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Lo bueno y breve de Ilie

Complejo, indescifrable... Ilie es de los futbolistas más extraños que han pasado por Mestalla. Sin embargo, pocos han dejado la huella que dejó el rumano con goles, asistencias y actuaciones que hace imposible ignorarlo cuando se habla del VCF 2000.

Vale, pasaba más horas en Monte Picayo que en Paterna. De acuerdo, hablaba poco, y cuando lo hacía se mostraba seco y tirante para la costumbre mediterránea. Cierto, como buen rumano, y de pueblo, era más supersticioso que un argentino con las cábalas. Para qué negarlo, tenía un entorno bastante marciano del que no se despegaba ni a tiros. Nunca mejor dicho.

Pero también tenía un bailecito diver para celebrar sus goles que hoy sería viral. Y perpetraba unas cosas en el campo de fútbol que servían para ganar partidos.

La estancia de la Cobra fue tan así que desde su llegada pudimos intuir lo controvertido de su figura cuando de repente, lejos de celebrar invertir mil millones de pesetas en un futbolista con carrera en el Galatasaray, en la prensa se aireaban las discusiones internas de la secretaría técnica: No se ponían de acuerdo en si Ilie era delantero o mediapunta. Los que lo ficharon, en teoría, porque lo del rumano, como todo lo de los rumanos, tenía pinta de ser un negociado de Pedrito Cortés, no sabían de qué jugaba.

La indefinición como norma para calificar su paso por Mestalla.

En ese maremagnum de incredulidad sus primeros pasos fueron horrendos. Cuatro semanas combinando suplencias con minutos de oro, incapaz en tales probaturas de dar una a derechas. Tan pronto como en su debut, ante el Tenerife, el 04 de enero del 98, no tocó balón en la media hora que tuvo. Siquiera interpretó bien nada despertando recelos y dando rienda suelta a los comentarios sobre la enésima estafa comprada a precio de lujo. Huelga decir que el partido se perdió. Repitió papel en la siguiente, con el Mallorca. No mejoró mucho en el 3-4 del Camp Nou. ¿Qué hizo en su primera titularidad en Mestalla? Marcarle un hat-trick al Racing. Esa tarde salió al verde siendo un pufo para abandonarlo convertido en crack.

Fue la mecha a esos momentos tan recordados que lo enclaustran. Un repertorio de goles de todos los colores, tamaños y formas siguió a aquella exhibición. En plancha. De cabeza. Vaselinas. Bailando al portero. A la contra. Cazando balones sueltos en el área. Regateando a tres defensas. Desde veinte metros. Empujándola. De falta. Por la escuadra. De rebote… No se dejó ninguno hasta sumar 12 en 19 partidos. Un engaño que hizo pensar que la tesis de Subirats, de que era delantero y no un segundo punta, era la correcta.


Una plaga de piojos

El Valencia de entresiglos cerró su ensamblaje durante tres mágicas noches de febrero de 1999. En diez días, Ranieri y sus soldados se enfrentaron tres veces al Barça de Van Gaal mostrando un nivel insuperable, los catalanes fueron destrozados gracias al ingenio de Mendieta y la velocidad de Claudio López.


Tal vez resultara su peor error. Porque realmente nunca fue un goleador. Al menos no rindió como tal. Su mejor fútbol lo mostraba lejos del área. Pues Ilie brillaba entre líneas, batiendo defensas. Como un ilusionista generaba espacios para terceros. Un delicioso creador en una delantera líquida, dúo ese de la Cobra y el Piojo que volvía locos a unos centrales acostumbrados a un delantero tipo muy común en la época: Urzaiz, Crespo, Salas, Batistuta, Bierhoff. Tanques y torres. Bajar a recibir y abrir, o crear, todas las vías posibles para el gol, con un Claudio con tendencia a caer a banda, incorporando al ataque a medios llegadores como Mendieta, los convertía en imparables. Sobre todo cuando pillaban retaguardias de caderas rígidas como las de Van Gaal.

Tal vez resultara su peor error porque debut tan fulgurante causó ceguera general, negándose muchos a valorar el trabajo realizado fuera del área. La crítica, por ejemplo, empecinada en una exigencia sobrehumana, le pedía cantidades imposibles de tantos, despreciando toda labor que los propiciaba. Sin embargo, el público, criado en la cultura de lo efímero, dispuesto siempre a derruir el club entero en pro de un filigranero, lo adoraba hiciera lo que hiciera.

Hay que decir que tampoco ayudaba a la buena fama lo arisco de su carácter. Menos, esos aires de suficiencia, o la eterna pose de perdonavidas que gastaba. A las pintas del rumano le sumabas una chupa de cuero, lo soltabas en el Carmen de los 90, y las trazas de mafioso ruso ablandaba al más chulo. A su mala prensa contribuyó igualmente la faena de traerle al hermano (agresivo y violento, encerrado por un tiroteo años después) para combatir sus repentinos períodos depresivos. En lugar de pasarle la factura al que buscó la comisión, fue a Adrian a quien le cargaron los pecados de Sabin. Un partido que nunca supo jugar. De prestarse a ello, dando algo de alpiste a un par de micrófonos, siendo menos pasota, la historia de Ilie se contaría de otra manera. Enfocada en su buen rendimiento en el poco tiempo que estuvo en forma. En un puñado de goles antológicos o jugadas fulgurantes, en sus excelsa final de Copa, en su papel decisivo en ambas fases de grupos en la Champions 2000… en lugar de ocultarlo tras cuatro meses iniciales como si fuera de ese espacio de tiempo jamás hubiera hecho nada.

Enseguida contaron trapos sucios, como su vicio por el tabaco. Ni un pelo movió cuando lo despejó disfrazando de administrativo su profesión: «Fumar no influye en mi forma física». No hizo más declaraciones.

Lo cual nos sirve para entroncar con otra peculiaridad del rumano, su pésimo físico. Y su no menos decrépita salud. Al igual que ocurre con Aimar se obvian estos rasgos, decisivos en el rendimiento, para reafirmar desaires preconcebidos. Incluso en un fútbol donde abundaban jugadores raquíticos y torsos fofos, de carnes colgantes, Ilie estaba un paso por detrás en piernas flacas y endeblez. Criarse en el fútbol rumano y turco le privó de cualquier fondo atlético. La sobrecarga o lesión muscular era recurrente. Es lo que explica que en la 98/99 hiciera 13 goles y 9 asistencias en los 24 partidos en los que participó (22 de titular), de los 57 que jugó el equipo ese año. Una progresión interrumpida constantemente incluso por episodios graves, como la hepatitis que llegó a desarrollar en Estambul. En Valencia le ocurrió en diciembre de 1999, cogiendo velocidad de crucero, siendo clave en la competición europea, desapareció dos semanas de la faz de la tierra. Nadie supo de su paradero hasta que el club informó de su ingreso semana y media en una clínica, alimentado a base de sueros, al padecer una inflamación grave de la vesícula que le hizo perder varios kilos dejándolo más pálido que una pared. Lo cual remató con su miedo al fin del mundo en esas vacaciones navideñas perpetradas para recuperar peso y salud, haciéndole regresar el pavor al efecto 2000 (al menos ese fue su alegato) cuatro días más tarde de lo debido, bajo multa de tres millones de pesetas.

Una adaptabilidad a la adversidad que no solo muestra su pronta recuperación, sino cerrar el año con 8 goles y 11 asistencias. Un viraje a sus números acompasando el cambio de estructura en el advenimiento de la cuperativa. Un fútbol distinto, conceptos diferentes, una exigencia mayor, una disciplina férrea que nada tenía que ver con las pocas ganas de ejercer de padre o policía de Rinaldi, que no le hizo perder su influencia en el juego. Contribuyendo a la remontada en la liga tras un inicio nefasto. Anotando en marzo, tramo caliente del curso, goles decisivos evitando con ello tempranas eliminaciones en la Champions… Números para una temporada extraña, donde empezó con reproches públicos de Cúper pidiéndole ser menos individualista y más constante. Cayendo, tras la enfermedad, lesionado en Montjuïc segándole unos guarismos que iban camino de ser sus mejores en el Valencia. Si con toda esa problemática, en un equipo con otra estructura y fútbol que le demandaba otras cualidades, sumó 8 goles y 11 asistencias, siendo inexplicable la clasificación del equipo para octavos y cuartos de final de la Champions sin su participacion, de ser un año tranquilo, ¿qué hubiera hecho?


Héctor Raúl Cúper

Creador de milagros, el legado de Héctor Raúl pervive en una entidad que está aprendiendo a valorar su pasado. A veinte años de París, el técnico argentino sobrevive como entrenador de fortuna, despojado del prestigio y el caché que llegó a lucir en los albores del siglo XXI.


Es el razonamiento que sustentó durante casi cuatro años su idilio con la afición. Vieron lo que era capaz de brindar sin esfuerzo, con escasa continuidad. Esa expectativa basada en la experiencia alimentó un furor del que pocos futbolistas gozaron en Mestalla. Una deuda de la que era consciente, y que a pesar de sus palabras buscando recompensar tanto cariño nunca supo, pudo, o quiso, remendarse. Y ni así, en sus horas más bajas, encontró reproche en la gente. Aplaudido al salir a calentar, ovacionado al chafar el terreno de juego. La eterna espera. Sus dos últimos veranos se redujeron a la antesala del renacer de la Cobra, evidenciando que de ser algo eran la certificación a su final como futbolista de élite. Un final llegado tras París. La revolución que siguió a la desfeta eliminó un centro del campo creativo, despojándolo de una pareja ideal para él, como era Claudio López. El segundo proyecto de Cúper era más mecánico y menos estiloso. De la delantera líquida se pasó a un tipo como Carew, con complementos a lo Diego Alonso. Todo aniquilaba su virtud. Fue el año del «despilfarro de talento». Del tinte de pelo. De los trajes estrambóticos. De la entrada criminal de Iván Helguera que le partió el tobillo haciéndole un Vicente. De desbarres fruto del estrés por recuperar su sitio agravándose la lesión por desobedecer la negativa del médico de su selección a participar en un amistoso frente a Georgia. De recaídas a todas horas que apenas le dejaron vestirse en 12 partidos en todo el año, seis de ellos en la primera vuelta. El séptimo, tras el quirófano, no llegaría hasta la jornada 27. Eran ya tiempos de Pablito Aimar ocupando su viejo rol. Dejándole sin espacios entre líneas, ni hueco en el corazón de la hinchada, reducido a tareas de 9 puro, justo lo que nunca fue. Pero ni así, de recuerdo borroso, recibió el más mínima agravio del público. En esos escasos partidos, de 20 minutos, que le daba Cúper, todavía se rompían palmas a su favor a su entrada al campo. El recuerdo a su fútbol, tan breve como esplendoroso, era demasiado poderoso para dejarse convencer por una realidad truncada en las botas del central cántabro.

Tan siquiera Benítez pudo resucitarlo a pesar de su empeño. Su primera faena fue mandarle un fisio a Rumanía para hacer la pre pretemporada e incorporarse en julio en plena forma. Horas de trabajo específico con un cuidado plan de cargas y descansos que perpetró una ilusión en los amistosos veraniegos. Pero esa confianza en él, dándole la titularidad de entrada para firmar más fogonazos, tal que aquel famoso cabezazo en el Bernabéu que anularon en otro mangue made in Madrid, las oportunidades otorgadas, seguían muriendo en un tobillo que jamás recuperó su forma original. Un calvario letal que despegó demasiado tiempo del fútbol a un tipo disperso, dado a la melancolía, y desde hace rato instalado en una especie de retirada voluntaria. No hubo más Ilie.

Fue el período en el que se borró su huella, vistiendo su periplo en un cliché. Una fama de juerguista ensombreciendo su fútbol champagne, como si lo breve, lo efímero, lo bello, no tuviera importancia en la construcción de la historia. La Cobra tuvo su papel, corto, pero fundamental en tramos críticos. Su participación hace imposible hablar del VCF 2000 y no encontrárselo en algún episodio. La final de Sevilla no se entiende sin sus botas, movimientos, centros, y asistencias. París se sustenta en su catálogo de jugadas en momentos complicados, de ganar o marcharse a casa. El aleteo de la mariposa que despierta un tsunami en la otra punta del mundo.

El pecado fue dejarse seducir por cuatro anécdotas heavys alzadas a una relevancia impostada para esconderlo tras ellas, como si nada más hubiera sido. Ilie es de los personajes más complejos, a la vez que indescifrables, que han pasado por Mestalla. Y como en todo personaje de esa índole, es contraproducente, a la vez que mentiroso, acotarlo a esquemas tan simples. Pocos, en tan escaso tiempo, hicieron tanto como él.

Ahora, retirado, tras deambular por Vitoria, Suiza, Bélgica, Rusia… y algún lugar más, vive del revés. Mutado en exitoso empresario del sector del turismo, ciclado de gimnasio, con unos pectorales y unos muslos que le hubieran venido mejor en su etapa de futbolista. Y con la misma cara, igual de joven, como si el tiempo sólo hubiera transcurrido en su azotea madurando una cabeza que tal vez sea la verdadera culpable de que todo lo suyo fuera una falla.

2 comments on “Lo bueno y breve de Ilie

  1. Que recuerdos, mi primer ídolo fue karpin, despues Ilie, Mendieta, Baraja, Villa. Como pasa el tiempo. Recuerdo un golazo de Ilie de cabeza en el bernabeu que lo anularon por fuera de juego, menudo robo, luego Raul se dejo caer de espaldas y pitaron penalti. En aquella epoca los robos a favor del madrid eran escandalosos, y luego son los primeros que presumen de titulos.

  2. Lo que más me gustaba era su manejo de las dos piernas. A su mejor nivel era un crack.

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