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Leyenda serás tu

La carrera de Parejo en Mestalla resultó tan loca que pasó de repudiado a ídolo, de blanco de las iras a símbolo de una lucha contra sátrapas. El adiós de un capitán eterno inmortalizado en aquella estampa sevillana del 2019.

Aquella tarde de noviembre de 2009, vestido de azul, Parejo ligó su destino a un VCF que ignoraba su fatal viraje. Una pérdida en la medular del centrocampista del Getafe regaló a Silva un balón que puso con precisión en las botas de Villa para anotar este una vaselina de órdago y resolver así un partido trabado. Un estruendoso choque de manos entre lo que era e iba a ser inmortalizado en una jugada viral.

Tal vez sea su gran hándicap, haber tenido que capitanear un equipo de morrallas conjuntado en un club desnortado y sin criterio alguno. Más que ningún otro, necesitó siempre de un contexto para desarrollar su fútbol; perdiéndose cuando no hubo nada, ni nadie, y brillando sobremanera cuando encontró orden y concierto a su alrededor. Nunca sabremos qué hubiera sido de él de aterrizar en una entidad estable y con rumbo definido, pero sí sabemos lo que fue capaz de hacer en los cuatro o cinco oasis que encontró en medio de la negror.

Paradójicamente puede que eso sea lo que haya convertido su carrera en Mestalla en una apasionante historia de superación y redención.

Padecer los mareos de las alturas de quien venía bendecido por Di Stéfano, mezclado con el torbellino autodestructivo que estaba absorbiendo a la entidad, le llevó a cometer pecados de juventud que a otros les hubiera costado la carrera, o su contrato. Trata de un aspecto bastante ignorado cuando hablamos de la transformación del futbolista, pero tiene mucho que ver en la evolución de quien salió llorando del campo tras sus actuaciones más nefastas, o de recibir las broncas más sonoras de la grada. Sintiendo como puñal en la espalda cada cagada. Una fortaleza mental y una personalidad, negadas por huir de esa masculinidad trasnochada de venas hinchadas y gritos a baba suelta, que le hizo superar situaciones surrealistas como la pitada de su propia gente a la hora de ir a lanzar un penalti que le daba los tres puntos al equipo, o los ídem durante sus horas más bajas por el mero hecho de salir a calentar.

Sobre dicha coraza construye su epopeya. Desnudándose en sala de prensa ante todos pidiendo perdón por sus errores en un ejercicio nada habitual en el futbolista moderno. Aprendiendo a jugar llevando la losa de la incomprensión sobre sus espaldas, ofreciéndose a sabiendas que el simple hecho de recibir la pelota provocaba sonido de viento o despertaba los temibles murmullos de Mestalla. Igualmente se negó a esconderse tras errar, demandando el esférico una y otra vez surcando la frontera que separa la desaprobación de la ovación con minutos de diferencia.


¿Es Parejo extraterrestre?

Parejo rinde, pero no triunfa. Agrada, pero no gusta. Sus cuatro temporadas y media en el Valencia han sido para él años de transformación, tanto personal, como futbolísticamente.


Son las cosas que convierten al personaje en carne de novela. Pues Parejo quiso ser futbolista, y lo fue a base de madurar, de aprender de sus errores y de iniciar un proceso que le llevó a identificarse con la camiseta que llevaba puesta y con la gente que representa. Asumiendo lo bueno y malo que comporta lucirla. Ha sobrevivido, saliendo victorioso, a un caldo de cultivo que suele fabricar rupturas y odios irreconciliables escribiendo con sus cicatrices una bonita historia de amor.

Un romance con cómplices, ya que resulta imposible entender la aventura de Parejo sin la figura de Ernesto Valverde, el verdadero salvador de un jugador defenestrado y en la rampa de salida a la llegada del txingurri. Un episodio que también habla de la versatilidad del futbolista y su voluntad de querer llegar. Ante el pasmo general, el vasco sitúo a un fino mediocentro, exento de los conceptos tácticos básicos requeridos, como pivote defensivo. Un aprendizaje que completó al futbolista, robando balones, haciendo faltas, y ordenando la línea central con una suficiencia insospechada. Apuntalando su autoestima a base de declaraciones indicando que él no había hecho nada, que todo partía del propio interesado. Fue el período de confianza y crecimiento, de estabilidad, que necesitaba un muchacho de veintiún años devorado por el maremágnum de la ira y la crítica que arreciaba sobre él. Unos meses de brillar, escudado por Banega y Tino Costa, de una manera increíble.

Los cimientos del que fuera su primer pico productivo bajo las ordenes de Pizzi, el año del Parejo más superlativo. Enderezado a palos y sinsabores, fue una temporada en la que evidenció que aquel equipo se le quedaba pequeño rindiendo a ese nivel. El argentino siguió la única receta que parece funcionar con el de Coslada: situarlo en un cuadrado mágico. Escudado con Banega primero, y con Keita después, junto a Vargas en la media punta y dos incombustibles como Feghouli y Piatti en bandas, firmó un curso que le valió una oferta de 25 millones del Liverpool que fue rechazada por el club. La primera vez donde el entorno se convenció de que había jugador tras esos ojos tristes. Año y medio de mejoras del que se aprovechó un Nuno que fue además el único técnico que se atrevió con un Parejo llegador, de último pase y presencia en el área. Del pivote defensivo con Valverde, a organizador puro con Pizzi, acabando de número 10 con Espirito Santo. Sin lugar a dudas es el año más completo y brillante del madrileño versátil. El más goleador. Unos registros que van de remates de cabeza en saques de esquina, o entrando desde segunda línea, a golpeos de falta o finalizaciones quebrando retaguardias. El curso de mayor jerarquía en el campo. Esta vez acompañado por Javi Fuego y André Gomes en otro cuadrado de altura.

Un crecimiento que le elevó a una posición lógica por veteranía e importancia. Pero como a Parejo siempre se le negó todo por prejuicios y odios bananeros, que luciera el brazalete de capitán también le costó una buena somanta de palos que poco o nada tenían que ver con la realidad. Seca y quebrada esa tierra, fue regada nuevamente por un comentarista de televisión y un Rolling Stone con problemas de azotea, alucinados que insistieron en clavarlo en la peor posición posible: Delante de los centrales en un rombo que le convertía en presa fácil ante equipos ordenados. Superado siempre en número y con escasas o nulas vías de escape estaba obligado a jugársela cada dos por tres, cocinando un paso atrás en su aventura que resucitó capítulos desagradables; sobreviviendo incluso a un doble ataque surgido desde el mismo club, quitándole la capitanía y llamándole mal profesional en sala de prensa. Con la paciencia colmada y harto de ser diana de insatisfechos crónicos, su intento de fuga provocó una de las mayores contradicciones del hater medio: Pedir su salida despreciando sus aptitudes para acongojarse cuando el Sevilla vino a por él con 22 millones.

Es el peaje que ha tenido que pagar quien no tuvo Villas, Barajas ni Silvas a su lado, ni tampoco a Penevs, Mijatovics, ni Leonardos, obligado a ser el desequilibrio en equipos en los que nadie desequilibraba. El último pase cuando no había quien diera uno entre líneas. La solución al problema, vigía, pararrayos y muleta. La inteligencia en pleno brutalismo.

Un cuerpo golpeado por un mal abundante en la población mestallera que advierte del lastre que se esconde entre esta masa social. Cobarde con los poderosos, y despiadada con los débiles. Incapaces de ver los mayores desmanes que se cometen en la planta noble pero ávidos a la hora de encontrar detalles insignificantes con los que poder dilapidar al futbolista; campeones en desprestigiar logros de quien gana una vez cada diez años. De una hipocresia que pasa de negarle el pan y la sal a Banega a llorar en 2020 que no se tuviera paciencia con él. Los mismos que ahora reparten carnets de leyenda tras una vida ignorando la historia.

Luchar contra eso y doblegar a muchos de ellos hasta cambiarles la opinión, o más que eso, llevarlos de un extremo a otro, es una de las mayores conquistas vitales de Parejo. Triunfo sellado con aquella ovación sincera del Benito Villamarín en plena final copera de quien volvió a ser rescatado de sus fauces por Marcelino en una de las mayores reconstrucciones de equipos que se recuerdan en la Europa Occidental. Dos cursos de plena madurez que elevó al mediocentro a un plano superior. Legitimándose como capitán, líder del vestuario, e inmortalizándose para siempre con aquella estampa sevillana que será reproducida, contada, y admirada, durante un siglo por la fuerza simbólica que encierra. Tanto por la significancia del trofeo y la efeméride como por la biografía de quien lo levantó. Y más, tras herir el orgullo de dueños kamikazes que la usaron como pretexto para destruir de manera sádica y violenta un equipo campeón nada más nacer, convirtiéndose en la chispa que encendió la llama de una lucha que trata de la misma supervivencia del VCF como entidad.

Es precisamente lo que trasciende de Parejo. El simbolismo y la referencia que ejerce para tres generaciones de valencianistas criadas al amparo de un club desarraigado, incapaz de cultivar ídolos y demasiado acostumbrado a cambiar plantillas enteras cada temporada y media. En tal vorágine siempre estuvo Parejo ejerciendo de rostro reconocible, la única certeza en una incertidumbre sin fin, el embajador de valores y costumbres aniquiladas en una institución reducida a sucursal bancaria; una rareza de casi diez temporadas en un tiempo donde sobrevivir más de dos cursos empieza a considerarse una proeza.

Pero parece ser que ni eso se le respeta. Si se le negó todo, acotando lo bueno a anécdota y sobredimensionando lo malo como si no hubiera más donde buscar, también tratan ahora de sisarle su lugar en el paraíso de la memoria. Afortunadamente, los carnets de leyenda no nos corresponde repartirlos a los coetáneos, ni tampoco se expenden en caliente. Es una cuestión que escapa a lo contemporáneo, y que acaba recorriendo un camino inverso a lo que hoy tratan muchos de hacer. ¿Qué pensarían los que acusaban a Puchades de no tener sangre en las venas, llamándolo “coll gelat”, de los panegíricos que se escriben hoy día sobre él? ¿O los que llamaban a Mundo “amateur metido a profesional” que “lo único que sabe hacer es empujar los balones que le sirven en bandeja”? ¿O qué diríamos en la era de tuiter de Eizaguirre y la pelea con Cubells que motivó su salida del club? ¿O de las juergas de Kempes y el VCF de los 70? ¿Por qué los que más insultaban y menospreciaban a Fernando hoy lo ponen de mito?

Esas estatuas se levantan a golpe de emociones, moldeadas con buenos recuerdos y pulidas con los números de una extensa hoja de servicios. Las imperfecciones acaban olvidadas, apenas útiles para decorar historias que nadie lee. Ocurrirá con Parejo como ocurrió con muchos otros. Ser el capitán, campeón, del centenario no es ninguna anécdota, ni tampoco ejercer de referente de un tiempo que tejerán los libros alrededor de su fútbol para explicar toda una época.

Tal vez, aunque no sea consciente, dolorido al arrebatarle la ilusión personal de retirarse en Mestalla, su salida sea un alivio. Permanecer en otro derrumbe, con los años de miserias que se avecinan, suponía regresar al pasado a jugarse en la ruleta un legado que ahora quedará a salvo para siempre, custodiado por el dulce recuerdo de unas gentes que aprendieron a valorarlo.

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