cultura de club

Cartelismo en Mestalla

Tormo, Masiá, Saurí, Larios... son solo algunos nombres que han dejado huella en la marca gráfica de un VCF que se erigió desde los años 20 del siglo pasado en referente en el uso del diseño y el cartelismo.

Hubo de todo entre los usos promocionales que utilizó el Fé-Cé para darse a conocer en su primer lustro de vida. Desde patrocinar torneos estivales «para generar rivalidades», hasta la contratación de desafíos pugilísticos por el título de los pesos pesados. Había que aprovechar que el campeón estaba en la ciudad, y qué escaparate mejor para ubicar Algirós en el mapa urbano de una ciudad desconocedora del foot-ball que un boxeo capaz de meter en la plaza de toros a treinta mil personas a plena luz del día.

La llegada de los grandes teams extranjeros, adheridos a comentarios que advierten de negocios cerrados antes de hora y de gentes pidiendo permiso para salir del trabajo a destiempo describiendo los primeros llenos del solar, fue la evolución lógica a aquellos mejunjes iniciales.

Pero entre los aspectos menos conocidos, y tratados, de dicha vis publicitaria está el profuso uso de las artes gráficas. Un delicioso gusto por el diseño iniciado con la recomposición del escudo en 1921 —seguimos desconociendo la autoría— dando paso a un óvalo de proporciones perfectas combinando los símbolos del Cap-i-Casal con aquella intención fundacional de representarla en el terreno de juego que sobresalía y destacaba sobre la costumbre lineal de sencillos e irregulares trazos, y maridajes alocados, de los clubes de principios del XX.

Era la modernidad de una entidad creada con vocación profesional, bautizándose en inglés con toda la intención en un claro gesto rupturista con la marcada tendencia instaurada durante la década anterior de los Real, Unión, Deportivo o Balompié que abarrotaban el santoral futbolístico desde 1910.

En dicha oleada expansiva no hubo soporte libre de colonizarse. Cuidadas fotografías publicitarias en las revistas más codiciadas en los kioscos, cromos ilustrados con escenas deportivas en chocolatinas para el público infantil o estampas comerciales de licores para un target más adulto, pasando por cajas de cerillas y desembocando finalmente en la taquilla. Aquellos tickets blancos de teatro y tipografía encajonada evolucionaron a estampados de papel moneda dotándolos de un colorismo a dos tintas que nos deja ejemplares de los años 20 y 30 que asemejan a pequeñas obras de arte más que a modestas entradas de evento deportivo.

En dicho desenfreno quedaba por conquistar el último eslabón, un soporte que acabaría sucumbiendo con la construcción de Mestalla, el pináculo a un crecimiento que llevó a un recién nacido a tener en apenas cinco años de existencia un estadio más grande, más moderno y mejor equipado que el de cualquier histórico de su tiempo. En la primera fase de consolidación llegaron los estertores finales a los grandes y gigantescos cartelones repletos de texto heredados de la tendencia taurina, sobrecargados de información —horarios, alineaciones, historial del rival, palmarés de los contendientes, arengas al público local, precios de las entradas, horarios de oficinas…etc —. Mestalla obligaba a refinar el gusto, abrazar el el art déco, acercarse más al estilo cinematográfico en la distinción de una entidad a la vanguardia del fútbol mediterráneo.

Así llegó la fiebre por el cartelismo. Dicha obra, tan costosa como simbólica, tal declaración de intenciones de un recién llegado con una inquebrantable voluntad de querer situarse entre los mejores, requería anunciar su apertura con estilo. El cartel del estreno de Mestalla corrió a cargo de Tormo (Federico Tormo Monzó), cartelista, pintor, ilustrador y dibujante que en las páginas de Las Provincias, junto a M.Moreno en las de El Pueblo, contaba/n a golpe de estilográfica las mejores jugadas de los partidos del Valencia F.C. estimulando la imaginación del lector con sus protagonistas moviéndose a golpe de trazo.

Pero aquella aventura tuvo secuelas importantes. Porque la expansión, prisas, y velocidad de la conquista requería pagar un precio: la ruina de una entidad que llegó hasta la posguerra pasando penurias financieras que la acercaron en varias ocasiones a la extinción.

Una de esas deudas fue la obra de Tormo, un trabajo excepcional realizado con aerógrafo representando su escena más típica en el terreno gris del periódico, el remate en pongleón que copaba fotografías y dibujos de su tiempo como si no existiera otra jugada en este deporte. Cuya reproducción en imprenta resultaba tan costosa que para abaratar costes y poder salir a cuenta se tuvo que realizar una ingente cantidad de ejemplares posibilitando así que durante una larga década estuvieran utilizándose para anunciar partidos de toda índole y condición. Es el motivo que explica que hoy lo podamos observar en cantidad y con distintas fechas y encuentros en su nueva realidad de pieza icónica para coleccionistas. Incluso han llegado a nuestros días algunos en blanco, son aquellos que no pasaron por la máquina para añadirles texto, advirtiéndonos que todavía sobraron un buen número de ellos que jamás fueron utilizados.

La obra de Tormo reviste importancia no sólo porque rompiera esquemas y empujara a otros a imitar la innovación mestallera, ni en su conversión hoy día, casi cien años después de su nacimiento, en un preciado y codiciado objeto, sino por abrir un camino que sería recorrido hasta finales de los años sesenta.

Es difícil explicar la supervivencia de los ejemplares de Tormo sin anuncio en el faldón, se puede especular con el hartazgo de repetir el mismo modelo, al cambio de tendencias. Pues la misma litográfica que imprimió la obra original se encargó desde mediados de los años 30, y hasta los 40, de decorar las paredes de Mestalla, y media ciudad, con nuevos carteles-modelo de distinto signo.

Siguiendo la senda de la repetición, del carrusel de jugadas arquetípicas que invadían toda representación gráfica en dichos años, introdujo en esta ocasión una combinación de elementos diferentes, con fondos registrados, para otorgar cierta variedad y no caer en la indiferencia. Obras que todavía hoy perduran anunciando infinidad de encuentros en distintos años y competiciones. Estamos hablando de la histórica litográfica Ortega, donde Josep Renau pergeñó sus primeras obras como aprendiz, cerrando sus puertas a finales de los años 90 con un importante legado de carteles y anuncios que hoy forman parte de la biblioteca valenciana.

En esta ocasión tratan de ejemplares más sencillos, utilizando técnicas más económicas de reproducir en plancha, de trazas simplificadas, pero con el mismo impacto gráfico en una era donde esta clase de artilugios resultaban vitales para reclamar la atención del público. Una tanda donde en gran suma los carteles venían sin firma, un rasgo que los distingue del de Tormo, donde la firma del artista formaba parte de la composición. Otra diferencia es la profusión internacional de los mismos, pues llegados los años cuarenta Ortega recicla algunas escenas mestalleras para anunciar partidos en Madrid, o de la selección, e incluso su fama le lleva a realizar idénticos para clubes rivales, como el Hércules o el Atlético.

Un aprovechamiento del auge de las artes gráficas valentinas que convierte al VCF en un club con un legado gráfico incomparable, por cantidad y calidad, del que ni siquiera pueden presumir en Barcelona o Madrid. Además, con abundantes firmas de prestigio del cartelismo y la ilustración. Una faceta, aunque alejada de la estética propagandística de los 30, que perduró en la autarquía, de manera diferente, y con distintos autores. Un tiempo de cambios, a peor, que también se plasman en los anuncios. Desde los años 50, con el recomponer del viñetismo y la irrupción de Juan Masiá con sus esplendidos muñecos, y la fama alcanzada con su maravilloso ‘calvo’, que acabó estampado en mural en las paredes de la sede social de la entidad para conmemorar las bodas de oro, el pincel, el aire regresivo, la copia taurina, irrumpe en Mestalla.

El fin de Ortega, aunque reaparece para el homenaje a Puchades o realizar de manos de Larios el del primer Trofeo Naranja con la visita del Santos de Pelé, y sus elementos básicos transita hasta la brocha de Salvador Donat Saurí. El encargado desde mediados de los años cincuenta y hasta la llegada de Di Stéfano de colorear las puertas del estadio con sus composiciones. Y como siempre, con escenas tan repetidas como reutilizadas para un sinfín de encuentros. Incluso internacionales, aunque las camisetas poco tuvieran que ver con los contendientes reales.

Una buena costumbre que fue perdiéndose con el paso de los años. El abaratamiento de la fotografía, la consolidación del fútbol, los primeros partidos televisados y la influencia de la radio convirtieron estos elementos artísticos en prescindibles. A fines de los sesenta el VCF aceptó la moda del cartel blanco con una triste imagen encajonada entre patrocinadores y letras, los famosos de El Águila y Danone, que abarcó a todos los equipos de la liga perdiendo la distinción y la diferenciación que le había caracterizado desde los años veinte.

Pero no resultó un abandono total. Guardó su viejo gusto por lo gráfico para sus peculiares programas de partido, y la famosa revista oficial, que especialmente en los años 80, destacó sobremanera con sus portadas y composiciones recuperando de alguna manera la senda olvidada en otro ejercicio vanguardista que marcó tendencia en su época. Apenas eran ya los últimos coletazos de una saga que no ha vuelto a tener eco en la actualidad. En la Copa del 99 y las finales de Champions de 2000 y 2001 vimos un nuevo intento de recuperar aquello, a pesar de un grafismo pésimo. En los años 10 del siglo XXI se realizó otro ejercicio de restauración con un uso del Photoshop tan desafortunado que acabó, por pura vergüenza, en una breve aventura. Hoy apenas quedan pequeños y aislados oasis, como la exposición del IVAM o la aproximación con el cartel de Lawerta para el derbi femenino de 2017 antes de que el equipo de las chicas fuera objeto del desprecio y la misoginia presidencial, la lona y mural de la Copa del centenario, o algún afiche digital como el del primer encuentro ante el Levante post-covid 19.

Siquiera eventos tan significativos como el 75 aniversario, donde Mariscal realizó un cartel que bien podría estar anunciando un Dynamo de Zagreb-Podgorica, ni el centenario, colmado de desdenes desde la cúpula, supieron aprovecharse.

Posiblemente el verdadero ejercicio de restauración, el último tren, se presente ante la oportunidad de que València sea capital mundial del diseño en 2022. Un escenario excepcional para recuperar el viejo esplendor de las artes gráficas valentinas durante el siglo XX, y teniendo al artista en casa, una ocasión de oro para que el club vuelva a subirse al carro de la vanguardia, ejerciendo de altavoz y escaparate de una industria que otorga valor añadido a la ciudad y a su tejido social y empresarial. Pero para eso sería conveniente que en dicha fecha hubiera club.

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