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Road to París

A veinte años de la final de París, el mayor hito en la historia del club, un repaso por etapas a una competición que puso al VCF contra las cuerdas en más de una ocasión.

En ocasiones, el éxito toma caminos insospechados. No es esta una historia de grandes gestiones y sólidos planes, más bien trata de una conjunción aleatoria de hechos y circunstancias. Mendieta, por ejemplo, estuvo dos veces a un minuto de ser vendido al Athletic. Al Piojo casi lo descartan en favor de Vlaovic. Tipos como Carboni ficharon a pesar de la negativa del doctor a firmar un futbolista con la rodilla hecha jirones. Gerard era un juvenil del Barça en el que no se creía traído en una componenda comisionista… Farinós subió al primer equipo por pegarle al entrenador del filial, no encontrándole destino porque nadie quiso meterse ese problema en casa.

Y así hasta llegar a unas alturas enfrascadas en autogolpes de Estado, conspiraciones y cuchilladas encabezadas por uno de los personajes más siniestros que recorrieron aquellos pasillos, como era Beatríz Delgado. Secretaria del consejo y lideresa de intrigas que llevaron a Llorente, objetivo de tantas molestias, a dejar sin firma a Pedro Cortés. El gesto que cronificaría un ejército de enemigos entre sus propias filas. Sólo una oposición externa encabezada por Paco Roig con poder accionarial, social y mediático suficiente como para asaltar la cadira en menos de una hora consiguió que aquellos permanecieran unidos a pesar del odio que se profesaban. El sillón ante todo.

Una falla en combustión era el VCF 2000, donde la paz y el sosiego resultaban una quimera. Cualquier cosita prendía un incendio, buscando en la exageración las aguas para apagarlo. Son los albores de una huída hacia delante que desembocaría en la llegada de Soler. Y la respuesta a que entre tanto caos el verde, el fútbol, encontrara la tranquilidad necesaria para que todo cuajara. Porque las cosas del balón importaban un pimiento. Desapercibido en la actualidad, apenas protagonista en la información diaria. La derrota, la puerta de entrada al poder, era la única capaz de alterar el orden, siendo la respuesta a que crisis morrocotudas dispusieran del respaldo necesario. Razonamiento salvavidas para Cúper y Benítez. Pues en ningún otro momento hubieran aguantado los baches que cimentaron su éxito. El miedo a tirar temporadas y ceder con ello el mando era la llave que aportaba trellat a un sinsentido de tintes cómicos como aquel.


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Héctor Raúl Cúper

Creador de milagros, el legado de Héctor Raúl pervive en una entidad que está aprendiendo a valorar su pasado. A veinte años de París, el técnico argentino sobrevive como entrenador de fortuna, despojado del prestigio y el caché que llegó a lucir en los albores del siglo XXI.


En tales envoltorios, pendientes de que un puñadito de acciones en manos de la masa social no cambiara su voto, se anduvo un camino que duraría un lustro entero. El curso anterior, enfrascados en la Intertoto, el VCF ya sumó la friolera de 57 partidos. Llevando la temporada del 18 de junio del 98 al 26 de junio de 1999 . En la 99/00, la nueva Champions, que un año antes se abría a las terceras y cuartas plazas de las grandes ligas, obligaba a iniciar los entrenamientos a primeros de julio, ni tiempo para gozar de vacaciones tuvo el campeón de Copa. Y todavía quedaría un año más, la 2000/01, de finalizar a últimos del sexto mes del año. Tres temporadas consecutivas con al menos 60 partidos a lomos de plantillas de veinte futbolistas.

El que nos ocupa no fue un verano plácido. Fue el de ‘Mendieta son 10.000’ con Florentino maquinando con su aparato mediático un robo de escándalo. Sorteado este, se añadió el culebrón Claudio López, con un pie en el Atlético del fugado Ranieri, conocedor de los coqueteos con Cúper desde enero que nos vendió la historia del colegio italiano para su hija a modo de cortina que tapara un desencuentro insalvable con la dirigencia. Una baja sensible tratándose de un tipo que cayó de pie en la ciudad, tan integrado que recordaba a las aventuras de Fivébr por la València republicana.

Miedos padres de fichas altas y esfuerzos económicos que engrosaron el déficit estructural. Cualquier cosa para frenar el auge del opositor.

Siguiendo los modos y costumbres de aquel ente, las peculiaridades traían jugadores por imposición de los directivos. Óscar fue un capricho de Pedro Cortés, como llegarían al verano siguiente Deschamps o Diego Alonso de mano de dirigentes tras pasar sus vacaciones en sudamérica o el caribe y coincidir con ellos o sus representantes. Fagiani aterrizaba por los típicos asuntos de entrenador-agente. El fin de las cesiones para Palop y Albelda les dieron hueco en el equipo, completando la vía canteranista el regreso de Juan Sánchez; otra de Cortés. Los únicos fichajes de importancia serían el Kily González, sufragado con el traspaso de un Juanfran al que tuvieron que forzar por su postura de no querer marcharse. Y el de Pellegrino, llegado entre miedos y sobre la bocina en el último día de mercado dado que era un tipo que en su breve aventura culé dejó una nutrida colección de penaltis ridículos y actuaciones bochornosas.

A esta banda de desheredados que devolvería al Valencia a la Copa de Europa tras muchos años de ausencia le esperaba en Israel el ignoto Hapoel Haifa, un equipito vestido a lo A.C. Milan que sorprendió en su país estrenando palmarés llevándose el campeonato de manera holgada. Y al mundo eliminando en la primera ronda previa a todo un clásico de aquellas horas como era el Besiktas turco. Con la experiencia del Shinnik Yaroslavl todavía pesando sobre las cabezas, teniendo que llamar de urgencia al Piojo porque no se veían capaces de eliminar al peor equipo ruso en la primera ronda de la Intertoto, el emparejamiento del 11 de agosto con los hebreos se tomó de la manera más seria posible.

Portando la extraña equipación gris, recibido entre castillos de fuegos artificiales a la salida al césped, con el XI de gala y un ambiente infernal en un recinto repleto con 32 mil espectadores, algo inusual en el fútbol israelí, los pupilos de Cúper padecieron las de caín en la primera media hora, encerrados en su área por el asfixiante empuje de los tiburones de Haifa. Manoplas salvadoras de Cañizares y algún travesaño. La técnica de entonces no permitió que el partido fuera televisado en directo (sí en diferido), por lo que nos tuvo enganchados a las radios mientras el sol de agosto apretaba sobre València. El sonido telefónico, que antaño servía para marcar los kilómetros de distancia, dotando a las retransmisiones de un toque tan cautivador como romántico, escupía el ruido típico de gradas en ebullición simulando el soniquete de las viejas televisiones sin antena.

Prólogo de una competición que a pesar de lo que pudiera parecer por la exuberancia de las eliminatorias finales no fue nada placentera. Esos agobios mostraban ya las trazas de un equipo que convertiría en arte su capacidad de sufrimiento, absorbiendo la fuerza del enemigo hasta agotarlo para a continuación tumbarlo de un seco y certero golpe. Fue como llegó el 0-1, en un boquete sideral surgido en el centro del campo rival cayó un balón a la frontal para que Farinós, con escuadra y cartabón, de un latigazo, dirigiera el cuero a la cepa del palo haciendo imposible la estirada del guardaredes. En otro repunte de las hostilidades, el mayor ritmo de competición del Hapoel trajo nuevos peligros y salvadas de chiripa hasta que en las postrimerías una nueva carrera mágica de Claudio sentenciara partido y eliminatoria.

Fue de las escasas ocasiones en las que el informe parabólico se ajustaba a la realidad. En los días anteriores las advertencias sobre la capacidad del Hapoel y sus jugadores croatas incidían en su poderío ofensivo y un centro del campo tan creativo como contundente. Hicieron un buen encuentro, careciendo de la suerte necesaria para obtener un resultado más ajustado al fútbol desplegado. Incluso en la vuelta, con un calor de mil demonios y en un estadio casi lleno, tampoco hubo lugar para la tranquilidad. Fue un pase trabajado, obrado con otro 2-0 de pico y pala. La ilusión por verse allí, el coste de eliminar a un equipo que no hubiera desentonado en la fase de grupos, consiguió que Mestalla prolongara la fiesta de la Copa en aquel 25 de agosto, entrando de pobre a la competición de los ricos. Situándose la expedición valencianista en la última fila del Foro Grimaldi en Mónaco durante el sorteo, y padeciendo desplantes de todo tipo. Como el de Panini, que en un alarde de visión comercial dejó fuera de la colección de cromos de la competición al futuro finalista alegando falta de espacio para tanto equipo. 32 en aquella edición.

El grupo de la muerte

Qué iba a pensar el PSV, marcando las competiciones europeas de la última década, nutriendo a Europa de los mejores futbolistas del mundo, de aquel equipo blandengue de forajidos que rara vez era capaz de pasar de octavos de la UEFA. O el Bayern Múnich, que además de ser el Bayern venía de perder la final del curso anterior. Incluso el Rangers, en época donde los dos de Glasgow conservaban decencia y nivel continental para hacerle un roto a cualquiera, se las prometía felices al no verse como el más débil del grupo.

Así fue el sorteo, la dureza de la contienda obligaba a ir rival a rival, a sudar con todos ellos para rascar algo. Tampoco entre nuestras propias filas existía una especial ilusión. Estar allí era el premio, inmunes a estos humos de hoy día de creerse más de lo que en realidad eres. Esa sana aceptación de tu rol evitó tantas euforias como decepciones. Y fue, en secreto, la fórmula del éxito final.

Quedaba cerca el inicio de las clases, y por consiguiente, el fin del verano. Al estreno del 15 de septiembre había que ir antes de que la vida y un horario para centroeuropeos, de cena a las 18h y fin de la jornada a las 17h, lo pusiera difícil en un sur donde las 22h y las 20:30h eran horas para tales asuntos.

La primera experiencia con británicos, cautivado siempre por mundos extraños, resultó curiosa. Llamaba la atención el sobrepeso de todos ellos, pues ninguno bajaba de 90 kilos. Armados de un incivismo muy risible. Nos topamos con algunos en el metro, y no atinaban a entender cómo funcionaban los tornos, liándose a mamporros con la máquina mientras se tambaleaban empujados por los litros de cerveza ingeridos o luchaban de manera grotesca contra los seguratas, que los trataban con unos malos modos evidentes. Sus andares foquiles y sus gritos ahogados entre pestilentes sudores cerraban la caricatura. Algo que no se vio en el estadio, la gran decepción de la noche fue no escucharlos en 90 minutos. Allá arriba, sobre nuestras cabezas, parecía un lugar ideal para el concierto. Pero nada. O fue la asfixia de subir la rampa o la rara acústica de Mestalla. Es posible que atronaran en su zona y como ocurría tantas otras veces no llegara sonido a las primeras filas de la grada de la Mar, que es donde estábamos nosotros.

En ese primer plano, el calentamiento escocés dejaba el mismo retrato. Cantaban sobremanera esas piernas de paquidermos, esas barrigas cerveceras… tenían pinta de cualquier cosa menos de futbolista. Más, al contraste con los locales. Patitiesos, de ropajes dos tallas más grandes. Hoy día la preparación física es muy distinta, homologable en toda Europa igualando deficiencias hasta esculpir cuerpos de atleta. Pero por entonces, aquella tarde, parecíamos estar ante un partido de padres contra alumnos de primero de instituto. La novedad era Gabi Amato, el ex del Mallorca. Un rumor infundado situándole en Mestalla antes del cierre del mercado hizo que fuera aplaudido cada vez que se acercaba a la grada en esos sprints realizados entre conos.

Lo sorprendente, cuando uno observa eso, imaginando una goleada placentera, es ver cómo se transformaron al silbato del árbitro. Bolas de carne vestidas de azul volando como aviones. Llegando a todas partes, o a casi todas, porque carecer de ese puntito de velocidad para robar balones les hacía vulnerables. Suficiente para resistir a un encuentro que lo pusieron difícil. Otro 2-0 trabajado, con goles de rebote (del Kily previo a una triangulación de bella factura en la frontal del área) y en propia puerta en un encuentro regulero, sin exceso de brillo, de un VCF que encontraba en la Champions la redención a un inicio de Liga bastante malo.

Fue en el descanso, cuando el marcador indicaba los resultados del resto de la jornada continental, donde se adquirió conciencia del lugar en el cual nos encontrábamos. ¿Qué pensaría un tipo de Múnich al ver el nombre del Valencia impreso en los marcadores del mítico Olímpico? Al fin estábamos allí.

21 de septiembre, Eindhoven

Los problemas empezaban a ser palpables. Se perdía siempre. No se metían goles. Claudio López vivía con un tanto en la Supercopa ante el Barça y otro ante el Hapoel Haifa. A Illie se la pelaba todo a tal punto que salió Cúper a darle un aviso públicamente, «hay que meterle la palabra equipo en la cabeza. Y tratar que se esfuerce al máximo». Es el mismo que dejaría para la posteridad aquello del «despilfarro de talento» que definiría para siempre al rumano.

Ante tanto agobio se presentó en la previa un alivio. Aquella pareja letal formada por Luk Nilis y Ruud Van Nistelrooy no formaría al completo ante el VCF. Hoy puede sonar a risa, pero el belga Nilis era tan bueno, incluso mejor según muchas voces, como el holandés. Ambos, curiosamente, padecieron lesiones graves de manera continuada. A los dos les auguraron una carrera corta. De hecho, el traspaso que perpetró el holandés al Man.Utd fue más económico de lo normal gracias a su historial de rodillas rotas. Pero sólo uno de ellos no superó nunca sus traumatismos.

Un grandote como Bruggnik acompañaría a Van Nistelrooy en punta. Y pareció todo salir bien. A los cuatro minutos llegó la jugada que ha pasado a los anales de los skills ueferos. El pase en largo de Carboni desde la línea del centro del campo a un Piojo que, en la frontal del área, empalma de bolea el globo y lo cuela en la portería. Uno de los mejores tantos que han quedado registrados por las cámaras. Una plasticidad, una ejecución, que lo convierte en hipnótico. Podríamos estar la vida entera mirando ese gol sin cansarnos. Acicate para un equipo repleto de dudas ante los varapalos acarreados en la competición doméstica llevándole a jugar al fútbol de una manera maravillosa. Por un instante pareció estar cocinando una goleada de escándalo. Mendieta, en un delicioso saque de falta de los suyos, envió el balón lamiendo el travesaño en lo que era el 0-2 a los veinte minutos.

Pero como solía pasar en aquel inicio de campaña se fue perdiendo todo de la manera más inexplicable. El suplente Bruggnik erró una a puerta vacía después de eso. Clamorosa. Tan clara como esa fue la del crack del PSV, Van Nistelrooy empalmó un balón imposible que estrelló en el palo cruzando con la violencia de un proyectil, en paralelo, la línea de gol. El partido ya era un intercambio de golpes, porque Sánchez tuvo el 0-2 otra vez, pero un remate flojo, blando, insípido, puso en manos del guardaredes lo que debió ser un gol de escándalo tras mearse a media defensa local.

Una más, del Piojo, regateándose al portero para estrellar el balón en el lateral de la red en lugar de introducirlo dentro sería la última incursión visitante en campo rival. Demasiado para poca ropa. Al caer tras un despeje en el área, Cañizares se lesionó el tobillo. A pesar de su cabezonería, tuvo que ser sustituido porque no aguantaba ni el roce del viento. La primera de Palop, paradón. La segunda, un penalti de esos que sólo se pitan en campo del grande, porque el valenciano no tocó al ruso Nikiforov, como se vio en la repetición. Un piscinazo digno de un Óscar, y un 1-1 que cambió las tornas del encuentro. Un asedio constante holandés que se tradujo en Björklund sacando un balón de la línea a los cinco minutos del empate local.

Un punto, cuatro en total, que sabía a gloria a pesar de todo. Hoy hubiera sido un escándalo, no sólo desperdiciar una primera mitad de órdago con tantas ocasiones, sino ser desarbolado de esa manera por un PSV actual. Pero por entonces rascar en Holanda era algo cercano a la machada. Tanto, que se aplaudió el empuje y resistencia de los blanquinegros, y un desesperado Cortés, que se cargó a Ranieri porque era el entrenador de Roig, y se fue a por Cúper, porque necesitaba dejar su huella en el éxito y no darle más munición al tronaor, salió raudo a refrendar a su técnico. «Tenemos Cúper para rato», soltó a los papeles. En realidad no lo tendríamos mucho, pero si duró tanto fue gracias al empeño del enlacado cardado presidencial, sosteniéndolo contra viento y marea. La deriva liguera no había hecho más que comenzar.

28 de septiembre, el puto Graziano Cesari

Se llegaron a cacarear reuniones anticrisis. Se había sumado el primer punto en Liga, al menos. La visita a Múnich se percibió como un día grande, aunque la proximidad con el famoso 3-0 de años atrás le restaba misticismo. Con ese sabor a historia rompiendo en el paladar que provocan escenarios como el Olímpico de Múnich, en una competición que transformaba el carácter sugiriendo prestaciones escondidas en el día a día, sustentaban la confianza.

El turno de tarde en el primer año de instituto fue una jodienda para estas cosas, y las que vendrían. Salías a las 20:30 y no llegabas a casa hasta las 21:15, con la primera mitad de los partidos acabando. Pero aquella noche fue peor. Las mierdas habituales de siempre desplazaron el partido para que el Plus pudiera dar el del Madrid. Al menos teníamos una ventaja, al tener el digital+ contábamos con un nutrido menú de canales alemanes llegados por satélite, entre ellos la RTL, la tenedora de los derechos de la Champions en el país teutón.

Los cabrones de Prisa no iban a dejar pasar la oportunidad de aguarnos la fiesta. El partido se pasaba a negro en cuanto empezaba para mantener la neutralidad de los derechos y esas cosas legales que se nos escapan cuando maldecimos estos asuntos. Existía un truco. Al poner el menú de canales, saliendo en mosaico todos ellos, mostrando en pequeñito lo que emitía cada uno, sí se veía. Es como vimos en casa la segunda mitad del Bayern-Valencia, en miniatura y sin sonido, siquiera con una radio encendida, a puro pelo, en silencio, y de pie siguiendo la pantallita. Porque desde el sofá no se apreciaban los detalles al ser tan mini la imagen.

Así eran las cosas. Hoy, con treinta canales puedes ver el partido que quieras. Antes sólo daban uno por jornada. En abierto, en TVE, y en cerrado, en el Plus. Siempre a los mismos. Nosotros teníamos que esperar a las 00h para que en La2, o en Canal9 en algunas ocasiones, lo emitieran en diferido.

Puedes imaginarte la escena de la jugada del Piojo ante Kahn abortada por el ínclito Graziano Cesari. El pase filtrado de Gerard, una delicia, ya era medio gol. Nos costó entender que lo habían anulado. Y más enterarnos. El italiano no paraba de señalarse el reloj diciendo que se había acabado el partido, pero el tipo no sólo estaba de cara a la jugada, en una posición privilegiada, teniendo conciencia de que aquella carrera era mortal de necesidad para los intereses del Bayern, sino que además mentía en lo de la falta de tiempo. Se comprobó en el diferido que restaban 35 segundos de los tres de añadido que dio, suficientes para recibir la pelota y meterla en las redes.

Estas menudencias no eran excepción, se pasó toda la competición el VCF padeciéndolas. Hasta Juan Sánchez, que nunca dijo una palabra más alta que otra en todos sus años en Mestalla, aquella noche soltó esto: «El árbitro no tuvo cojones a pitar ciertas cosas. Lo de hoy fue la hostia».

Yendo al partido, se puede decir que el campeón alemán se llevó una lección. El gol de Elber en el minuto 6 nació de un error garrafal de los centrales, que se durmieron ante el despeje de Palop, permitiendo que el brasileño se colara entre ellos para rematar a placer un balón muerto. A partir de ahí, una exhibición de fútbol cuperiana que encontró premio en el 80 con un espléndido cabezazo de Gerard a centro del Piojo, y aquella contra abortada de Claudio que hubiera supuesto el 1-2.

Ninguno de los dos tiraba cohetes en sus respectivos campeonatos. El estadio estaba casi vacío, y con esas, a los bávaros les abuchearon, pues además del mal partido llegaban a lomos de una racha negativa que confirmaron allí mismo. Los valencianos, colistas destacados en la primera división, tenían sus incendios también. El mismo Cúper lanzó un mensajito: «El Bayern no tiene inconveniente en dar 70 pases atrás si así lo estima para rearmar su juego, la diferencia es que a ellos no les pita su público».

A casi un mes de los hechos, el 20 de octubre, el Bayern devolvió la visita a Mestalla con el notición de que la UEFA había sancionado a Cesari… al pillarlo fumando en el descanso. Todo bien. El partido de vuelta lo afrontaba el VCF con la necesidad, al menos, de sumar otro empate para no verse con un pie fuera. Con la baja de Anglomá, con Cañizares todavía out, y tras una derrota en San Mamés que hundía la tímida reacción liguera empezaba el encuentro.

Uno, que básicamente, fue un calco del anterior. Un Valencia superior adelantándose en el marcador a los diez minutos con un espléndido gol de Ilie a pase de un Piojo que a falta de meterlos se puso a regalarlos. Un Bayern renqueante que empató siete minutos después y una actuación arbitral tan zafia que Bonico Ortí, vicepresidente, saltó a la palestra con unas palabras que resumían el sentir del valencianismo en aquella aventura continental: «Nos han vuelto a robar dos puntos, siguiendo la tradición. La UEFA continúa burlándose del Valencia». En el asedio local de la segunda mitad, convirtiendo en protagonista del encuentro a Oliver Kahn, volaron un par de penaltis que a buen seguro hubieran señalado en el área contraria. Pero no fue lo peor, lo peor fue el criterio en las tarjetas, y la permisividad o rigurosidad en las faltas dependiendo de quien las cometiera. Bienvenidos a la Champions.

La cuestión era que entre tanto empate, el triunfo del Rangers en Eindhoven convirtió a los escoceses en líderes del grupo, obligando a los pupilos de Cúper a plantarse en Ibrox Park con la necesidad de ganar para no verse con pie y medio fuera de los octavos.

26 de octubre, el infierno de Ibrox Park

¿Recuerdan los problemas?, en el partido de ida se desayunaba con cónclaves para sacar la situación adelante, con Mendieta soltando declaraciones de este tipo: «Estamos dando una imagen de desorganización y poca compenetración». Pues bien, dos meses después la cosa iba a peor. La crisis entraba en sus momentos más duros, situándose ya a las puertas de la cogida por la pechera a Cúper, el destierro del Piojo, y aquella reunión a las tantas de la madrugada en Paterna que lo cambiaría todo.

La Champions seguía siendo la tabla de salvación de aquel grupo y de la misma temporada. Una transformación radical en el campo respecto a lo que se veía en la Liga, probablemente sin ella el pescuezo de Cúper jamás hubiera sobrevivido al vaivén. Las matemáticas decían que ganando en Escocia te metías en octavos si el Bayern perdía en Eindhoven (cosa que sucedió), que empatando podías depender de una carambola en la última jornada porque las dos primeras plazas quedaban a manos de Rangers y alemanes. Y si perdías, pues res més a fer.

Con ese acicate, la primera mitad rozó la excelencia. Incomprensiblemente, aquel Rangers no salió en tromba a por ti. Dick Advocaat, un enganyaoret de la época, planteó un partido a esperarte. Y cometió el error de su vida. A un VCF en transición se le hacía daño presionándole un centro del campo dispuesto en rombo, buscándole las cosquillas en su propia área. Eran tiempos de los horrores defensivos. Con tal planteamiento, el Valencia pudo explayarse bien a gusto. Otra vez, la primera mitad fue de una plasticidad, velocidad, criterio con la pelota… excepcionales, nada se hacía mal. Y empezaron a caer las ocasiones.

Un bloque más sólido gracias a que aquella noche se juntaron Albelda y Gerard en la medular. El tractor de la Pobla era más lento que un melón, pero abarcaba más campo y era más contundente. Era justo lo que se necesitaba. Y en esa especie de nirvana apareció el rubio. El dominio posicional, de la pelota, y del espacio, necesitaba goles. Esa orientación con el pecho zafándose de tres marcadores de golpe, esa carrera, y ese giro de cadera, ese chut seco y milimétricamente colocado a la cepa del palo contrario, hicieron del 0-1 de Mendieta uno de sus goles más antológicos. Rara vez destacado, por cierto, cuando se toca el tema. Pero uno de sus mejores goles realmente increíbles, sin duda.

El golpe de moral necesario para comerse con patatas a un Rangers que no se enteraba de la película. Tanto, que en un descuido, Claudio, tirando un caño a su marcador, se encontró una autopista en el 44 de la primera mitad para plantarse ante el portero y fusilarlo antes del descanso. 0-2 con diez minutos de diferencia, alucinante.

Tanto como la vuelta a las andadas tras el descanso. El Rangers necesitaba puntuar para no tener que ganar en Múnich en la última jornada a costa de eliminar a los bávaros, y dispuso una segunda mitad de asedio constante colgando del larguero al Valencia. No sé exactamente la cantidad de córneres que lanzaron, pero en mi vida vi un partido con tantos en contra. Fruto de uno de ellos, llegó un balón al larguero avisando del agobio que sería la segunda mitad. Primero, el mítico Kanchelskis, después McCann, y finalmente Amoruso (que haría carrera en el Dortmund) hicieron internacional a Palop, que se puso a sacar manos como si no hubiera un mañana. Una constancia que tendría premio en el 60, con un cabezazo salvaje de Moore en uno de los trescientos saques de esquina de los que dispusieron los locales. No contentos con eso, pusieron al alemán Albertz a lanzar obuses desde todos los ángulos posibles en virtud de su extraordinaria potencia en el tiro. Convirtiendo la última media hora en un bombardeo sin descanso, algo que no hubiera llegado a tanto si Ilie, y Mendieta, en sendas contras, en las únicas ocasiones en toda la segunda mitad que las que se cruzó el centro del campo, hubieran aprovechado la oportunidad de quedarse solos ante el portero rival. Fuera como fuere, aquello acabó 1-2 de la manera más agónica e incomprensible. Con otro planteamiento, tal vez, los locales se hubieran llevado un punto de no regalar media parte. Lo importante era que aquel equipo de pobrecitos, golpeado por los constantes menosprecios arbitrales, era de octavos. Encalando la última jornada ante el PSV (1-0) en un trámite sin trascendencia, ya que la derrota alemana les permitía pasar como campeones de grupo incluso empatando, amén de hacerlo invictos, teniendo que jugarse la segunda plaza escoceses y bávaros. Un partido ante los holandeses no exento de ruido. Primero, porque en esas fechas se cocinó lo de Camarasa, y segundo, porque un partido intrascendente fue vendido con precios desorbitados, acunando una protesta masiva y una huelga de animación en un recinto que apenas acogió a 23 mil espectadores para ver al VCF cerrar una clasificación histórica, de la que ni los más optimistas del lugar hubieran apostado en el mes de septiembre.

Truco o trato

Si la primera fase se presentaba complicada la liguilla de octavos no iba a ser menos. Del subcampeón se pasó al campeón. Del Bayern al Man.Utd. Sumado a una Fiorentina con un potencial descomunal concentrado en ese tridente formado por Batistuta, Rui Costa, Mijatovic. Y una cenicienta como el Girondins de Burdeos, campeón de Francia, que tenía en su poder a jugadores como Micoud o Wiltord; famosa pareja de Henry en el Arsenal unos años más tarde.

Hay que decir que aquella Champions de principios del siglo XXI era una verdadera League. Dos fases de grupos obligando a los futuros finalistas a disputar 18 partidos, casi una primera vuelta entera de un campeonato de liga. Surgió del descontento de los poderosos con el dinero que repartía la UEFA, enfrascando a sus lobbies mediáticos en campañas para vender la ficticia creación de una Superliga europea, que ante el susto, llevó al organismo a crear aquel modelo para rascar más de televisiones y taquillas, y contentarlos. Fiebre tan disparada que incluso el FIFA 99 incluyó en su modo de juego el invento que pululaba por la prensa y los mentideros futboleros. En el virtual trataba de dos grupos de veinte equipos cuyos cuatro mejores clasificados se enfrentaban en un playoff. Infumable hasta para pasar el rato con la maquinita.

Pero aquel estreno ante el Girondins del 24 de noviembre también tuvo más historia fuera del rectángulo verdoso. La pelea por ver partidos del VCF en abierto se encrudeció frente al ninguneo de las televisiones. Ese sentimiento de desprecio, sumado al inusitado interés despertado entre el público por seguir los encuentros del equipo gracias a una muy buena primera fase acabó traduciéndose en un empuje social y mediático que obligó a Canal9 a negociar hasta la desesperación para hacer un TV3, o sea, emitir en València, y sólo para València, los partidos de local de los mestalleros. Algo que no se consiguió. Nos tuvimos que conformar con que la televisión autonómica pudiera transmitir a las 23h en diferido, casi recién acabado, el 3-0 que le endosó la cuperativa al cuadro francés.

El encuentro, a pesar del resultado, fue un muermo. Una primera mitad de patadas y juego bronco que apenas dejó un tiro a puerta. En la reanudación, el mayor ritmo imprimido por los blanquinegros fue erosionando la muralla que plantó Eric Gerets, desmoronándose en el minuto 60 cuando un chutazo de Farinós se coló por la escuadra trayendo alivio a un escenario que empezaba a ponerse nervioso. El 2-0, siete minutos después, recalcó otra evidencia de aquella temporada: El excelente curso europeo que firmó Adrian Illie. Máximo goleador del equipo en la competición gracias a la no menos excelsa pareja que formaba con el Piojo, que se dedicaba a dar asistencias un día sí y otro también, regalando dos aquella noche, la primera a Farinós y la segunda al rumano, quedando el Kily desprovisto de sirviente, pero listo colándose entre el desbarajuste visitante en el 90 para cerrar un triunfo amplio, prolongando la racha de 17 partidos invictos en Europa y el liderato del grupo dada la derrota por 2-0 del Man.Utd en Florencia.

08 de diciembre, empastre en Old Trafford

Paco Martínez Soria en la ciudad, o algo así parecía. El viaje a Manchester bañaba en glamour el periplo continental despertando esnobismo en cada rincón, como si chafar Old Trafford resultara alcanzar el Valhalla. Y eso que el VCF tenía sus bazas, campeón de grupo, un invicto de 17 partidos más una ristra de duelos ante campeones de Europa en los últimos catorce meses que sumaba un balance favorable de 11 triunfos y 3 derrotas.

Lo que también tenía era una colección de lesiones y bajas bastante importante. Ocho ausencias. Las capitales eran las de Albelda y Gerard, por sanción, más Angulo, Ilie y Kily, por lesión, junto a la de un Cañizares que esa misma semana recibió el alta médica, pero al que todavía le quedaba trabajo de campo por hacer antes de regresar a la portería tras tres meses fuera.

Otro de los alicientes era ver a Cúper frente a su ídolo. Un Ferguson al que estudiaba y copiaba su modelo de presión. Pero definitivamente no estaba la noche destinada a nada bueno. A las bajas arrastradas se sumaba la imperiosa necesidad del United de ganar para no verse con un pie fuera de los cuartos a las primeras de cambio. Un rídiculo que hasta la fecha no había hecho ningún campeón en vigencia.

Las ausencias pesarían. Milla, que no había disputado un sólo minuto hasta entonces, tuvo que sostener el centro del campo en un encuentro pautado desde el silbatazo inicial por el alto ritmo imprimido por los mancunianos, desmoronándose enseguida ante la falta de piernas. Óscar, patán amén de lento, fue un lastre en ataque. Probablemente con el rumano en forma el resultado final hubiera sido bastante distinto sólo con haber aprovechado alguna de las ocasiones que el catalán no supo ni interpretar.

Aparte de eso, la primera mitad no fue nada mala. Por momentos se tuteó al campeón del mundo y de Europa poniéndolo en apuros. Beckham, de falta, estrelló el esférico en la cruceta avisando que el juego había acabado. Corría el minuto 30 de la primera mitad cuando se tocó corneta y empezaron a encerrarte en tu área. Propiciando que Keane, que metía goles de peras a uvas, el puto Keane, te vacunara en el 38 de un tiro seco. Y por si habías creído que en el descanso, con dos ajustitos, te iban a permitir recomponerte, ahí estaba Solsjkaer para a los dos minutos de la reanudación empujar a las redes un centro medido del Spice Boy y subir el 2-0 al marcador.

El trallazo de Anglomá para que se luciera el suplente de Bosnich, o el intento de vaselina del Piojo que se fue por poco, quedaron ensombrecidas por el patanismo de Óscar y el asedio de los diablos rojos, que en botas de Cole remató a bocajarro en dos ocasiones desde el punto de penalti para que Palop siguiera demostrando que era tan buen portero como Cañizares. Pero finalmente, tanta insistencia, debía tener premio. Scholes, de un cabezazo espléndido, rematando un centro de Beckham (que hizo contigo lo que quiso) subió el 3-0 en el 69 para firmar la primera derrota valencianista en la Champions League.

No fueron todo malas noticias, el sorprendente empate de la Fiore en Burdeos dejaba a todos con las opciones intactas. Tres puntos para valencianos y manucinanos, y cuatro para firenzes. El doble duelo ante los viola sería clave.

01 de marzo, visitando Italia

Dos meses de parón. Y un estreno del año 2000 con peripecias que estaban transformando al VCF. Una ausencia que coincidió con el regreso del Piojo de su castigo, ya con el contrato con la Lazio firmado, y cobrado (en parte) para que el club pudiera pagar las fichas ante sus problemas de liquidez, sumado a una importante escalada en la tabla que ponía los puestos nobles a tiro, pero lo suficientemente lejos todavía para no estar satisfechos.

El partido en Florencia reunía varios puntos candentes más allá de afrontarlo con la baja por sanción de Mendieta, el motor del equipo. Pues no sólo existía la necesidad de sacar algo positivo para evitar la tesitura de tener que ganar por obligación en la vuelta si no se quería decir adiós a la competición, también estaba la perita de reencontrarse con Mijatovic, al que se le seguían teniendo ganas. Pero finalmente, ni Rui Costa, ni Batistuta (que se cascó un partido infame), ni el montenegrino, ni Claudio Javier, fueron los protas. Aquella noche la gran estrella fue Toldo.

El plan de Trap (Trapattoni) consistió en encerrarse en su campo y no salir de ahí en toda la noche. Fue como plasmó su idea expresada en la previa de romper la gran capacidad contragolpeadora del VCF, lo que evidenciaba que este hombre no había visto un sólo vídeo de la cuperativa. Antes de eso, hay que resaltar la jugarreta de Ranieri, quien en palabras al Corriere dello Sport echó algo de sal a la herida de su exequipo declarando que no existía compenetración, ni sintonía, entre Cúper y el vestuario. Y claro está, que su equipo era mucho mejor que el presente, más rápido, más mortífero, y más plástico. Realmente no dijo ninguna mentira, pero sentó bastante mal que lo hiciera, aunque flemático, como siempre, Cúper despejó aquello con un sencillo y contundente «tengo cosas más importantes de las que ocuparme».

Dicho esto, volvamos a Toldo. Porque a estas alturas ya lo está parando todo. Fue la consecuencia de dejarle el protagonismo a los mestalleros, que al igual que sucediera en Glasgow se hicieron dueños del balón, y por tanto, del fútbol. Pero esta vez había un muro en la portería contraria que repelía cualquier intento. Ni los 18 tiros a puerta, 11 de ellos entre los tres palos, fueron suficientes para perforar las redes. Fue, tal vez, el partido más extraño de todos, pues a pesar del dominio la Fiore golpeó primero en su única llegada al área, gracias a un penalti provocado por Mijatovic en el que el colegiado ayudó bastante interpretando como falta una caída exagerada por el montenegrino. El 1-0, que transformó él mismo, hizo que redoblara su mamarrachez y chulería mostrada durante todo el encuentro, pues su actitud fue tan chusca que provocaría la famosa reacción de Mestalla en el partido de vuelta.

«Parecía Superman», dijo Angulo del cancerbero italiano. El alivio residía en que no jugaría la semana siguiente en Mestalla (lo haría años más tarde con el Inter con idéntico resultado). El error cometido fue permitir que le enseñaran cartulina amarilla por perder tiempo y ganarse una suspensión por acumulación de tres tarjetas, como mandaba la norma europea por entonces, para llegar limpio a la fase final. La derrota, en suma, dejaba al VCF en una situación delicada. No sólo debía ganar sí o sí en Mestalla, sino que además debía hacerlo por dos goles de diferencia si quería recuperar el gol average. Pretender clasificarse en un grupo tan igualado con el mismo perdido ante italianos e ingleses se antojaba utópico.

A tres jornadas del final el grupo lo lideraba la Fiorentina con 7 puntos, escoltado por el Man.Utd con 6, VCF con 3, y el Girondins con 1.

07 de marzo, Pedja jódete

El calendario de la Champions se las apañó para coincidir siempre con las fechas de los exámenes trimestrales. Era difícil poder escaparse a algún partido, aunque en el instituto ya empezaban a componerse caravanas de pellas, y tráfico de entradas con viaje en coche incluído. Al día de la Fiore asistieron los pioneros, los que establecieron la ruta y el sistema. Convirtiéndose en una especie de héroes populares. Es curioso como algo tan absurdo y hasta perjudicial comporta ‘fama’ y ‘notoriedad’ en los patios de los colegios. El resto, todavía con vértigo a esas escapadas, aguantamos el mono un tiempecito más.

De aquel partido sólo interesaba meterse con Pedja. Importaba más ganar por eso, que por evitar la eliminación. De crear el caldo de cultivo ya se encargaron los de siempre, recalcando durante una semana las actitudes sobre el césped florentino del odiado predilecto. Tan evidente que en la previa que publicó Mundo Deportivo (por poner un caso forastero para calibrar mejor la corriente) se lee esto: «Mestalla, aunque no se llenará, será una caldera para animar al Valencia e increpar a Mijatovic. El ídolo que se convirtió en traidor cuando fichó por el Madrid». Por algo al término del encuentro 300 personas aguardaban fuera del estadio con el único propósito de insultarlo y amedrentarlo. Aderezado todo por un Kily González con su habitual populismo soltando aquello de «vamos a odiar a la Fiorentina».

Lo que no sabían los muchachos de Trapattoni es que aquella soberbia habitual gastada contra el VCF, como dejar que Toldo cumpliera ciclo de tarjetas pensando ya en los cuartos de final, se les volvería en contra, como les sucedió a todos en aquel periplo. En un partido de toma y daca donde los locales volvieron a ser los mejores, pero con una Fiore más enchufada teniendo a Batigol como constante amenaza a la portería ya defendida por Cañizares y sus manoplas salvadoras, la inclusión de Taglialatela entre los palos marcaría la diferencia.

Porque aunque el suplente de Toldo salvó a los suyos de una goleada, cometió un error, uno, el justo y necesario para que en el 34 de la primera Illie, de una magistral media vuelta y un potente chut, anotara el 1-0 gracias a la mala colocación del portero italiano, que llegó un segundo tarde. Suficiente para no poder evitar que el balón entrara. A partir de ahí, a pesar de las siempre peligrosas incursiones violas, la máquina cuperiana puso la quinta marcha.

Estaba concienciado el equipo de que se trataba más de una eliminatoria que de un partido de liguilla, y se dedicó en la segunda mitad a jugársela en busca del 2-0 que le diera una ventaja vital en la clasificación. Dos balones al travesaño de Claudio López, más dos mano a mano errados por el astro argentino, abrieron la segunda mitad. Batistuta estrelló varias veces el balón en el lateral de la red, y Rui Costa envió otras tantas el cuero a lamer el palo. Repka sacó en la línea un tiro del Kily. Pero todo parecía estar aguardando a los tres minutos finales. En el 91, una falta lateral del portugués le llegó a Batistuta tras el error de Cañizares, que la tocó con la punta de los dedos, desviándola lo justo para convertirla en una asistencia, que empujó a placer para el 1-1. Un drama que salvó, incomprensiblemente, el colegiado alemán Helmut Krug señalando fuera de juego posicional del argentino… que en la repetición se vio que no era. Otro rabioso remate de Batigol en el 92, en un encuentro enfrascado ya entre la locura y la fatiga, se estampó en el palo dejando la portería entera temblando, una imagen en la cual se recreó la televisión dada la espectacularidad de ver tres palos moviéndose como un flan. Y… pues magia. En la siguiente jugada, en el 93, cuando el mundo estaba suspirando por tener que dar gracias que aquello acabara 1-0, Adani, agotado, atacando el pelotazo del saque de puerta de Cañizares tras el casi 1-1, se vio ante un Piojo que no pudo frenar de otra manera que tumbandolo. ¡Penalti a favor del VCF en la Champions! 2-0 de Mendieta, alegría, satisfacción, y un estadio entero cantando «Pedja, jódete…» a un Pedja que abandonó el campo en el 56, con la sonora pitada de rigor, tras no ser capaz de tocar ni un balón.

15 de marzo, fiesta en Burdeos

La derrota 2-0 en Riazor es una fecha clave, un pequeño frenazo en la escalada del equipo y la primera de las dos únicas derrotas en los tres meses de liga que restaban. «Lo de Coruña no se puede volver a repetir, fue algo grosero», dijo Cúper en la previa al importante duelo en Burdeos. Así empezó una racha de 11 triunfos en 17 partidos, el clic que encendió un equipo que empezó a ir sin freno hasta llegar a París. Pero antes, esperaba una Francia que no vería a Claudio López, sancionado por acumulación de tarjetas, aunque viajaría a petición propia con el equipo para entrenar con él y mantener la armonía del grupo.

La cosa estaba clara, ganar al campeón francés era crucial para sellar el pase a cuartos. Todo dependía de que la lógica se impusiera y los campeones de Europa vencieran a la Fiore en Old Trafford para convertir el último encuentro en una pachanga. Un triunfo italiano, por contra, complicaba todo al punto que convertía el duelo en Mestalla ante los ingleses en una final imposible, ya que obligaba a derrotarlos como mínimo por el mismo 3-0 cosechado en la ida para pasar por delante de ellos.

Pero eso es futuro, aquí y ahora trata del partido que habla del gran torneo que se marcó Illie, y lo poco reconocido que está aquel año en el haber del rumano, víctima de otra campañita de mofas y manías personales que han reducido su trayectoria valencianista a los tres meses de su debut invernal. Fue un encuentro magistral de la Cobra, y una exhibición de Gerard en la medular, repartiendo juego como un crupier. Trata del encuentro perfecto, el primero de una Champions mágica en el que el juego y el resultado van cogidos de la mano. Aquí no hay lamentos de un fútbol brillante que no sabe transformar en tantos el dominio con la pelota. Pues el 1-4 final hace justicia a lo visto en el terreno de juego.

Aunque no fue todo de color de rosa. Los minutos iniciales resultaron duros, y el poco tino llevó hasta el 41 el gol valencianista, tras un córner rematado por Djukic a saque de Illie, poniéndole el balón en el punto justo. Una jugada característica del rumano esa de los medidos centros bombeados desde el lateral, y muy repetida en la época. El gol de Gaizka empalmando el saque de esquina en el Camp Nou, o los dos primeros en la final de Sevilla, llegaron así. La cosa se arreglaría al poco de la reanudación con un penalti a Sánchez que acarrearía la expulsión de Saveljic, transformado por Mendieta en el 0-2, teniéndose que retirar en el 56 por molestias musculares dando paso a un Björklund que traía cambio de sistema. Wiltord se las apañaría para transformar en gol el arreón de pundonor del Girondins tras aquello y situar un 1-2 que hizo padecer al equipo durante unos minutos… hasta que en otro show entre líneas del rumano melancólico se cocinaría el 1-3, un chutazo del Kily tras un baile de defensas de Illie que no pudo parar Ramé. Bien pudo ser un 1-6, o un 2-7, pero se contentaron con un 1-4 cuando en una contra el mortífero Juan Sánchez anotó el último tanto de un partido que certificó el pase virtual del VCF a los cuartos de final.

El 2-0 del Man.Utd a la Fiorentina convertía el duelo entre ambos en Mestalla en una pantomima, pues un empate les valía a los dos. Ya que todo lo que no fuera una derrota del VCF dejaba fuera a la Fiorentina. La igualada blanquinegra daba dimensión al error de Adani en el 93, en ese escenario un triunfo de la Fiorentina ante el Girondins lo empataba a puntos con los de Cúper, pero al haber perdido el gol average la clasificación era de los valencianistas.

21 de marzo, besos para todos

Llovía mucho, llovió todo el día. Llevaba lloviendo desde el domingo. En el instituto, a esas alturas, el profesorado era muy consciente de las numerosas ausencias de alumnos a última hora del día. Aquella tarde hubo excursión. Una caminata entre campos de naranjos como para coger una pulmonía, alguna zapatilla atrapada entre el barro, y un par de carreras hasta llegar al punto de encuentro que pondría rumbo a Mestalla para llegar cinco minutos tarde. Todo para evitar a la seguridad privada que vigilaba los accesos en un fútil intento de frenar el absentismo escolar. No recuerdo si era la época, o que aquel centro de secundaria llevaba a gala su dureza, pero pelarse clases sin montar un pollo era imposible. A cada inicio de curso te daban una agenda con más páginas dedicadas a justificantes, comunicaciones y notas disciplinarias que las dedicadas a anotar tareas. Íbamos todo el día con la agenda arriba y abajo para rellenar circulares y firmarlas. Cada ausencia, cada castigo, cada salida de tiesto, cada apreciación del maestro de turno, había de transmitirse con aquellos papeles. A los tres segundos de pasar lista y anotar las sospechosas desapariciones ya estaba el prefecto llamando a casa.

Era un castigo doble, te sancionaban en el centro (no con cualquier cosa, te pasabas tres meses sin chafar el patio comiéndote un porrón de horas y trabajo extra, lo cual, con el agravante de tener el turno de tarde, suponía que entrabas dos horas antes y salías una después que el resto) y en casa, aguantando el show de tus padres rasgándose las vestiduras con toda la parafernalia que comportaba. Creo que nunca he visto una fiebre por el VCF como la vivida aquellos días. Llegó a tanto que al final el mismo instituto hincó la rodilla y empezó ese año, y al siguiente, a dejarnos salir primero treinta o cuarenta minutos antes para llegar a tiempo a los partidos importantes, y luego, hasta una hora para las semifinales y final. Para que luego digan que las acciones colectivas no sirven de nada.

De aquel estadio recuerdo la oscuridad, no sé por qué, Mestalla siempre estaba oscuro. En penumbra. Los días más brillantes nacieron entre sombras. Como avisando de lo que vendría en la resaca. Y el frío. Un frío terrible, multiplicado por la chopada. Y una vez más, el silencio atronador de los 2500 ingleses desplazados. Esta vez, por lo menos, como sucediera en 1983, no orinaron grada abajo ni generaron trifulcas .

Quien también haría pellas sería Ferguson. Se dejó a Giggs en casa, y Beckham estaba sancionado. Además, jugarían suplentones como Jordi Cruyff, quien sin ese apellido nunca hubiera pasado del Maspalomas. Winston Fortune o el tan mitiquísimo como veterano Teddy Sheringham, quedando en el banquillo la letal dupla integrada por Yorke y Cole. Claro está, la noticia estaba en el tongo. No haremos tongo, por aquí. Saldremos a ganar, por allá. Vamos a darlo todo, por mascullá… Pero lo cierto es que en la primera parte bien se pudo ganar. A los quince minutos ya se contaban ocasiones claras de Kily, Sánchez, Angulo y Gerard. Alguna incursión de los mancunianos, para contrarrestar, que no acabaron en gol de milagro rompería la actitud pasiva de los ingleses hasta ese instante. Un balonazo de Anglomá al travesaño y alguna más (hasta de Carboni) hizo al VCF cumplir su papel y llevar el partido a un muy buen nivel de fútbol hasta el minuto sesenta. Luego… bacalá. Al paso de un campo blando, con todo el césped levantado, el ritmo fue decayendo tanto y era todo tan evidente que el público empezó a corear los rondos, y luego a cantar el famoso ¡que se besen¡, ¡que se besen!

No era para menos el júbilo desatado tras el pitido final. Se ponía fin a dos fases de grupos muy complicadas, con rivales de mucha talla, y con clasificaciones en ambos que estuvieron en peligro teniendo que salvar matchs balls para no caer eliminados. Un auténtico ejercicio de superación que ahora veía el premio de verse, contra pronóstico, en unos cuartos de final de toda una Champions. El más difícil todavía. Lazio, Barça, Madrid, Bayern, United, Chelsea, Oporto y VCF era la terna de la que saldría el campeón europeo del año 2000.

05 de abril, la leche de Cragnotti

Los sorteos eran una risa si los comparamos con los de ahora. En una pequeña habitación tapizada de terciopelo azul, con logos en art decó de la UEFA por toda la pared, y tres señores mayores con chaquetas corporativas sacando bolas en solitud, sin cámaras, y con apenas un fotógrafo oficial, era toda la parafernalia del sorteo de cuartos de final. Al sorprendente Valencia, persiguiéndole esa apreciación de invitado sorpresa durante toda la competición, sólo le podían tocar tres equipos, según su condición de segundo de grupo y el complejo sistema de cruces. El Barça, el Bayern (rival de la primera fase) y el temible y poderoso Lazio. El mejor equipo hasta la fecha en ambas fases de liguillas.

Huelga decir que nadie quería a la Lazio. Al Barça se le veía ganable por la costumbre. Y al Bayern ya se le enfrentó, siendo mejores que los alemanes en sendos encuentros. Pero la Lazio… el dinero del imperio lácteo de los Gragnotti, a semejanza de Parmalat con el Parma, había construido un equipazo que no tenía parangón en su tiempo. La desgracia para ellos es que en toda la era Cirio jamás acertaron con el entrenador. Eriksson, ramplón en sus planteamientos y bastante desfasado en su metodología respecto a los años que corrían, sin un ápice de carácter o ambición, nunca supo manejar tal caudal de talento y exigencia. Con un buen técnico hubieran marcado una época en Italia. Nunca deja de sorprender como esta clase de proyectos atesora tanta fobia por los entrenadores con personalidad, fiándose frecuentemente de blandengues, novatos, o en su defecto, de veteranos sin presente ni futuro. Siempre mueren por ahí, nunca parece haber nada, ni nadie, que les haga ver su error.

Y res, tocó la Lazio. Si con anterioridad esa sensación de ‘esto no puede ser’, era palpable afrontando las liguillas asumiendo el papel de cenicienta y la enorme posibilidad de caer eliminados de manera fulminante, emparejarse con aquella constelación de cracks no iba a traer mejores sentimientos. El ‘hasta aquí hemos llegado’ era el mantra que se escuchaba hasta en sueños. Bastaba con echar un vistado al roster lazial, pues hasta sus peores jugadores eran alguien: Couto, Almeida, Simeone, el exquisito Sergio Conciençao, Simone Inzaghi (8 goles en 9 partidos, pichichi de la competición sin ser titular) y el mítico y veterano, pero no por ello peor futbolista, Alen Boksic cerraba su clase media. Por delante iban los Nesta, Marcelo Salas, Verón, Nedved y compañía. Nada extraño que desde la primera fase fuera tildado de gran favorito para llevarse el título.

Añadiendo inri, en el partido previo, Cúper hizo experimentos en el Camp Nou, sumando la última derrota en lo que restaba de Liga. Con tres centrales salió en Barcelona. En el regreso al 4-4-2 con rombo y la conjunción padecida en la noche del cinco de abril del año 2000 está el clic que decantó la temporada. Allí, machacando a los romanos, en una irresistible metáfora de los cómics de Astérix, un torrente desbocado arrasaría hasta el final a todo el que se pusiera por medio.

Por tales fechas, la chopada de dos semanas atrás ya había hecho estragos en la salud, que sumado a las vacaciones pascueras y el castigo, me permitió ver en soledad el segundo partido entero de toda la competición desde aquel del Rangers en Mestalla. En una vieja silla playera, con una tele pequeña arrastrada hasta mi habitación, estuvo toda la emoción. El primer gol de Angulo, tras un chutazo en jugada individual de Claudio, fue de llevarse las manos a la cabeza de la incredulidad. El segundo de Gerard, todo en los primeros cuatro minutos de partido, tuvo otra mecánica. Cagarse en él porque la iba a perder, o por no dársela a mejores situados, mientras se regateaba en carrera a todo cono de color amarillo que le salía al paso… hasta dar el mayor salto de la historia. No sé qué resorte provocó aquello, pero la distancia de mi culo con la silla rozó el récord guinness de salto de longitud con la caída del 2-0. Y sin coger impulso.

El aire de suficiencia que desprendía cada palabra proveniente de Italia en los días previos era costumbre ya, pero aquellos muchachos estas cosas se las tomaban como un acicate. Tener que reivindicarse partido a partido, demostrando que eran dignos de la competición, es uno de los ingredientes secretos de su éxito. Y madre de la actitud condescendiente de la Lazio en los minutos iniciales, creyéndose que iban a ganar sin esfuerzo. De hecho, su reacción tras el 2-0 desmanteló al Valencia en un alarde de superioridad técnica increíble. Cada acción lazial iba vestida de una plasticidad digna de admiración. Tanto, que el 2-1 fue una buena muestra de ello. Un kilométrico cambio de orientación de Verón con el exterior del pie, rompiendo dos caderas con un sencillo giro, le llegó medido a Nedved, que sin dejar caer el esférico, golpeándolo de primeras con el interior de su pie, lo transportó al corazón del área para que Inzaghi, en plancha, descontara la ventaja del Valencia sumando su noveno tanto en diez encuentros. El canguelo volvía a tomar el ambiente… que nos remontan, que no podía ser tan fácil…

Lo fascinante del encuentro es que en las últimas semanas ya se hablaba sin tapujos del fichaje del Piojo por la Lazio. El secreto había saltado a los medios, y sorprendentemente, nos dio a todos igual. Encima, el argentino fue el mejor del partido. No sólo anotó el quinto y decisivo gol, sino que además provocó el primero. Amén de la pesadilla que fue en cada contra.

El 3-1 antes del descanso fue un churro. No tan churro como el 4-1, pero feillo. En un saque de falta lateral perpetrado por el Kily, Gerard remató de cabeza en el corazón del área chica, pillando a centrales y portero en babia. Porque el portero, Ballotta, fue un amigo que explica en buena parte el resultado. El titular padecía una rotura muscular, y no pudo jugar. El calvo guardaredes suplente de la Lazio desacreditó su buena actuación con tantos errores, porque hasta aquellas que despejó, pudiendo parecer paradones en primera instancia, las dejó en bandeja para transformarse en goles. Así fue el 1-0, y el 4-1, el tercero en la cuenta de Gerard, que sólo tuvo que empujarla después de que Ballotta se la pusiera en el pie tras repeler torpemente un centro chut del Kily.

Todo era inexplicable, endosarle cuatro a aquel equipo era imposible de creer. Pero en cierto modo hacía justicia a muchos encuentros pasados donde el fútbol, siendo muy superior al rival, no se transformaba en ventaja. 4-1 y quedaba casi media segunda parte por delante. Sólo ahí, en ese arreón, se volvió a ver la inmensa superioridad técnica de los romanos. El 4-2 es otra obra de arte, una jugada individual de Boksic pone un globo para que Salas, en el aire, controle con el interior, y antes de caer al suelo, a escasos milímetros del césped, de un ligero movimiento de tobillo, la cuele. Una animalá de gol que extrañamente pasó, y sigue pasando, desapercibido cuando se hacen montajes con los mejores tantos de la historia de la Champions.

Sólo en ese trance parecieron los lecheros darse cuenta de la situación en la que quedaba la eliminatoria, y empezó el baile. Un cambio de sistema a tres centrales y cinco delanteros, con toda su artillería en liza, hizo temer que el tercero, y hasta el cuarto, estaban al caer. Pero si con anterioridad las dos únicas veces que chutaron a puerta fueron dos goles, en esta no supieron atinar. No duró mucho, en ese agobio, el descuido de su retaguardia hizo posible el 5-2. Un traspiés dejó a Claudio con campo suficiente para correr, mientras su marcador le acompañaba haciendo lo ídem pero hacia atrás, se plantó en el área, hizo un recorte, y la puso al palo largo para meterla con maestría dejando un tanto de bella factura. Un puto 5-2, a la Lazio. En cuartos de la Champions… la explosión del estadio debió ser estruendosa, porque a esas alturas uno ya estaba tirado en el suelo, botando encima de la cama y dando golpes a la pared con la camisa del pijama dando vueltas en el aire cual bufanda.

Fue la misma reacción lógica que llevó a la gente a colapsar la avenida de Suecia en celebración alocada, a reventar a claxones la paz de la noche pascuera, y a dar rienda suelta a una euforia sin límites, cantando un estúpido y apresurado «sí, sí, sí, nos vamos a París». Era la primera vez que la gente se lo creyó, fue, en definitiva, la prueba de madurez que necesitaba aquel equipo. Dejar de sentirse inferiores a los demás, mostrar en la competición de los mayores que tenían nivel para estar allí y que podían ganarle a cualquiera.

18 de abril, el gato de Roma

La encerrona estaba clara. «El que no crea en remontar, que se vaya», dijo Eirksson en la previa. El club inflamó el ambiente anunciando el regalo de una entrada para el primer partido de la siguiente Champions a todo el que acudiera aquella noche al estadio. A pesar de pelear ligas hasta el final, el técnico sueco ya estaba cuestionado antes del 5-2, y lo estaba más tras la goleada. Se lo tomaron como una humillación caer así ante un don nadie. Y los jugadores, encima, hicieron conjura para limpiar su imagen. Buenos, y cabreados… la que le esperaba al VCF.

Y efectivamente. Aunque la memoria y el relato nos ha hecho eliminar ese encuentro de la ecuación, la noche romana fue de cafinitrina. Ya no había lugar para contemplaciones, ni confianzas. Pero el maestro Cúper, que se las sabía todas, jugaría también sus bazas. Anticipándose al asedio salió con una falsa defensa de cinco, haciendo el Kily de carrilero fantasma, que supo embotar, y contener, las apresuradas oleadas laziales. Los primeros 30 minutos fueron tranquilitos gracias a esa muralla que tapaba bandas y espacios. Pero hasta ahí. Los de la Lazio sabían bien como se las gastan los que iban de gris, maquinándoselas para marchar a por ellos y superar esa línea de contención. Cayó una detrás de otra. Apenas salió el Valencia de su área desde entonces y hasta el final del encuentro. Siquiera un par de acometidas fugaces del Piojo sirvieron para meter miedo en el cuerpo, puro espejismo. En media hora estaban todos corriendo detrás de los celestes, incapaces de contrarrestarlos. Fue el único momento de la competición, hasta la final, donde pesó el escenario y la responsabilidad del resultado. Aquel VCF llevaba el mismo escudo en el pecho, pero nada tenía que ver con el que se vió desde la fase previa de agosto.

Conceiçao, que era buenísimo, y que no fue titular en la ida por la mediocridad de Sven-Göran Eriksson, se encargó de hacer ancho el campo, de meterse por dentro para generar el caos, como cuchillo en mantequilla por toda la retaguardia. En el 34 cocinó la jugada que permitió a Salas tirar a bocajarro contra Cañizares, haciendo un paradón, y en el rectificado, sacarle otra mano al portugués, atento al rechace. Las manoplas de Cañizares serían esta vez las salvadoras del Valencia. De la sensación de amenaza se había pasado a padecer los golpes. Y no ayudarían los cambios en el descanso. El sueco sacó a Inzaghi, adelantando líneas. En la segunda mitad no hubo un triste minuto de respiro para los de Cúper. En el 50, el acoso se transformó en gol tras un chutazo de Verón desde fuera del área que se coló por toda la escuadra. Necesitaban dos más para pasar, y se fueron a por ellos de una manera salvaje.

A los diez minutos, Simone Inzaghi tuvo el 2-0 que sacó el de Puertollano con la yema de los dedos. Conceiçao, a los trece, se quedó mano a mano con el portero valencianista. A los veinte, Negro, el lateral derecho, en una internada, se quedó sólo ante Cañizares y a bocajarro obligó a meter otra mano espectacular para evitar el gol. 12 tiros entre los tres palos en los primeros 30 minutos de la reanudación, todos con intervención del guardameta, fue el balance. Pudieron ser más si Cúper no hubiera reaccionado a tiempo. En el 60, cuando todo parecía desmoronarse, sacó a Mendieta para meter a Albelda. Hizo dos cambios de posición más, y la máquina empezó a carburar. En un robo, un balón a Angulo sirvió para avisar a los alocados millonarios laziales de que el VCF estaba muy vivo y que todavía les podía joder la vida. La medular, desbordada hasta entonces, empezó a frenar el avance enemigo, propiciando el regreso de un viejo clásico: El mangue arbitral. Otra internada de Angulo por banda, que se había convertido en la última esperanza blanca, ante una defensa italiana en la frontal del área valencianista dejó en bandeja un balón para que Gerard, sencillamente, lo empujara a placer anotando el 1-1. Pero el colegiado se inventó un fuera de juego que no existió. Fue el cambio de tornas necesario. Dos zarpazos certeros que metieron el miedo en el cuerpo a la Lazio, y espoleó a los mestalleros recuperando la confianza en sus posibilidades.

Aunque en los últimos veinte minutos el partido fue más equilibrado, tampoco es que fuera muy tranquilo. Tras la anulación del tanto visitante surgió un pequeño período de golpe contra golpe en el que se pasaba de una portería a otra, padeciendo en el 36 de la segunda mitad otro balón que tuvo que sacar Cañizares no se sabe cómo. Respondido con otro pelotazo a las espaldas de una Lazio volcada que incomprensiblemente, estando sólo bajo palos, Gerard envió por encima del larguero en lo que hubiera sido la sentencia a falta de tan pocos minutos.

Sólo cuando pareció que los italianos entendieron imposible meter dos más en tan escasos minutos de juego se calmó la cosa. Dándonos a todos un respiro en un encuentro que bien se pudo perder por goleada si en lugar de Cañizares hubiera estado Ballotta bajo palos. Los titulares, las declaraciones, son una buena muestra de lo vivido. «Bendito Cañizares», fue el titular de una crónica. «El gato de Roma», calificaron en otra. Pero Cañizares se desmarcó, «yo no soy ningún héroe. Debía estar a la altura del resto de mis compañeros». «Hemos sufrido mucho, pero hay que estar orgullosos», dijo Claudio. «Mérito es lo nuestro, lo del Barça era previsible», este es Cúper cuando le informaron sobre la remontada barcelonista al 3-1 adverso que trajeron de Londres, convirtiéndose en el rival de Semifinales. «Hicimos un partido heroico», remató el técnico argentino. Al sueco sólo le quedó el lamento, «creamos demasiadas ocasiones para marcar solamente un gol».

02 de mayo, el derbi de Europa

El emparejamiento estaba decidido desde el sorteo de cuartos. Pudo ser un Chelsea-Lazio, pero resultó un Barcelona-Valencia. El Valencia en unas semifinales de Champions. Aquellas peroratas preadolescentes soñando con imposibles siquiera contemplaron un escenario así. Nuestro anhelo consistía en ganar una puta Copa del Rey. Una, no dos, ni tres, ni cinco. Una. Al menos una vez antes de palmarla para saber qué cojones se sentía al levantar un título. Joder, no supimos ni qué hacer cuando se ganó la de 1999, ni dónde ir a celebrarlo. Tan oxidado y olvidado estaba todo. Éramos la generación que no conoció el descenso a segunda, pero que se tragó todas sus consecuencias, como el pavor, corregido a golpes a la primera intentona, a mostrar la más mínima ambición. Prohibieron hasta las expectativas. La vieja voluntad de querer llegar reducida a la satisfacción de ganarle a Madrid y Barça un partido al año.

Y ahora, allí, rompiendo aquel techo de cristal (tal vez el único mérito real de Paco Roig) nos veíamos a un paso de una maldita final de la Copa de Europa, con un par de títulos en el zurrón, y otros tantos perdidos de la manera más surrealista posible como antesala. Ni el más optimista pensó en algo parecido.

Encima tocaba el Barça de Van Gaal, habiendo adquirido el hábito de machacarlo cada vez que te cruzabas con él. Y a manos de un Cúper que tanto en Mallorca como en Mestalla mantenía el idilio sumando cinco victorias y tres empates en once duelos con el holandés. Insistiendo el cap quadrat en mantener su estilo y jugársela contra el Piojo, tan cuestionado en el Camp Nou que Mundo Deportivo, mientras sacaba al míster valencianista en HD, al otro extremo de la doble página puso a un Louis difuminado, centrando el objetivo en el reloj de su muñeca en un mensaje poético al escaso tiempo/oportunidades que le quedaba, sabedores de que ganar aquella Champions (con la Liga complicada) era su única tabla de salvación.

Es un licor más al cóctel que redujo en Valencia los niveles de terror, pues encima hubo demasiado tiempo entre lo de Roma y la noche mestallera que estaba a punto de suceder para transformar a base de fútbol todas las dudas en certezas. Era la pieza que le faltaba a un duelo legendario, que desde aquellos de los años 20 que despertaron furor y el «inicio de una gran rivalidad», se había dado, y repetido, en todas las competiciones existentes. Un caso único en la historiografía europea. Tanto, que incluso en los olvidados e ignorados torneos de guerra esta parejita bailó junta.

Allí, según leo ahora, repasando prensa catalana para escribir esto, ya estaban preparando finales contra el Real Madrid en París, y tirando de una suficiencia un tanto extraña, pues pasaron de publicar columnas elogiando todo el torneo europeo de la cuperativa a de repente ponerlo como un equipito bastante ganable, al que se podía sentenciar en el partido de ida. Y claro, les ocurrió lo que le ocurrió a todos los que subestimaron al Valencia. La realidad es que la medular blanquinegra, el Farinós-Gerard-Mendieta, ya estaba causando sensación en toda Europa. El mejor centro del campo del continente, en un estado de forma tan pletórico que llevaban semanas firmando auténticas exhibiciones. Una de las razones no sólo de la remontada que estaba protagonizando el equipo en la competición doméstica, sino de las esperanzas de la hinchada para doblegar a los catalanes y meterse en la final. «Mi equipo está a tope de moral, hemos madurado en todos los aspectos. Sí, puede que en la línea medular haya individualidades que ahora mismo lo están haciendo mejor que los demás, pero quiero dejar claro que desde el portero hasta el delantero todos mis hombres están atravesando por un magnífico momento», dijo Cúper.

La mayor muestra del cambio de mentalidad fue el tifo del Get It. Un punto de originalidad, pero mal, hecho apresuradamente. La práctica para romper mano e iniciar costumbres que marcaron los años venideros, donde esa clase de expresión popular tomó el estadio convirtiéndose en un pequeño símbolo distintivo en una Europa donde tales cosas habían desaparecido de las gradas muchos años atrás. Algo a lo que también nos han hecho renunciar en la actualidad. Get It, consíguelo. Con una copa de Europa gigante al lado. Ya no era una ilusión jugar la maldita Champions, ahora había que llegar a la final y ganarla. En ese primer síntoma de desmesura empezamos, sin saberlo todavía, a perder la final.

De momento, como era habitual en aquella cresta de la ola, el VCF salió a comerse al Barça. Un ciclón que no te soltaba hasta ganarte por KO. La novedad, paradójicamente, es que los culés parecían ser mejores que todos los Barcelonas de los duelos pasados. Aguantaron muy bien la embestida, de hecho, gran parte del partido se mostró con un aplomo y una seguridad que hacía pensar que podían llevar la eliminatoria a su terreno. En el minuto 9 Angulo pintó el 1-0 rematando en el corazón del área un saque de esquina bastante mal ejecutado, y peor defendido, firmando la antesala a su gran noche (si el día de la Lazio fue Gerard, esta sería Angulo), desatando un huracán que se tradujo en el minuto trece en un tiro del Kily al palo, cuyo violento rebote le caería al Piojo, que a dos metros del área, fusilaría a Hesp para el 2-0. Pero como sucedió durante toda la competición, no podía faltar la polémica. El colegiado anuló el tanto al entender que el argentino hizo falta al recoger el esférico. Nada más lejos de la realidad. Las imágenes son tan nítidas que no hay lugar a la interpretación. Zenden fue víctima de su propio miedo. Liándose al tratar de controlar una pelota despedida con mucha potencia, buscando no ser sorprendido por el delantero se tropieza consigo mismo al intentar deshacerse del balón a tiempo, dejándoselo en bandeja a Claudio. Cuando más desatados estaban los blanquinegros llegó el 1-1. Un autogol de Pellegrino bastante absurdo al intentar cortar un balón de Zenden al corazón del área, estando Cañizares bien dispuesto para cortar el centro, no suponiendo ningún tipo de peligro. Traduciéndose el accidente en quince minutos de dominio visitante que no acabaron en algo peor gracias a otra manopla del de Puertollano, despejando un balón en la misma línea de gol tras un cabezazo de Rivaldo a los dos minutos de subir el 1-1 al marcador. El golpe que calmó al VCF en su ímpetu y le hizo estremecerse, al punto de que en la frontera del descanso hacía pensar que el empate era justo.

Momentos de dudas que no supieron transformar los Van Gaal boys en ventaja. Afortunadamente, la mentalidad y confianza de aquel equipo era a prueba de bombas. Conforme pasaron los minutos y vieron que la sangre no llegaba al río, fue retomando el pulso, llegando al tramo final otra vez entero y dispuesto. Una nueva oleada que vio nacer, cuando el mundo esperaba el descanso sin más pretensiones, el 2-1 del Miguel Ángel mestallero. Un balón de Cristian González que recoge el asturiano en el primer palo, situado entre dos defensores blaugranas, y a un palmo de Hesp, remata alzándolo lo suficiente para colarlo cerca de la escuadra. No había espacio, ni otra opción. Remate de primeras, sin pensar, o nada. Minuto 42.

Entonces, ¿Ya? Todavía no ha pitado el árbitro el descanso, aquel Valencia no tenía freno, ni lo conocía. Para qué relajarse con un 2-1 a falta de tres minutos para el descanso, habiendo evitado el 1-2 de chiripa en un par de ocasiones, si en otra tanda de ataques incesantes consigues que un tiro a bocajarro dentro del área sea despejado por Reiziger de un pechazo para caerle a un Angulo situado en el otro extremo del rectángulo, que internándose con él por el lateral, provocando que Puyol le haga un penalti como una catedral, puedes poner a Mendieta a ejecutar un fantástico 3-1.

Bien pudo ser ese resultado el final. Bien pudo ser otro. La segunda mitad no tuvo mucha historia. Toda la efusividad, aquella rabía de clase obrera que desplegaba el VCF, todo, quedó en los primeros cuarenta y cinco minutos. El dominio del balón, y del espacio, era de los barceloneses. Se notaba en el ambiente ese puntito de miedo cada vez que se acercaban. Tal vez les faltó un pelín de fortuna, pero por mucho que apretaban no conseguían ahogar. A diferencia de unos locales que no necesitaban tantas alforjas para romperte la crisma. Encontró el VCF sus momentos. Ya aislados, espaciados en el tiempo, sin la profusión de antaño. Pero los tuvo. Una carrera y un centro morrocotudo del Kily le llegó a Mendieta en la otra punta del campo, empalmando de primeras un chutazo repelido por Hesp de manera magistral. Una especie de intento de taconazo de Farinós se paseó por el área chica sin encontrar rematador… poco más hay. Y así estábamos todos, esperando, casi entre bostezos, un final que nos llevara acongojados perdidos a defender un 3-1 a Barcelona… cuando Carboni rompió el letargo en el 92 sacándose de la chistera una jugada definitiva. Encaró al lateral, le hizo un caño, puso un centro sin mirar en la frontal del área, y Claudio Javier el Piojo López empalmó seca y potentemente ese balón, rebotando en la base del palo, colándose en la portería. 4-1. Un 4-1 al Barça. Cinco a la Lazio, cuatro al Barça. La madre que los parió. Los que venían buscando dejar la eliminatoria sentenciada se iban con tres goles de desventaja. La puta locura. Cañizares salió corriendo por ahí como un trastornado. El rugido de la grada hizo temblar las cámaras de televisión. Los plásticos sobrantes del tifo se usaban como banderas. Un jodido pie en la condenada final de la Champions.

10 de mayo, nos vamos a París

La avenida de Suecia a reventar, el grito de guerra retumbando en todas partes. Sí, sí, sí, nos vamos a París. Los coches atronando con sus cláxones por las avenidas. Ni mesura, ni leches. La gente celebraba el 4-1 como definitivo. Aquella misma noche se establecieron las primeras colas para buscar entradas. Al día siguiente, y en los consiguientes, llegaron las tiendas de campaña junto a un peluquero figurón con ganas de protagonismo para monopolizar el show y eternizarse en la estulticia.

Entre los profesionales, sin embargo, abundaba la lengua mordida. Cúper, como siempre, fue el más seco: «El Barcelona tiene calidad para marcarnos tres goles. No hay nada definitivo, queda otro partido, y en el fútbol caben las sorpresas. No me veo en París. Yo voy paso a paso. Estoy feliz, como todos los valencianistas, pero trato de mantener el equilibrio. No quiero hacerme pesado, pero faltan 90 minutos y no puedo caer en una euforia desmedida que me haga perder la concentración». Farinós resultó el más echado para adelante, «nosotros no somos el Chelsea para que se repita la historia», e incluso el más sincero: «La clave es que metemos las pocas ocasiones que tenemos». En el otro lado estaban como los de la Lazio. Que si una humillación, que si hay que limpiar el honor… la retorica de la remontada y el cuerno quemado por doquier.

Sinceramente, del partido de vuelta no tengo demasiados recuerdos. ¿Alguien, acaso, se acuerda de él? Parece que hasta fue un paseo en barca. El nerviosismo del Camp Nou, pitón, mocador en mano, deseando más que le pusieran en bandeja la cabeza de Van Gaal que remontar, jugó a favor. Probablemente fuera el encuentro más placentero de una competición que fue estresante y mega exigente para un equipo que luchó siempre a contracorriente. El Barça no daba pie con bola. El VCF era dueño del partido. Y ya, prácticamente al inicio, al minuto nueve, Mendieta se encargó de que aquello no tuviera más historia. Un balón en la frontal, un giro de cadera, un regate, y un latigazo para el 0-1. Chim pum. El resto del partido fue una pitada tras otra a los múltiples fallos de los culés, incapaces, por momentos, hasta de controlar un simple balón. Se perdió 2-1, pero fue por pura dejadez. Aquello era incluso menos que un partido amistoso. Rondos, relax total, un bodrio para el espectador ajeno. El 1-1 fue un córner que remató De Boer sólo en medio del área. Y el 2-1 de Cocu un chutazo desde fuera de la zona de castigo tras verse sin oposición. Eran dos más para forzar la prórroga, pero es que tampoco lo intentaron. Salvaron la honrilla de la manera más fácil posible, dedicándose tras ello a dejar pasar los minutos.

Lo que propiciaría que la segunda mitad se teletransportara a un pequeño Mestalla, escuchándose más a los visitantes, desplazados en masa ante una cita histórica en un escenario contradictorio, que a los desencantados barcelonistas. Que hasta alguno cometió la tropelía de bautizar a su recién creada penya como Saint Denis 2000, paseándose por las teles y periódicos catalanes para acabar colgando su pancarta detrás de una portería para que se viera bien el rídiculo.

Allí mismo, en el 86, se alcanzó la cota más baja en la historia del club certificando su descenso a segunda. Allí mismo, en mayo del 2000, se alcanzaba el mayor hito de su existencia llegando a su primera final de la Liga de Campeones. Los que festejaban desde el gallinero, en el fondo, compensaban la amargura de los cinco mil desplazados que catorce años antes pasaron el trago de verse en la categoría de plata entre risas y mofas de los locales, a los que no les hacía falta el resultado. Y que curiosamente, también estaban celebrando su clasificación para la final de la Copa de Europa que disputarían en Sevilla frente al Steaua de Bucarest unos días después.

24 de mayo, el fin del mundo

En un mismo acto se vieron las dos caras de una masa social. La buena y la mala. El éxodo fue estratosférico. Pocas veces un viaje poseyó esos tintes de elegancia y estética tan poderosas. Aquello parecía un desfile, arterias naranjas, emperifollados hasta las cejas, simulando una invasión vikinga a París como las del siglo IX. Pero estaba todo recargado de una soberbia naif bastante delirante. Tal vez no se nos pueda culpar, aquel VCF iba con el pito por fuera humillando a todo el que se ponía delante desde hacía dos meses. Le bastó para quedar a tiro de piedra del campeón de Liga, inalcanzable sólo por haber reaccionado con una semana de retraso. Un par de puntos más en aquella racha inicial de uno de dieciséis y el campeonato hubiera caído en Mestalla. El rival de aquella noche, por contra, hizo un curso rídiculo. Le vino justo quedar sexto. Era inexplicable que se hubiera metido en una final de la Copa de Europa padeciendo goleadas en contra como el 2-5 del Zaragoza en el Bernabéu. Pero allí estaba. Sin mucho de lo que alardear, con un XI de veteranos y personajes random.

La sensación de Europa era el VCF de Cúper. Nadie en sus cabales se atrevía a dar como favorito al Real Madrid. Nos dejamos engañar con suma facilidad. Es escucharnos ahora lo que decíamos, leernos, y darse cuenta de lo miserables que fuimos. El Madrid, con un Estado a sus pies, y cualquier organismo deportivo existente a su servicio, parecía un equipo de regional al que poder golear sin bajar del autobús. Todo lo que llevó al Valencia a la final, esa percepción de inferioridad, esa necesidad de reivindicarse, esas ansias por demostrar que se era tan bueno como cualquiera, ya no estaban allí. Ejercíamos de pintamonas, desprendiendo las suficiencias de quien se cree algo.

Probablemente, sin pretenderlo, el más ajustado a la decencia fue Pedro Cortés. Cultivamos odio hacia él por su look y esa postura servil de la que alardeaba ante Lorenzo Sanz en todo show televisivoradiofónico que se perpetró esos días. Aquellas trazas de vasallo bebiendo de los halos del ricachón de la capital que tantas iras desató entre la prensa y la afición debimos adoptarlas nosotros también. Nos hubiera ido mejor.

Del partido no hay mucho que decir, entre otras cosas porque saliste a jugar con tres futbolistas menos. La famosa reacción del equipo, tales meses de arrasar, se basaron en un rendimiento sin mesura ni descanso, en un curso hiperlargo. La final era el encuentro número 60 del año. Y las lesiones, junto al agotamiento, eran patentes. El Madrid te comió con patatas, sin paliativos. Un arrase total. Ni estuvo ni se le esperó al Valencia, que parecía un alma en pena, de virtudes extinguidas. Absolutamente nada. Ni un detalle a destacar. Un equipo fantasmal al que le pudo el escenario, la presión del favoritismo… su famosa mentalidad, sus ansias de presionar y devorar al contrario, estaban lastradas por las inseguridades que levantó salir con futbolistas infiltrados y un lateral izquierdo, por la sanción de Carboni en la vuelta del Camp Nou sumando su tercera tarjeta amarilla, sustituido por un interior derecho. ¿Por qué Farinós sabiendo de su lesión de rodilla teniendo a Albelda o Milla que tan buen papel hicieron durante la competición? ¿Por qué salir con el Kily sabiendo el estado de su tobillo pudiendo hacer otra cosa? Hasta en las decisiones de Cúper, tan valiente siempre, se refleja el miedo.

No fue todo malo, al menos el valencianismo culminó la catarsis, la mayor expresión de reafirmación jamás vista, un año después de su alumbramiento en Sevilla.

Fue triste, fue doloroso, fue un golpe difícil de explicar, pero con tiempo para asimilarlo. 90 minutos para digerirlo. No hay ni un sólo reproche al 3-0 del Madrid, fueron mejores, te pasaron por encima, ni te acercaste a Casillas en todo el partido para tener siquiera un balón al palo al que agarrarte. Pocas veces se pierde una final tan bien perdida. Una derrota de manual fue aquello. El gran desgarro pertenecía a la oportunidad histórica desaprovechada, quién iba a saber cuándo nos veríamos en otra como esta. Quién iba a saber cuándo volveríamos a tener un equipo de esa enjundia. La desesperación de desconocer el futuro era mayor tristeza que la derrota, un estado de ánimo condensado en esos cuerpos tirados en el suelo en aeropuertos y estaciones de tren o autobús buscando el regreso a casa. En esa estampa heladora de la grada naranja, con la gente mirando sus pies, con las manos en la cara, o mirada perdida en un horizonte indeterminado en lugar de estar pendiente de un partido que se hizo eterno… el sector naranja se pasó lo últimos veinticinco minutos llorando sin consuelo. Un sueño convertido en pesadilla que deseaste prácticamente desde el inicio que acabara de una vez. Todos nos merecimos un final algo mejor.

Por no saber ni supimos que las palabras de Cúper en la sala de prensa, en atmósfera de funeral, se tornarían proféticas. «¿Qué daría porque se volviera a repetir el partido? Todo. Lo daría todo». Doce meses después allí estábamos otra vez.

1 comment on “Road to París

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