por militares. Aunque, a diferencia de otros, lejos de exiliarse, aguantó el hostigamiento casi diario con la misma entereza que la necesidad en su Ruzafa natal, o los golpetazos en aquellos campos de violencia de sus años mozos.

Ese fue el triste final de un tipo, cuya marcha, abrió un abismo emocional en la ciudad, comprensible desde todo punto de vista dado el grado de importancia que llegó a lucir la media gloriosa.

Un final nada amable para ninguno de ellos, ni en el plano deportivo, ni en el vital.

A pesar de sus adscripciones políticas fueron pioneros en echar a Valencia entera a la calle ante las primeras epopeyas balompédicas durante el ecuador de los años 20, así como de las iniciales andaduras en primera división. Elementos capitales en la edad antigua, primeros ídolos de masas de Mestalla, masa social consolidada y alejada de aquel petit comité de Algirós. Erigiendo al calor de sus pasiones, en ese tránsito hacia el profesionalismo y la reestructuración de las competiciones, una etapa, con todos sus complementos coperos, marcada por las aventuras y liderazgo de Amorós, Molina y Salvador.

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