The Manager

Héctor Raúl Cúper

Creador de milagros, el legado de Héctor Raúl pervive en una entidad que está aprendiendo a valorar su pasado. A veinte años de París, el técnico argentino sobrevive como entrenador de fortuna, despojado del prestigio y el caché que llegó a lucir en los albores del siglo XXI.

Lo hizo. Pero, ¿qué le llevó a ello? Todavía no sabemos cómo quedó el asunto. Años después de que atraparan a Cúper en unas grabaciones tratando con la mafia italiana, la nada, el silencio, la confusión, es lo único que queda. El dinero, 200 mil euros, lo transportaron desde Italia metido en calzoncillos, y se lo entregaron. El arreglo, supuestamente, era para amañar partidos y sucar en el nuevo y lucrativo negocio de las apuestas deportivas.

Su confesión ante el juez fue fútil, aquello, dijo, era un negociado con su suegra para reformar una casa de su propiedad. Se vino abajo en cuanto las grabaciones retumbaron entre las parades de la menuda sala de vistas de la Audiencia Provincial de Cantabria, donde su voz, la de Héctor Raúl, justificaba ante la camorra su incumplimiento del trato mientras una lluvia de insultos y amenazas le rociaban la cara.

«Te has llevado el dinero y nos has dado una sola [nos la has clavado]. ¿Qué cojones has hecho? Me has metido en un lio». Le dijo el camorrista, cuya detención al regresar a Italia desveló el pastel. ¿Por qué grabó la conversación? En la cinta, transcrita por La Gazzetta dello Sport, el tono aumenta hasta la peligrosidad cuando confiesa que tuvo que vender su negocio para saldar el desfalco que la negativa de Cúper a amañar partidos le había ocasionado. Ahí fue cuando, ablandado, el técnico aceptó los 200 mil.

La única realidad es que sigue en libertad, sin cargos, jamás pisó una prisión, no se libró de nada pagando fianza, y campa con normalidad por el mundo mientras la justicia italiana indaga desde 2012 sobre la influencia de los malos en su etapa parmesana. Los titulares dejaron de hablar del tema. El secreto de sumario impide ahondar más. Pero la tardanza no advierte, todavía hoy, en qué quedó el testimonio del argentino. Sólo tenemos los hechos. Y son que a los ocho días de declarar ante el juez dejó el Racing, su enésimo intento de regresar a lo grande tras su milagrosa salvación del Mallorca y un anodino paso por el Betis.

Sí sabemos como se las gastaba Italia en aquellos tiempos. El Moggigate es una derivada de los amaños destapados a fines de los ochenta y principios de los noventa desvelando que la derrota del Napoli del que sería su tercer scudetto no fue un accidente, como siempre sospecharon en el sur.

También, que desde este episodio, Cúper abandonó Europa para siempre. Ahora deambula por sus fronteras. Turquía, jugando la UEFA con un impronunciable conjunto sin historial. Grecia, el fútbol devastado, llevando al Aris de Salónica donde no llegaba desde los años setenta. Georgia, como seleccionador… un entrenador de tal calibre condenado al extrarradio, al infrafútbol. Acostumbra el balón a eternizar vendeburras sobreviviendo durante décadas en los banquillos más prestigiosos por un éxito de hace treinta años, y a este, al milagrero del siglo XXI, el caché le duró apenas cinco cursos.

Los clubes huyeron de él. Al tiempo, la sociedad lo redujo a un chiste, al recurso costumbrista del cuñadismo. La mala sombra y la mofa. El pierde finales. El gafe. El tipo triste. Exitismo, en suma. Llevó a Huracán del descenso a jugarse la Liga en la última jornada dependiendo de sí mismo. ¿Fracaso? A Lanús lo hizo campeón de América. ¿Fracaso? A un Mallorca recién ascendido lo llevó a una final de Copa que perdió tras quedarse con nueve, e incluso así la condujo a la tanda de penaltis. Al siguiente curso a una final europea, y a clasificarse para la Champions con un equipo repleto de descartes. ¿Fracaso? Al Valencia lo clasificó para una final de Champions con la base que dos años antes quedaba noveno en la Liga. Y repitió al año siguiente con un equipo totalmente nuevo. ¿Fracaso? Al Inter, tras décadas gastando lo indecible para quedar en ningún lugar, casi lo hace campeón y se quedó fuera de la final de la Copa de Europa por la diferencia de goles tras sendos empates ante el Milan de Shevchenko, Pirlo y Nesta.

Bayern, el Madrid galáctico, Barcelona y la Lazio de Cragnotti son sus verdugos. Él lo tiene claro.


«No creo en las supersticiones, ni en las maldiciones o en las cosas extrañas. Hay finales y finales. Perdimos dos de ellas en los penales. ¿Mala suerte? Si sólo tienes mala suerte no llegas allí en absoluto. Yo pienso así. La gente dice que mejor no ir si vas a perder. No, es mejor estar allí. Siempre»


Casi se puede decir que le viene de cuna. Lo de pelear a contracorriente con escuadras alejadas de las cumbres. Y lo de perder finales. Como futbolista, en Ferrocarril Oeste, el club donde se crió desarrollando casi toda su carrera, la camisola con la que se proyectó a la selección de Bilardo, ya dejó escapar dos campeonatos ganados. Para acabar conquistando otros dos después. Allí, en el equipo de los empleados del ferrocarril, de la mano de Timoteo Griguol, es donde está la cuna y escuela de Héctor Raúl. Todo lo que aprendió, lo que es, o fue. El viejo es su mentor, del que no sólo adquirió la costumbre del golpecito en el pecho, sino un estricto código ético y una seriedad en el trabajo a prueba de bombas. El cuidado del detalle, la justicia, la ausencia de privilegios como gestión de grupos. Y un respeto reverencial no sólo por el deporte — «es un honor trabajar en el fútbol. Todos debemos ayudar a mantener el juego limpio. Eso significa tener cierto código ético y sentido de la responsabilidad»— , sino también por los árbitros, a los que jamás dedicó una sola palabra en su dilatada vida deportiva. «Si un jugador discutía con el árbitro, Griguol lo arrastraba y lo hacía correr alrededor del campo, incluso si eso significaba dejar al equipo con diez».

Tal mimetismo entre mentor y alumno se vislumbra hasta ojeando el historial en los banquillos de ambos técnicos. Constructores de escuadras combativas contra el establishment, cercadores de glorias, exitosos en el segundo o tercer escalón, pero repudiados siempre por los grandes reyes del balón.

Es así, y en esas, como llegó a Mestalla. En enero del 98, cerrando la primera vuelta en el Lluís Sitjar de Mallorca, se cruzaron los caminos. El VCF de Ranieri empezaba a coger velocidad de crucero, el Mallorca de Cúper estaba en las alturas. Esa tarde, esas vísperas, se tuvo el primer contacto tras un duelo entre futuro y presente que se ganó 0-1. Era un equipo formado por aquel lote que endosó Paco Roig a los baleares, haciendo de Engonga eje y estrella de tal periplo. El mismo duelo que en la segunda vuelta daría la alternativa al futuro campeón de Copa, consiguiendo ante el argentino entrar en una Champions que destrozaría a lomos de aquel conjunto que le endosaba un 3-0 sin despeinarse.

No fue fácil. Aquí llegó a un entorno de dioses. Aterrizó confundido. Y se instaló sobre él un cliché que resultó falso. Cúper vino a jugar al fútbol. Impuso un centro del campo en rombo, con un pivote defensivo y un mediapunta escoltados por dos extremos y dos delanteros. Cimentó la defensa adelantada para acabar de arreglar su exotismo en un XI construido para la presión y el contragolpe, para los espacios. No salió. Un punto de quince fue el resultado. Aunque con un juego espectacular. Ante el Alavés, dos encuentros antes de sumar el primer punto, perdido por 0-2, fue un vendaval ofensivo del Valencia. Una lluvia de ocasiones estrelladas en manos del portero vitoriano, los palos, o la falta de precisión en el último remate. Insuficiente para aplacar la despedida sonora con la que decidió gratificar Mestalla a aquel fútbol.

Incluso el primer triunfo resultó un desastre. El 0-3 en el Bernabéu que presagiaba goleada histórica al descanso, se convirtió en un 2-3 que todavía no sabemos cómo se consiguió. Balones al palo, exhibición de Palop, asedio constante… el miedo a ganar transformó un resultado cómodo en un atisbo de remontada. De destrozar al Real Madrid, a ser vapuleado. El principio de la cuperativa.

Extrañamente, todo transcurría en una peculiar dualidad. Mientras en la Liga se era incapaz de ganar a Racing, Valladolid, Betis o Alavés, en la Champions se aplastaba al Rangers, se exhibía en Eindhoven, o se le ganaba la Supercopa al Barça.

Una zozobra que llevó al vestuario a tomar cartas en el asunto. Aquel sistema, aquella manera de jugar, estaba desdibujando a la estrella del equipo, a un Piojo que no la olía. Y hacía sufrir a un grupo que se sentía seguro arropado. No expuesto. El código Griguol llevó a Cúper a aniquilar los privilegios que encontró a su llegada, engendrando un enfrentamiento con los pesos pesados. Fue una crisis tremenda. ¿Llegaron a las manos? En tiempos, el rumor alcanzó potencia mediática. Cogida por la pechera al argentino, rezaba el argumento. Una caseta imponiendo su estilo y sistema de juego a las bravas dejando una primera vuelta en la zona baja. Donde igual le endosabas cuatro al Numancia que el Espanyol te ganaba 1-2. O le hacías un 3-1 al Barça, ganando en el Calderón con ocho, que el Zaragoza te metía cuatro. De tal tamaño, que tras el enésimo tropiezo, en una reunión de urgencia a las tantas de la madrugada, en Paterna, se cortó por lo sano. Lo que en cualquier otro club hubiera sido el cese del entrenador, aquí, se tradujo en apartar del equipo a su crack. Toda una declaración de intenciones por parte de la entidad alinearse con su entrenador. Un mes de vacaciones para Claudio Javier López. Y un descenso al filial para Camarasa. Dos de los tres capitanes guillotinados en una suerte de redención que también llegó con sufrimientos.

En Vitoria, apenas inaugurada la segunda vuelta, las piezas encajaron finalmente. Aquella concesión al técnico, la de apartar al jugador más carismático e idolatrado desde Kempes, fue a cambio de renunciar al preciosismo con el que vino a jugar Cúper. El nacimiento de la barraca, la muerte de los horrores defensivos. Y el advenimiento de las hostilidades. 0-1 que salvó su cabeza tras seis jornadas sin ganar, subidas a la grupa de una dolorosa eliminación copera. Un encuentro lleno de palos, ocasiones erradas por la delantera improvisada entre Illie y Juan Sánchez, y un penalti raruno que supuso tres puntos que consolidó Cañizares en el descuento con un par de manos milagreras. «Ni me pueden botar, ni quieren», dijo Héctor Raúl en la rueda de prensa previa al encuentro.

La pregunta era clara, ¿el vestuario quería echar al entrenador? Los pesos pesados, aullaban los mentideros, no estaban con él. Sus palabras fueron francas:


«Estoy seguro que los jugadores del Valencia no me pueden, ni me quieren, ‘botar’. Para que un entrenador deje de trabajar en un club el consejo directivo, el presidente, y los accionistas deben estar de acuerdo con ello. Y no el plantel. Que trabaja para conseguir mejores resultados»


Sabía de lo que hablaba. El trabajo de fontanería entre bambalinas, capitaneado por un Pedro Cortés que apostó por él cercenando a Ranieri, consiguió la conjura tras reforzar al argentino: Todos a una por el bien e interés general.

05 de febrero del 2000. El Betis de Griguol, que ganó al alumno en la primera vuelta poniéndolo contra las cuerdas, ahora era de Hiddink. Es una fecha clave, pues en el minuto 70, Claudio López entra al campo por Juan Sánchez. Su regreso tras veinticinco días en Argentina. La ovación de Mestalla, el «Claudiooo, Claudiooo» resonando en eco, deja claro de parte de quien estuvo siempre el público. Ya trataba del criminal que Ranieri había creado, coordinando al fin su velocidad mental con sus extremidades mutando de guiñapo a estrella mundial. El ídolo de una generación huérfana volvía a chafar su casa. Pero no entero. Lo supimos ese mayo, perder la pulseada —como dicen los argentinos— llevó al Piojo a buscar equipo. Pasó la revisión médica con la Lazio mientras entrenaba en solitario en su país, el VCF, cobró parte del traspaso por adelantado ese mismo enero para poder pagar las fichas y las primas de la pasada Copa del Rey. Un ‘nos quedan dos meses de aguantarnos’ en toda regla. El partido se ganó con goles de Illie, Mendieta y Farinós. El segundo triunfo consecutivo tras Vitoria, los primeros seis puntos desde el 1-2 al Atlético y el 3-1 al Rayo del 12 y 19 de diciembre. Y la antesala al «Cúper vete ya» .

Porque es el peligro de la memoria, la idealización que comporta en su costumbre de borrar lo malo y guardar lo bueno. Aquel Valencia fue un sufrimiento hasta marzo. Instalado en la novena plaza, un infumable partido en Valladolid con un 0-0 de manual rompió la racha triunfal, trayendo al Real Madrid a Mestalla. Donde esa dualidad mística de todo el curso engendró un torrente que colgó del larguero a su rival. Fue la titularidad del Piojo. Esa sensación global de goleada que flotaba en el ambiente estallaría contra Cúper en el 80. El excelso fútbol de los valencianistas llegó hasta el 60. Un rebote, caído a las botas de Guti tras un centro, estableció el 1-1 de chiripa. La reacción del equipo fue defender el punto. Desde ese instante, los madridistas se hicieron con el control del encuentro, estampando en el larguero otro balón que hubiera supuesto el 1-2. No se sabe en qué pensaba el argentino, pero en ese escenario cambió a Claudio (partidazo), que estaba siendo la única amenaza local, por Juan Sánchez. Sustitución recibida al grito de «¡burro!, ¡burro!», que dejó paso a un sonoro y contundente «Cúper vete ya» en cuanto el citado esférico se estrellaba en el travesaño y constataba el tembleque de un VCF tomando una pose repetida en esa escalada en la tabla: Plantar el autobús y recibir 25 corners por partido.

Un calco del encuentro de ida, pero sin tantos goles, y menos puntos. Quizá haya que establecerlo como el verdadero resorte. Tal, que por vez primera un jugador, todo un capitán como Mendieta, salía a defender al técnico en zona mixta: «A Cúper se le puede definir con dos palabras, humildad y trabajo duro. Con eso se ha ganado a los jugadores». El míster, enemigo del peloteo, tampoco esquivó las dagas en la sala de prensa. ¿Que qué le parecía que le llamaran burro y le dijeran que se fuera? «Nunca perdí la fe en mí mismo. Pero es difícil cuando cincuenta mil personas piden tu cabeza. Fue una experiencia desagradable. Pero nunca afecta a la confianza en uno mismo. Tengo unos principios a los que me adhiero».

Este episodio es importante relatarlo porque establece las bases del odio a Cúper. Aquí, se instaló esa animadversión que todavía hoy, tantos años después, aflora cuando alguien menciona su nombre. El técnico que más lejos llevó a este club es también el entrenador menos valorado y más hateado de la historia gracias a todo ello. También, pero durante la segunda temporada, iniciaría la leyenda negra de Mestalla. Esa caricatura caprichosa, histérica, y burlona hecha en Madrid, y con mucha razón, empezó cuando al año siguiente, liderando la tabla, brillando al unísono en Europa, los pitos, los vete, los predicadores, y los titulares, arremetían contra su figura. Pero como eso es futuro, volvamos a la reacción. Porque tras Vitoria la transformación fue brutal. De los últimos 17 partidos se ganaron 11, perdiendo sólo en Coruña, casa del campeón de Liga, y en el Camp Nou. Al mismo tiempo que se humillaba a la Lazio por 5-2 o se goleaba al Barça por 4-1 en las semifinales de la Champions. Una velocidad de crucero que regaló un fútbol excelso en aquellos últimos dos meses y medio de temporada. Sideral. Con tal suficiencia que el propio Carboni se lamentaba de una reacción tan tardía: «Hemos llegado tarde a ganar la Liga. Si hubiéramos reaccionado antes…». A cinco puntos quedó el Deportivo.

Cosa que habla muy bien del técnico. Necesitó una primera vuelta entera, sobreponerse a mil problemas internos y a muchas incomprensiones, pero consiguió, finalmente, el equilibrio entre ese fútbol dinámico y atractivo que tantos malos resultados trajo al inicio, y la solidez defensiva y contundencia que llevó a aquel XI de pazguatos a París. Premiado con dos eufóricos «Cúper quédate», por el único «vete ya» registrado. También indica otro rasgo característico de Cúper, el transformar equipos medios en auténticos ganadores. Dani, Iván Campo, Romero, Marcelino o Ezquerro llegaron al Mallorca como desechos y acabaron todos siendo internacionales, granjeándose sucosos traspasos a grandes clubes. Lo mismo que sucedió a orillas del Turia, donde tipos como Gerard no hicieron nada ni antes, ni después, trayendo una lluvia de millones a las arcas valencianistas y un contrato millonario para un futbolista que jamás volvió a rendir a ese nivel.

Ventajas de contar con un técnico a la vanguardia de la táctica y la técnica. Transformando un 4-4-2 en un 4-3-3 con Farinós, Gerard y Mendieta en la medular y el Kily, Piojo e Illie en punta. Importando métodos que en Europa apenas existían. Pues la primera gran reforma de Paterna fue a manos de Héctor Raúl. Un gimnasio, fuentes termales, rampas para trabajar la resistencia, campos reducidos para ensayar la presión, análisis de vídeos… Control de la dieta… Los entrenamientos eran un Vietnam. Junto a una preparación física que iba más allá de mantener a raya los kilos de más, como era costumbre hasta entonces. Transformó futbolistas en atletas. Y una visión, que como confesó tiempo después, le llevó a copiar algunas cosas de su admirado Alex Ferguson.

Aciertos en los que se esconde también la derrota en Saint-Denis. ¿Era necesario ese esfuerzo ante el Zaragoza en la última jornada? Para clasificarse entre los cuatro primeros, sí. Llegó el equipo a la última cita sexto en la tabla, con 61 puntos, teniendo a Alavés (61), Madrid (62) y Zaragoza (63) por delante. Las carambolas, y el partidazo ante los maños, remontando un 0-1 inclusive, dejaron a los pupilos del argentino empatados con el segundo clasificado. Y también lesionados que no aguantaron más el alto ritmo de un curso muy exigente, con dos liguillas en la Champions, y una remontada de meses que culminó allí mismo. Se juntó a todo ello su empeño en fichar a Fagiani, sacado en el mercado invernal, a través de su agencia, Bahía, para quedar expuesto tras la sanción a Carboni, obligado a un cambalache con un jugador mediocre como Gerardo a banda cambiada en el partido más importante de la vida del club. Los tocados, tan justos iban, que no resistieron ni el último entrenamiento antes de la final, teniendo que jugar infiltrados. Total, que entre pitos y flautas, al verde parisino, a aquella noche, el equipo que deslumbró al mundo entero saltó, en la práctica, con ocho futbolistas.

Siempre confesó Morientes que ganaron aquella final la tarde anterior, cuando se cruzaron en el estadio con los valencianistas, en la última sesión de entrenamiento, y pudieron ver sus caras. Leyeron en ellas que tenían más miedo que ellos, pero en realidad sabían que con Farinós y el Kily infiltrados, más la ausencia de un lateral zurdo, o algo que se le pareciera, sus posibilidades eran reducidas. Esa duda, esa desconfianza repentina azotando a un grupo irreverente, fue mortal. Se vio en el tiempo reglamentario. No había un ápice de fe en ningún movimiento. En el único tramo donde rompieron temores y volvieron a ser ellos mismos el marcador ya señalaba un 2-0. Un toque a arrebato que condujo al último tanto madridista.

Sobre ese dolor, y las primeras salidas de jugadores ídolos, se tuvo que reconstruir todo. La fortaleza de un centro del campo dinámico y pelotero se perdió para cambiar el Mendieta-Gerard-Farinós por un rústico Albelda/Deschamps-Baraja-Mendieta. Una mejor mezcla, talento, experiencia y músculo. La delantera veloz, líquida, pasó a estática con un Carew-Sánchez-Diego Alonso en lugar del Claudio-Illie-Sánchez. Llegó Zahovic para meter dibujo, y Vicente para espolear al Kily. Ayala, reforzando una defensa ya de por sí buena, pero no exenta de carencias. Posiblemente estemos ante la mejor y más completa plantilla que haya tenido jamás la entidad. Rematada en enero con la llegada de Pablo Aimar dando el saltito de calidad, juego interior, y por bajo, a un equipo que estaba convirtiendo en arte el saque de puerta, peinada de Carew, y carrera/gol de Juan Sánchez. Elementos que le ayudaron a recuperar el 4-4-2 y la formación en rombo, que ahora sí, sujetaba bien al contar con los elementos adecuados.

No jugaba tan bien como el anterior invento cuperiano, pero era de una solidez envidiable. Con una aplomo al alcance de muy pocos. Preciso como un reloj suizo, mortal como una mamba negra. Impenetrable. Todo eso ganó, despojándose de los defectos del curso anterior para perder el gol. Si hubiera mantenido esa virtud, una ausencia que se arrastró durante la era Benítez, el resultado pudo haber sido terroríficamente brillante. Tan jugoso que los entrenamientos específicos que preparaba al noruego lo hicieron futbolista. Nunca Alieu Carew igualó aquella cifra de 18 tantos que logró con Cúper. Al punto, que el VCF ganó la Liga el año siguiente con sólo un gol del gigantón en 38 jornadas. Uno importante, el que le dio el liderato, curiosamente, en Mendizorroza.

Nada extraño, por ende, que comandara la tabla al término de la primera vuelta. Pero como aquí somos así de especialitos, arrastrados por la euforia en lugar de por la razón, por las filias o fobias en lugar de por los hechos, los oportunistas quédate tras meterse en París no fueron más que eso. Se atacaba con saña las aptitudes defensivas del XI. Entre otras cosas, porque seguía aduciendo el defecto de gozar frente al asedio a corners del rival. Pues nunca se vio a otro equipo convertir en estéril tal jugada, tanto, que las crónicas inglesas consultadas hoy del partido ante el Arsenal, o el Leeds, destacan la desesperación de estos en dichas acciones. Había caído el tabú, y la crítica abierta al argentino era menú diario, el resultado no podía con la manía en contraposición con una Europa embelesada con el míster. Con ello, el «¿pero qué más queréis en Valencia?» llegaba a nuestras vidas gracias a los ignorantes del «no jugamos a nada».

Episodios que hacen buena aquella aseveración de que aquí sólo caen bien los payasos. Retratando un entorno desilustrado, donde las camarillas son las únicas que construyen buena prensa en el cerco mediático, mientras al social, enfrascado en su obsesiva e enfermiza fijación por las ruedas de prensa, se la trae al pairo el juego generando fricciones en base a frases sueltas, que no pronuncien discursos populistas que quieren escuchar o levantando juicios de valor en torno al tono de voz ante el micro del titular del banquillo, y demás estupideces.

Asuntos no ajenos al ojo de Cúper. Tan buen lector de la realidad como de los partidos. En febrero, todavía zumbando la afrenta de Guadix, ya estaba firmado su contrato con el Inter, escogiendo el sabio camino de abandonar un lugar estando en la cima. Nunca una pérdida de un entrenador de este calibre fue acogida con tanta alegría. A pesar de la enturbiada relación, ante la evolución del equipo y la mala imagen que podía causar dejarlo escapar sin luchar por él, se pergeñó una obra de teatro para simular interés en renovarlo a sabiendas que ya tenía su futuro en otra parte, y que en el club nunca quisieron su continuidad. Pues bien, hasta eso sirvió para arrearle. Incluso tras un tropiezo en Málaga se llegó a mostrar una pancarta, «Cúper: ¿Ahora quieres mil, o dos mil?», aludiendo a la ficha, quinientos millones de pesetas, que pretendía pagarle el club para que se quedara renunciando a los cuatro millones de euros netos que le daban en Milán.

Fue una salida sin despedida, ni adiós. En silencio. Como si no hubiera existido jamás. Ostracismo que perdura veinte años después. Haciendo que aquellas gestas parezcan de otros. Por entonces, ya se había convertido en un meme andante. Salseando con sus tropiezos en Italia para justificar la agresividad mostrada en la crítica local.

Aquel cambio, Aimar por Albelda, sigue pesando todavía hoy. Un error. Incluso Effenberg declaró que aquello les insufló moral al descubrir que el VCF temía más al triunfo que al mismo Bayern. Pero un error al que se le da demasiada importancia. El rombo con Aimar adelantado y Baraja en posición defensiva dejó de ser efectivo con el cambio táctico de Hitzfeld, que ganó el centro del campo. Sacar al valenciano en ese transcurso hizo que los blanquinegros recuperarán el control, teniendo chances de sobra para sentenciar el partido. La más clara, el mano a mano de Zahovic con Kahn. Sobre el que circulan también un buen puñado de leyendas urbanas que intentan vender que fue un fallo a propósito. E incluso en esas guisas, la tanda de penaltis la comandó el VCF hasta el fallo de Carboni. Dando en el larguero, cayendo sobre la línea rozando por milímetros el cuerpo del cancerbero alemán, pudiendo cambiar la historia. Fue la atajada, pues aquello resultó un golpe psicológico que cambió las tornas en la muerte súbita, donde el cuadro mestallero, además, se quedó sin lanzadores. Fue a ella con Djukic y Pellegrino como últimos elementos a su favor, esperanza que no supo mantener tampoco Cañizares al no parar el penalti de Thomas Linke, el defensa más torpe del Bayern.

Supuso un legado inmenso. Pues sin él es imposible explicar las ligas de Benítez. Tal fue la magnitud que aquella base, la cual el técnico madrileño siempre agradeció haber recibido, duró cinco años al máximo nivel, y unos pocos más bajo el lastre de la saciedad. Asunto que invita a explicar la incompetencia de un club que no supo renovarse, como sí hizo tras París, y repetiría tras Milán, para mantener la llama viva. Ahora, ese afán de conservación, esa ida de olla, cometiendo tropelías que todavía hoy estamos pagando, sólo trajeron ruina y destrucción. Una pérdida de estatus que está por dilucidar cuándo podrá recuperarse, si es que es posible tal cosa.

Lo macabro de aquel The End lo cosió el peculiar calendario de la época. Empezar la temporada a mediados de septiembre hizo que Milán cayera a inicios del último mes de campeonato. Al lógico descuido de la previa, se sumó tener que competir en estado de shock las últimas cuatro semanas, emponzoñando su buena temporada con el Rivaldazo. De pelear la punta a inicios de mayo, a quedarse fuera de los cuatro primeros a mediados de junio.

En cuanto a Héctor Raúl, en San Siro, fue otra historia. De la cual habla la despedida lacrimógena con la que fue acogido su cese en el vestuario interista. Escenificada en ese abrazo melancólico con Materazzi. Su problema era Ronaldo. Ronaldo fue a quejarse a Moratti por su pérdida de privilegios. Ronaldo fue a quejarse a Moratti porque Cúper le obligaba a entrenarse. Ronaldo fue a quejarse a Moratti porque Cúper le hacía calentar antes de los partidos. Ronaldo se quejaba a todas horas a Moratti, hasta que Moratti se cansó de Ronaldo y Ronaldo acabó en el Madrid, intentando rajar de Cúper contando todas estas cosas para demostrar que el argentino era un mierda. Pero lo cierto es que desde el Inter de los alemanes, y hasta el de Mourinho, beneficiado por el Moggigate y el descenso de la Juve, fue el mejor Inter que existió. Y brilló en un Calcio de alto voltaje. Con ese Milan, con esa Lazio, con el gran Parma, esa Fiorentina, y esa Roma.

Y lo más importante, consiguió convertir en un equipo a aquella colección de cromos incorporados sin ton ni son. Pero no hubo títulos en tres años, escenario abonado para el final padecido, incapaz de borrar el mal sabor de boca de aquella derrota en el Olímpico de Roma, con un favorable 0-2 al descanso, escapándose un scudetto ganado en un club donde se exigen trofeos.

Así empezó su declive. Tal vez, esos cuatro millones por temporada, más el finiquito del inacabado tercer curso, o la mansión que se compró en el lago de Como, donde vive todavía, tengan algo que ver en su posterior y peculiar elección. Fue, de manera irreflexiva, allí donde le llamaron. Sin pensar en si el equipo le convenía, en su caché, en si era conveniente o no esperar mejores oportunidades.


«Básicamente, lo que me gusta es entrenar. El fútbol es una pasión. Si no tienes esto te falta algo. El fútbol me da vida, oxígeno, siempre me mueve, me motiva. No sé vivir sin estar entrenando»


Le dijo al Guardian cuando se hizo faraón. Esa ansiedad la explica mejor su actitud tras el cese. Se compró un barco, y se sacó el permiso de capitán. Se puso a jugar al tenis. Se sacó el carnet de piloto de avión. Runner también fue… Para acabar en ese desespero de año y medio de inactividad en un Mallorca desahuciado, con medio pie en segunda al inicio del invierno. Mejor eso que seguir en casa sin hacer nada, porque como afirma, «me da igual el equipo, o la plantilla. Busco retos. Cosas que me motiven, poder decidir».

Es la simbiosis que le granjeó su renacer al frente de la selección africana. Una unión entre dos partes necesitadas de reverdecer viejos laureles. Con más pasado que presente. En Egipto se volvió a hablar de Cúper. En un país con su liga suspendida durante más de dos años, y con problemas para que sus jugadores más potentados aceptaran ponerse la camiseta nacional, les devolvió a la Copa de África, llevándolos a una final que nadie soñaba. Otra vez, al frente de retales y jugadores sin ritmo de competición, sacaba un rédito extraordinario. Y otra vez, claro está, volvió a perder el partido decisivo. Asunto que importó poco al clasificar a los faraones para su primer mundial en treinta años. Nuevamente, Cúper protagonizando historias maravillosas.

Es su último episodio. ¿El definitivo? Ni siquiera esa epopeya le valió una redención. Ni su país, Argentina, hizo jamás amago de repatriarlo, ni Europa de volver a quererlo tras su repudio post Racing. Firmando otra excentricidad al aceptar el reto de Uzbekistán. Demasiado incluso para él. Pues ante las condiciones y los desparrames de aquel país, apenas duró unos meses. ¿Importa?, a él no parece importarle mucho su metamorfosis en trotamundos: «Es difícil, pero es una experiencia extraordinaria. Y no se trata sólo del deporte, te permites ver la vida y la idiosincrasia de tantos lugares».

A pesar de todo, le quedan un par de sitios donde siempre será leyenda. Que es un modo cualquiera de alcanzar la inmortalidad. Aquí, al menos, cien años después, se seguirán hablando de las finales de Champions del Valencia de Cúper. Sobre todo, porque con el caer de las décadas y el baño de humildad que ha traído la crisis las valoramos casi como un título más, abandonado ese desprecio con el que fueron tratadas en caliente.

5 comments on “Héctor Raúl Cúper

  1. El millor entrenador de la nostra història. Cúper, qui entén de futbol te porta al seu cor, qui te va voler volcar el cotxe i te va xillar que te’n anares, serà un inútil tota la seua vida. Bona dosi d’humiltat que s’han emportat. El temps t’ha posat al lloc mestre. En lo més alt de la història del club.

    • Anónimo

      Desde el major dels respectes a la teja opinió, desde que no está en el Vcf, ca fet? Res de res un cago, per culpa del se pergue la segunda final a Milán

  2. camisetasvcf

    No se puede ser humilde, trabajador, y no dar bola a la prensa en este futbol moderno… y ese fue su gran pecado. Para mí, entra en el top 5 de los mejores entrenadores de la historia del VCF

    • diria mas… Top3. Quien ha sacado mejor resultado que este tipo?

      • Ho senc molt, però barraquer a més no poder i un etern perdedor. No està a l’altura de neville o koeman, però es va patir massa de bades amb ell i amb kike.

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