Futbol després del mur històries de la champions

Milagro en Bérgamo

Apoyado en una de las mejores canteras del mundo, y los datos, Percassi ha convertido al Atalanta en un fijo de los puestos europeos. Todo un hito para un club acostumbrado a la permanencia, o a resignarse a su papel de supermercado de Italia, que ha sabido crecer yendo a contracorriente.

Al surcar la autovía Milán-Venecia, que conecta Bérgamo con la capital lombarda, te topas con un mundo por acabar. Avejentadas fincas se alzan rodeadas de solares. Coches sin ruedas, y hasta sin chasis, decoran sus peculiares calles. Una cuadrícula mal distribuida dejada a mitad hacer. En ese breve paso se ve poco, pero es todo lo que hay. El lugar se llama Zingonia y como ocurre en muchos emplazamientos mediterráneos son los restos de un megalómano, Renzo Zingone, que hace 50 años imaginó una ciudad utópica.

Un proyecto de fanfarrón millonario, y estafador, que intentó comprarse el equipo de la zona para incluirlo en el paquete de la promoción urbanística. Por eso, de aquella influencia de un directivo empastre, el Atalanta tiene su ciudad deportiva allí. Por eso, destaca tanto un centro traído del diseño y racionalismo nórdico encajado en un universo donde la decadencia impera por todas partes. Viviendas antaño de lujo son ocupadas en la actualidad por toxicómanos o traficantes. Que el sobrenombre a dicha pedanía, a escasos kilómetros de la ciudad, sea La Pequeña Scampia ya advierte de la problemática social que gobierna sus vacíos.

Curiosamente, en ello, reside la fortaleza de una de las mejores canteras del mundo. La primera de Italia, la octava de Europa. El orgullo de una entidad que invierte cinco millones anuales en ella, y que viene de gastarse más de diez en ampliar y remodelar sus instalaciones. «No creamos fenómenos, porque los fenómenos no se pueden crear. Entrenamos buenos futbolistas», reza el lema de Mino Favini, fallecido en el cargo recientemente, a los de 85 años, manos encargadas de moldear la filosofía de la Dea en las últimas tres décadas, y que ahora, su retrato y nombre presiden el remozado laboratorio sobre el cual se sustenta el Atalanta.

Su principio más inamovible es que no van a buscar a nadie, se ocupan de su zona, de los suyos, independientemente de su origen o situación. En un entorno donde la inmigración africana ha establecido su residencia congregando sesenta nacionalidades distintas convierte en fútil, más si cabe, un gasto inasumible. Si el Atalanta no pudo ir al mundo, el mundo se le presentó a las puertas, suponiendo un impulso en la generación de talento en su fábrica.

Trata del contramodelo al Udinese, ávido a la hora de importar niños por pulir. O a la moda de los grandes, ansiosos en invertir millonadas en jugadores de 15 o 16 años. En el ideario Favini eso no cabe, se empieza con chicos de 8 primaveras, desde el principio. Sus muchachos. Un ideal copiado de sus viajes por Europa, especialmente de Holanda, cuando hace treinta años, junto a Percassi, directivo por entonces, dueño ahora, trataron de dar un vuelco a la realidad de una Dea decadente.

Y lo hacen de una manera diferencial, ya que crecen durante varios cursos siguiendo el mismo plan de trabajo, rodeados de técnicos a la vanguardia de la formación, en un sistema que no decide hasta los 14 años su posición definitiva en el campo, apoyados por psicopedagogos y tutores que se encargan de las ansiedades, miedos, y la educación académica situándose su estructura en la cima de los centros formativos.

Un refuerzo necesario en entorno infectado por famas tramposas, agentes que seducen con lujosos regalos a niños o familiares para ganarse su favor, mintiéndole al talento destacando sólo sus virtudes. Un veneno que engendra personalidades complicadas en una sociedad cada vez más superficial que ha desterrado el fracaso o el error de la ecuación de la vida.

Asuntos que en ca Favini se contrarrestan no sólo con profesionales que inciden en señalar los defectos como método de aceptación y mejora, sino también con una peculiar galería de los horrores decorando paredes y pasillos a modo de advertencia. El monstruo es el equipo juvenil campeón de Italia en la anterior década. Aquellos desbocados cracks de mediana estatura, llamados a revolucionar una bota en horas bajas, malviven hoy en el fútbol amateur como treintañeros sin porvenir. Sus retratos se enseñan a modo de castigo recurrente para el joven incauto porque tener talento, o ser adulado con titulares o focos tempranos, no asegura el éxito en la etapa profesional. Para eso son necesarias muchas más cosas.

Un trabajo de fontanería necesario en una era donde la exposición del mercado de promesas está dificultando la educación de sus personalidades, añadido a la estúpida presión por ganar creada gracias a la proliferación de torneos elitistas en distintas categorías.

Es, en suma, lo que a su vez convierte al club en agente regenerador para sus vecinos. Una salida, un hogar, un acicate, para una chavalada que está obligada a vivir bajo el amparo de las desigualdades más extremas en un núcleo urbano que no es ciudad. Ni pueblo. Siquiera barrio. Sino una rareza administrativa abandonada a su suerte durante decenios. La llama que alumbra la lucha vecinal y policial se plasma en centenares de pintadas en las fachadas de sus edificios gritando aquello de «Zingonia resiste».

Igualmente, su éxito es la muestra del valor de un equipo distinto en un Calcio que sumido en una morrocotuda crisis abanderaba discursos pomposos sobre la generación de nuevos valores, pero que a la hora de la verdad nadie se atrevió a aplicar. Salvo ellos, que nunca conocieron otra forma de vida.

A falta de dinero, ingenio. Ideas. Revolverse ante lo establecido. Aprovechando un contexto que otros no se atrevieron a abordar es como empezó la transformación del Atalanta. Sobre todo gracias a la pericia y visión del peculiar Antonio Percassi. El dueño-presidente que ha impulsado a la Dea a un nuevo paradigma. Porque los bergamascos, en su pequeño universo de 122 mil habitantes, ya no se conforman con ser el supermercado de Italia. Aquello inició su tránsito a mejor vida en 2014, cuando este chalado, que regala una equipación personalizada a cada niño/a nacido/a en un hospital de la ciudad, dotó a la institución de la pieza que le faltaba.

Al trabajo de escuela se le une una legión de analistas y ojeadores que han aportado el salto de calidad a una escuadra que no despega sus cimientos de Zingonia.

Por ejemplo, Robin Gosens, a sus 25 años, no había jugado un sólo minuto en el fútbol profesional alemán, deambulando en los Países Bajos fuera de todo radar, llegando a Bérgamo por menos de un millón de euros. Berat Djimsiti, lo hizo libre del fútbol suizo… Los datos, y el ojo, han captado para el equipo de Gasperini talento invisible tanto para las grandes potencias como para las medianías con ínfulas y posibilidades económicas. Rescatando tipos como Papu Gómez del Metalist ucraniano por una cantidad ridícula; más a tenor de su rendimiento.

Una carrera de fondo conducida por el mago Gasperini, otro rechazado del fútbol-glamour que ha dotado de estilo y personalidad propia a la visión integral de Percassi. No hay nada en el Atalanta que quede a la improvisación. Pues la gestión, el trabajo en previsión, todo, está enfocado a pulir errores y carencias, año a año, paso a paso. Sin prisas. Algo para lo que es clave no sólo una clara concepción de lo que se quiere conseguir, sino también una cierta estabilidad. Aquí entra otra de las ventajas de ser equipo de una menuda ciudad en el corazón de Lombardía acostumbrado a fluctuar en la parte baja de la tabla: La ausencia de presión externa y la histeria de las grandes plazas no corroe el rumbo del club.

Una actitud sin prejuicios al riesgo escenificada por su técnico, alzando al Atalanta como la entidad del Calcio que ha mantenido intacto su banquillo durante más tiempo que nadie. Ambiente que ha posibilitado que Zapata, Mancini, De Roon, Freuler, Kessié, Ilicic, Conti, Caldara y tantos otros florezcan, renazcan o maduren en el Stadio Azurri. Un libreto que mejora la individualidad a través del colectivo.

Y claro está, todo eso es dinero, resultados. El salto de una escuadra que pasó de la permanencia, o la intrascendencia, a pelear por los puestos europeos. A conquistarlos, después. E ir más allá, luego. Metiendo la cabeza en los octavos de final de la máxima competición continental. Un proceso que interrumpió su tradición de club vendedor sin caer en la contradicción. Ahora tiene capital humano y moneda para hacerse fuerte. Al punto que están empezando a experimentar la gratificación de que sean los mismos futbolistas quienes posterguen su salida del Atalanta, imbuidos por la cultura de la entidad y el progreso que les promete Gasperini con su fútbol.

El pasado curso sólo vendieron a Mancini. Los veranos de desfilar lotes compuestos por los Kessié, Gagliardini, Conti, Cristante o Spinazzola han quedado como recuerdos de otra época.

Conjugación que lleva los precios de venta a un escalón al alcance de pocos clubes. Una robustez que se mide igualmente en los pequeños datos, pues a pesar de que su masa salarial queda fuera del Top-10 del Calcio, gracias a su cultura canteranista, da una media de 1,5 millones netos a sus mejores equipiers. Un tiempo de crecimiento que también se comprueba en la inversión en fichajes, dado que hasta no hace nada que el Atalanta gastara 15 millones en un futbolista era más que imposible. Ocurre por los pomposos 110 millones de euros de presupuesto, mejor que los 40 con los que acostumbraba a sobrevivir.

Y por eso la espectacular y radical modernización de sus instalaciones, porque en buena parte el dinero, en ausencia de deudas, es reinvertido en fortalecer sus estructuras en pro de unos buenos pies de plomo que sujeten al futuro gigante. Zingonia fue la primera en probar la piqueta y la regeneración de una idea planificada, levantado un centro vanguardista con lujosos acabados. Su estadio, una joyita de los años cincuenta del siglo XX, fue el siguiente. Un campo que está perdiendo, por fases, la estética comunale tan característica del país transalpino mutando en un recinto moderno a la altura de los estándares centroeuropeos.

Esas son las cartas de presentación de un equipo que sintetiza toda su revolución en un estilo de juego abierto, intenso, tan contracultural en su liga como efectivo que le está consagrando en la parte alta de la tabla. Un sistema tan perfecto que habla de un Atalanta de 93 goles anotados en 42 partidos, de 16 jugadores con al menos 1400 minutos en las piernas y de no haber bajado de los 60 puntos por temporada en los últimos cuatro años.

La siembra en la castigada tierra de Zingonia, la vieja promesa de la perfecta unión entre vida, trabajo y ocio, ha servido para que finalmente brote una verdadera utopía. La de la Dea. Todo en pleno epicentro del quebrado sueño de un pobre hombre carente de mesura, para que el vecino pobre y misterioso de los dos gigantes milaneses presuma de haber participado en los últimos dos lustros en más ediciones de la Champions League que el mismísimo A.C. Milan.

En eso reside el éxtasis de una hinchada que siempre estuvo con su equipo, pues a pesar de su modestia, de un pasado trufado de sinsabores, la adhesión de la ciudad para con los suyos jamás flaqueó. Una incredulidad ante lo vivido que les conduce a la belleza más tierna del deporte, a celebrar cualquier cosa como si fuera el fin del mundo. Recibimientos masivos en estaciones o aeropuertos, concentraciones pirotécnicas en el centro de la urbe a la primera victoria sonada… La exageración desbordada ante unos muchachos alzados en los dioses de la diosa.

Costumbre. En una Italia de estadios a medio llenar el suyo siempre presentó un llamativo completo. Gradas coloridas y ambiente espectacular con unas gentes que hacen apología de la tradición familiar que les arrastra al recinto. Emprendiendo ahora, en sus horas más altas, éxodos masivos a San Siro, caravanas en vespa a tierra enemiga donde choca la tradición izquierdista, de clase obrera, de los bergamascos, con la adhesión al Partido Fascista de la Curva Nord interista o la Fossa dei Leoni, para meter hasta cuarenta mil neroazurris que dan rienda suelta a las ilusiones de unos tifosis orgullosos de sus orígenes y la cultura de club que los sustenta.

El futuro dirá en qué queda todo esto. Pues se embarcan ya en la fase más peligrosa de todo proyecto: Enfrentarse a los peligros que comporta el éxito. Y si nada de eso influye, quedará el mercado como último escollo. Pues en el salvaje mundo del dinero cuando no te pueden vencer, te diluyen. Al igual que ocurrió con los Oakland Athletics y su moneyball, las ventajas que toman esta clase de equipos subvirtiendo al poder financiero con esfuerzo e inteligencia se pierden al ser imitadas por quienes son más poderosos que ellos. Hasta entonces, la visión de Percassi simplemente ejemplifica como un pequeño club de provincias, sin necesidad de un prócer abriendo la chequera, puede llegar a lo más alto yendo a contracorriente. Mirando donde nadie mira. Haciendo lo que pocos se atreven a hacer. Exaltando una peculiaridad local en el corazón del derruido delirio de un millonario desbocado.

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